Capítulo 22
Ha pasado una semana con los días más ocupados posibles de mi vida. Entre los entrenamientos y mis exámenes, a duras penas tengo tiempo de respirar o siquiera de pensar en otra cosa que no sean esas actividades. Por la mañana estoy en la librería con Émile, donde un profesor viene con los exámenes en mano y se queda hasta que los termino. La escuela acordó que sería un buen lugar para que los hiciera sin necesidad de viajar muy lejos del pent-house.
Los exámenes me retan, genuinamente lo hacen. Nunca he sido buena con el tema de memorizar. La verdad es que mi memoria es mala, a menos que aprenda las cosas de otra manera, pero lastimosamente muchas materias no se tratan solo de comprender, sino de memorizar. Gran sistema educacional. En fin, cuando el profesor se va, como viene muy temprano, no hago otra cosa que estar con Émile hasta que sean las doce y un carro viene por nosotros tres para seguir mi entrenamiento.
Acabo de terminar el penúltimo examen. El último en realizar es el de física y, cuando lo finalice, habré terminado los exámenes del año. Aún me quedan un par de tareas por terminar y, cuando acabe, por fin podré dar por concluido este año escolar.
Mamá insiste en que vaya al baile de graduación, pero honestamente, después de la reunión anual de ángeles no estoy muy emocionada al respecto. Un baile al año es suficiente. No sé cómo haré para zafarme de eso, pero tendré que hacerlo de algún modo. Los vestidos, las personas que no me caen bien, las galas y tener que pasar por todo de nuevo no es atractivo en este momento. Lo único que pido es llegar viva para Navidad y, con mi suerte, será difícil.
—¿Qué piensa esa pequeña cabecita? —un Émile sonriente se me acerca con una taza de té humeante—. ¿Qué te preocupa, mon cher? —dice con su notable acento francés—. Espero que los examens no te hayan quemado las neuronas aún. Te queda mucho por hacer.
—No, no es eso —observo la taza de té entre mis manos. El aroma caliente de la menta me llena las fosas nasales con su frescor.
—Et alors? —toma un sorbo de té y, con la copa entre los labios, me dedica una mirada intrigada.
—Español, Émile —suspiro frustrada porque ya hemos tenido esta conversación antes; no tengo un traductor automático en el cerebro—. No entiendo lo que dices.
Este rueda los ojos al cielo un poco irritado, pero lo entiende. Deja la taza de té sobre la mesa y se cruza de brazos.
—Para niños como ustedes aprender otro idioma no sería tan malo, ¿sabes? —niega con la cabeza—. Piensan en otras cosas en vez de aprender lo necesario.
—Émile... —esta vez yo me cruzo de brazos—. Ya tengo a Des para las reprimendas. No necesito más de esas.
—Bien, bien —alza las manos a manera de rendición—. ¿Qué es lo que pasa por tu cabecita entonces?
Un poco irritada, me froto la sien. Hablar de algo tan cotidiano debería ser lo normal en mi vida, pero aquí estoy, más preocupada por cómo esquivar un baile que por cualquier otra cosa.
—Mi madre insiste en que vaya a ese estúpido baile y, honestamente, no quiero ir.
—Me lo imaginé, pero ¿qué tiene de malo? —dice con curiosidad—. Quita esa cara, petite fille, te van a salir arrugas —pone una cara desagradable como si las arrugas fueran la peste en persona. Niega con la cabeza y se levanta de su asiento—. Tu baile de graduación es esa ocasión especial que no volverá a repetirse, chérie. ¿Por qué perdértelo?
Se levanta para empezar a acomodar los libros nuevos que le han llegado en cada una de sus estanterías con esa comodidad que siempre desprende. Nunca pensé que fuera a hacerme amiga de una persona veinte años mayor que yo, pero el mundo da muchas vueltas y, después de la muerte de Saray, necesito alguien normal con quien hablar. Y no es que los ángeles no sean normales, pero necesito a alguien que no tenga que ver con un mundo que quiere asesinarme y me niega como si fuera una epidemia en Europa del siglo XIV.
Me levanto de la silla donde estoy al ver que él se aleja con un carrito para seguir colocando los libros según su categoría. Sostengo los libros en la mano cuando nos detenemos en la sección de cocina y se los paso poco a poco para que él los vaya colocando.
—El último baile al que fui no terminó bien.
Observo el libro de cómo hacer cheesecake en mis manos cuando recuerdo todo lo que pasó. Casi me secuestran, me dieron una paliza, me humillaron delante de ángeles y mataron a mi mejor amiga.
—Ustedes los adolescentes piensan que una sola situación es el fin del mundo y no es así —sujeta entre sus manos el libro que le tiendo y lo acomoda con los demás.
—No soy una adolescente, Émile. Ya cumplí los dieciocho años —le paso otro libro, este es de comida asiática y tiene un bao en la portada—. Ya te lo dije.
Émile suelta una carcajada bastante profunda. Por un momento me saca de mi eje al escucharlo reír. Creo que jamás había escuchado una voz tan grave en él y eso que he oído su risa anteriormente, pero esta es más tenebrosa. Él parece notar mi incomodidad porque toma el otro libro que tengo en las manos.
—¿Crees que por tener dieciocho años ya eres automáticamente un adulto? —vuelve a reírse, pero esta vez con su risa habitual—. Vives, actúas, piensas y respiras como una adolescente todavía. Te falta demasiado por conocer o vivir. A tu edad pensaba que sabía demasiado del mundo, pero no era así. Logré conocerlo mucho después.
—Hablas como si hubieras vivido hace siglos —me cruzo de brazos riendo con incredulidad.
—Créeme, a mi edad a veces parece que has vivido milenios —coge otro libro y lo acomoda—. Solo puedo decirte, mon cher, que es mejor arrepentirse de haberlo hecho que de nunca haberlo intentado.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que es mejor intentar y arrepentirse a no intentar y quedarse con la duda de: "¿Qué hubiera pasado si...?" —jala el carrito para dirigirse a lo que creo que es la sección de cómics—. ¿No crees?
—¿Eso es un permiso para hacer estupideces? —río por lo bajo—. Porque Des y mi madre no aprobarían eso, Émile. No estás siendo un buen consejero.
—Las estupideces las vas a cometer toda tu vida, no importa la edad que tengas. La diferencia es que, de joven, se entienden por tu ignorancia; de viejo, por terquedad. Pero no, no es lo que quiero decir —toma un cómic de zombis y lo coloca en su estante—. Lo que quiero decir es que experimentes la vida cometiendo tus propios errores, los que hagan falta para que aprendas la lección sin que eso dañe tu preciosa vie, que significa vida. Atrévete a hacer eso que te da miedo e intenta triunfar en lo que haces y, si no triunfas, lo intentas otra vez. ¿Sabes por qué intentarlo? Porque ya tienes la experiencia de la primera vez. Sabes qué hacer y cómo sentirte. Si dejas de intentarlo por miedo, jamás conocerás la satisfacción de haber triunfado en algo.
—¿Qué pasa si me equivoco al intentarlo? ¿Si me arrepiento de haberlo hecho? ¿Y si trae consecuencias? —me recuesto en las repisas cerca de los libros de fantasía.
El aire está impregnado del olor a libros viejos, páginas recién impresas y a mi propia desesperanza. Una mezcla extraña que parece haberse instalado entre estas cuatro paredes junto conmigo.
—Si te equivocas, aprendes y no debes arrepentirte porque aprendiste. Si trae consecuencias, atrévete de todas maneras —me toma de las manos al acercarse a mí—. Eres humana, después de todo. Jamás se esperará de ti la perfección, pero sí la valentía. No es sabio arrepentirse cuando algo te enseñó lo que antes no sabías —me guiña un ojo—. Y el conocimiento es poder.
Las palabras de Émile me acompañan de camino a las oficinas para el entrenamiento diario. Quizás tenga razón y deba darle una oportunidad a lo que dice mi amigo francés. La Emma de antes se hubiera escondido debajo de la cama para no asistir o, en todo caso, Saray me hubiera rogado hasta que accediera o mi madre hubiera insistido. En cualquiera de los casos mencionados yo no hubiera querido, ni teniendo la mejor reputación del colegio; menos ahora que no estará Saray para acompañarme y mucho menos después de mi intento de secuestro. Quizás sea algo para conversar con Desten. Después de todo, es él quien aprueba o no mis salidas.
Llegamos a las oficinas y lo único que puedo hacer es observar desde lejos el suplicio que será esto. Sé que lo pedí, pero los ángeles no están siendo precisamente suaves conmigo.
Va a doler.
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Las semanas cercanas al baile fueron... interesantes.
Terminé mis exámenes y, gracias al cielo, oficialmente me gradué del colegio con honores. Nunca me ha gustado ser presumida, mucho menos con mis notas. Por otra parte, mamá estaba feliz por mis logros académicos y nos reunimos para celebrar mi graduación. Ella, al igual que Émile, me insistió en ir al baile. La verdad es que le di varias vueltas al respecto y consideré decirle a Desten que incluso me acompañara, pero al parecer el día del baile es su día de reunión con el consejo y él jamás permitirá mi salida sin su propia supervisión. Ni siquiera puedo decirle a Vincent porque él acompañará a mi protector.
Mamá lanzó la indirecta de decirle a Sebastián que me vigilara.
La ignoré.
Estoy consciente de que debo hablar con él en algún momento, pero prefiero evitar ese conflicto lo más que pueda. No deseo saber nada de él en un futuro próximo.