Capítulo 23 #2
—Oh, vamos, Vincent. ¿Qué te molestó ahora? Estás haciendo un berrinche porque no te dimos información. Eres un arcángel adulto, te ves ridículo haciendo eso —esta vez la frustrada soy yo y no precisamente por la sopa.
—Deberían agradecer que les hice comida, al menos diciéndome qué tal les fue, pero tú no quieres hablar y el otro es un grosero como siempre.
—No exageres —dice repentinamente Des—. No es para tanto.
Ambos nos sobresaltamos al verlo. Eloa no lo acompaña, así que asumo que, por la paz mental de su mejor amigo, decidió dejarla encerrada en la oficina.
—Tú cállate. Jamás dices algo que sea interesante, al menos que sea de trabajo, y esta traidora no me quiere decir si se besaron o no. Es lo mínimo que merezco por prepararles la comida —hace un mohín— que hice con tanto amor.
Sus ojos se agrandan al mencionar la comida y, esta vez, hace un puchero.
—No nos besamos.
—¿Ah, no? —Vincent mira a Des, luego a mí, para volver la vista a su mejor amigo—. No te creo.
—No pasó —digo reafirmando la confesión de mi protector—. Está siendo sincero.
—¿Entonces qué fueron a hacer? ¿A perder el tiempo?
—A hablar —digo con total sinceridad.
La risa estridente y repentina de Vincent llena la habitación. En medio de su ataque de risa no para de carcajearse mientras se toma el estómago, doblándose hacia adelante e incrementando aún más las risas. Des lo mira severamente, cabreado, con los brazos cruzados.
—Voy a sacar a Eloa si no paras eso —advierte.
El arcángel se recompone como puede, secándose un par de lágrimas escapadas e incluso limpiándose la boca de lo que creo es baba con el pañuelo que lleva en el bolsillo de su elegante traje celeste, junto con todo lo demás del mismo color monocromático.
—Ya, ya —dice controlando su risa—. En serio, ¿qué pasó? Cuenten.
—Eso. Hablamos —le aclaro nuevamente.
—¿Qué? —la risa va en descenso mientras su mirada pasa de uno al otro hasta que su sonrisa desaparece por completo—. ¿Es en serio? —frunce el ceño buscando respuestas en su amigo—. Tú nunca hablas, jamás —enfatiza la última palabra.
—No lo sé —Des se encoge de hombros—. Solo pasó.
—¿Qué? —repite nuevamente con incredulidad.
—Vincent, lárgate —dice ya frustrado el arcángel, tomando el puesto libre a mi lado y agarrando la otra sopa que acompaña la mía—. ¿No tienes algo mejor que hacer?
—Aparte de que me largues todo el tiempo, la verdad no —sonríe.
—Entonces busca qué hacer.
—No seas así, Des —lo riño—. Es tu mejor amigo. No deberías tratarlo así.
El mencionado suelta un gruñido bajo. Le da un sorbo a su sopa y come en silencio, obviando que los demás están en la habitación.
—Vincent —vuelvo mi atención al arcángel—. Solo hablamos y comimos de tu deliciosa comida. El día fue muy lindo. Eso es todo. No hubo drama, ni besos, ni nada romántico. Solo dos personas hablando.
El arcángel levanta una ceja, midiendo si creerme o no. Yo fui sincera, por lo que no espero su respuesta y bebo otro sorbo de la deliciosa y aromática sopa con fideos blancos, cebolla picada, cilantro y rodajas de limón. También me quito el anillo para liberar mis alas, ya que las he tenido guardadas todo el día. Las estiro al sentirlas entumecidas. Des, imperturbable, sorbe de su plato con total calma y comodidad, masticando lentamente los fideos.
—Gracias por preocuparte, pero eso fue lo que sucedió. ¿Estás contento? —le dedico mi más sincera sonrisa cansada al arcángel.
—Bien, si eso es todo —inclina la cabeza ligeramente, incrédulo por lo que pasó—, supongo que puedo retirarme —mira a Des y este solo asiente con desinterés—. Este maldito... —murmura al darse media vuelta como una furia.
Camina en grandes zancadas hasta llegar al ascensor. Da una vuelta dramática, le saca el dedo medio a Des y, justo a tiempo, se abren las puertas de la caja metálica y, sin más, se va.
Des solo mira un segundo cuando le saca el dedo, no se inmuta y continúa comiendo como si nada hubiera pasado.
Ambos continuamos comiendo en silencio. Sin apuros ni incomodidad, solo dos personas hambrientas intentando terminar su cena. Desten termina antes que yo y anuncia que volverá a trabajar. Me pregunta qué quiero hacer mañana. Le consulto si podemos quedarnos en casa a ver alguna película o algo, ya que le prometí a Luan que me quedaría en casa para pasar tiempo con él. Desten responde que está bien, se dirige a su oficina y yo a mi habitación con Luan, que está echado en el suelo mordiendo un pedazo de tronco que Agelos le dejó para divertirse. Haniel le trajo a Eloa una pelota, pero esta no parece tan interesada en ella, a diferencia de Luan.
Me preparo para dormir, me baño, cepillo los dientes, me pongo el pijama y finalmente, al tocar la cama, me quedo dormida sin siquiera notarlo.
No sé qué hora es cuando siento que las patas de Luan me sacuden el hombro, cerca del pecho. Todo está completamente oscuro, como si aún no amaneciera. El león vuelve a mecerme y yo, entre el sueño y la realidad, me vuelvo a acomodar diciéndole:
—Duérmete.
El león no responde a mi regaño, así que, con el sueño que me queda todavía, intento volver a dormir, pero la cama se hunde. Estiro la mano para buscar a Luan y este se ha levantado. Lo escucho caminar alrededor de la habitación y, de la nada, la puerta se abre haciendo un estruendo. Busco el interruptor para encender la luz de la mesita de noche cuando alcanzo a ver la cola del león saliendo por la puerta, bien abierta.
—¿Cuándo aprendiste a hacer eso? —digo sorprendida.
Apago la luz, dejando todo a oscuras. Lo persigo así para ver si se regresa a dormir. Jamás me había hecho algo parecido, o al menos que yo hubiera notado en algún momento. No quiero decir que es igual de inteligente que un canino porque se ofende, pero la verdad es que me ha dejado con la boca abierta. ¿Cuándo aprendió a abrir puertas?
Camino a tientas en la oscuridad del pasillo llamando el nombre de Luan en susurros para no despertar a nadie, ya que Haniel y Agelos duermen al final del pasillo, pero Luan se dirige al principio, donde está la puerta de Des. La casa está completamente en silencio a esta hora de la madrugada. Gracias a este maldito gato ando yo buscando estrellarme con algo en vez de estar durmiendo plácidamente. Debería desollarlo para hacerme un abrigo con su pelaje o algo por el estilo.
—Luan —susurro—. Ven aquí.
Luan me dice "no" en la mente, haciéndome enfurecer más.
Oigo el clic de otra puerta abriéndose de golpe y es ahí donde la sangre se me drena hasta los pies cuando me doy cuenta de que abrió la puerta de la habitación de Des.
Me quiero morir. Que me trague la tierra para que me escupa en otro lado. ¿Cómo se le ocurre hacer eso, por el amor al cielo? Estábamos tan bien hace cinco minutos... o al menos yo lo estaba.
Me acerco con cuidado al marco de la puerta para ver dónde se metió ese gato del demonio.
"Luan, ven aquí".
Hay un silencio ensordecedor que me deja más ansiosa de lo que ya estoy. No es como que Des se enoje conmigo, o al menos eso espero, pero a mí me molestaría que alguien me levantara por algo tan molesto como esto.
"No" —dice Luan—. "Eloa". "Dormir".
—Luan, no. Dormir en mi habitación, con Eloa.
Pasa otro momento en silencio y por un segundo olvido que conversaciones tan complejas no es algo que él entienda a la primera.
—Ven. Tú, Eloa, dormir, mi habitación —le digo con calma a ver si me entiende mejor.
Otro silencio nos envuelve. Estoy muy segura de que se está haciendo el sordo para no hacerme caso.
De repente una luz se enciende y Des me mira medio dormido desde la cama.
—¿Qué haces ahí? —se rasca ligeramente los ojos, confundido.
—Yo... —tartamudeo, olvidando momentáneamente cómo hablar ante la presencia de este ser que se ve demasiado bien medio dormido.
¿Qué?
—¿Me estabas buscando? —pregunta adormecido.
Se sienta en la cama para observarme mejor. Intenta mover el edredón cuando ve a ambos felinos a los pies del colchón, impidiendo que pueda moverlo para salir de este. Eloa está completamente echada en el borde de la cama con las patas hacia afuera y Luan está acostado detrás de ella, espalda con espalda.
Des mira la escena más confundido que al principio, así que aclaro mi voz para salir del tartamudeo e intentar explicar lo que está pasando.
—Bueno... —empiezo un poco incómoda—. Al parecer Luan quería dormir con Eloa, pero eso no es todo —lo interrumpo antes de que comience a hablar—. Alguien aquí aprendió solito a abrir puertas sin considerar a los demás —me cruzo de brazos mostrando mi molestia.
Luan levanta un poco la cabeza, me mira y dice:
"Dormir, Eloa".
Vuelve a acostarse cerrando los ojos.
—Entiendo.
Es todo lo que dice.
Ambos nos quedamos en silencio. Des mira a los felinos durmiendo juntos mientras que yo me debato si irme en silencio o anunciarle algo. No sé, su habitación me recuerda un par de traumas, como las pesadillas o momentos un poco inusualmente íntimos que no han vuelto a suceder, pero aun así recordarlos hace que se me ericen los vellos del cuello de la vergüenza.
No es como que no los disfrutara... Bueno, ¿no? ¿O sí?
—¿Quieres quedarte? —dice inesperadamente.
—Bueno, no sé...
—Si no quieres, no tienes que hacerlo —me interrumpe—. No pasa nada. No creo que Luan vaya a irse, puedo quedarme con él.
—Sí, claro, entonces me voy —torpemente me doy media vuelta para irme—. Hasta mañana.
Des apaga la luz y yo cierro la puerta lentamente, pero antes de cerrarla del todo su voz se cuela por la rendija.
—Hasta mañana, Luce.
Ya es de mañana cuando un ruido en alguna parte me despierta. Abro los ojos lentamente para acostumbrarme a la luz del sol entrando por los enormes ventanales del pent-house. Al ver la hora en el reloj son las siete y media de la mañana. Algo hace repentinamente un sonido de rasgar, pero no pasa mucho tiempo cuando mi puerta se abre estrepitosamente y tanto Luan como Eloa saltan a mi cama de manera juguetona.
—¿Saben qué hora es? —les grito frustrada—. ¡Vayan a dormir!