Capítulo 22 #2
La siguiente semana será la última de septiembre y con eso llegará la reunión con el consejo para pedir un permiso especial para mí. Decir que eso me emociona sería mentir. No tengo ganas de mudarme de nuevo, sobre todo a una sociedad que me desprecia por ser algo que nunca pedí ser, pero como siempre todo lo justifican con mi protección. Me siento cómoda aquí, en el apartamento, con los felinos y ambos ángeles. Me gustaría permanecer indefinidamente hasta que pueda ir a la universidad, cosa que lastimosamente no haré por el momento porque sería muy riesgoso. Pero quedarme aquí, despedirme de mis protectores antes de que se vayan a trabajar, estudiar —o bueno, cuando lo hacía—, comer los deliciosos platillos de Vincent, recibir visitas de vez en cuando, visitar a Émile, leer todos los libros posibles en mi nueva biblioteca, incluyendo los regalos que me hizo mi amigo el bibliotecario, y cenar en la tarde con los arcángeles es una rutina que jamás pensé que me gustaría, porque se siente normal y, más que todo, porque no me siento sola.
—¿Me estás escuchando? —un muy desconcertado Desten me mira con los brazos en jarras—. ¿Estás tan metida en ese libro?
Veo el libro en mis manos, del cual no he leído ni la mitad del capítulo por estar tan absorta en mis pensamientos. Hoy, como todos los días, me encuentro en el cómodo sillón con Luan y Eloa a mis pies mientras leo unos capítulos del libro que llamó mi atención de mi biblioteca personal. Empecé con uno de un mundo mágico alterno con un hada como personaje principal que se enamora de una humana. La verdad, es bastante bueno.
—Estuve absorta en mis propios pensamientos —me disculpo—. No sabía que me necesitabas, pero... —lo miro de arriba abajo con su ropa habitual de cuando está en casa— ¿no estás trabajando hoy? —le pregunto extrañada.
—No. Decidí tomarme el día libre —dice sin más.
Mi cara de sorpresa debe ser un poema porque una ligera sonrisa sale de sus labios, haciendo que mi estómago se vuelque por lo lindo que se ve cuando sonríe. No puedo evitar alegrarme por verlo tan relajado. A pesar de todo lo que está pasando, en este momento se ve como una persona más real, más humana.
—¿Y eso puede hacerse posible? —digo atónita.
Inesperadamente algo a su izquierda llama mi atención. Él parece notarlo porque dirige su mirada hacia lo que estoy viendo.
—Es un regalo —se explica—. De Neikal —se queda viendo el cuadro un momento antes de mirarme nuevamente—. Es Suiza, el cielo en la Tierra.
Admiro un momento más el cuadro, viendo lo lindas de sus montañas, la casita tan pintoresca que sobresale sobre todo ese verde y su cielo tan brillante y celeste.
—Bien, me explicas esta rebeldía tuya del día libre —dejo el libro a un lado y le acaricio la cola a Luan, que está recostado a mi lado.
—Bueno —se acomoda en el sillón cruzando las piernas—. Pensé darte libre esta semana y, como es difícil para ti salir, pensé en quedarme en casa y que hiciéramos algo juntos —mueve una mano quitándole importancia—. También podemos ir de paseo, cerca —puntualiza esto último.
La mandíbula me llega al suelo como en las caricaturas cuando escucho lo que acaba de salir de su boca.
¿Acaso dijo salir de aquí? Por el amor a todos los cielos, no puedo creer que haya dicho eso y, para rematar, también se ha reído. ¿Qué ha pasado con este ángel y quién lo cambió mágicamente?
Dejo el libro a un lado y lo miro como si le hubiera salido un tercer ojo o algo así.
—Si quieres, no es necesario ir...
—¿Qué? —prácticamente grito—. Iré a cambiarme.
Lo dejo prácticamente con la palabra en la boca cuando salgo corriendo escaleras arriba con un Luan muy confundido y medio dormido caminando detrás de mí.
—Pero no sabes a dónde vamos —se voltea a verme desde el sillón con el ceño fruncido.
—Dime entonces —lo apremio.
—Bueno... —carraspea un poco incómodo—. Hay un parque cerca y es un bonito día. Podríamos ir y comer algo. No lo sé.
—Bueno... —digo nerviosa—. ¿Crees que sea seguro?
Des exhala mientras se frota el cuello ligeramente. Ambos sabemos que el tema de mi seguridad puede llegar a ser agotador, sobre todo porque no podemos estar relajados en ningún lado sin pensar que pueden llegar a matarme en cualquier momento.
—Sí. Haniel y Agelos vendrán con nosotros, serán los que estén más cerca —se levanta del sillón cruzándose de brazos—. Habrá otros diez guardias activos camuflados rodeando el perímetro. Si algo pasa, sabremos cómo evacuar.
La única respuesta que le doy es asentir, emocionada. Así que corro escaleras arriba para tomar un baño rápido y encontrar algo que ponerme.
Entre mis cosas encuentro un bonito vestido con un corpiño negro de escote palabra de honor que se ajusta a mi figura. Desde la cintura cae una falda plisada color marfil cubierta de lunares negros que ondea con cada paso. Lo acompaño con unos lentes de sol y un bolso rojo que me parecen bonitos. También agarro un bolso de mimbre para llevar algunas cosas, que inexplicablemente también formaba parte del clóset. He decidido dejar de preguntarme cómo esta gente arma un guardarropa para cualquier situación posible; es sencillamente extraordinario.
Me aplico un poco de protector solar con color, máscara de pestañas, rubor y una especie de bálsamo con color. Luego de ver mi proceso de belleza para el baile aprendí un par de cosas. Me cepillo el pelo dejándolo suelto; no tengo ánimos de improvisar ningún peinado, estoy muy segura de que no me quedaría bien, ni tampoco sé darle calor a este cabello como para hacer ondas. La única vez que lo intenté me quemé con un rizador de mamá. Me enojé, lo tiré por ahí y jamás volví a intentarlo.
El sol está más que radiante cuando llegamos a una especie de jardines exclusivos. Nunca había venido a esta parte de la ciudad, ya que Desten y yo vivimos, o al menos yo lo hacía, en extremos opuestos. Yo en los suburbios; él en el área más costosa de la ciudad, por lo que jamás había venido aquí antes. Se ve bastante lujoso y es evidente que no cualquiera frecuenta este lugar. Para poder entrar tienes que vivir exclusivamente en áreas aledañas.
Cosas de ricos, definitivamente.
El lugar está lleno de personas, sorprendentemente. Para ser un día de semana parece haber bastante gente con tiempo libre. A lo lejos puedo notar una especie de área social celebrando un cumpleaños infantil; hay otras personas caminando por los jardines y otras simplemente echadas sobre el césped.
El ambiente es bastante tranquilo. Grandes árboles se alzan alrededor, proyectando sombras frescas sobre el césped. Es allí donde encontramos un pequeño refugio del sol de las diez de la mañana. La brisa corre con fuerza por todas partes, trayendo ese olor particular de la naturaleza: terroso, crudo, fresco, limpio. Me gusta la sensación de libertad mientras inhalo todo ese aire puro que nos rodea, ese sol que se filtra por las hojas de los árboles y el ambiente tan tranquilo que se siente.
Colocamos un tapete en el suelo para poder sentarnos. Unas tres camionetas nada camufladas estoy siendo sarcástica llegaron junto con la nuestra a los estacionamientos del parque y Desten les dio la orden a los ángeles de vigilar el lugar. Gracias a los cielos estaban camuflados como civiles para no levantar sospechas.
En esta ocasión Vincent no nos acompañó, pero de camino acá nos llamó para, provocativamente, burlarse de lo que él dice que "aviva nuestra relación", como si tal cosa existiera. Obviamente no tenemos una relación. Los ángeles nos rodean sin ser demasiado obvios; algunos caminan, otros están tumbados sobre el césped y otros simplemente sentados en las bancas que ofrece el parque. Si no les prestas atención detenidamente, no te darías cuenta de que son prácticamente guardaespaldas.
Des está sentado a mi lado sacando algunas cosas que Vincent nos preparó: emparedados, una ensalada de frutas, una tabla de quesos, unas fajitas, falafel, gimbap, empanaditas, tamales, algunos vegetales cortados, deditos de pescado, sopa miso bien empaquetada, cheesecake, galletas con chispas de chocolate y mucha agua, ya que realmente no soy muy fan de la soda.
Vincent empaquetó comida como para un batallón porque uno no sabe por dónde empezar con tanta variedad, que se agradece, pero creo que es demasiado.
—Vincent se puso creativo —dice Des con el ceño fruncido.
—Sí, creo que sí —confirmo, también extrañada de todo esto.
Y entonces, en medio de aquel silencio nada incómodo, me entra un ataque de risa como no había tenido en mucho tiempo. El aire sale de mis pulmones mientras la risa incrementa en fuerza y volumen. Mi estómago comienza a doler por la presión mientras las lágrimas corren por mis mejillas sin control. Intento secármelas, pero se me hace difícil porque no puedo. Mi risa es tal que me sostengo de Des y luego de mi barriga para poder controlar un poco esa risa tan estridente que sale de mí.
La única persona que podía hacerme reír así era Saray.
Se siente tan bien poder volver a hacerlo, aunque mi amiga no esté aquí. Sé que se hubiera reído de mi estúpido ataque, como Des lo está haciendo. Pero a su manera, con una sonrisa amplia en la cara, sin mostrar los dientes.
Me calmo un poco, sintiendo aún el dolor en los músculos del abdomen. Des me mira detenidamente, pero no como si estuviera loca por ese repentino ataque. Su mirada es diferente, más suave, relajada, como si le gustara lo que ve.
A mí.
Otro silencio se instala entre nosotros. No es incómodo, pero tampoco del todo natural. Creo que ninguno de los dos sabe qué decir o de qué hablar. Normalmente nos la pasamos peleando o discutiendo por algo, así que estar aquí, en un área neutral, no parece natural para nosotros, mucho menos mantener una conversación casual como si fuéramos viejos amigos.