Capítulo 18
Intentar meter la jaula de dos felinos en un hotel en pleno centro de la ciudad con ciudadanos alrededor ha sido la tarea más difícil que nos ha tocado hacer. Bueno, exceptuando lo de la caravana y la pelea en la heladería, esto queda en tercer lugar. Pensándolo bien, no es lo más difícil por lo que hemos pasado.
El beneficio de todo esto es que el hotel alberga en su mayoría ángeles o humanos que tienen negocios con ellos o saben de su existencia, los cuales son muy pocos, o eso me explicó Vincent. Pero aun así se tuvo que sedar a los felinos.
Desde la puerta trasera del hotel se llevaron las jaulas de una en una, ya que eran demasiado grandes para transportarlas por el hotel. El primero en subir fue Luan y aunque estaba sedado, sentía cómo el animal estaba relativamente calmado. Antes de eso pude percibir su ansiedad cuando el veterinario le inyectó el sedante. Al principio al león no le gustó la idea de estar encerrado de nuevo y mucho menos tener que aguantar una aguja en su piel, por lo que intentar convencerlo fue aún más difícil; se negaba a la idea de volver a ser encerrado.
Para mi mala suerte me tocó meterme con él en la jaula, con la desaprobación de Des aún grabada en mi cerebro.
El león llegó a calmarse cuando vio que me senté a su lado en el momento en que el veterinario se acercó cuidadosamente. Luan se comportó como cualquier animal al ver la aguja; intentó huir precipitadamente de la jaula, pero ya estaba cerrada completamente. Lo animé lo suficiente para intentar calmarlo lo más posible. Por obvias razones el felino no quiso ponerse el sedante, pero luego de tener una pelea mental y sentarme a su lado hasta que su cabeza descansara sobre mis piernas, se quedó finalmente dormido.
En cambio, la leoparda ahora llamada Eloa fue un poco más dócil. Al principio no quiso cooperar y, al igual que Luan, se opuso a la idea de volver a encarcelarse, pero con una simple mirada de Desten y me imagino que una orden muy directa, el animal se encaminó a la jaula y se dejó inyectar, quedando dormida al instante.
—Emma —me llama Vincent—. Ve con el león, no vaya a ser que se despierte y se quiera comer a todo el mundo.
—Está dormido —ruedo los ojos—. El veterinario dijo que el sedante debía durar una hora. El medicamento es de los más fuertes y no han pasado ni veinte minutos, relájate.
—No voy a tomar riesgos con eso —se cruza de brazos—. Entra en el elevador.
—Sí, señor —digo con burla saludándolo reglamentariamente.
Vincent rueda los ojos, pero sonríe. Luego le indica algunas órdenes a otro ángel.
Yo me subo al elevador junto con los otros dos ángeles que arrastran la jaula. Les saludo cordialmente. El primero me da un asentimiento de cabeza y el segundo me sonríe de vuelta.
Al llegar al piso de Des ambos comienzan a empujar la pesada jaula y la dirigen al centro de la habitación, cerca del gran ventanal donde se encuentra el pianoforte.
—El jefe nos dio indicaciones de que debe quedarse vigilando al animal mientras buscamos al siguiente —me comenta el ángel y asiente con la cabeza.
—Gracias.
El ángel comienza a caminar de vuelta al elevador junto con el otro pisándole los talones.
—Perdón —los llamo.
Ambos se voltean para mirarme.
—¿Puedo preguntar por sus nombres?
—Soy Agelos —me dice el que me asintió con la cabeza en el elevador. Es alto, con el cabello rubio peinado como un personaje de Disney y tiene los ojos verdes. Muy guapo.
—Yo soy Haniel —menciona el que me sonrió. Este tiene rasgos más asiáticos, el cabello negro peinado hacia atrás con los lados un poco más bajos. Es igual de alto que Agelos y tiene esa apariencia imposible que parecen tener todos los ángeles.
—Bueno, no conozco mucha gente aquí y me gustaría conocer los nombres de las personas que ayudaron hoy. Bueno, de ustedes dos al menos.
—No se preocupe —comenta Agelos—. Estamos asignados a usted.
—¿Perdón? —lo miro sorprendida—. ¿Asignados?
—Sí —dice Haniel—. El jefe nos ha colocado como sus guardaespaldas. Nos verá más seguido aquí.
—¿Guardaespaldas...? —susurro.
—Si nos disculpa, tenemos que traer a la leoparda.
Agelos vuelve a asentir y me da la espalda para encaminarse al elevador.
Haniel lo imita y ambos desaparecen detrás de las puertas.
Luego de unos quince minutos ambos animales están en el apartamento, lo bastante despiertos para empezar a sentirse ansiosos por estar encerrados o al menos eso es lo que percibo de Luan.
Con paso decidido me acerco a la jaula de mi animal, pero la voz de Desten me detiene.
—Aún no.
Me volteo para verlo confundida.
—¿Sucede algo?
—Deja que pasen la noche en la jaula. Mañana podrán adaptarse mejor.
—Pero estoy sintiendo su desesperación —reclamo.
—Déjalos ahí, Emma.
—¿Tú no? —señalo la jaula de la leoparda—. Eloa no deja de moverse en su jaula. No necesito que hable en mi mente para ver su desesperación.
Le toma un momento contestarme, pero asiente con la cabeza.
—Entonces déjame liberarlos. Es tarde y ambos estamos cansados; tú de tus negocios, yo de que me pateen el trasero.
Un sonido parecido a una sonrisa baja se escucha en la habitación.
—¿Acabas de reírte? —lo miro atónita—. ¿Ese es el sonido de tu risa? —digo intentando aligerar el momento.
Su semblante vuelve a ponerse serio, pero una pequeña sonrisa ladeada aparece.
—Libéralos. Iré a darme una ducha. Te espero en mi habitación.
Se da media vuelta para dirigirse hacia las escaleras, pero mi negativa lo detiene.
—Me gustaría dormir en mi habitación esta noche.
—¿Hay un motivo en particular que deba saber?
—Me gustaría pasar la noche con Luan para calmar un poco sus nervios por el nuevo ambiente y creo que deberías hacer lo mismo con Eloa.
Mi respuesta no parece gustarle, aunque jamás admitiría que también parecía preocupado por ella. Confirma con un movimiento de cabeza dirigiendo sus pasos hacia la escalera para perderse en la oscuridad de su habitación.
Al abrir ambas jaulas los animales salen lentamente con desconfianza. Luan estira el lomo y luego sus patas hasta sacar sus garras. Eloa imita su acción.
Luan dirige sus hermosos ojos celestes hacia mí.
—Sí, es seguro. Aquí vivo desde hace más o menos un mes —me acerco y le peino su gran pelaje para luego rascarle detrás de la oreja—. Este es tu nuevo hogar, junto a mí.
Eloa da un par de pasos por el apartamento hasta que decide olfatear un poco el piso. Su nariz la guía hasta las escaleras y así como Desten se dirige silenciosamente hacia su habitación, ella se va detrás de él.
—¿Te gustaría recorrer el lugar o prefieres dormir? —le digo a Luan.
"Cansado".
—Entonces subamos para que puedas dormir. Mañana podremos explorar con la luz del día.
Yo también me dirijo hacia las escaleras con los pasos de Luan detrás de mí.
Al llegar a mi habitación el león se ve un poco más confiado al caminar alrededor. Se acerca al sillón, luego camina hacia los ventanales con un poco de cuidado para después dirigir su atención hacia el baño. No pasa mucho tiempo allí ya que al salir se dirige rápidamente hacia mi cama tomando impulso para subir en un salto.
—No creo que a Des le guste que estés en mi cama —le digo riendo—. Eres enorme, pero creo que cabemos ambos aquí. No le digas que te dejé subir.
Luan no dice nada y yo me río para mis adentros. Si me hubieran dicho hace un mes que estaría hablando con un animal casi extinto en mi mente y que este me entendía, le habría preguntado a esa persona si presentaba delirios. Pero después de todo lo que he vivido en estas últimas semanas, no creo que nada pueda sorprenderme más que esto.
Me doy una ducha rápida para luego ponerme el pijama. Me acerco a la cama al lado de un muy dormido Luan, dejo el anillo en mi mesita de noche para desplegar mis alas y me meto debajo de las sábanas cerrando por fin los ojos luego de un largo día.
Son alrededor de las seis de la mañana cuando una estructura dura y peluda me empuja entre los hombros y el pecho con tanta fuerza que hace que ruede sobre mi espalda.
Con una sonrisa sobre el rostro me estiro en la cama y abro los ojos para ver a un muy impaciente Luan al costado de la cama haciéndome cosquillas sobre las costillas mientras intenta llamar mi atención.
—Buenos días, Luan —le sonrío—. Nunca he tenido un perro. Supongo que esta sería la forma en que uno debe despertarse.
Un gruñido de advertencia sale de las profundidades de su garganta indicando que no le gusta la comparación.
—Perdóname —paso mi mano sobre su gigantesca mata de pelo intentando llegar hacia sus orejas donde le rasco—. Sé que no te gusta que te comparen con animales de la Tierra.
A él parece gustarle el mimo porque cierra los ojos e inclina la cabeza para que el cariño no se detenga.
—Supongo que te gusta que te rasquen detrás de las orejas. ¿Qué tal en la barbilla? He visto que a muchos...
Me interrumpo.
Sus ojos se abren antes de siquiera mencionar la palabra canino de nuevo.
—A muchos les gusta eso —me corrijo—. Creo que viviré disculpándome por eso —río irónicamente.
Después de un rato de mimos en los que Luan se acostumbró demasiado a ellos, ya que quedamos prácticamente uno encima del otro, la palabra "hambre" se escucha en mi mente.
—Lo sé, yo también tengo hambre y supongo que Eloa estará igual de hambrienta.
Unos diez minutos más tarde salgo de la ducha con una toalla en el cabello y con un conjunto de pantalones y suéter de algodón, ambos de color blanco. Nunca había usado un conjunto completamente blanco y al verme en el espejo me gusta; junto con las alas se podría decir que parezco un verdadero ángel.
En cuanto a las alas, al igual que mi cuerpo entero las siento tan doloridas que creo que sería mejor quitármelas. Mis brazos duelen, mis piernas duelen, mis puños duelen, pero lo peor es el dolor de espalda y trasero combinado con los pequeños puntos morados en las alas. Supongo que, al igual que al cuerpo, a estas también les salen moretones... curioso.