Capítulo 17 #2
A Luan no parece gustarle el tono de Vincent ya que pasa de mirarlo fijamente a levantarse para colocarse frente a mí.
—Luan —le digo tocándole el lomo cuando me levanto—, no va a hacerme daño —el león me observa detenidamente—. Es un amigo. Él me protege como tú quieres hacerlo, solo está molesto. No, Luan, no tienes que atacar.
Vincent abre los ojos como platos y se pega a las puertas de hierro como chicle en el cabello.
—Si puedes olfatearlo, supongo...
—Estás hablando con él —dice sorprendido—. Le estás entendiendo...
—Bueno...
—Emma —me interrumpe—, sabía que su conexión era fuerte, pero esto me sorprende. Una cosa es sentir lo que él siente, pero saber lo que piensa, lo que dice. Es extraordinario, solo había leído eso en libros.
—Bueno, realmente no dice oraciones, solo palabras cortas o monosílabos, pero de alguna forma entre lo que piensa y siente lo entiendo. Todo se complementa, no sabría cómo explicarlo.
—Todo esto es muy fascinante, pero hemos venido a practicar. Te traje esto, cambiante.
Me tira una bolsa que anteriormente no había visto en sus manos.
Al echar un vistazo a la bolsa de compras pude notar que tiene todo para ejercitarse: pantalones deportivos, zapatillas, medias, un brasier deportivo, guantes, rodilleras y coderas.
—¿Y esto para qué? —pregunto enseñándole lo último que vi en la bolsa.
—Eso es para que no te lastimes.
A continuación, Vincent se quita el saco y la corbata, se arremanga las mangas de la camisa y se quita la sobaquera de cuero.
—Te dejaré cambiarte —anuncia Vincent al verme buscar entre el almacén y señala un lugar en la pared del fondo—. Ahí verás una puerta secreta, presiona la pared fuerte y te indicará que pongas tu mano. Tus datos ya están registrados.
—¿Y qué pasa si alguien se introduce o intenta hackearlo?
—Si un humano se inmiscuye en cualquier cosa tecnológica la cual tenga que poner su ojo, dedos, manos o voz, la computadora reconoce automáticamente que no es. Además, nuestro sistema de seguridad no es de esta tierra, literalmente.
—¿O sea que tienen este tipo de tecnología donde viven? —omito decir el cielo porque el nombre del lugar se me ha olvidado por completo. Estoy casi segura de que empieza con P. ¿O era con B?
—En Paradisum sí, es tecnología de punta, mucho más avanzada que en la Tierra —se cruza de brazos y me sonríe—. Algún día te llevaré a conocer nuestra villa y a nuestros padres. Estoy seguro de que les gustarás.
—Es todo un honor —me burlo juguetonamente—, pero ¿por qué crees que les gustaré?
—Por lo que haces por Des —me sonríe, pero su sonrisa no llega a sus ojos mostrando la aflicción que secretamente siente por su amigo—. Subiré a la oficina a buscar unas cosas mientras tú te cambias.
Vincent se aleja para introducirse en el ascensor.
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—¡Emma! —grita Vincent—. Será mejor que deje de gruñirme, si eres tan amable.
—Luan —digo mirando al león que está en posición de caza observando directamente a Vincent con ojos asesinos—, ya lo hablamos, no me está haciendo daño intencionalmente. No, bueno sí, sí me duele, pero es un dolor bueno, ¿me explico?
El gran gato me observa detenidamente, pero sin abandonar su amenazadora posición.
—No me entiendes... —resoplo—. Mira, ¿si digo que no me duele vas a poder relajarte?
—Emma —dice Vincent cautelosamente—, me encantaría que estuviera suelto, sin embargo, este quiere asesinarme. ¿Por qué no mejor lo encierras?
A Luan no parece gustarle la idea porque vuelve a gruñirle.
Hemos pasado casi una hora practicando movimientos de combate cuerpo a cuerpo. Vincent me ha explicado los nombres y movimientos, pero todo lo que mi cerebro pudo procesar es que son de origen asiático y duelen mucho cuando tú eres la víctima.
Mi capacidad de lucha es casi nula. Mis músculos no soportan ni siquiera mi propio peso y ahora intentar derribar a alguien con el triple de peso en músculos como si fuera una asesina entrenada es casi imposible, así que aquí estoy por décima vez en el suelo con el trasero muy adolorido e intentando que Luan no vaya a desgarrar a Vincent por enésima vez.
—Él tiene razón —lo miro desde el suelo—. Tendré que encerrarte si no aprendes a controlarte.
—Emma.
Una voz cortante suena desde el elevador y no necesito voltear para saber que esa voz gélida proviene de alguien muy cabreado.
—Sé lo que estás pensando —resoplo estirando mi cuello adolorido y una de mis alas—. Quieres explicaciones y las quieres ahora, pero Vincent me ha dado una muy buena paliza.
—De nada —lo oigo decir.
—Como seguía diciendo —miro al arcángel de reojo sonriendo satisfecha—, me duele hasta la existencia, no tengo la energía suficiente para explicar por qué dejé salir a los felinos.
Esta vez desvío mi mirada hacia Desten intentando que mi estómago no se retuerza por la reacción que tendrá al enfrentarlo. Sin embargo, no dice nada.
Luan parece sentir la tensión porque se acerca y se asienta protectoramente a mi lado mirando a mi guardián. Por el otro extremo, al leopardo tampoco parece gustarle la mirada asesina de Luan porque se acerca sigilosamente a Desten. Este parece notarlo automáticamente porque despliega sus alas y se prepara para el ataque, pero en el segundo en que se dispone a enfrentar al felino se detiene súbitamente.
La leoparda se acomoda a su lado.
Los ojos de Desten prácticamente se salen de las órbitas mientras la mira.
—Puedes oírla —susurra Vincent—. Ella tiene la conexión contigo.
—Es imposible... —susurra en un tono casi inaudible.
—No lo es. Hiciste conexión el mismo día que me conecté con Luan y él me lo dijo, que la leoparda se lo ha dicho —señalo a Luan—. Es difícil explicar cómo se comunican.
—Emma, te dije que no hicieras nada estúpido —gruñe—. Enciérralos.
—Pero...
—¡Es una orden! —grita—. ¡Enciérralos!
El grito de Des no parece gustarle al león porque sin demora se coloca protectoramente delante de mí. Su cabeza se agacha amenazadoramente y un rugido de advertencia suena en el silencio de la habitación.
La leoparda imita la acción de Luan, pero en vez de protegerse a sí misma, se coloca delante de Desten.
—Des... —Vincent lo mira alarmado—. No queremos una guerra de felinos aquí.
—Emma, mete a los animales en su jaula —dice Desten en voz baja—. ¡Ahora!
Da un paso hacia adelante amenazadoramente e inmediatamente Luan incrementa su gruñido.
—Luan —intento llamar la atención del león—, él no va a lastimarme, tranquilo.
El león voltea un poco y dirige una de sus orejas hacia mí y me susurra en la mente:
"No me gusta".
Pienso detenidamente en lo que le voy a decir al animal antes de que se desate una guerra de garras en el lugar. Al ver a mi alrededor todos permanecen en la misma posición. Vincent está a dos pasos de reír o llorar y Desten está demasiado enfocado retando al león con la mirada.
"Luan".
El león voltea la cabeza al oír mi tono de advertencia.
Mi mente duda un poco, pero inmediatamente recuerdo que tengo que dominar al león antes que él o vamos a salir todos lastimados.
"Quieto".
Me mira detenidamente sin saber si acatar mi orden o simplemente ignorarla, así que insisto con voz fuerte para que se detenga. Mira a Desten, luego a la leoparda y vuelve a mirarme.
—No —digo esta vez en voz alta.
Él gruñe nuevamente, pero se echa en el suelo sin dejar de vigilar atentamente.
La leoparda también parece calmarse porque se coloca en la misma posición que el león a un lado de los pies del arcángel.
—Enciérralos —ordena Des.
—Ya sabes mi respuesta —le reto.
—Estoy con ella —suspira Vincent secándose el sudor de la frente—. El vínculo se ha completado, ninguno de los dos querrá alejarse de ustedes.
—Vincent... —amenaza Desten.
—Ya sé que no preguntaste mi opinión, pedazo de grosero —se cruza de brazos—, pero he tenido dos sustos de muerte en menos de dos horas.
—Siempre estás de su lado —gruñe.
—¿Celoso? —se burla Vincent—. Ella es menos terca que tú, ¿cómo no estaría de su lado?
—Tienen que estar encerrados —lo corta Des—. No pueden estar sueltos aquí.
—Dijiste que ibas a llevarlos al apartamento.
—En sus jaulas, por el estacionamiento.
—No creo que las jaulas sean una opción —me encojo de hombros—. Mi cuarto es lo suficientemente grande como para que Luan duerma conmigo y así no debes preocuparte si algo me pasa, él puede protegerme.
—No tendré a esos dos en mi casa, Emma. Ya hablamos de eso —se quita la chaqueta y deja al descubierto su camisa junto con las sobaqueras—. Esos animales necesitan cuidado.