Dark Arcangelo Capítulo 27
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Capítulo 27

Son las diez de la mañana cuando ya estoy vestida y arreglada. El equipo de Ely pasó temprano para maquillaje y peinado. En esta ocasión, por ser un funeral, no se excedieron con el peinado. Solo hicieron un moño sencillo de lado para dejar que el tocado o, como Ely le dice, sombrero pillbox, tenga cierta inclinación para que, junto con la redecilla, oculte mi rostro. El maquillaje también es bastante sencillo, en tonos naturales, que, la verdad, resaltan aún más mis facciones. Todo lo demás es como Ely dijo: el vestido junto con las medias negras, los tacones en punta y el bolso.

De pronto, algo llama mi atención. Una cajita negra de terciopelo colocada solitariamente en una de las mesas de la habitación. Teniendo en cuenta que estamos en el cuarto donde está mi librero, es bastante curioso cómo ese objeto llegó allí; toda la mañana hemos estado los estilistas y yo.

La sostengo entre mis manos temblorosas mientras intento adivinar qué guarda en su interior. No tengo que abrir mucho para darme cuenta de que mis sospechas se hicieron realidad. Un hermoso collar de perlas reposa entre almohadillas de terciopelo negro. Me deja completamente atónita al verlo allí, con tres líneas de perlas graduadas donde la primera línea son unas perlas pequeñas, la segunda fila unas más medianas y las últimas perlas son las que más sobresalen. Las tres filas se unen en el medio con un dije de una mujer tallada de perfil, claramente detallada, con un fondo negro que hace que resalte como una figura antigua. Finalmente, debajo de esta cuelga un diamante negro tallado en forma de lágrima que brilla mucho más que lo haría un diamante normal.

—Ya lo viste —Desten entra en la habitación con una sonrisa tímida en el rostro.

—Por el amor a todos los cielos, Des —quedo anonadada por la joya en su cajita negra—. No puedo creer esto.

—Retírense —les ordena a ambos ángeles encargados de arreglarme.

Ellos hacen una ligera inclinación y se retiran de la estancia, dejándonos solos.

—Pensé que podría gustarte —esboza una ligera sonrisa.

Con sumo cuidado toma el collar de perlas entre los dedos para observarlo detenidamente. Lo mira como si eso le trajera recuerdos de alguna época porque su semblante se suaviza al tocar la delicada pieza.

—Se llama Camafeo —explica—. Está hecho con sardónice. Una rara piedra. No se utiliza como antes. En tiempos antiguos muchos artesanos hacían joyas con esto, pero era reservado para figuras destacadas de la Grecia antigua y Mesopotamia.

Hace una pausa antes de continuar. Esta vez deja de mirar el precioso collar para detener su mirada en mí. Esa mirada que siempre está llena de simbolismo y con la que muchas veces tengo que imaginar qué es lo que quiere decir.

—En la antigüedad se creía que calmaba la ira, fortalecía el espíritu y protegía a quien tenía poder sobre otros —sonríe—. No hacía tal cosa —niega con la cabeza ocultando su risa—. Si observas detenidamente, tiene tu perfil.

Si no lo menciona, no me doy cuenta. El camafeo está perfectamente esculpido con mi perfil o lo que creo que es mi perfil. Agarro uno de los espejos que dejaron los estilistas para hacer una comparación y me sorprendo más de lo que creía. Mi nariz, frente y cuello están perfectamente esculpidos en el relieve.

—Este gesto estaba destinado para príncipes, emperadores, sacerdotes o líderes políticos. Eran recuerdos destinados a preservar esa figura de poder; en otros casos, el amor prohibido de dos amantes o el duelo de una viuda a su difunto esposo —se coloca detrás de mí con el collar entre las manos—. Yo quiero que lo veas diferente, que veas que mi destino está ligado al tuyo, como dijo el oráculo.

Coloca la pieza sobre mi cuello, rozando levemente mis hombros. Mi cuerpo se estremece ante su contacto y él parece notarlo porque planta un ligero beso en mi hombro derecho, calmando mi clamor.

—Quiero que este lo uses hoy.

—Desten —me volteo para mirarlo mejor—, es demasiado hermoso —dudo un momento observando el regalo—. No creo que pueda aceptar eso.

Me dedica una ligera sonrisa, pero ignora mi negativa.

—Este otro —dice sacando otra cajita de su bolsillo— llévalo a tu baile de graduación.

Sostiene otra cajita de terciopelo en las manos. Con suma delicadeza la abre y esta nueva pieza vuelve a quitarme el aliento. Una sencilla pulsera de oro con un delicado grosor posa sobre las almohadillas de la cajita; sin embargo, lo que destaca no es eso, sino dos diamantes perfectamente esculpidos que se unen para formar dos alas: una de color negro y la otra de color celeste o cerúleo, más o menos del color de mis alas. En medio, un sencillo diamante que lo une todo. La joya es pequeña y delicada, pero sencillamente espectacular. No necesita más; con eso hace que cualquier otra cosa se opaque. A excepción del collar de perlas.

—Es demasiado —me aparto un poco de él—. Des, no debiste gastar en eso.

—El dinero no es problema —dice como si nada—. Acéptalo.

Me tiende la cajita negra para que la sostenga, pero mis dedos no quieren obedecer.

—Luce —me advierte.

—Bueno, bueno —acepto la cajita—. ¿Contento? Me gusta y lo acepto.

—Bien —da por entendido el asunto.

Aquello se parece demasiado a una promesa y no tengo idea de si sentirme emocionada o aterrada al respecto. En mis dieciocho años de vida ningún hombre me había regalado una joya tan espectacular. Y lo que más me estremece no es el regalo en sí, sino quién me lo está dando. Viene de este arcángel ancestral que, estoy segura en un setenta y cinco por ciento, no acostumbra a hacer cosas como esta.

Se acerca y me planta un suave beso en los labios antes de irse, dejándome desconcertada por los regalos. Supongo que irá a arreglarse porque no estaba vestido para la ocasión cuando me dio los obsequios. Me arreglo un poco el vestido mientras me miro al espejo y veo mi reflejo. Hace unos meses me veía como alguien sin ningún atractivo que no fuera los que mi mamá mencionaba; mi ropa era sencilla y me gustaba, no usaba maquillaje ni peinados elaborados o joyas costosas. Lo sencillo era la regla, pero al entrar en este mundo todo se ha volcado: la ropa, las joyas, los diseñadores, el lujo. Todo es importante, todo es opulencia y tradición, todo significa hacer ver lo milenarios que son. Y yo no sé si me siento parte o una extranjera, pero esta nueva Emma me gusta.

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La ceremonia en el cementerio fue bastante breve, casi austera. Normalmente, o al menos es lo que he visto en algunas películas, se hace una ceremonia religiosa dependiendo de lo que la persona crea; después todos se dirigen al cementerio a darle un último adiós al muerto y, finalmente, una pequeña comida junto con los allegados, después de darle el pésame a la familia que tuvo la pérdida, pero esta vez fue diferente.

No hubo ceremonia religiosa de ninguna clase, ya que la invitación era directamente en el cementerio. Un par de personas que no conozco estaban velando el cuerpo de Émile, ya en un féretro de madera insertado en la fosa, cerrado, sin tierra aún. Lo curioso es que tenía muchas flores encima, como si más personas ya hubieran pasado, aunque en ese momento no había más de diez. Algunas personas lloraban; otras simplemente estaban con la cabeza gacha mirando la caja de madera.

Nosotros presentamos nuestros respetos llevando lirios blancos para colocarle a mi amigo como último adiós. Ambos ángeles están conmigo para darme apoyo y protección. Esta vez solo fuimos nosotros tres; no había seguridad que fuera necesaria para llevar a cabo esta misión porque no había ningún motivo para traerla. Esta muerte, a diferencia de la de Saray, fue consecuencia de acciones humanas. Ojalá se me hubiera permitido ir al de ella y su familia, pero mis ángeles creyeron que lo mejor era no ir para no arriesgar mi vida ni la de las demás personas que estuvieran ahí.

Luego de quedarnos un rato en el cementerio en silencio, me pude permitir llorar un poco más por mi gran amigo y decirle unas cosas en mi mente antes de retirarnos. Una chica afro de piel profunda se nos acercó para decirnos que en la librería tendrían una comida para recordar su vida, ya que, para la familia de Émile, la muerte es una manera de regresar a los ancestros. Y creo que, por primera vez desde su muerte, eso me alegra, porque significa que volvió a ver a sus padres. Sé cuánto los añoraba. Así que le contesté que sí a la chica; no vi problema en ir un rato. Además, estaríamos cerca del pent-house. Nada peligroso.

Al llegar, la librería se veía como si nada hubiera pasado, como si mi amigo aún siguiera esperando mi llegada para hacer mis exámenes o simplemente para hacerle compañía un rato. Para hablar de cosas tan triviales como importantes, para regañarme como un padre o corregirme como un tío, para decirme que debía ser valiente o llamarme nombres en francés que jamás entendí. De verdad que lo extraño mucho.

Nos quedamos un rato a comer bocadillos que se veían verdaderamente franceses junto con algunos que entendí que eran de África occidental, por lo que sé. No comí mucho porque no me apetecía en lo personal; el desayuno estuvo bastante cerca del velorio, así que no tenía mucho apetito. Tampoco nos quedamos demasiado tiempo. Nos despedimos de la chica que me invitó a venir a comer algo, que resultó ser la hermana menor de Émile, de quien jamás había oído hablar. Su nombre es Aline y no vive en la ciudad; solo venía de visita de vez en cuando a visitar a su solitario hermano o, así lo llamó ella. También me comentó que su hermano le había mencionado sobre mis visitas y cómo llegamos a ser amigos. Al parecer, le alegraba saber que él tenía compañía en los momentos en que ella no podía estar. No mencionó el tema de su muerte. Yo tampoco lo vi apropiado; después de todo, era algo bastante personal para él. No me pareció apropiado sacar el tema.