Dark Arcangelo Capítulo 25 #4
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Capítulo 25 #4

Antes de que él pueda reconocerme, salgo corriendo con todas mis fuerzas intentando llegar a esa puerta. El guarda me ve correr e intenta lanzarse sobre mí para taclearme por la cintura, pero soy más rápida. Me quito el anillo para liberar mis alas y dar un salto. Al extenderse, planean mi caída de la manera más heroica posible. Mi rodilla golpea el suelo y mis manos se apoyan en este.

Hice literalmente la caída del héroe y tienen razón, esto duele como los mil demonios.

Me pongo en pie de nuevo, habiendo esquivado al primer guarda. El otro intenta una maniobra distinta, agarrándome por los hombros como un abrazo de oso, pero esta vez paso por debajo de él, haciendo que mis alas sean las que se deslicen por el suelo en vez de mi cuerpo. Me pongo en pie inmediatamente mientras varias personas miran la escena atónitas. Algunos murmuran, otros señalan mis alas, pero no tengo tiempo para eso cuando paso por las puertas giratorias en dirección hacia la librería que queda a unos minutos caminando de aquí.

Es ahí donde veo a la policía rodear con cinta amarilla el lugar. Vuelvo a echar a correr para poder ver el cuerpo inerte de mi amigo con mis propios ojos, pero antes siquiera de tocar la cinta alguien me toma por la cintura. Un policía. Uno bastante alto y fornido. Me sujeta y me aparta del perímetro.

—Señorita, no puede estar aquí y menos con un disfraz —me reprende, forcejeando conmigo.

—Necesito verlo, por favor —digo con los ojos inundados en lágrimas y mi voz quebrada por el nudo en la garganta.

Intento escapar de su agarre retorciéndome, pero es en vano. Es mucho más fuerte que yo.

—¿Lo conocía? —dice todavía sosteniéndome. Su voz suena sorprendida y aligera su agarre momentáneamente.

—Éramos amigos... —susurro.

Las piernas me fallan cuando la camilla de los paramédicos sale del lugar. Por una pequeña abertura no completamente cerrada veo su cráneo rapado con su típico brillo por la calvicie y es ahí donde me desplomo en el suelo, cayendo sobre mis rodillas.

Inesperadamente unos brazos me rodean, acurrucándome mientras me introducen el anillo en el dedo índice, ocultando mis alas.

—Estamos aquí, Emma —me susurra Vincent al oído.

Yo niego con la cabeza. Esto no puede estar pasando. No Émile. Por todos los cielos, no otro conocido. No otra persona que aprecio. ¿Cuántas muertes deben pasar para dejar de sufrir por los míos? Primero mi mejor amiga y ahora uno de los pocos amigos que me quedaban.

—Capitán Gutiérrez.

La voz profunda de Desten saluda al policía que me sostuvo hace unos segundos.

—Señor Zadeh —le da la mano—. Es un gusto volverlo a ver.

—Igualmente, capitán. ¿Sabe qué ha pasado? —pregunta con la curiosidad que un vecino tendría por esta situación.

—Creemos que fue asesinado.

Dejo escapar un sollozo, pero me obligo a callar porque quiero escuchar esta conversación. Quiero saber lo que ha pasado. Así que, con suma dificultad, me levanto del suelo con lágrimas aún nublando mi campo de visión. Me acomodo un poco para poder escuchar con mayor claridad la conversación que se está dando.

Vincent aún me sostiene con fuerza.

—¿Por qué lo cree? —pregunta Vincent.

—Vincent —dice el capitán—, qué bueno verte, muchacho —también le da la mano.

—Lo mismo digo, capitán. Espero que toda su familia se encuentre bien.

—Sí, gracias —dice el capitán, intentando cambiar la conversación—. No creo que este sea el lugar apropiado, Desten.

—Puede pasar a mi oficina —dice Des—. Hablaremos de eso. Me interesa saber qué pasó.

—No creo que sea ético. —El capitán hace un gesto que indica su incomodidad al respecto.

—¿Por qué no? —le cuestiona Desten.

—No tienen nada que ver con el caso. Además, las leyes prohíben que cualquier civil se involucre en estas cosas, sabes cómo es.

Lo dice como si ya se lo hubiera dicho antes.

—Sí tenemos que ver, capitán. —Vincent me mira un momento antes de continuar, buscando mi aprobación. Asiento—. Era un conocido.

—Mi amigo —aclaro—. Era un gran amigo.

El dolor en mi garganta me impide volver a decir algo porque el nudo me hará llorar otra vez.

No quiero hacerlo delante del capitán. No quiero volver a derrumbarme delante de desconocidos. No quiero hacer una escena en el lugar donde investigan la muerte de mi amigo.

—Si eran tan amigos necesito llevarte a la estación para tomar tu declaración —habla como si estuviera explicándole a un niño de cinco años—. Necesito saber dónde estuviste anoche y cuándo fue la última vez que estuviste con la víctima.

—No creo que eso sea necesario, capitán —sugiere Des, cruzado de brazos—. No quiero registro de ella en ninguna parte. No puede salir de esta zona.

—Desten... —advierte el capitán.

—Obedezca, capitán. Es una orden y será mejor que la acate. Vamos, Emma.

Me extiende la mano para que la tome, pero dudo un momento antes de hacerlo.

—Puedo declarar —le digo al capitán.

Este parecía ya resignado por la orden del arcángel. Pero yo sí quiero cooperar. Quiero saber quién mató a mi amigo.

—Por favor —pide el capitán—. Eso sería de mucha ayuda.

—He dicho que...

—Podemos llegar a un acuerdo —interrumpe Vincent a su mejor amigo—. Capitán, cuando esté listo búsquenos en el pent-house. Lo estaremos esperando. Emma va a testificar y usted nos dirá lo que sabe. Creo que lo mejor es saber si nuestro mundo está involucrado o es el suyo el que tiene que investigar.

El capitán Gutiérrez acepta de inmediato. Vincent busca a Des con la mirada esperando su aprobación y este también asiente. Habiendo acordado esto, ambos ángeles se despiden del policía. Con Vincent a mi lado y Des liderando el camino, nos dirigimos al pent-house nuevamente, pero una duda se me cruza por la mente.

—¿Él de qué es capitán? —pregunto totalmente perdida.

—De la policía de la ciudad, Emma —Vincent lo dice como si no fuera nada.

—¿Des tiene poder sobre él? —pregunto confundida.

—Des tiene poder sobre cualquier autoridad de este continente, no importa quién sea. Si es una orden angelical deben obedecer. Muy pocos saben sobre nosotros, pero los que saben son altos funcionarios: presidentes, reyes o reinas, duques, emperadores, primeros ministros, policías, militares, agencias secretas de investigación, líderes políticos. Nombra lo que sea. Él está por encima de cualquier humano que forme parte del tratado de neutralidad con los cielos.

—¿Y qué países en América están bajo esa regla? —mi admiración por este ángel crece cada día más al enterarme de estas cosas.

—Casi todos. Exceptuando a los que tienen una dictadura militar. Esos no están bajo nuestra jurisdicción. Al quebrantarse la democracia, los derechos humanos, la paz y la armonía de ese país, inmediatamente nuestro acuerdo se rompe. No hay ayudas económicas, ni causas sociales o ayuda humanitaria. El país queda aislado por completo.

—¿Dejan a esas pobres personas muriéndose de hambre e infortunios teniendo el poder? —digo sorprendida por su crueldad.

—No. El que se encarga de eso es Lucius. —Des se voltea para vernos—. Hago todo lo que está en mis manos para ayudar a la humanidad, no es mi culpa que algunos se dejen engañar por la guerra personal de Lucius y sus secuaces o hagan tratos con él. No soy el monstruo que crees, Luce.

El dolor es palpable en su voz, pero no puedo ignorar que ellos, pudiendo hacer tantas cosas, deciden pasar por alto cosas como las dictaduras. No puedo entender esa decisión tan egoísta.

—No tenemos permitido involucrarnos en asuntos humanos. Al final las cosas deben caer por su propio peso. —Vincent se encoge de hombros—. Su destino es suyo. No importa qué escojan, ustedes son dueños de sus propias decisiones, ya sean buenas o malas.

—Nos dejan a la suerte —me cruzo de brazos.

—Error —dice Des. Esta vez no se detiene a mirarme—. Los dejamos destruirse entre ustedes, porque es lo único que saben hacer.

Sin más, la conversación termina ahí cuando los tres entramos en el elevador.