Capítulo 23 #3
Agarro una almohada para taparme de la luz del sol e intento volver a dormir. Sin embargo, una fuerte patada en el estómago y otra extremidad que no reconozco cuál es me avientan la almohada de la cara. El dolor en mis órganos me provoca una punzada espantosa al mismo tiempo que los rayos del sol me ciegan. La dolencia es tan intensa que me hace doblarme sobre mí misma. Si hubiera tenido algo en el estómago definitivamente lo habría vomitado del dolor de las patas de Luan y sé que fue él porque reconozco el tamaño de sus patotas de gigante.
—¡Luan! —grito.
El mencionado ya estaba saltando por arriba de mí para caer nuevamente en la cama cuando escucha mi grito. Se voltea y me mira. Eloa también parece entender que estoy enojada porque se detiene al igual que su contraparte.
—¡Largo! —vuelvo a gritar—. ¡Ahora!
A él no parece gustarle mi tono porque se sienta quieto, sin moverse, solo observándome detenidamente.
"¿Por qué?"
Me frustra su pregunta, sobre todo porque él no se dio cuenta de lo que hizo.
"Luan, tú lastimarme."
"Jugar afuera."
Se me queda viendo un poco más. Yo no puedo soportarlo y le doy esa mirada de mamá que exige obediencia inmediata. Le señalo la puerta.
"Ahora."
Con la cabeza gacha sale con la cola entre las patas, como diría mi madre.
Cuando ya ambos felinos se han ido intento volver a dormir, pero la panza aún me duele y, honestamente, después de ese enojo no creo poder volver a conciliar el sueño.
Salgo a la cocina por un vaso de agua luego de cepillarme los dientes cuando me detengo en medio de la escalera. Veo a Desten junto con Agelos y Haniel haciendo un desastre en la cocina, mientras que un muy divertido Vincent observa desde la isla de la cocina de espaldas a mí. Un olor a quemado comienza a inundar el ambiente y veo a los tres ángeles correr de aquí para allá. Vincent está tranquilamente sentado con lo que parecen... ¿palomitas?
—¿Qué huele a quemado?
Todos voltean a verme de pie en las escaleras. Medio enfadada, medio dormida y medio confundida. Vincent es el primero en acercarse.
—Querida, qué bueno verte —dice con una taza de té humeante en la mano. Me tiende otra taza con una sonrisa en los labios—. Mi amigo aquí —señala a Des— quiso hacer el desayuno porque me enojé con él anoche. ¿O no?
Desten se voltea un momento para asesinar con la mirada a su mejor amigo. Luego pasa una mirada rápida sobre mí para seguir con lo que estaba haciendo junto con sus subordinados. Agelos se revuelve el cabello rubio en frustración por las órdenes de Des, mientras que Haniel solo se queda mirando fijo con los brazos en jarra.
—No quiero ni pensar qué están haciendo allí —con la taza humeante de té me dirijo hacia la isla con Vincent caminando detrás de mí—. Por cierto, ¿de qué es el té?
—Negro —toma un sorbo y vuelve a mirar a los ángeles con desesperación—. Como debe ser.
—¿Sin leche ni azúcar? —lo miro—. ¿Qué clase de té tomas tú?
—Como lo toman los asiáticos, niña. ¿Cómo más? —se ríe—. Recuerda que no me gusta el azúcar —me guiña un ojo—. También tengo palomitas.
—Cierto, cierto —digo—, pero yo no soy tú. Yo sí quiero leche y azúcar —lo miro como si estuviera completamente loco— y no, no quiero palomitas.
Me levanto para preparar mi té, pero de cero a cien todo se vuelve un caos. Agelos tira lo que parece una masa al suelo. Entre lo que él y Des se distraen recogiendo el desastre, Haniel queda encargado de vigilar el sartén, pero se le cae la cuchara y, al intentar recogerla, se da en la cabeza con el mango e, inesperadamente, el sartén se cae al suelo. El intento de pancake vuela hacia la isla y Haniel cae por el dolor en la cabeza. La cocina empieza a oler a humo porque cayó masa en la estufa y se está quemando.
—¿Pero qué carajos...? —digo en shock viendo todo lo que está pasando.
—¡PERO ES QUE SON UNOS INÚTILES! —grita Des desde el suelo, lleno de harina y masa por todo el pelo y la cara—. ¡UNOS SIMPLES PANCAKES ERA LO QUE HABÍA QUE COCINAR Y NI ESO PUEDEN HACER!
Agelos se levanta del suelo inmediatamente después de escuchar el primer grito de Des. Se pone en posición. En silencio lo observa con el rostro más serio que lo he visto; es como si se le hubiera activado el botón de ser un militar. Haniel también se levanta frotándose la cabeza y se coloca al lado de Agelos mirando al frente. Pareciera que están más que aterrados; su mirada es la de las mil decepciones, mientras que Des sigue berreando verbalmente cada insulto que se le aparece por la mente.
Vincent intenta calmarlo. Como siempre, no es algo que funcione porque entonces comienza a gritarle a él. Yo me quedo de piedra viendo cómo todo sucede. Sin embargo, por el rabillo del ojo puedo ver que algo se sigue quemando en la estufa. Vincent, al igual que yo, se da cuenta de lo que está pasando y Des, en su enfado, manda a ambos ángeles a limpiar. Eloa intenta acercarse a él, pero a ella también le grita y el pobre animal solo se achica en su lugar por el miedo. Yo solo me quedo ahí viendo cómo trata a todos de la manera más hosca y horrible posible. ¿Cómo es siquiera remotamente posible que este sea el mismo ángel que fue tan amable, sincero y atento conmigo ayer o anoche?
Eloa vuelve a acercarse y esta vez Des da dos pasos al frente para asustarla, para hacerle ver su enojo. No sé qué es lo que hace para querer intimidarla, pero eso ya me está molestando.
—Jefe —dice Agelos suavemente—, ¿quiere que compremos comida?
—¡¿No sirven para nada y quieren hacer otra cosa?!
Ahora sí me saca de mis casillas.
—¡DESTEN!
Todos me miran y yo, con la taza aún en mis manos, me acerco a él, pero no lo suficiente como en otras discusiones que hemos tenido.