Capítulo 21 #3
—¿Genuinamente crees que nosotros nos parecemos a ustedes? —carcajea dejando de lado la almohada para acomodarse mejor—. Fuimos la primera civilización, Emma. Su evolución es a nuestra imagen y semejanza. Ojalá algún día, si se te permite subir a Paradisum, puedas ver nuestro mundo, que es, por así decirlo, una combinación de todas sus eras. Desde el pasado hasta el futuro que aún no tienen escrito. Nuestra tecnología es avanzada a nivel de curación y medicina. Nuestras armas son más antiguas, de la época medieval, pero son demasiado fuertes para ustedes porque tienen una combinación de metales fuera de este mundo, agua bendecida por Padre y runas poderosas. Por eso nuestros armamentos son tan letales e incluso nuestros edificios. Quedarías sorprendida al saber de qué época son.
—¿Por qué no se me permite ir al cielo? —pregunto confundida.
La sonrisa de suficiencia se le borra de repente al mencionar lo que se le escapó por bocazas. Estoy segura de que fue un desliz porque se remueve incómodo en el sillón por mi repentina pregunta. Se aclara un poco la garganta y suelta la atadura de su corbata. Los trajes de Vincent nunca dejan de sorprenderme; hoy trae uno de color naranja con corbata marrón, un pañuelo de flores y camisa blanca.
—Al cielo puedes ir —mira sus manos con incomodidad— una vez hayas muerto, pero a Paradisum no —levanta la cabeza con el semblante afligido—. Recuerda lo que eres.
Una risa amarga sale de lo profundo de mí con incredulidad.
Nunca pensarías que incluso el cielo fuera racista.
—Soy una paria —digo dejando a Luan a un lado y levantándome del cómodo sillón. La conversación ya ha llegado a un punto donde se siente como un mal sabor de boca.
—No lo digas de esa manera —escucho a Vincent caminar detrás de mí, pero ya no estoy interesada en esta conversación—. Es complicado.
—No me digas —enojada subo los escalones de dos en dos hacia mi habitación—. ¿Es solo para sangre pura? —me burlo, deteniéndome a mitad de las escaleras—. No estamos en Harry Potter, Vincent. El paraíso debería ser apto para todos, incluso para un error como yo —las últimas palabras me salen con dificultad, pero logro hablar sin llorar, aguantando el nudo en mi garganta—. No pedí ser lo que soy, no deberían prohibirme la entrada.
—Por eso estamos luchando, para que puedas ser aceptada —la voz de Desten nos sorprende a los dos—. No es fácil convencer a seres que tienen milenios con el mismo pensamiento.
—¿Qué pasaría si fuéramos a Paradisum? ¿Sería libre, aceptada? —miro a Vincent—. ¿O seguiría encerrada? Porque no hay mucha diferencia con aquí. ¿Mis familiares estarían protegidos? Mi madre no podría subir jamás, es humana —el enojo empieza a bullir en mi interior—. Soy una paria aquí y lo seré allá también. ¿No vieron cómo me miraban esos ángeles el día que murió Saray? Mis alas, mi cuerpo... nada de mí es igual a ustedes. ¿Me permitirán ser una más? ¿Se me permitirá estudiar o su bonita escuela no admite medias sangres?
—Estarías protegida —dice Desten, tajante, dejando su maletín cerca de la entrada y caminando con pasos silenciosos—. Es nuestra misión.
—¿Estás completamente seguro? —mi frustración es palpable cuando empiezo a levantar la voz—. ¿Qué te hace pensar que uno de esos demonios no puede alcanzarme hasta allá arriba? —esta vez miro a Des—. Eres el único ángel que puede descender al Infernum. ¿Qué me asegura que no hay un demonio que pueda hacer lo mismo?
—No seas ridícula —espeta Des, molesto.
—¿Mataron ángeles delante de sus narices el día de la fiesta y yo soy la ridícula? —grito—. Acéptenlo, no pueden ni siquiera protegerme a mí. ¿Qué les hace pensar que en el cielo sería diferente?
—Nos confiamos —susurra Vincent—. Confiamos en que, con tantos ángeles, no se atreverían a hacer lo que hicieron.
—Y Lilith casi me lleva con ella, pero eso no es lo peor —las lágrimas salen descontroladas, así como todas las emociones que tengo reprimidas—. Lo peor es que la perdí, perdí a mi mejor amiga, Desten. ¿Qué tienes que decir al respecto?
—No volverá a pasar —dice Des, conteniéndose.
—Pero ya pasó y eso no tiene vuelta atrás —lo miro con fastidio—. ¡Se la llevaron a ella! ¡La mataron! —grito—. Y todo esto es culpa de ustedes —escupo con furia.
—Emma... —Vincent hace ademán de seguirme, pero Luan se para firme delante de mí, gruñéndole al ángel.
—No quiero ir a su estúpido Paradisum de todos modos. No importa dónde esté, en algún momento vendrán por mí.
—¡Ten más respeto! —esta vez Desten alza la voz, dejándome entre sorprendida y asustada—. Mi casa no será irrespetada por más que tú no estés de acuerdo con sus tradiciones. Irás a Paradisum. En cuatro semanas tendremos una reunión secreta con el consejo para que acepten tu estadía hasta que la Tierra vuelva a ser segura. Y no, Emma, harás lo que se te dice sin protestar ni quejarte. Hemos puesto nuestro pellejo en riesgo más veces de las que quisiéramos por tu seguridad. Deberías ser más agradecida con los ángeles que han muerto intentando protegerte. Tu ira no es hacia nosotros, Luce.
—Yo no lo pedí —sé que no debería haber dicho eso, ni ser tan malagradecida, pero no me gusta que me sermoneen como a una chiquilla—. No pedí esto, Des, ni que nadie a quien amo muriera.
—Eso no le quita peso a la situación. No eres la única con familia. Todas esas bajas que hemos tenido también tienen seres queridos a quienes proteger. Sabemos que los Nigrum Maleficis no solo te buscan a ti; alguien más está moviendo los hilos desde la oscuridad y, aunque tenemos sospechas, no estamos seguros —sube un par de escalones, pasando por mi lado y deteniéndose unos peldaños por encima de mí—. No solo tu vida está en juego. Lamento lo de tu amiga, pero eres un medio para lo que ellos quieren. Esto es más grande que tú.
Y, sin más, llama a Eloa antes de desaparecer por completo hacia su habitación.
El resto de la noche se dio por terminado.
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Los días siguientes a esa discusión han sido de lo más incómodos. Ambos ángeles están enojados conmigo y yo estoy enojada con ellos. Nuestras conversaciones han sido frías y distantes. La herida de la muerte de Saray aún no cierra, pero mis deberes tampoco esperan y me enfoco en las tareas de la escuela y mis exámenes finales. Tampoco puedo sacarme de la cabeza a Lilith y el resentimiento que ha crecido en mí. Jamás pensé que podría llegar a odiar a alguien como la odio a ella. Si algún día la vuelvo a ver, no responderé de mí.
Por otra parte, en su última visita mamá me comentó que habló con la escuela para presentar mis exámenes finales antes de tiempo. Les dijo que iría a una universidad fuera del país y necesitaban que empezara la inducción a las materias antes de acabar el año. No sé si inventó algunos documentos; supongo que sí. Los ángeles pueden manejar eso y más. Con el dinero que tienen no me sorprendería.
Quién diría que pasarían casi dos meses y medio desde que llegué aquí asustada y confundida con este mundo. Me la he pasado cuidando a los felinos y viendo televisión. Por las noches leo el libro que mi mejor amiga dejó para mí, recordándola, llorando por nuestra amistad y sobreviviendo al duelo lo mejor que puedo. Mamá llama casi a diario, a eso de las cinco de la tarde, y manda saludos de Sebastián. No pienso mucho en eso.
A eso de las seis, luego de quemarme hasta la última neurona estudiando para mis exámenes, sobre todo el de física, escucho el elevador llegar a nuestro piso, donde ambos ángeles están enfrascados, tan absortos en una discusión de negocios, que no me ven comiendo en el sillón junto a ambos felinos. Eloa se levanta para recibir a Desten, pero Luan se queda a mi lado, volviendo a dormitar luego de la interrupción de la visita.
—¡Por el amor a Padre! —grita Vincent, aferrándose una mano al corazón mientras me mira con los ojos desorbitados y la respiración agitada—. Mujer, casi me matas de un susto. ¿Qué haces ahí escondida?
—Estaba cenando —digo mirando mi carne con ensalada y papas—. Nada más.
—Iré a mi oficina —dice Des sin más—. Vincent, Eloa.
Llama a ambos de manera rápida y precisa, dirigiéndose a su lugar de destino.
No me da tiempo de entonar palabra cuando ambos ya están cerrando la puerta tras de sí. Por un momento me quedo observando mi plato sin terminar. Debí haberme disculpado hace días luego de la pelea, pero simplemente no tengo el valor de arrepentirme de lo que dije porque realmente no me arrepiento. Quizás sí de haberle faltado el respeto a su hogar y a su compromiso conmigo. Sé que ellos han sacrificado más de lo que deberían y que también tienen familias preocupadas por ellos, así como las familias de esos soldados caídos en batalla que cumplieron su propósito: protegerme. Debería disculparme por el comentario de Saray. Es posible que tengan razón.
Me armo de valor, dejando a un muy dormido Luan, para dirigirme a la puerta. Toco tres veces antes de escuchar el permiso para entrar. Ambos están sentados uno frente al otro con demasiados papeles para contar a su alrededor. Eloa está sentada a los pies de Des, descansando junto al fuego. Al llegar los escucho hablar sobre la adquisición de unos terrenos para construir comedores mediante la ganancia de acciones de una empresa recién adquirida de aviones sostenibles o algo por el estilo.
Escojo un asiento libre al lado de Des, sorprendiéndolos a ambos.
—Yo... —no me es fácil pensar qué decir, pero lo hago antes de arrepentirme—. Vine a disculparme por nuestra última discusión.
—Emma... —empieza Vincent.
—No —lo interrumpo alzando la palma de mi mano para detenerlo en el acto—. Estaban en lo correcto. No debí haber dicho eso de su hogar. Fui insensible con los ángeles que murieron por mí y quiero disculparme por ello. Ustedes hacen lo mejor que pueden para garantizar mi protección. Lamento lo del comentario de mi mejor amiga. Tienes razón, Des. Mi ira está mal dirigida —me tomo las manos para controlar mis ansias mientras continúo—. Quisiera seguir los entrenamientos de manera más frecuente y poder defenderme cuando no puedan estar ahí para mí.