Capítulo 22 #4
—Mamá se preocupa demasiado y eso a veces me desespera. Es exasperante —exhala—. Quiero a mis padres, pero mamá no es alguien con quien pueda hablar libremente sin que se preocupe por cualquier movimiento que haga. Al final soy un soldado a cargo de todo un continente; mi trabajo no es sencillo ni tampoco ordinario. Corro peligro siempre, es parte de la ocupación asignada. Papá entiende el riesgo y me entiende un poco más a su manera, entiende mi naturaleza —aclara.
—Al final eres su hijo, es entendible que se preocupe —asiento—. Vincent mencionó que los ángeles solo pueden criar una sola vez a un solo ángel. Tu caso fue excepcional.
—Sí, es raro que suceda. La creación de nuevos ángeles no se da todo el tiempo, depende de la población de ese siglo y de la necesidad de esta. Si hay ángeles disponibles luego de la muerte de su protegido, se reasignan. Si no hay tanta población de humanos, ya sea por una plaga o algo por el estilo, a los que no están en servicio se les asignan otros trabajos en Paradisum. Al final del día todos tenemos algo que hacer y no se desperdicia la vida de los guardianes, pero sí, mi caso fue excepcional. No sé qué hubiera sido de mí si mis padres no me hubieran acogido.
—Por suerte sí lo hicieron —le dedico una leve sonrisa.
Mi cantidad limitada de preguntas se ha acabado y volvemos a caer en otro silencio. Pasamos un rato masticando un poco más y eso me permite entenderlo un poco mejor. Todos esos sentimientos negativos que él dice llevar innatos son algo que no puede controlar. Lo criaron para ser un soldado disciplinado, no una persona que supiera regular sus emociones.
Entiendo lo que es sentirse raro, solo y abandonado. Por más que quieras salir de ese sentimiento, a veces eso no es suficiente y, si intentas salir de ese agujero por tu cuenta, se vuelve más difícil. Yo también me he sentido un bicho raro en mi propio entorno, siendo prácticamente abandonada por mi mamá, y ella, al casarse con papá, se alejó de la suya propia, quedando básicamente aislada de todo ser querido.
En el caso de Des, por más que su familia estuviera ahí para él, ese sentimiento de insuficiencia o de ser diferente hacía que se sintiera aislado. Por eso es tan territorial, independiente y solitario. Está acostumbrado a esa vida y tener que cuidar a una humana inútil es lo que uno llamaría un trabajo fabuloso.
—¿Esta vez yo puedo preguntarte algo? —su voz tiene un leve toque de duda. Por primera vez intenta saber algo de mí de manera amable.
—Bueno, claro.
—¿Por qué nunca has tenido novio? —dice inocentemente mientras muerde una empanada de lo que creo es queso—. Lo normal a tu edad sería haber tenido ya, aunque sea una relación.
—Bueno... —dudo un poco porque realmente no sé qué decir—. No lo sé —alzo ligeramente los hombros—. No me considero el tipo de chica que te vuelva adicto a mí. No soy la luz de tu día o la que te hace sentir vivo. Soy aburrida, no soy única o especial como todo libro de romance te dice que yo debería ser. Yo soy yo, solo eso. Soy venenosa, amargada, sarcástica y a veces una maldita —me río amargamente—. Así soy. No soy dulce, no soy vulnerable o linda. Digo malas palabras como si fuera un camionero en cada oración que digo. No me considero el tipo de chica diferente —hago comillas con la última palabra—. Quiero que mi novio sea mi amigo, pero también quiero ser su mujer y... —desvío la mirada con vergüenza antes de continuar— su amante. No puedo prometer jamás que seré esa flor delicada por la que morirás de amor, pero sí puedo prometer el cien por ciento de mí y creo que eso debería ser suficiente para cualquier hombre. Lastimosamente, la mayoría de los idiotas en mi colegio están interesados en chicas como Emily y yo no soy de ese tipo. Como dije, no soy diferente, tampoco pertenezco al resto, solo soy yo...
Pasa un minuto de silencio sin que ninguno de los dos diga una palabra. Des mira sus manos de manera pensativa, mientras que yo solo quiero que me trague la tierra por haber hablado de más. Esto no es algo que diría abiertamente a cualquier persona; ni siquiera Saray sabía de estas inseguridades. Cuando surgía el tema yo simplemente le quitaba importancia o cambiaba la conversación porque era algo en lo que no quería profundizar. No sé si fue el ambiente donde estamos o la sinceridad con la que Des me habló lo que hizo que soltara la boca de más.
—Eres como la belladona —dice de repente, llamando nuevamente mi atención hacia él—. Dijiste que no eres una flor delicada y la belladona no lo es. Es una flor hermosa. En la antigüedad se utilizaba para aliviar ciertos dolores, pero también es implacable; en las dosis incorrectas puede convertirse en un veneno mortal. Así que, al final del día, sí eres una flor, pero no una delicada o frágil como cualquier otra, sino una hecha de una especie que solo te pertenece a ti.
No digo nada, porque no hay nada que decir. Puedo notar las lágrimas a punto de caer y eso es todo lo que él necesita para saber que me gustó. Porque me recompensa con una pequeña sonrisa ladeada antes de volver a mirar sus manos para disipar la vergüenza. Para mí no tiene nada de vergonzoso decirme que soy única y arrolladora. Ningún hombre me había aceptado como soy y este ángel acaba de hacerme sentir la chica más especial del mundo sin siquiera decir mucho, sin necesidad de grandes palabras o gestos. Su sinceridad es todo lo que necesito para saber que, al final, puede haber un amor justo para mí.