Capítulo 20 #3
Sin saber bien del tema, lo único que hago es asentir para dejarle saber que estoy de acuerdo con lo que dice. Mientras ella habla yo me voy desconectando poco a poco de todo lo que dice acerca de vestidos, diseñadores, entre otras cosas. Me dedico a mirar a mi alrededor y pensar que este maldito vestido está haciéndome sudar por todas las partes que no sabía que podían sudar. Me siento tan incómoda. El vestido es tan pesado y ni hablar del halo que se me incrusta en el cráneo. No soy muy buena con los peinados; si acaso puedo llegar a hacerme una cola, pero de resto no soporto los tirones o el cabello muy apretado. Y ni hablar de los tacones, siento que se me ha doblado el tobillo varias veces mientras me dirigía al carro.
Azra vuelve a mirarme señalando otro vestido, pero todo lo que hago es sonreír y asentir.
Quiero irme, es lo único que puedo pensar. Este salón es precioso, como un cuento de hadas, y entiendo el entusiasmo que tiene Azra siendo esta la segunda ocasión a la que asiste, pero estos no son mis ambientes, no cuando me siento tan pequeña aquí.
—¿Estás viendo ese espectáculo? —la emoción de Azra me saca de mis pensamientos. Señala disimuladamente un vestido con aplicaciones tridimensionales—. Por todos los cielos, es un Iris Van Herpen de su última colección.
—¿En serio? —menciono con desgana.
—Sí, es precioso. Y ese —señala otro— con esa pedrería hermosa es de Tamara Ralph. Nunca pensé que podría verlo en persona, es demasiado hermoso. Las horas de trabajo debieron haber sido interminables, ¿te imaginas coser todas esas hermosas piedras?
—No realmente.
—¡Ese es un Tony Ward! —chilla tomándome del brazo emocionada, dejándome pequeñas marcas de sus uñas mientras me zarandea—. Mira esa capa plateada y ese bustier con pedrería. ¡Oh, mira ese, Emma! —dice zarandeándome otra vez—. ¡Es un Miss Sohee de su última colección! Esa falda vaporosa, esos apliques... parece toda una princesa griega. Un Rami Al Ali y... ¡POR TODOS LOS CIELOS! —grita atrayendo un poco la atención de las personas a nuestro alrededor—. Un Phan Huy y un Rahul Mishra —susurra—. Esa pieza que conecta desde el cuello al suelo es sublime.
—Azra —digo un poco irritada intentando mantener la calma—, me estás lastimando.
—Lo siento, Emma —dice sonrojándose, esquivando mi mirada.
—No te preocupes. No, Azra, en serio —la interrumpo mientras la tomo de las manos antes de que comience a disculparse de nuevo—. No conozco ni la mitad de las cosas que has dicho y sé que te apasiona todo esto, pero es un poco abrumador para mí estar aquí y ver cómo todos me miran como si fuera un bicho raro. Intenté darme ánimos antes de salir de casa, pero, siendo honestas, ya quiero regresar. Así que te dejaré aquí un rato e iré por un poco de aire fresco y, tranquila, no saldré de la sala, solo quiero espacio de todo esto.
Antes de que pueda decir otra cosa me escabullo por la sala en busca de algo de beber. Las miradas de desprecio no se hacen esperar; tanto los ángeles femeninos como los masculinos me miran de arriba abajo con un aire de superioridad digno de la clase alta de nuestra tierra. Algunos voltean a verme y otros simplemente me ignoran como si no existiera mientras intento hacerme camino entre la multitud.
Algunos, como Emily y su séquito, me despreciaban. Los demás me ignoraban. Entonces no me dolía porque nunca me importó pertenecer. Además, Saray siempre estuvo ahí. Sin embargo, aquí, rodeada de estos seres milenarios y ancestrales, me siento menos que nada. No soy rival para ellos, no soy de su clase, soy una abominación que nunca debió haber existido, como el monstruo de Frankenstein. Así de mitológica me ven. La unión entre un humano y un ángel está prohibida y, si mis padres no hubieran sentido amor sino deseo, sería un ser antinatural. Aun así me desprecian, aunque hay algunos que me han hecho sentir una persona normal, un humano, que es lo que soy. No importa si tengo alas o no, mi humanidad jamás podrán quitármela.
Entre empujones y disculpas consigo tomar una copa de champaña de un camarero mientras me dirijo a lo que parece un balcón al aire libre.
La brisa fría del bosque que se extiende delante de mí es lo primero que me acaricia el rostro y mueve mi cabello mientras camino hasta el barandal del balcón. Su diseño es hermoso, con motivos de flores entrelazados con rosetones y de un dorado tan brillante como el oro mismo.
Bebo un sorbo de champaña que jamás en mi vida habría tomado en otras situaciones. No obstante, cuando el líquido ambarino toca mis papilas gustativas me decepciona un poco. Su sabor es frutal e intenso con un ligero toque seco; las burbujas me hacen cosquillas en la garganta mientras paso el primer trago. No sé por qué pensé que sería algo más extravagante. Seco y desabrido.
Un ruido a mi espalda me toma por sorpresa, casi haciéndome soltar la bebida.
—¿Quién...?
Las palabras se quedan en mi boca cuando veo a Lamia cerrando una de las puertas que dan al balcón, dejando la mitad de la fiesta a nuestra vista, o más bien a la mía, porque ella está de espaldas a los demás.
—Emma —dice con una sonrisa enseñando unos colmillos puntiagudos y sobresalientes—, qué dicha tenerte a solas —su voz suena como la de la asistente Lamia, pero la manera en la que habla, con pausas ligeras y un toque empalagoso, me dice que no es la misma chica con un desafortunado pasado que conocí—. Sobre todo sin tu protector.
—Lamia —digo con un poco de cautela, intentando descifrar por qué ha cerrado una de las puertas—. ¿No has venido con Ely? Pensé que estaría contigo. Quizás pueda hablar con ella, ya que el vestido es un poco molesto.
—No, linda, pero tú ya sabes eso —dice mientras cierra el otro extremo de la puerta, dejándonos a solas, únicamente iluminadas por la luz de la luna—. Eres demasiado perspicaz como para no notar lo que está pasando. Puedes verte débil, Emma, pero no eres ingenua.
—¿Se supone que eso es un halago? —digo burlona.
—Jamás le haría un cumplido a una escoria como la tuya —me mira con desprecio—. No tengo tiempo que perder aquí. Así que apresúrate con tus preguntas.
Su vestido negro con capa y apliques dorados hacen que se vea más angelical de lo que parece, aunque, pensándolo bien, no creo que Lamia sea un ángel del todo porque, desde su posición, con su peinado alto, sus bellos ojos rasgados pintados de negro y esa pulsera dorada que termina en una especie de garras, parece más bien un demonio sumido en la oscuridad de la noche.
—¿Te gusta? —da una vuelta haciendo que su vestido vuele con el viento—. Se lo quité al cuerpo inerte de una asquerosa ángel que estaba merodeando por los jardines, no fue difícil matarla —dice sin más, mirando sus garras doradas.
—¿Tú qué? —la sangre abandona mi rostro mientras escucho esas palabras.
Un sudor frío recorre mi espalda mientras camino en retroceso en busca de una salida de este infierno. Miro a mi alrededor teniendo muy presente dónde estamos y a qué altura.
Sin más a dónde huir, mi mano toca el barandal cuando veo que Lamia se levanta de la doble puerta donde estaba apoyada. Me aferro lo mejor que puedo al hierro dorado y dejo a un costado la champaña que se me revuelve en el estómago.
—Tú —dice señalándome con esas uñas de lobo— eres lo que quiero, lo que queremos —se corrige.
Con una rapidez inhumana prácticamente vuela hacia mí. Antes de que pueda apartarme, su mano se cierra alrededor de mi rostro con una agresividad brutal, hundiendo sus uñas en mi piel. Un dolor punzante me atraviesa las mejillas mientras me obliga a retroceder hasta el borde del balcón.
Inclina mi cuerpo peligrosamente sobre el vacío, obligándome a arquear la espalda. La caída se abre a mis espaldas como una amenaza silenciosa. La luz de la luna baña nuestros rostros, dibujando sombras afiladas en sus facciones mientras me sostiene con una fuerza aplastante. Intento moverme, liberarme, siquiera apartar la cabeza, pero es inútil. Su agarre es tan firme que apenas puedo respirar, mucho menos escapar. Permanezco inmóvil, completamente a su merced.
—Puedo llevarte aquí y ahora si quiero —su agarre se aprieta haciendo que me escuezan las zonas donde me tiene atrapada— o puedes entregarte con facilidad, como prefieras. Sería infinitamente más satisfactorio llevarte así y ahora.
Su mano se cierra alrededor de mi cuello y, antes de que pueda reaccionar, me arroja al otro extremo de la estancia con una fuerza descomunal. Mi cuerpo atraviesa el aire como una muñeca de trapo hasta que impacta violentamente contra el suelo. El golpe expulsa todo el aire de mis pulmones en una dolorosa sacudida, dejándome incapaz de respirar durante un angustioso instante. Un dolor abrasador se extiende de inmediato por cada músculo y cada hueso, apoderándose de mí sin piedad. Me atraviesa la espalda, me sacude las costillas y se instala en mis extremidades hasta el punto de no saber qué parte de mi cuerpo duele más.
—Mi nombre es Lilith, por cierto —sonríe mostrando los colmillos—. Te conviene recordarlo.
—No —espeto.
—¿Qué dijiste? —dice con la mirada clavada en mí—. ¿No? —repite burlonamente mientras se inclina hacia mí con la calma de un depredador que ya ha decidido el destino de su presa—. ¿Crees que puedes oponerte a mí? —una risa seca abandona sus labios—. Eres una criatura insignificante, una mota de polvo comparada conmigo. Yo fui la primera. La que abrió el camino para todos los que vinieron después.
Sus dedos se tensan sobre mi piel.
—No seas ridícula, niña. No tienes poder, ni fuerza, ni nada capaz de detenerme.
—Tú —digo casi sin aliento por el dolor que me corroe por dentro—, no creas que por verme vulnerable... —inhalo una bocanada de aire— significa que lo soy.
Antes de que pueda decir una sola palabra, tomo una de las macetas a mi espalda y la estrello contra su cabeza. El barro se hace añicos con un estruendo seco, dispersando tierra y fragmentos entre su cabello oscuro y el suelo.
Un grito gutural escapa de Lilith mientras se arranca los restos de tierra del rostro y aparta la suciedad que le nubla la vista.