Dark Arcangelo Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—Pareces señora con los brazos así, bájalos. Les di el día libre. Me disculpé con ellos y les di el día —levanta las manos—. Vamos, buscaré las llaves.

Tal como dijo, solo fueron dos cuadras desde el hotel hasta el supermercado más cercano. Es la típica tienda de un anciano asiático que te atiende con un español bastante bueno, pero con acento. Siempre he admirado a las personas de Asia. Tienen una facilidad para adaptarse a otros países que me resulta impresionante. No solo cambian de cultura, sino de idioma y costumbres, pero siempre parecen, o al menos es lo que veía en los que tenían su negocio cerca de mi antigua casa, estar disponibles sin importar el día o la hora. Sus días festivos, en cambio, eran otra cosa, algo que siempre respetan. Sus hijos ayudan en los negocios y, aunque se adaptan a la nueva sociedad donde se establecen, nunca dejan de pertenecer, al menos de corazón, a su pueblo, a su lugar de origen.

Compramos tantas cosas que creo que el señor le quería dar un abrazo porque Des no escatimó en gastos. Si quería algo lo tomaba, si solo lo veía lo tomaba, si lo tocaba por curiosidad también lo tomaba. Al final dejé de mirar porque ya no sabía si también lo iba a agarrar. Por mi paz mental solo me dirigí a pagar cuando ya veía que nada más le cabía en los brazos. Y decir que compramos demasiado es poco. Solo con ver lo que escogimos ya me daba dolor de panza. Compró palomitas de diferentes sabores, cinco sabores distintos de chocolates, galletas de vainilla, chocolate y fresa, helado, conos de helado, papitas, pasteles individuales, gomitas, refrescos, bebidas energéticas, bebidas naturales y ya no sé qué más.

El dueño nos repitió tantas veces que quería que volviéramos pronto.

Ya después de haber puesto todo en el carro, el camino a casa fue silencioso. La radio está encendida y la voz del locutor del otro lado anuncia una canción que le encanta. Nunca había escuchado a ese cantante, así que le subo el volumen porque la melodía era linda para disfrutarla mejor. La canción es de un tal Hozier y habla algo de ir a la iglesia. La verdad es que los idiomas y yo no nos llevamos tan bien como yo quisiera. Me va mejor en química que en inglés, pero por lo que entiendo habla de su amante o algo así, de que ella es graciosa, que debió alabarla, que es una obra de arte o eso no lo entendí muy bien. Pero de repente escucho la frase más hermosa que le puedes dedicar a otra persona. Dice algo como: “El único cielo es al que voy contigo” o algo por el estilo. Aunque no creo haber entendido la letra, por lo que hago un movimiento arriesgado.

—¿Podrías prestarme tu teléfono? —observo a Des conducir desde el asiento del piloto.

—Te di uno, Luce.

—Sí, pero solo hablo con mamá, así que realmente no lo cargo encima. ¿Es mucho pedir?

—No lo sé… —hace una pausa—. No me gusta la invasión a cosas tan personales.

No me había dado cuenta de que mi petición había sido un poco más íntima de lo que pensé. Digo, no es como que sea una costumbre entre nosotros. Además, es su teléfono de trabajo. Debí esperar a llegar a casa antes de inmiscuirme en su privacidad. Inconsciente como siempre.

—No pasa nada, Des. Disculpa.

Pasamos un rato en silencio mientras él consigue llegar a los estacionamientos del edificio. Des solo hace subir y subir pisos para llegar al de él. Después de tantas vueltas y pisos comienzo a marearme un poco. Ya sé por qué nos dejan en el lobby y los chicos se encargan de subir los autos. Es como intentar subir una montaña rusa con un Mini Cooper. A pesar de que esta camioneta es grande, se sienten demasiado las curvas.

—Tómalo —dice de repente.

La verdad es que no dudo ni un segundo en hacer lo que me dice. Me carcome más saber la letra de la canción que la vergüenza de hace dos segundos. Por un instante entierro la pena y me concentro en la canción. Agarro su teléfono, lo acerco un poco a su cara sin que le interrumpa la vista e inmediatamente se desbloquea con facilidad. Abro el buscador, busco la canción y entro a una página de dudosa procedencia donde tiene la canción en inglés y español. Es ahí entonces donde veo lo que significa y se me eriza la piel solo de pensar que esa rima es tan íntima, tan pasional, tan… sexual. La frase dice así:

“El único paraíso al que voy a ser enviado es cuando esté a solas contigo”.

Ese sería literalmente mi destino. No tengo permitido ir al paraíso, por lo que estoy estancada en esta estúpida Tierra destinada a morir, pero quizás en algún momento podré ver el cielo de alguna loca manera. No sé si algún día viviré algo tan íntimo, ni con quién.

Miro a Des de reojo intentando estacionar el auto, pero intento alejar esos pensamientos. No puede ser verdad. ¿No puede ser que quiera algo con él? O... ¿sí?

—¿Encontraste lo que buscabas? —me dice quitándose el cinturón de seguridad.

—Sí —cierro la pestaña de búsqueda—. Gracias.

Él hace un gesto afirmativo y me deja en el auto sola con mis pensamientos mientras saca las cosas del maletero. Como yo no quiero quedarme sola con ellos, porque solo los cielos saben cómo podrían evolucionar, me bajo para ayudarlo.

Al llegar acomodamos todo para entonces decidir qué películas veríamos. Creo que esa es la parte más difícil de una noche de películas: ponerse de acuerdo en qué ver. Des no es de ver películas o, al menos, eso noté porque resulta que le encantan las películas de acción de los años ochenta. Tampoco es como que haya visto tantas, así que le dije que podíamos ver una buena película que combinara lo que nos gusta a ambos. Por lo que llegamos al acuerdo de ver la trilogía de El señor de los anillos, así él tiene su dosis de acción y yo mi fantasía entretenida. Quizás no es de los ochenta, pero es un clásico.

Sin embargo, de repente llegué a la realización de que nos estamos acomodando en la sala de estar para hacer la maratón y no hay dónde verlo. No me había venido a la mente que no tenemos televisión. Por todos los cielos, qué ridícula de mi parte al no pensar dónde veríamos eso. ¿En la pared quizás? Porque para tonta, yo. Aunque Des tampoco ha mencionado nada al respecto.

—Tengo una consulta.

Des deja de acomodar un par de cojines en el sillón para prestarme atención.

—Sí.

—Bueno... No hay dónde ver las películas, por si no te habías dado cuenta.

—Luce —Des niega riéndose en voz baja—. No te preocupes por eso.

Se ríe como si hubiera dicho la cosa más idiota del mundo, lo cual creo. Porque toma un mando que en mi vida había visto de una de las mesitas al lado de los sillones, presiona un botón y de la nada sale del techo una pantalla de tela gigante de manera lenta. Sale tan despacio que en cada movimiento me está diciendo que estoy idiota porque nunca le había prestado atención a eso. La verdad es que la tecnología me sorprende cada día. Otro sonido proviene del techo y también, de manera lenta pero segura, baja una cajita pequeña que supongo que es el proyector.

—Siéntate. Pondré a hacer las palomitas.

Hago lo que me dice. Me acomodo en el sillón con las almohadas que acomodó tan delicadamente. Yo hubiera tirado todo y listo, pero este ángel es metódico.

Me acomodo junto con Luan y Eloa mientras el olor a palomitas inunda el aire. Me siento tan relajada en este momento que, si alguien me dijera que unos seres mágicos malos intentan matarme, le diría que está loco. Pero luego veo lo que me rodea y sé que no es así. No estoy sola en casa o en la casa de los papás de Saray. Estoy con Des, un arcángel que daría la vida por mí, dos mascotas que adoro, un ambiente acogedor que ya siento como mi hogar y más protegida que nunca. La vida no es perfecta, pero en este momento es buena y agradezco a los cielos por ello.