Capítulo 24 #2
Ambos terminamos nuestro desayuno en un silencio pensativo o, más bien, de mi parte. Con todo esto que me dice Vincent me deja un poco aturdida con las reglas de su mundo, sobre todo por cómo Padre maneja ciertos asuntos que, en lo personal, me parecen demasiado injustos, más que todo con mi gente, que tuvo cero culpa en lo que respecta a su natalidad y exterminio. Jamás hubiera pensado en un millón de años que una raza sería masacrada por decidir mirar a otro lado, por no tomar una decisión frente a algo que pasó. Nadie hubiera podido adivinar que esos ángeles se corromperían de esa manera, pero sucedió y no todos éramos unos monstruos, por ejemplo, yo misma y los que vinieron antes de mí, que sí nacimos de ese amor y no de la lujuria. Pensar que podría tener una casta con la cual identificarme... es algo que no pensé que añoraría y eso que nunca los conocí.
Vincent me reafirma que el racismo no existe en Paradisum. Por más que el arcángel quiera disfrazarlo, el racismo existe en todos los lugares donde existan personas que no reconocen a un igual, sino a un obstáculo.
—Sabes —dice Vincent desde el fregador—, ¿alguna vez has pensado cómo te gustaría que se viera tu casa?
Su pregunta me deja un poco confundida. Aunque, ahora que lo menciona, creo que jamás había cruzado por mi mente.
—La verdad es que no —tamborileo los dedos sobre la mesa—. ¿Por qué me haces esa pregunta?
—Estuvimos viendo unos lugares en nuestras tierras donde podrías quedarte, en caso de que te acepten, claro —se gira para alzar una ceja en forma de que entienda lo que dice—. Me gustaría saber si tuvieras alguna opción, ¿qué sería lo que elegirías para tu vivienda? Ya sabes a lo que me refiero: decoración, colores, muebles y esas cosas.
Me toma un momento contestar esa pregunta porque no me la había cuestionado antes. Mi primer plan era la universidad después de graduarme. Lo demás vendría con el tiempo, por lo que no planifiqué tanto a largo plazo.
—No sé, la verdad no lo he pensado —repaso un poco en mi memoria lo poco que sé de diseño de interiores—. No lo sé, quizás algo pacífico, en blanco, no como el pent-house, todo sombrío y oscuro. Que entre la luz natural y flores —lo miro—. Me gustaría que hubiera flores en todas partes. Ese hogar que transmita paz, naturaleza.
—Creo que no está tan alejado de lo que encontramos —se seca las manos luego de terminar con los platos y toma asiento a mi lado nuevamente—. Vimos una ya construida, un poco vieja, cerca de la casa de nuestros padres. Es de dos pisos y tiene una escalera de caracol. Te gustaría.
—No creo, Vincent —niego con la cabeza sabiendo que es muy poco probable que admitan mi ingreso.
—Vamos, Emma..., quizás sí se pueda.
—No quiero hablar de eso —hago gestos con la mano para acabar con el tema—, por favor.
Un toque repentino en la puerta nos sorprende a los dos. Vincent se levanta de su asiento para recibir al intruso y yo me quedo a terminar mi té. Es un poco raro lo que me preguntó acerca de la casa. Extrañamente específico.
De repente veo a Desten de pie mirándome desde la entrada de la cocina. Vincent está detrás de él con la cara como un poema.
—Alguien aquí decidió visitarnos —insinúa Vincent con los brazos cruzados.
Des se queda en silencio. Veo la lucha interna en sus ojos al mirarme para luego mirar al suelo y así sucesivamente. Por lo que esta vez permanezco en silencio y lo dejo lidiar con su incomodidad.
Carraspea un poco.
—Yo... —empieza y vuelve a carraspear— me gustaría, ustedes saben...
—No, la verdad no sé —lo interrumpe su mejor amigo mientras pasa a su lado. Se coloca en una silla frente a él para no darle la espalda—. No me mires así, Des, pensé que venías a disculparte. Oye, oye, tranquilo —levanta las manos en señal de rendición—. No deberías fruncir el ceño, te saldrán arrugas.
—Como decía —lo ignora Des—, yo... vine a disculparme.
—Está bien.
Des asiente con rigidez. Yo no tengo nada que decir.
—No debí haber reaccionado de esa manera —dice con calma—. Quiero disculparme con ambos.
Ninguno de los dos responde. Yo, por lo que ya mencioné. Vincent, por otro lado... su cara, bueno, dice todo lo que su boca no puede por la estupefacción. Jamás, desde que lo conozco, lo he visto tan callado frente a nadie, sobre todo con Desten o, más bien, tan estupefacto por algo que su mejor amigo haya dicho. Vincent siempre tiene algo que decir, ya sea un comentario sarcástico, burlón o imprudente. Increíblemente, en este momento solo está callado, siendo su cara un poema.
Una tensión extraña se instala entre nosotros, mientras que ninguno de los tres dice algo coherente o productivo, así que permanecemos ahí, sin saber qué decir.
Pasa un rato más y es entonces cuando Vincent sale de su estupor.
—Disculpado.
Desten lo mira un momento, determinando si lo que ha dicho es cierto o no. Yo, mientras tanto, observo la interacción de estos dos hombres o, más bien, ángeles de la manera más divertida. Ambos incómodos, siendo, si es que adivino bien, la primera vez que Desten se disculpa con Vincent en su vida entera. Sobre todo por la reacción de su mejor amigo.
—Emma —llama mi atención—, ¿volverás a casa?
Su petición tan amable me deja aturdida por la sorpresa. Quedo petrificada en mi lugar. El único movimiento que hago es asentir de la manera más torpe posible. Des asiente de regreso, se levanta de la mesa, le da unas palmadas a Vincent en el hombro y sale del apartamento de su mejor amigo.
—Bueno, eso fue...
—Inesperado —completo la frase.
—Exacto.
—Sí...
Otro silencio aparece. Esta vez no se siente incómodo, sino... diferente, muy de no saber qué está pasando.
—Yo creo que mejor me retiro, Vincent.
—Sí, sí —dice este todavía estupefacto—. Claro.
—Gracias por el desayuno.
—Claro, claro, querida. Siempre, un gusto.
Ambos nos dirigimos hacia los elevadores para poder ir al pent-house.
—Yo me quedaré a limpiar.
Asiento. Entro en el elevador, pero antes de presionar el botón del pent-house Vincent me llama.
—Oye —dice forzando las puertas para que no se cierren—. Te lo dije una vez, pero lo diré de nuevo. Te tengo el mayor de los respetos, Emma, y lo digo en serio —niega con la cabeza mirando el suelo, conteniendo una sonrisa—. Lograste domar al león y no hablo de Luan —me guiña el ojo con una sonrisa pícara.
Deja cerrar la puerta del elevador prácticamente en mi cara sin dejarme oportunidad de decirle algo más. Ignoraré ese comentario porque es él siendo él, como siempre. Lo positivo es que regresó a su estado habitual.
Al llegar al pent-house, Des ya me espera en el pequeño recibidor junto a Luan. Ambos se acercan a mí al salir del ascensor. Luan, como siempre, me recibe con un cálido frotamiento muy felino de su parte, pero como es tan fuerte y grande hace que me tambalee un poco. Des, por su parte, se queda a un lado mirando la escena, como siempre en silencio, sin mucho que decir.
Intercambiamos una breve mirada. Luego cae otro momento de quietud. Puedo ver el arrepentimiento en sus ojos. Estoy consciente de que esa disculpa le ha costado más de lo que le gustaría admitir. No es alguien que está acostumbrado a disculparse o ser empático con los demás.
Corto la conexión para rascarle la cabeza a Luan. Sus ronroneos profundos llenan la habitación, satisfecho por las caricias, así que continúo mimándolo un poco más. De repente, me rodea la cintura y me atrae hacia él. Des me mira a los ojos y es ahí donde veo su batalla interna.
—Lo siento por haberte gritado —dice con suma incomodidad, mirándome a los ojos.
—Des… —exhalo. No quiero seguir enojada con él, solo quiero volver a la normalidad, nuestra normalidad—. No pasa nada.
—Sí pasa —agacha la cabeza—. Lo siento mucho, Emma.
—Hey —me inclino un poco, intentando que me mire—. Estas cosas pasan, lo importante es disculparse y no volverlo a hacer o, al menos, con tanta frecuencia. Oye, mírame, Des —le sostengo la barbilla—. Estamos bien.
Se toma un momento antes de hablar. Luan está entre nosotros como un perrito celoso, por lo que su presencia aligera un poco el momento. Su gran cabeza se frota entre nosotros y Des acaricia su majestuosa cabellera.
Asiente. Es lo único que hace. Asentir, como siempre, para darme a entender que ha entendido el mensaje. Yo imito su acción, pero un suave beso robado en los labios me sorprende repentinamente. Él revuelve un poco mi cabello y se regresa al apartamento. Yo me quedo intentando procesar el beso robado. Es lindo…, fue lindo…, él es lindo…
No tengo idea de cuándo empecé a verlo lindo, pero se ve distinto… ¿o es mi imaginación? ¿Qué?
Me deshago de esos pensamientos repentinos e inesperados que me aceleran el corazón más de lo que quisiera admitir.
Solo fue… ¿lindo?
—¡Emma! —me grita Des.
Gracias a los cielos por esa interrupción.
—¿Qué quieres hacer hoy? —me pregunta al verme entrar en la sala de estar.
—Pensé que podíamos quedarnos en casa y ver películas —hago un pequeño gesto con la mano—. Creo que te mencioné que no quiero separarme de Luan hoy. Se lo prometí.
—Cierto —se pone pensativo, rascándose la barbilla—. Si quieres, podemos ir a alguna tienda a buscar golosinas para hacer alguna maratón, ¿te parece?
—Me parece una buena idea, Des. Podemos ir, pero ¿crees que sea seguro?
Él hace una pausa, volviendo a meditar lo que le dije. Sé que el picnic fue algo arriesgado, pero teníamos tanta protección que hubiera sido imposible un ataque, mientras que él y yo solos yendo a un lugar desconocido, no creo que sea la opción más viable, a menos que llevemos seguridad extra.
—Hay un supermercado a unas dos o tres cuadras. No creo que sea peligroso —le quita importancia—. Todo el bloque siempre está vigilado y tenemos un sistema de vigilancia veinticuatro siete. No pasará nada.
—Agelos y Haniel pueden acompañarnos.
—No creo.
—¿Por qué no?
—Los saqué a ambos —dice como si nada.
—¿Cómo? ¿Por qué los sacaste, Desten? —le cuestiono sintiendo la irritación de esta mañana volver a mí.