Capítulo 20
Ya han pasado unas semanas desde que me probé los vestidos y aunque no me siento del todo cómoda con exponerme ante tantos ángeles, no es algo de lo que pueda escapar. El no tan esperado día llegó y para mi muy mala suerte es hoy.
La mañana transcurrió bastante tranquila. Des ha estado trabajando desde casa y es extraño tenerlo aquí. Ya me he acostumbrado a estar sola casi todo el día y solo verlo en las noches o antes de irse a trabajar; de resto estoy con los felinos. Incluso los fines de semana el ángel está trabajando y honestamente lo prefiero así, además no es muy distinto de cuando vivía con mamá. Estar sola es una costumbre para mí. Luan y Eloa son una gran compañía y eso es algo que antes no tenía.
Poco a poco se han ido acostumbrando a la presencia de otros ángeles. Eloa es un poco más reservada, pero a Luan le gusta jugar con Agelos y Haniel. Ambos son una compañía maravillosa de vez en cuando; el primero es más introvertido, no habla mucho, pero es extremadamente cariñoso con los animales, mientras que Haniel es más extrovertido y nunca faltan las risas cuando decide contar sus aventuras.
—Emma —Haniel entreabre la puerta de mi habitación y asoma la cabeza—. El vestido acaba de llegar, junto con los accesorios. Ely quiere que bajes para darte algunas instrucciones.
—Voy —asiento.
Dejo de lado lo que estoy haciendo y bajo las escaleras junto con Luan, ya que Eloa está en la oficina con Des y no se ha despegado de él.
—Hola, Ely —le sonrío.
La diseñadora se acerca a mí y me envuelve en un abrazo.
—Es un placer volver a verte, reina —me palmea los brazos, regresándome una simpática sonrisa.
—Igualmente.
Ely se acerca a donde están todas las cosas que debo ponerme encima para la cena de esta noche y debo decir que estoy verdaderamente intimidada, pero recuerdo las palabras de Émile y sé que puedo con esto. Eso no quita que esté aterrada y quiera encerrarme en el cuarto con Luan, pero no quiero que me vean como una cosita débil. Honestamente estoy cansada de eso.
—Mira —dice Ely atrayendo mi atención nuevamente—, ese día no tuvimos la ocasión de escoger los zapatos. Me tomé el atrevimiento de escogerlos por mí misma, si no te molesta.
Niego con la cabeza.
—Sigamos entonces —me indica.
Ely me explica que pronto vendrán los estilistas con el permiso de Des y se instalarán para hacerme el peinado, maquillaje y manicura, mientras ella sale a buscar unas cosas. Las personas que van a ayudarme con el estilismo son los que me saludan al entrar al apartamento para instalarse.
El proceso comienza cuando veo que las máquinas de calor empiezan a acercarse a mi cabello. Utilizan secador, alisador, rollos y otras clases de instrumentos que siento que me achicharran el pelo. Mientras tanto, el peluquero intenta que me quede quieta para el peinado ya que soy de cráneo sensible y cualquier jalón me da cosquillas. El maquillador comienza su labor y dos manicuristas me hacen el servicio completo. Me siento como esos actores que documentan su proceso de acicalamiento cuando van a una entrega de premios y todos están encima de ellos.
Decir que tener tantas personas tocándome varias partes es lo más cómodo del mundo sería mentir. Me gusta mi espacio personal y en este momento eso no existe, pero por amor al arte lo soporto.
Luego de un par de jalones de pelo, humo quemándome el cráneo, estirada de pestañas, sacada de cejas y limado de uñas hasta morir, puedo decir que hemos terminado o eso espero porque no podría aguantar otro segundo de esto. No he podido verme en el espejo, pero la ansiedad me carcome por dentro. Nunca me había maquillado, ni hablar de ir al salón de belleza; no, gracias. No había aparecido una ocasión especial o creo que nunca había sentido la necesidad de querer verme linda, aunque técnicamente me han obligado a ello, pero vamos a decir que estoy de acuerdo.
Al finalizar con todos los preparativos estéticos, Ely saca a los profesionales del cuarto para ayudarme con el vestido. Al quedar todo vacío ella me mira fijamente.
—Seré muy honesta —la preocupación en su rostro es palpable—. No encuentro el vestido, reina —dice secándose el sudor de la frente—. No sé qué ha pasado, discúlpame muchísimo Emma. Es un momento importante, no sé qué ha...
—No importa —la corto.
—¿Segura? —me mira incrédula.
—A estas alturas ni siquiera quiero ir. Quizás sea una señal de que no es mi lugar —sacudo la cabeza ligeramente pensando que un buen baño podría quitarme todo esto que llevo encima.
—¿Estás loca? —coloca sus brazos en forma de jarra sobre sus caderas—. Eres la acompañante de Desten, debes presentarte ante todos esos ángeles. No puedes no ir.
—Primero —señalo—, la acompañante de Desten es Vincent. Segundo, yo sería el payaso del circo. No debería existir, ¿recuerdas?
—Tienes que ir —demanda la estilista—. Buscaré un vestido para ti e irás con tu pareja.
—Des no es mi pareja —la corrijo.
Su mirada severa no pasa desapercibida. Tengo ganas de protestar cuando ella se acerca a mí pidiéndome una oportunidad para enmendar lo que ha pasado. Empiezo a negarme, pero ver la preocupación en su rostro hace que ceda de inmediato.
Soy débil.
Así que, rendida, espero a que venga con el nuevo vestido para hacer el ridículo.
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Mis nervios están fuera de control. Las manos me sudan y la espalda también. Es tanta la ansiedad que las ganas de restregar mis manos por mi cara y mi pelo son demasiado grandes como para resistir, pero estoy maquillada y peinada y no pienso desperdiciar esas horas de martirio.
Un golpe en la puerta me distrae un momento de mi reflejo en el espejo. Le anuncio a la persona que puede pasar y un muy sorprendido Haniel me mira con asombro.
—Emma... —dice mirando de arriba abajo—. Te ves espectacular.
Un poco apenada le murmuro un agradecimiento. Si pudiera sonrojarme lo haría, pero no vengo con esa actualización y todo lo que hago es sonreír un poco incómoda.
—Desten te espera —anuncia el ángel.
Asiento con la cabeza mientras me preparo para bajar al primer piso.
Mi respiración se contiene al ver a mi protector desde el inicio de las escaleras. Lleva un traje negro con rayas blancas. Un abrigo abraza sus hombros con la particularidad de tener piel de animal en los codos. Lleva un reloj de bolsillo y un broche en las solapas. Él no voltea a verme porque me encuentro escondida en las sombras y mantiene una conversación animada con Vincent, que también va pulcramente vestido de blanco con diseños en dorado y pedrería. Un abrigo también cuelga de sus hombros con las mismas aplicaciones.
—Emma —dice Vincent de repente llamando mi atención.
Al acercarme a la luz ambos ángeles me miran detenidamente.
—Estás preciosa, realmente pareces...
—Un ángel —lo interrumpe Desten con voz ronca.
—Gracias —es lo único que puedo decir.
Bajo las escaleras con la gracia de un elefante, temiendo caerme por el voluminoso vestido y los tacones de treinta centímetros. Al llegar abajo puedo ver mejor el conjunto de ambos. El broche que lleva Des es, por decirlo de alguna forma... curioso. Tiene un ala de ángel y más abajo, conectada con un hilo de diamantes, una especie de estrella de ocho puntas.
—¿Qué significa el broche? —pregunto señalando la joya.
—Es un ala de ángel y la estrella es el símbolo de luz —dice Vincent de manera pícara—. O más bien, Luce.
Mi asombro es palpable cuando miro sorprendida a Desten, pero este esquiva mi mirada y se dirige al elevador.
—Vámonos —ordena.
Ambos ángeles se encaminan de manera decidida hacia nuestra puerta de salida cuando, un momento antes de salir, aprovecho el espejo que está más cerca para ver mi reflejo.
Lo que veo me deja sorprendida y a la vez fascinada. Jamás en toda mi vida me he visto como ahora o jamás pensé que podría llegar a verme tan irreal. Ely tenía razón, el primer vestido era hermoso, pero este te deja sin aliento. Mi cabello estaba recogido en un moño alto para asegurar la aureola montada sobre mi cabeza en tonos perla y oro blanco. El collar que adorna mi cuello y mi clavícula pesa tanto que es difícil llevarlo, pero no admirarlo. Me cubre totalmente los hombros y un dije con una perla más grande que una ciruela se posa cerca de mi pecho.
El vestido es lo más extravagante y glorioso que he podido contemplar. Las mangas abullonadas se ajustan a medida que bajan hasta el hombro y de ahí se separan del cuerpo, cayendo hasta el suelo como las mangas del vestido de una princesa, en un rosa pálido casi blanco. La falda es también inmensamente brillante, con una pedrería que la cubre hasta el suelo. El corsé, levemente en uve, también contaba con perlas en toda la parte inferior junto con algunos zafiros.
Mis muñecas están adornadas con dos pulseras de diamantes y un anillo de zafiro. Los zapatos son otro complemento para destacar; las finas sandalias de tacón con pedrería son el sueño de cualquier mujer. Finalmente, mi maquillaje, en tonos luminosos, las mejillas ligeramente sonrosadas y los labios de un rojo carmesí eran lo único que rompía con la armonía angelical que proyectaba.
—Emma —me llama Vincent desde el elevador—, te ves espectacular, querida, pero debemos irnos.
Una última mirada a mi reflejo me hizo ver que estaba lista para lo que fuera.
Oh, pero cuán equivocada estaba.
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Nuestra llegada al baile fue de lo más pomposo posible. Al parecer, a los invitados se les anuncia como en la época victoriana, o sea que un heraldo nos anunció de manera muy exagerada, llamando la atención de todos los presentes. ¿Será que puedo esconderme de ellos rodeándome con mis alas?
A medida que voy bajando las escaleras no puedo dejar de admirar a los ángeles aquí presentes. Todos parecen bastante irreales. Casi que un halo se postra sobre sus cabezas.
Desten me toma del brazo, trayéndome a la realidad para admirar lo que me rodea. La sala está decorada como el castillo de Versalles en Francia. Los candelabros de oro con cristales, la pintura dorada en las paredes junto con las imágenes de ángeles danzando y el piso de marfil hacen que la estancia se sienta como el cielo en la tierra.