Dark Arcangelo Capítulo 21 #5
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Capítulo 21 #5

Con mi mano derecha sostengo y aprieto el gatillo, dejando que las balas salgan disparadas hacia los blancos delante de mí. Por el momento estamos practicando con objetos inamovibles, pero Des tiene la intención de volverme un militar al cien por ciento. Este hombre no juega con los entrenamientos.

El arma se siente incontrolable en mi mano mientras hago otro intento de siquiera rozar el cartón. El sonido seco llena la estancia mientras el olor a pólvora se hace presente. El retroceso del arma me da un tirón con fuerza. Alcanzo a darle esta vez un poco más cerca a los objetivos, pero sin una mejoría realmente significativa.

Me quito los lentes para ver mejor, pero lo único que puedo hacer es reírme de lo mala que soy, porque mi pulso es el de un maraquero. Me quito los audífonos y dejo la pesada arma, aún caliente, sobre la mesa junto al plástico de protección instalado milagrosamente en menos de lo que esperaba.

—¿Y bien? —me acerco a Des—. Sería el peor soldado entre tus filas.

Sonríe.

Genuinamente sonríe, enseñando los dientes, acompañado de una risa ligera.

—Ciertamente —dice tomándome de la cintura y apretándome contra su pecho con suavidad—. No te tortures. No llevamos ni tres horas en esto. Me hubiera sorprendido que le dieras al blanco.

—¿Ah, sí? —esta vez la que ríe soy yo—. Quizás sea una especie de espía secreto que se está ocultando bajo toda esta fachada y no lo sabes.

—Luce... —me mira divertido—. Nadie te creería eso.

—Entonces sigamos —lo empujo ligeramente solo para separarnos un poco—. Tengo que demostrarte la James Bond que hay en mí.

Des se ríe e intenta atraparme juguetonamente, pero yo no tengo tiempo que desperdiciar cuando ya estoy nuevamente colocándome el equipo para seguir practicando. No dejaré que nadie a quien ame y aprecie pase por lo que pasó Saray. No dejaré de entrenar para demostrarlo.

Después de un rato de entrenar con armas, incluyendo pequeños cuchillos, navajas, pistolas e incluso espadas, es el turno de Vincent de enseñarme entrenamiento físico. A eso de las seis de la tarde Des tiene que irse a una reunión con otros arcángeles recién llegados de Paradisum para discutir asuntos importantes, creo yo. Así que el segundo al mando se queda como niñero... y entrenador.

La verdad, estoy sorprendida de mi resistencia. No voy a negar que los golpes y las magulladuras son heridas que no van a curarse tan rápido como si fuera algún superhéroe de cómic, pero mi capacidad de soportarlas fue asentándose con las horas. Al principio me costaba la puntería, tanto con las pistolas como con los cuchillos; los cortes en mis piernas, brazos y uno en la mejilla lo demuestran. Des quiso ser más suave, pero no se lo permití. Nuestros enemigos no serán suaves en ningún momento.

Luego, con las navajas... pues la verdad, la mayoría fueron a dar al techo y Des aprovechó eso para entrenar con las alas. La verdad es que jamás pensé que volar se sintiera de lo más maravilloso del mundo. Aún no puedo volar más de unos minutos; puedo hacer saltos largos manteniéndome en el aire, por el momento.

Estar arriba, aunque sea por corto tiempo, se siente como una libertad difícil de procesar. Supongo que así se sienten los paracaidistas, porque sentir el aire frío en la cara, lo liviana que puedes llegar a ser y, sobre todo, el uso de las alas... Cuando estoy volando se siente innato, como algo que he extrañado aunque jamás lo haya conocido. Me alegra al fin poder desarrollar mi potencial como semiángel. Mi protector me comentó que tengo que acostumbrarme a planear y luego a volar largas distancias. Usó la analogía de cuando no estás acostumbrado a manejar largas distancias: al principio cuesta más.

Finalmente, las espadas. Eso fue lo peor. Pesadas como una roca, el acero se siente frío al tacto y, aunque tienen un mango, las manos me sudan lo suficiente como para que se me resbalen todo el tiempo. Cada swing que hacía, o más bien intentaba hacer, solo lograba que la espada regresara al suelo por lo pesado del material. Según el ángel, debo entrenar con peso para siquiera aguantar levantarla más de dos segundos sin estrellar la punta contra el suelo. Eso fue otra cosa que me sacó muchas heridas, sobre todo en las piernas.

—¿Recuerdas los movimientos defensivos que te enseñé? —el ángel se arremanga mientras me observa divertido desde el otro lado del tapete—. Deberías recordarlos.

—¿Hablas de cuando me sacaste...?

Vincent me levanta una ceja en advertencia por la palabrota que voy a decir, así que la omito.

—...el aire?

—Sí, exacto —se cruza de brazos juzgándome con la mirada—. ¿Señorita, con esa boca besas a mamá?

—Come mierda —le digo imitando su gesto—. Por el momento no puedo hacerlo porque unos locos quieren asesinarme, por si no lo sabes.

—Sí lo sé —ríe divertido—. Te he estado salvando el trasero desde que te conocí. Sé bastante del asunto —contesta sarcásticamente.

Lo único que puedo hacer es rodar los ojos al cielo, a ver si entiende que me irrita más de lo que me agrada.

El ángel suelta una carcajada haciendo eco por la habitación y yo no puedo evitar seguirlo.