Capítulo 25 #2
Me desespero por no ser complacida donde realmente quiero y me remuevo un poco. Él parece notarlo porque me recompensa acariciándome la punta y es entonces cuando conozco el verdadero placer. Ese que hace que te retuerzas sin control porque quieres más; esa caricia erótica que te deja inquieta hasta llegar a un punto de no retorno. Su dedo sigue haciendo círculos sobre mi pezón mientras su boca me devora como ninguna otra. Me estoy volviendo loca solo con ese roce. Quiero más y se lo hago saber nuevamente al restregar mis caderas contra las de él, sintiendo su erección. Él lo nota inmediatamente porque, con manos expertas, me quita la otra tira, exponiendo el otro pecho.
De repente deja de besarme. Siento el abandono de sus labios, añorándolos ligeramente, pero me recompensa envolviendo uno de mis pezones con su boca mientras con el pulgar acaricia el otro. En ese preciso momento siento que estoy tocando el cielo. Ahora sí entiendo lo que decía la canción: “El único paraíso al que voy a ser enviado es cuando esté a solas contigo”. Este es el único paraíso al que iré y no pienso regresarme. Quiero más, quiero sentir todo eso que él tiene para darme.
Des no es como los amantes que leí o vi en alguna película, que hablan mucho. Es un ángel de pocas palabras, pero todo lo que no dice lo hace, y agradezco a los cielos que no intente tener una conversación o algún juego sucio porque probablemente diría alguna torpeza por los nervios.
Sigue acariciándome mientras yo me retuerzo como una oruga fuera de la tierra. Sus manos me llevan al límite. Yo pido más, me retuerzo más, mi boca empieza a gemir antes de que siquiera me haya dado cuenta. Sus dedos abandonan mi pecho para entonces bajar hasta mi centro. Ese que tan desesperadamente deseo que toque.
Poco a poco baja sin tocar el punto que quiero, el que pide liberación, sino que se acerca a un área poco conocida, pero bastante húmeda, haciendo que él se detenga un momento.
—Estás demasiado húmeda, Luce —dice casi sin aliento.
—¿Y eso es malo? —pregunto confundida.
Por un momento no dice nada. Vuelve a la acción. Yo vuelvo a caer en la espiral de placer.
—Intentaré contenerme —susurra sobre mi pecho.
Con los dedos mojados me toca ahí donde mi cuerpo pide ser tocado. Mi espalda se arquea y mi mente se va en blanco. No puedo pensar en nada más que en lo que él está tocando, el movimiento que está haciendo y cómo cambia de pezón porque el otro ya pedía a gritos unos mimos.
Con dedos expertos hace círculos como los que hacen mis caderas cada vez que siento el éxtasis concentrarse en mi cuerpo. Quiero moverme como una desquiciada, frotarme con insistencia. Quiero llegar al orgasmo de manera salvaje y desesperada, como jamás pensé que llegaría.
Con intención de llevarme al borde de la locura detiene sus caricias en mis pezones, ya sensibles, y es entonces cuando no veo lo que está por hacer. Me quita el camisón con urgencia y me baja la ropa interior. Es ahí cuando baja él, se coloca entre mis piernas y, antes de que yo pueda decirle algo porque no sé cómo sentirme al respecto, su lengua roza el punto donde antes lo hacían sus dedos.
Me pierdo en el placer.
Me pierdo en el movimiento de su lengua, que se siente mucho más suave que sus dedos expertos. Me pierdo en ese placer que no me deja quieta, que hace que quiera moverme de ahí porque no puedo controlar lo que siento, pero él me sostiene con fuerza y acelera el ritmo. De arriba abajo me toma sin abandonar ese punto y es ahí donde siento los temblores en mis piernas, donde siento que mi cuerpo se tensa incontrolablemente, donde siento que llego a ese paraíso prometido.
Sin pensarlo, sin controlarlo, sin saber qué pasa realmente, mi cuerpo se arquea de maneras que jamás pensé que pudieran existir. Llego a esa explosión de placer que invade todo mi sistema, que me nubla el juicio y los sentidos. Lo único que puedo sentir es mi cuerpo entumecido por el placer, mis articulaciones tensas, retorciéndose de una manera poco natural para mí. Siento palpitaciones en mi punto, un deseo incontrolable me consume y, de repente, mi cuerpo se relaja. Mis músculos se sienten de goma. He entrado en un estado de relajación total mientras mi cuerpo sigue arqueándose de manera ocasional e inesperada, sin que pueda controlarlo.
Mi mente se siente tranquila. Los arqueos disminuyen, así como llegaron, y Des se separa de entre mis piernas. No sé qué hace, pero yo no puedo respirar decentemente. Me siento agitada, cansada y extasiada al mismo tiempo. En toda mi vida no había llegado a ese punto de relajación.
Sin embargo, siento que no es lo único porque lo siento subirse encima de mí. Vuelve a acariciarme por los costados y mi cuerpo reacciona inmediatamente, queriendo arquearse de nuevo por la sensibilidad del momento. Él se acerca lentamente a mí y me planta un beso. Un beso que sabe y huele a mí.
Nunca pensé que podría llegar a saborearme. Henos aquí.
—Me coloqué un condón por si acaso. Aún no sabemos si los semi-ángeles pueden tener hijos. Al menos yo sí, como ya sabes.
Asiento.
—¿Estás de acuerdo? —pregunta desde las sombras.
—Sí, sí —digo rápidamente, llegando a la realización de que él no puede verme.
—Bien. Quiero dejarte en claro que esta parte te va a doler.
—No creo...
—Lo hará —me interrumpe—. Quiero que me digas cuándo debo detenerme o cuándo debo seguir. Iré lento para que te vayas acostumbrando. Necesito que hables cuando te duela, Luce. Promételo.
En su voz suena una urgencia que choca con mi estado de relajación total. Así que le prometo lo que me pide.
—Lo prometo.
—Bien.
No dice nada más. Sus besos lo hacen por él. Se acerca a mí con más ganas que nunca mientras sus dedos vuelven a bajar a mi zona sensible. Uno de sus largos dedos entra poco a poco y la presión provoca un placer distinto en mí. Lo mete, lo saca, lo vuelve a meter y repite el movimiento. En ese vaivén me sigue besando y mis caderas responden al placer, buscando el encuentro con sus dedos. Otro dedo toma confianza y este no me causa tanto placer como el anterior; no es molesto, pero tampoco se siente como el primero. Sin embargo, no quiero que se detenga. No quiero arrepentirme de nada.
Nos quedamos un rato así. Yo siento su urgencia, sus dedos, la presión de su erección sobre mi estómago, que debo decir que se siente bastante pesada sobre mí. No sé de qué tamaño es ni cómo se ve, pero no creo que vaya a ser tan fácil como pensé.
Des saca sus dedos de mí. Se acomoda entre mis piernas y siento un poco de su peso sobre la cara interna de mis muslos. Con sumo cuidado noto cómo acomoda su erección en mi entrada. Con manos suaves intenta empujarla dentro, pero inmediatamente despierta una sensación de ardor en esa zona. Como si estuviera forzando un dedo en una llaga abierta.
—¿Luce?
—Continúa —ordeno—. Te prometo que, si algo pasa, te aviso.
Otro silencio. Con nueva insistencia lo siento forzar un poco la entrada. Aunque está resbaladizo, mi cuerpo no está acostumbrado a esto, a que nada haya sido introducido antes. Y sin pensarlo, él se desliza casi por completo dentro de mí. El ardor no se hace esperar, una sensación que no reconozco. Me achico abrazándolo para intentar disminuir el dolor porque es algo espantosamente horrible. No sé si es así en todos los casos, pero es un escozor que no puedo describir, como si me hubieran echado picante allá abajo o algo así. Me duele tanto que el placer en mi cuerpo se desvanece por completo, dejando solo esa sensación tan horrible.
Inhala, Emma. No llores. No llores ahora. Puedes con esto...
—Continúa —le ordeno.
—No quiero lastimarte, Luce —su voz es un susurro suave sobre mi piel.
—Des, no me lastimas.
—No me mientas. Sé que está doliendo. Aunque no pueda verte, estás tensa.
—Por favor, continúa —susurro casi al borde del llanto porque quiero seguir, pero esto duele horrible.
—Mejor salgo —dice tajante.
—¡No!
Lo detengo agarrándolo como puedo con mis piernas, como si fuera un monito aferrándose a su madre.
—Continúa, estoy bien —le aseguro.
Vuelve a hacer otro intento. Se desliza suavemente y, aunque escuece, ya no arde tanto como en el primer intento, por lo que poco a poco se introduce hasta entrar por completo. Lo siento exhalar de placer; puedo notar que se está controlando lo más que puede. Quiero complacerlo, aunque me duela, porque me gusta su placer y, sobre todo, me gustó el placer que me dio a mí y quiero recompensarlo.
—Sigue —susurro.
Él se mueve de adelante hacia atrás buscando su propio placer. Me da suaves besos en el cuello y yo poco a poco voy sintiendo el placer que sus dedos me estuvieron dando. Quiero más, quiero mucho más, pero sin dolor, puro éxtasis entre él y yo. No pienso en nada más que en él, en su movimiento, en el ardor del momento y en las lágrimas que se derraman por las comisuras de mis ojos por todo lo que está pasando. Él seca esas lágrimas rebeldes y me reparte besos por todo el rostro. Sé que percibe lo que siento. La intensidad del momento hace aflorar todos mis sentimientos, incluso los que tenía reprimidos, así que de la manera más inesperada digo lo que mi mente se estaba guardando para sí.
—Te amo —confieso en un susurro, casi sin aliento.
¿Qué acababa de decir? ¿Por qué había dicho eso? Ni siquiera sabía desde cuándo me sentía así.
Por un momento el mundo se detiene. Mi placer ya no es tan placentero. Quiero que la tierra me trague y la oscuridad me castigue. ¿Cómo pude haber dicho tal cosa? Algo que no creí confesarle a nadie en toda mi vida porque no sabía qué se sentía el amor. Hasta este momento, donde me siento la persona más vulnerable del universo.