Capítulo 19 #2
—Tu tez blanca hace que el color se vea pálido en ti, tampoco me gusta —niega con la cabeza ávidamente Ely.
—Chicos —llamo a ambos ángeles antes de que desaparezcan por el elevador—, serían tan amables de darme su opinión.
Ambos se miran confundidos y Haniel le da un empujoncito a Agelos para que sea el primero en hablar.
—Bueno —carraspea mientras se lleva el puño a la boca—, se ve... —hace una pausa mirando el vestido— bien.
—¿Haniel? —digo mirando al otro ángel.
—Es morado —su expresión es de pánico puro.
Es lo único que dice y no puedo sentir más frustración.
—Podemos llamar a Desten, seguro él querrá dar su opinión —se encoge de hombros Ely.
—No es necesario —la detengo antes de que tome su teléfono—. Está ocupado en una reunión y no quiero entretenerlo con estas tonterías.
—No es una tontería, Emma, es tu presentación hacia la comunidad.
—No, Ely, no es necesario, además ya me está molestando la espalda —me siento un momento con sumo cuidado de no aplastar los accesorios.
—Si tienes la necesidad de liberar tus alas, hazlo —dice sin más.
—¿Qué? —la mirada que le dedico a Ely debe decir todo lo que pienso porque me responde.
—Soy un ángel de servicio, costurera, si eso contesta la pregunta que se formó en tu rostro —sonríe.
Esta vez mi mirada pasa hacia Lamia, quien se encuentra callada y de pie cerca de las joyas.
—Soy una caída —responde la pregunta tácita que está sobre mi rostro mientras mira sus zapatos como si fueran lo más interesante.
—Oh, lo siento mucho —expreso intentando que su información no me genere lástima.
—No es su culpa, ni mía, pero así son las cosas —una sonrisa forzada sale de sus labios.
—¿Puedo preguntar...? —digo con sumo cuidado de no herir sus sentimientos.
—Mis padres cometieron un delito y, como castigo, nos quitaron las alas a los tres. Como dije, no fue mi culpa. Esa fue la decisión que tomó el consejo.
Esta vez su mirada se alza y puedo ver cómo sus hermosos ojos azules me miran con tristeza y no puedo evitar sentir pena por ella. Debe ser horrible sufrir un castigo por alguien más.
—Lo siento —es lo único que puedo decir.
—Continuemos —carraspea esta vez Ely—. Hay otros vestidos que te puedes probar.
—Es cierto, pero me gustaría tener una tercera opinión. Chicos —vuelvo a llamar al par de ángeles que habían quedado relegados en la habitación—, ¿podrían traer a Émile?
—No creo que sea buena idea, Emma —comienza Agelos.
—Por favor —pido.
Ambos vuelven a mirarse y los veo dudar sobre mi pedido.
—Ya lo han investigado y he estado a solas con él, saben que no me hará daño —les recuerdo intentando que ellos cedan para mi beneficio.
—No es solo eso, Emma —esta vez habla Haniel—. No está permitido que los no ángeles pasen más allá de ciertos pisos.
—Entiendo —les digo a ambos—. ¿Quizás se pueda hacer una excepción? —insisto.
—Para eso debemos llamar al jefe —dice Agelos.
—No me gustaría que lo interrumpan en sus negocios, debe estar ocupado para estas cosas.
—Debemos reportarnos cada dos horas, podemos preguntarle ya que aún no hemos hecho el último reporte —dice Haniel esperando que su idea ayude de algo.
—Lo llamaré —dice Agelos y se aleja tecleando en el teléfono.
Unos veinte minutos después las puertas del ascensor se abren y el bibliotecario francés entra en el apartamento mirando hacia todas partes bastante sorprendido.
—Émile —suspiro aliviada.
—Belle —dice mirando sus alrededores—. Tu casa es spectaculaire —luego dirige su mirada hacia mí—, pero tú estás impressionnante.
Se acerca a mí y me toma de las manos para plantarme un beso en cada mejilla. Luego da un paso atrás, aún tomando mis manos, para escanearme de arriba abajo.
—Pero no te veo en ese vestido, chérie —mira a Ely y luego a Lamia—. Ustedes también son preciosas —dice con coquetería.
Ambas murmuran un gracias.
—Mi nombre es Émile —coloca su mano derecha en su pecho cerca del corazón y da una inclinación—. C’est un plaisir de vous rencontrer.
—Le plaisir est tout pour moi —contesta Ely.
—¡Ah...! —dice el bibliotecario sorprendido—. Una mujer de idiomas.
Ely le regala una brillante sonrisa.
—De lenguas y estilo —dice mientras me señala.
—Así que usted es la creadora de estas bellezas —mira a su alrededor para luego enfocarse en Ely—. Son magníficas, igual que usted.
Ely le dedica una pequeña sonrisa debido al halago de Émile y este sonríe coquetamente. Mi incredulidad tampoco pasa desapercibida ya que nunca lo había visto coquetear de lo poco que lo conozco, aunque, pensándolo bien, dudo mucho que fuera a coquetear con una chica de dieciocho años con ropa demasiado elegante para su estilo. En cambio, Ely es una mujer hermosa, alta y con porte; tiene lógica.
Para mi sorpresa, la que interrumpe el momento es Lamia.
—¿Continuamos? —pregunta la asistente con una expresión que, si se puede decir, parece molesta.
—Sí, claro —dice Ely juntando ambas manos—. Vamos a ponerte otra cosa.
—Por favor —dice Émile—, el vestido es precioso, pero no eres tú.
—Pensé lo mismo —contesta Ely.
Un par de pruebas más, y cuando me refiero a un par de pruebas hablo de unos diez vestidos más, pasan por mi cuerpo hasta que a Ely se le ocurre una idea.
—Hay un vestido que hice hace un par de semanas que pensé que podría ser para alguna novia, pero la tela fue manchada en la parte inferior e intenté arreglarlo —coloca sus manos en su cintura en frustración—. Al final hice un degradado de negro a blanco, pero ya no era un vestido de novia. Me tocó volverlo a hacer.
—Si crees que es el último, por favor tráelo. Ya estoy sudando y estos vestidos pican.
La mirada reprobatoria de Ely, con una ceja llegándole casi a la sien, no se hizo esperar por mi comentario crítico hacia sus diseños.
—Lo siento —digo a modo de disculpa—. Estoy cansada.
—Lamia, trae el vestido.
Creo que la sorpresa colectiva por el diseño del vestido hizo que cada uno de nosotros quedara en silencio por unos minutos admirando la preciosura que tengo puesta en estos instantes.
—Es ese —dice Émile— y no voy a aceptar una negativa de tu parte, jeune fille.
—Es precioso, Ely. —Me vuelvo a ver a la diseñadora y esta me mira con una mano en la barbilla mientras sus ojos críticos se enfocan en el final del vestido.
—Sí, lo es. Si no hubiera sido por esa mancha... Pero debo admitir que se te ve hermoso, reina, aunque —hace una pausa dirigiéndose hacia el sillón donde se encuentran los accesorios— le falta algo.
—Esto —dice Lamia con un collar de perlas espectacular en sus manos—. Creo que sería perfecto.
Con timidez le da el hermoso collar a la diseñadora.
—Esto es lo que necesitábamos. —Ely se toma las palmas viendo con orgullo su creación destruida volviéndose hermosa.
Miro a Lamia que también observa el conjunto con admiración y algo más que no logro descifrar.
—Gracias, Lamia —le sonrío.
La mencionada me mira, me dedica una sonrisa tímida y baja la cabeza.
—¿Estás lista? —pregunta Émile.
—No lo sé. —Me volteo para mirarlos a ambos y la sorpresa en sus caras no se hace esperar—. El vestido es hermoso, pero según Ely esto será una especie de pasarela o prueba para derrochar elegancia y llamar la atención. Esa forma no es lo mío. No me siento muy cómoda.
—Emma. —El francés se acerca tomándome de ambas manos—. Mis padres fueron inmigrantes y dejaron su tierra natal para conseguir una mejor vida en el llamado viejo continente. En el país donde se establecieron no tuvieron las mejores oportunidades debido a la desigualdad y la humildad de sus orígenes. Volvieron a migrar en busca de mejores oportunidades. Mis padres, como la mayoría de los inmigrantes, fueron personas de un temple de hierro, atreviéndose a lo desconocido esperando que las cosas fueran a mejor. Yo, al igual que mis progenitores, también tuve dificultades de joven por el color de mi piel, pero eso no me detuvo y así como ellos tuvieron determinación, tú también puedes tenerla. Lo desconocido es aterrador y más cuando te sientes fuera de lugar, pero, chérie, no hay nada mejor que la valentía en momentos en los que la cobardía era tu mejor opción. No te dejes intimidar y demuestra quién eres.
—Émile... yo... —intento decir algo, pero simplemente quedo muda y un agradecimiento es lo único que puedo susurrar.
—Es un placer para mí. —Se acerca para envolverme en sus brazos y aunque quiero sentir una comodidad y calidez, realmente no lo siento. Es eso o estoy demasiado acostumbrada a los brazos de Des para sentirme cómoda en los de los demás.
Quizás estoy exagerando.
—Voy a recoger lo demás, querida. Te dejo a solas con tu amigo. El vestido no necesita arreglos ya que Des me envió tus medidas, por lo que no es necesario hacer ajustes.
—Gracias, Ely, por todo.
La diseñadora junto con su asistente sale de la habitación llevando consigo como pueden los enormes vestidos. Émile también se despide de mí con dos besos en cada mejilla.
Cuando todos se fueron liberé a los felinos del cuarto de Des. Eloa estaba bastante calmada, pero a Luan no le gustó el tiempo encerrado y me lo hizo saber apenas abrí la puerta de la habitación.
"No guardar".
Me mira fijamente al decirme eso y siento su molestia, como si la que estuviera enojada fuera yo.
—Lo siento, pero después del susto con Danielle debemos trabajar en cómo ustedes interactúan con las personas. —Le acaricio detrás de las orejas y su enojo se disipa rápidamente—. Entrenaremos esto para no tener que encerrarlos.
Luego de pasar el día con ambos animales y hacer mis deberes del colegio, Vincent pasa por el apartamento y ambos practicamos lucha un rato, con los animales encerrados nuevamente para la seguridad del arcángel.