Dark Arcangelo Capítulo 17
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Capítulo 17

Decir que una redada policial es poca cosa comparada con lo que vino después de que Desten aprobara mi entrenamiento sería quedarse corto. En menos de veinte minutos el arcángel consiguió retrasar su reunión, llamar a Vincent para avisarle que tenía que venir con nosotros y convocar la mayor cantidad de agentes posibles para protegerme como si fuera el presidente de algún país importante.

En el hotel aparecieron más de cincuenta ángeles, todos vestidos de traje negro y camisa blanca con armas en las manos. Varios autos blindados nos esperaban afuera. Desten decidió conducir él mismo y Vincent iba en el asiento del copiloto. Atrás me encontraba yo con otros dos ángeles a mi lado. Al salir a la carretera principal, dos autos blindados iban resguardándonos mientras otros dos nos seguían por detrás y uno circulaba a cada lado.

—¿Esto era necesario? —les pregunto indignada a ambos arcángeles.

—No —dice Vincent mirando de soslayo a Desten—, pero tenía que hacerse —se encoge de hombros.

—¿Con qué propósito? —cuestiono.

—Para intimidar al enemigo —dice Desten mirando el retrovisor de la izquierda.

—Creo que saben que son lo suficientemente poderosos para intimidarlos, después de todo tienen dos edificios llenos de ángeles.

Vincent me mira desde el retrovisor y sonríe.

—Tienes razón, pero es más protección para ti. No tengo que recordarte las veces que has estado al borde de la muerte —me mira por encima del hombro.

—No es necesario, lo tengo muy presente.

La llegada a las oficinas dio como finalizada la caravana de autos negros que nos escoltaba por las calles de la ciudad. Con un movimiento de mano Desten llama a todos los ángeles que estaban presentes a nuestro alrededor y les da la indicación de subir la seguridad en el complejo y principalmente en el hotel. Deja a Vincent para que les dé más indicaciones y me guía hacia las enormes puertas de cristal en donde Liora nos espera.

—Señor —Liora da una ligera inclinación de cabeza y le extiende unos papeles—, estos son los permisos de exportación que me pidió. Tiene que firmarlos —revisa su tableta con vehemencia mientras intenta mantener el ritmo al lado de Des, que camina más rápido como si tuviera alas en los pies—. Su reunión comienza en tres minutos y aún no llega el instructor para la joven Emma.

Des asiente y toma los papeles para darles una ojeada mientras subimos al ascensor.

—Le diré a Vincent que te entrene él si no tiene demasiados asuntos que resolver. Cuando él no pueda lo relevo yo si consigo algo de tiempo.

—Pero señor —lo interrumpe Liora confundida—, tiene la agenda ajustada todo el día, no creo que tenga tiempo para eso.

—Buscaré la forma —es todo lo que dice.

—¿Puedo ir al piso donde están los felinos? —Des y Liora me miran sorprendidos—. ¿Por favor?

—No creo que sea posible —contesta Liora—. Van a ser reubicados del edificio. Los animales deben estar calmados y sedados antes de su viaje.

—Quédate ahí hasta que Vincent vaya por ti —Des presiona el botón del piso donde están los animales—. Emma —me mira detenidamente—, no hagas nada estúpido —ordena.

Su mirada denota advertencia y todo lo que puedo hacer es asentir. Salgo del ascensor disparada mientras Desten me da una última mirada antes de que las puertas se cierren.

La habitación está como la última vez que vine. En el medio ambas jaulas se mantienen cerradas con los dos felinos profundamente dormidos. No doy muchos pasos cuando el león levanta la cabeza apoyada en sus patas. Me mira intensamente mientras que, de una forma más delicada, el leopardo enfoca sus ojos verdes sobre mí. El animal deja de prestarme atención y vuelve a colocar su cabeza entre sus patas, mientras que el felino de pelaje blanco no aparta sus grandes ojos azules.

—Me recuerdas a alguien que también me mira tan fijamente —le digo al león—. No, no, no hablo del leopardo —le contesto.

Miro al animal fijamente y es ahí donde caigo en cuenta de que le he contestado, le he entendido... De alguna forma lo he escuchado en mi mente y lo siento, siento su temor, así como lo sentí la primera vez que vine aquí. De un momento a otro me siento claustrofóbica.

—Puedo entenderte —me acerco a su jaula—. ¿Cómo demonios puedo entenderte? —el león se levanta y se acerca a paso lento olfateándome desde la distancia. Solo entonces entiendo que le he contestado—. Disculpa, no debí decir demonios, no pensé que fuera a ofenderte.

El león acerca su gran cabeza y la frota entre los barrotes haciéndome cosquillas en el cuello con su pelaje.

—Tú también me gustas —le contesto—, pero aún no entiendo cómo puedo escucharte o sentir lo que tú sientes, es extraño —le acaricio la cabeza y parece gustarle porque se sienta a mi lado pidiendo más—. Nunca tuve un perro, creo que esto es lo más cercano que tendré a eso. Mamá nunca me dejó tenerlo porque decía que era demasiada responsabilidad para alguien tan perezosa como yo, supongo que tenía razón. ¿Bromeas? —me río—. Los perros no son estúpidos —al parecer la comparación no le ha gustado—. Al final del día no sé cuántas disculpas voy a deberte, pero entiendo que los animales del cielo son más inteligentes, no tienes que molestarte, puedo sentirlo —un suave gruñido escapa de él—. También puedo sentir tu temor y que no te gusta estar encerrado aquí. Imagino que no te dejan salir mucho.

El león me comunica que estoy en lo correcto.

—¿No sales desde que llegaste? Vaya... —le rasco detrás de la oreja como puedo, hundiendo mi mano entre la melena—. Eso debe ser deprimente. ¿Y qué hay del lugar donde estabas antes? —el felino se pega aún más a mí—. Entiendo, has estado encerrado en una jaula con el leopardo toda tu vida. Me siento igual en estos momentos.

El león levanta la cabeza y me mira detenidamente.

Es ahí donde se me ocurre una idea que sé que enojará a Desten, pero el ángel vive para estar enojado.

—Espera un segundo. No, no voy a irme —le digo mientras camino entre las jaulas.

Miro a mi alrededor para buscar las llaves de las jaulas y, por alguna suerte del destino, están colgadas casi al lado del elevador.

—Cómo son tan descuidados de dejar las llaves tan expuestas para que cualquiera pueda tomarlas.

Corro a la jaula del león y con la mano un poco temblorosa entierro la llave en el cerrojo y automáticamente se abre la puerta de hierro.

El felino sale con pasos dudosos fuera de la jaula y yo me alejo para dejarle la vía despejada. Se despereza un poco para entonces echarse a correr por todo el espacio estirando los músculos que estuvieron limitados tanto tiempo en un espacio tan pequeño.

Lentamente me acerco a la jaula del leopardo. Esta vuelve a levantar la cabeza mirándome. A diferencia del león, a ella no puedo escucharla.

—¿Me dices que ya tiene una conexión? —digo mirando al león que se encuentra a distancia—. ¿Entonces por eso no puedo oírla? —me comunica que estoy en lo correcto nuevamente—. Puedes...

Me aclaro un poco la voz para tener algo más de valor ya que estaré ante un felino que no siente nada por mí. Aunque pensándolo bien, ni siquiera sé cómo pude confiar en el león en primer lugar.

—¿Puedes decirle que no voy a hacerle daño y que solo quiero que estire las patas?

El león se acerca lentamente a mí colocándose a mi lado. Ambos se miran y el león vuelve a mirarme.

—¿Así que no va a hacerme nada porque soy importante para la persona con la que hizo conexión...? —el león dice que sí—. Bien, entonces supongo que voy a soltarte —le digo en voz alta a la leoparda.

Al igual que con la jaula anterior, esta se abre rápidamente con otro juego de llaves. La leoparda me mira fijamente un momento antes de salir por la puerta. Yo me hago a un lado para darle paso y el león se coloca frente a mí.

Lo siguiente que sucede me asusta más de lo que debería. Ambos felinos se tiran uno encima del otro y como puedo intento separarlos, pero más que peleando parece que se están... ¿saludando? Es como ver dos gatos jugando entre ellos, dos gatos gigantes de otra tierra, con poderes telequinéticos y de color negro y blanco, jugando como cachorros.

Luego de un rato entre juegos y carreras por la habitación, la leoparda decide que habían sido demasiados juegos por el día de hoy y se trepa arriba de la jaula en donde ahora descansa tranquilamente. Mientras tanto me encuentro recostada junto al león, acariciándolo entre sus patas, su pelaje me calienta la espalda. Un suave ronroneo acompaña el sentimiento de satisfacción.

—¿Qué te parece Alex? —le pregunto—. No, entiendo, no te gusta. ¿Tus antiguos dueños no te pusieron un nombre? —me da una negativa—. Bueno, no te ha gustado ninguna de las cinco opciones que te he dado. Me estoy quedando sin ideas —le acaricio detrás de la oreja y un gran soplido de satisfacción se escucha en el silencio de la habitación—. ¡Ya sé! —digo levantándome de repente para mirarlo. El león entreabre los ojos—. ¿No te gusta? Pero Luan me parece un lindo nombre, lo vi en clase de literatura, solo que no recuerdo exactamente de qué tema. En fin, Luan me gusta, te acostumbrarás.

Luan vuelve a resoplar en disgusto.

De repente las puertas del ascensor se abren y un muy apurado Vincent aparece delante de mí. Se detiene repentinamente congelado en la entrada a medio camino. Su mirada se posa directamente a mi espalda, luego en silencio mira la jaula abierta. Su mirada pasa a la siguiente jaula y observa a la leoparda para luego soltar un jadeo muy tardío de sorpresa.

—Vincent... —empiezo a explicarle, pero el arcángel da unos pasos hacia atrás chocando con las puertas del ascensor.

—Emma... ¿qué demonios es esto? —su mirada aterrada pasa de un felino a otro—. ¿Por qué carajos has soltado a los gatos? —me mira furioso—. Esto no es un chiste, Emma. Que hayas tenido una conexión con uno de ellos no te da derecho de apropiarte del animal, ni mucho menos pensar que puedes controlarlos.

—Estás hablando como Desten —me cruzo de brazos.

—Porque creo que sería un buen momento para darte la regañada de tu vida, si no es que ya has tenido suficientes.

—No es gracioso.

—¡Esto no es gracioso, Emma! —grita.