Capítulo 25 #3
Des no deja de moverse, pero ralentiza sus embestidas. No sé si está sorprendido o no porque su cuerpo se tensa momentáneamente, pero de inmediato busca mi boca en la oscuridad para besarla de manera más suave, más romántica. Me ha escuchado, me ha escuchado, pero no me ha respondido, a menos que su beso sea una respuesta, aunque no sé cómo interpretarla. Así que me entrego totalmente al placer, a la seguridad y a la vulnerabilidad del momento.
Dejo que este ángel me haga el amor.
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No sé qué hora es. Solo sé que es temprano; la luz de afuera ya atraviesa mis párpados. Estoy en el cuarto de Des. Lo sé incluso antes de abrir los ojos del todo.
La puerta se abre de repente.
—Des, necesitamos hablar porque...
Vincent aparece de repente, sin anunciarse. Sus ojos casi se le salen al vernos juntos. Se queda congelado en el marco de la puerta, aferrado al pomo como si acabara de presenciar un crimen. Su mirada salta de Des, medio dormido, a mí, y entonces abre los ojos aún más. Yo lo miro, confundida, siguiendo su reacción... hasta que caigo en lo obvio.
Las sábanas apenas me cubren por debajo del pecho. Estoy expuesta.
Grito y me aferro a la tela como si pudiera deshacer lo que ya vio. Me envuelvo con las sábanas, arrastrándolas conmigo en un intento desesperado por taparme. Como si ocultarme ahora pudiera borrar de la mente de Vincent lo que acaba de ver.
No lo pienso... hasta que el edredón cae y lo recuerdo. Al llevármelo conmigo, dejo a Desten completamente descubierto. Des se incorpora de golpe, intentando cubrirse con las manos. Le lanza a Vincent una mirada fulminante mientras me mira a mí, alarmado por mi grito.
Y entonces lo entiendo todo de golpe.
En las sábanas blancas, una mancha circular entre rosada y roja lo confirma todo.
Me quedo helada.
Toda la sangre se me va del rostro al ver la evidencia frente a mí, marcada sobre esas sábanas impecables con los fluidos de mi cuerpo.
Por el amor a Padre. ¡NO SOY VIRGEN!
—Ustedes... ustedes... —tartamudea Vincent.
—Largo —ordena Desten.
Des lo empuja fuera de la habitación en un movimiento rápido, dejándolo expuesto un segundo más de lo necesario. Lo último que veo antes de que cierre la puerta de golpe es la cara de Vincent completamente congelada por la sorpresa de ver el miembro de su amigo.
Y luego el silencio.
Como alma que lleva el diablo, me meto al baño de Des sin pensarlo. No me detengo a mirarlo ni un segundo. Me siento ridícula. Ridícula en el sentido más absoluto posible. No sé por qué siento vergüenza, pero la siento. Vergüenza de haber sido vista así. Vergüenza de lo que pasó. Vergüenza de las sábanas.
Y, sobre todo... de esa mancha.
Me siento en la tapa del inodoro y el llanto me sale sin permiso. No es solo incomodidad. Es algo más profundo, más confuso, como si algo dentro de mí se hubiera desordenado y no supiera cómo volver a colocarlo. No entiendo qué me pasa. Solo sé que necesito llorar. Como si alguien me hubiera herido, aunque no sea exactamente eso. Yo quise esto. Fue mutuo. Me gustó... demasiado. Más de lo que puedo procesar sin sentirme extraña.
Pero algo duele. No afuera. Adentro. Algo que no logro nombrar.
La puerta del baño se abre. Des entra sin hacer ruido, aún con el torso desnudo y el resto cubriéndose de manera simple, como si la urgencia no le diera importancia a nada más. Se detiene frente a mí, luego se agacha hasta quedar a mi altura. Se coloca entre mis piernas dobladas y me toma las manos con suavidad, obligándome a mirarlo.
—Dime qué pasa.
No puedo decirle qué pasa. No entiendo qué pasa. Solo quiero llorar y se lo demuestro con sollozos y las lágrimas saliendo de mis ojos de manera incontrolable.
—¿Estás enojada?
Niego suavemente.
—¿Te arrepientes de lo que pasó?
Vuelvo a negar.
De manera muy íntima y familiar, Des extiende por completo sus alas para refugiarnos a ambos. Como una pared de plumas fuertes, de tacto suave, pero firme. Mi cuerpo se relaja un poco por la calidez que la oscuridad de sus alas nos brinda. Me siento aislada del mundo. Como si nada pudiera herirme. Siento que le debo una explicación porque veo su cara de preocupación. No quiere insistir. Yo, en su lugar, no tendría la paciencia que él tiene.
—Siento... —me cuesta hablar por los sollozos— que algo... —otro sollozo— me falta.
Des se queda en silencio. Mira el suelo, analizando lo que yo le he dicho. Yo, en cambio, lloro, sollozo, chillo con más fuerza. Como si fuera una niña pequeña que se lastimó al jugar y busca esa figura de protección. En su momento era mi mamá, en otros era yo; en este es él.
De repente me toma de las manos suavemente. Me mira con la ternura con la que mirarías a un niño herido o a un perrito.
—Perdiste algo, Luce. Es comprensible que te sientas mal.
Y es ahí cuando la realización llega a mí. Quitando la vergüenza de mi desnudez, sí perdí algo, perdí mi inocencia. Mi virginidad, que tanto había resguardado, que no tenía el interés de entregar a cualquier humano o chiquillo de mi escuela. Pero eso no fue lo que hice; se la entregué a un arcángel milenario que se aseguró de no lastimarme, me dio el mejor placer de mi vida y me hizo sentir segura en todo momento. Al final, haberla perdido con Des no es tan malo como mi mente me quiere hacer pensar.
—No quiero dejarte, pero si Vincent entró como lo hizo sé que algo urgente pasa —se levanta, volviendo a colocar sus alas en su posición original—. Báñate aquí y te espero abajo para desayunar.
—Des... no creo que...
Me interrumpe.
—No tienes nada de lo que sentir vergüenza. No es algo que ninguno de los dos desconozca.
Me da un beso en la cabeza antes de dejarme sola con mis pensamientos. Me seco las lágrimas, los mocos y la baba con las sábanas de mi protector. Luego le diré que lave eso o las bote, como prefiera, aunque sería una lástima deshacerse de sábanas tan suaves.
Las dejo en el suelo, postergando la decisión para después. Con mi desnudez expuesta me miro en el espejo del baño de Des. Mi cuerpo se ve normal. Demasiado normal, como si nada hubiera pasado, y eso de alguna manera me tranquiliza.
Respiro hondo.
Bien, es mejor que deje de lloriquear y acepte esto como la adulta que soy... o, bueno, la que estoy intentando ser.
Ya bañada, cambiada y con una confianza más estable que la que tuve anteriormente, bajo las escaleras para encontrarme con la cara de la persona que va a burlarse de esto por mucho tiempo.
Extrañamente, eso no es lo que encuentro. Vincent está de pie mirando a Des con preocupación, mientras que este está sentado con la cabeza entre las manos. No sé qué es lo que ha pasado, pero el semblante de ambos se ve severamente lúgubre. Así que creo que un chiste estúpido puede aligerar la tensión.
—¿Quién se murió? —digo en broma.
Ambos me observan con una expresión de lástima. No hay diversión ni irritación en sus rostros. Vincent no ha hecho un comentario sarcástico o ha intentado burlarse de lo que pasó. La sonrisa se me borra inmediatamente al entender que creo que sí se ha muerto alguien. Y esa persona es importante porque ambos solo saben mirarme, como si alguien que yo...
—¿Mi mamá...? —comienzo con la esperanza de no tener que terminar esa frase.
—Ella está bien, Emma, y Sebastián también —dice Vincent.
—Queremos que te sientes —pide Desten.
—Díganmelo de una vez —exijo.
—Emma... —comienza Vincent.
—Quiero saberlo sin rodeos ni intentos de suavizar. Hablen.
—Bien —dice Des, pasándose las manos por la frente para aliviar su frustración—. Émile murió, Luce.
Lo anuncia sin más.
No reacciono. No puedo. No puede ser... no creo...
Mi respiración se agita y las lágrimas no se hacen esperar.
No él. Por todos los cielos, no Émile. No otro amigo.
—Lo siento mucho, Emma.
Vincent intenta acercarse y doy dos pasos hacia atrás.
Sin pensarlo ni siquiera un poco, me dirijo al elevador con toda la rapidez que mis piernas recién levantadas pueden darme. No van a detenerme. Quiero verlo, aunque eso me destruya por completo.
—¡EMMA! —grita Desten en desesperación—. ¡NO PUEDES...!
Su grito queda ahogado por las puertas de metal cerrándose antes de que pueda alcanzarme y hacerme cambiar de parecer.
Con sumo nerviosismo aprieto el botón del lobby para que esta cosa baje lo más rápido que puede. La gravedad me pega fuerte, como la noticia, cuando el elevador empieza a bajar sin detenerse en ningún piso y tengo que sostenerme de las paredes antes de caerme de lleno al suelo. Émile... Él no pudo...¿Cómo ocurrió esto? ¿Tenía alguna enfermedad terminal de la que no sabía? Jamás dijo nada. Pensé que éramos amigos. Pensé que era algo que tendría la confianza de comentarme. ¿O es que alguien lo asesinó? Si es así, ¿quién fue? ¿Serán los Maleficis para tomar venganza, quizás para asustarme? No lo sé, pero necesito saber qué pasó. Estoy cien por ciento segura de que ambos arcángeles intentarán suavizar el asunto como pasó con Saray. No pienso aceptar más que me oculten cosas o mediten las cosas para suavizarlas.
La puerta del elevador se abre de repente. No hay nadie esperándome abajo y agradezco al cielo que a Des no le haya dado tiempo suficiente para ordenarle a alguien que intente detenerme.
De manera disimulada camino con los pies descalzos sobre el lobby.
Tengo puesta una camiseta de Des que me queda enorme y un par de pantaloncillos de básquetbol que me llegan más abajo de la rodilla gracias al tamaño de este y su estúpida ropa gigante. Nadie me mira. Ni yo miro a nadie, excepto a las recepcionistas, que captan mi atención. Una parece mirarme con curiosidad mientras habla con alguien por teléfono e inesperadamente llama, por medio de su micrófono de seguridad, a alguien que no creo reconocer de este hotel. Su mirada pasa ligeramente al guarda que vigila la puerta giratoria.
Es ahora o nunca.