Dark Arcangelo Capítulo 23 #4
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Capítulo 23 #4

—El que tiene que hacer un mejor trabajo eres tú. ¿Cómo te atreves a tratar a todos así solo porque tú no pudiste cocinar unos simples pancakes?

—No me hables...

—¿Cómo?, ¿que no te hable cómo? —le doy mi taza a Vincent para que la sostenga—. No sé si recuerdas que yo no estoy bajo una orden militar.

—Eso no te da derecho...

—¿A hablarte como le hablas a los demás? —lo vuelvo a interrumpir—. Te hablo como me plazca, porque eres la persona más grosera que conozco y a ese tipo de personas se les habla así. ¡Oye! —lo veo darme la espalda para irse—. Estoy hablando contigo, Desten.

El mencionado se detiene a medio camino. No se da la vuelta para mirarme, pero sé que me está oyendo.

—Deberías disculparte con ellos, sobre todo con Vincent —exhalo—. Entiendo que a veces te exaspera, pero es tu hermano, no solo tu mejor amigo o tu segundo al mando. ¿Qué crees que dirían tus padres si vieran cómo lo tratas?

Lentamente Des se da media vuelta. Su cara expresa más de lo que jamás le he visto. No solo veo enojo, sino ira, represión y vergüenza. No le ha gustado lo que he dicho, pero más que todo le ha desagradado la mención de sus padres. Puedo verlo en sus ojos. Porque yo hago la misma expresión cuando me hablan de Sebastián. Se acerca lentamente, como un felino a punto de atacar a su presa.

—¿Qué sabes tú de mis padres? —su altura sobrepasa la mía cuando está a unos centímetros de mi rostro con la cara deformada por la rabia—. Solo porque te conté parte de mi vida te crees capaz de decirme qué hacer o qué no. No me conoces ni a mí ni a mis padres. ¿Qué sabe una niña como tú, sin padre o familia, de lo que sus padres pensarían?

Sus palabras me atraviesan con tanta precisión que por un segundo olvido cómo respirar. Las ganas de irme corriendo a llorar pueden más que yo. El nudo en mi garganta se va haciendo cada vez más fuerte. Intento hablar, pero sin éxito. Estoy segura de que todo lo que quiere salir de mí son palabras atoradas, lágrimas retenidas y pensamientos oscuros.

—Desten... —susurra Vincent sorprendido.

—¡Silencio! —vuelve a alzar la voz.

—¿O qué? —mi repentina respuesta lo sorprende a él y a mí en el proceso—. ¿Qué nos vas a hacer? ¿Qué puede ser peor que convivir con alguien tan grosero, malagradecido y malgeniado como tú?

Esta vez no es la tristeza la que me invade, sino la ira. Cuando eso pasa, dejar de llorar no es una opción porque todo se entremezcla. Entre el enojo, las lágrimas y el nudo en la garganta se hace difícil hablar sin llorar. Pero estos ataques histéricos de este ángel me tienen al límite. No es lo mismo tener un mal día y estar de mal humor que tratar a todo el mundo a tu alrededor de manera miserable, como lo hace siempre, como si los demás no tuviéramos sentimientos.

Mi respuesta parece sorprenderlo porque sus facciones se suavizan un instante antes de mirar a su alrededor. Yo no espero a que termine su inspección para decirle lo que realmente pienso.

—No necesito tener familia para saber que así no se trata a un amigo, hermano y colega. Algunos sí sabemos que los demás tienen sentimientos. No es mi culpa que no hayas nacido con ellos ni culpa del mundo. Tus subordinados solo seguían tus órdenes, como siempre hacen. Que tú seas un inútil que no sabe hacer un pancake ya preparado, con la única instrucción de la caja de echarle solo agua, no es culpa de los demás —inhalo y continúo—. Te agradezco que intentaras hacer el desayuno para los dos, pero esta no es manera de tratar a los demás por tu frustración.

Creo que nadie lo había retado tantas veces como yo lo he hecho porque su silencio es inapelable. Parece ensimismado en sus propios pensamientos porque desvía la mirada y se queda observando un punto invisible. Yo busco aprobación en los demás, pero Agelos y Haniel siguen en las mismas posiciones que antes sin realmente intentar involucrarse y Vincent está atónito.

—Iré al apartamento de Vincent a desayunar —anuncio—, si no es mucha molestia.

Vincent solo niega con la cabeza.

—Y tú —señalo a Des— nos debes una disculpa a todos, sobre todo a ellos tres.

Des sigue sin querer hacer contacto visual. Su expresión, en cambio, me dice lo suficiente. Está escuchándome.

—Ustedes dos —les digo a ambos ángeles— pueden retirarse.

Haniel y Agelos siguen de pie, tan rígidos como al principio. Se miran confundidos y el que se atreve a hablar es Haniel.

—Emma —este recorre la cocina un momento para verificar el desastre y darme a entender que tienen una orden que cumplir—, tenemos cosas que hacer.

—No. Vayan a darse un baño y tú, Haniel, ponte hielo en la cabeza. Ese golpe fue muy fuerte —ordeno.

—Pero... —protesta Agelos.

—Pero nada, vayan —insisto con más determinación.

—Desten sigue siendo nuestro superior —dice Haniel con la cabeza gacha—. Solo podemos aceptar órdenes de él.

—Hagan lo que dice —dice de repente el arcángel.

Desten vuelve su mirada a sus subordinados. Ambos hacen un saludo y salen de la cocina.

—Limpia esto, Desten —le ordeno—. Vamos, Vincent.

Y así dejo atrás el desastre hecho no solo en la cocina, sino en la cabeza de mi protector. Que viva con su arrepentimiento todo el día si es necesario. No es mi problema.