Dark Arcangelo Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—No, tampoco es un león cualquiera por más que tenga la apariencia de uno —alza una de sus cejas—. Es un león de Paradisum, es mucho más dócil e inteligente que un león común. ¿Por qué crees que puede tener una conexión contigo?

—Él no...

—Yo lo vi, Emma —me interrumpe Vincent—. Estuve contigo cuando calmaste al león y te obedeció, como si fuera un perro.

—¿Estás seguro de que puedes meter al león aquí?

—Estoy a cargo del hotel —menciona con superioridad—. No tienes que preocuparte por eso.

—¿Qué hay del leopardo?

—¿Qué hay con él? —pregunta Desten confundido, pero no necesito decir otra palabra porque ha entendido mi indirecta—. No, Emma. Solo uno.

—Pero...

—He dicho que no y es mi última palabra —se levanta del sillón rápidamente—. Vincent.

—Voy, jefe.

El mencionado también se levanta y camina detrás de su amigo.

Desten sale así como entró a la habitación, sin embargo, Vincent se da media vuelta para acercarse a mí.

—¿Cómo haces para que te conceda todo lo que quieres?

—¿De qué hablas? No he podido convencerlo por lo del leopardo, ni siquiera me ha dejado decir más de dos palabras.

—Eso es cierto —apunta—, pero créeme, verás a ese animal aquí.

—¡Vincent! —grita Desten desde afuera de la habitación.

—¿De dónde han sacado eso de la terapia? —lo tomo del brazo antes de que pueda irse—. Es cierto que lo de mi padre ha sido algo... ¿sorpresivo? y los sueños son más bien traumáticos, pero no creo estar tan depresiva, ¿o sí?

—Niña tonta —dice Vincent sacudiendo mi cabello cariñosamente—. Lo hace porque quiere tener un gesto contigo. Quiere levantarte el ánimo, lo de la terapia lo sacamos de internet. En otras palabras, esto es como si te diera flores —me guiña un ojo.

Sale disparado por la puerta dejándome más confundida que nunca. Desde que conozco a Desten pude deducir que ser romántico no formaba parte de su comportamiento.

Lo que restó del día me quedé en mi habitación viendo televisión. Más o menos a las seis de la tarde bajé a la cocina para buscar algo de comer. La casa está casi a oscuras y si no fuera por la luz procedente de la oficina de Desten pensaría que estoy completamente sola.

Al revisar la nevera lo primero que veo es que está completamente llena, aunque realmente no hay ninguna de las vasijas con comida que Vincent prepara, por lo que la idea de cocinar para nosotros dos cruza mi mente.

Pensándolo bien, Vincent tampoco habrá comido algo si está aquí, así que por si acaso cocinaré para tres, ya que Danielle no está.

Saco los ingredientes necesarios y los coloco sobre la encimera. Lo primero que hago es cocinar la pasta en agua hirviendo. Luego salteo los camarones hasta que queden dorados. La casa comienza a llenarse de un aroma delicioso.

En otra sartén mezclo ajo, pimienta cayena, perejil y un poco de mantequilla. Agrego la pasta junto con un poco del agua de cocción y queso parmesano rallado, removiendo hasta que la salsa se espese ligeramente antes de servirla en tres platos distintos.

Con un poco de dificultad debido a los platos en mis manos, toco la puerta de la oficina de mi protector y una voz me indica que tengo permitido entrar.

Desten está sentado en su escritorio vestido con su típica ropa de trabajo, exceptuando el saco que siempre cuelga de su silla. Vincent, en cambio, está en los sillones marrones frente al escritorio de Desten, inclinado hacia adelante y enfocado en el computador que tiene delante; a este también le hace falta el saco.

Una vez estoy dentro, Des posa la vista en mí y la sorpresa no falta al ver que traigo tres platos de comida conmigo.

—He pensado que no habían comido y he cocinado algo.

Con sumo cuidado de no dejar caer nada, me acerco a Vincent y este me ayuda a colocar los tres platos en la mesa del centro. Hace a un lado su computadora y me mira con una expresión de desconcierto y los brazos entrecruzados.

—No pensé que cocinaras —dice levantando una ceja con curiosidad.

—No me gusta —niego con la cabeza—. Eso no significa que no sepa.

—Me parece excelente que lo digas —dice juntando las palmas—. Puedes cocinar para el señor whisky y espresso que tienes a tu lado.

Al sentarme en el sillón frente a Vincent, Desten sigue mis pasos sentándose a mi lado.

—Huele bien —dice el arcángel acercándose a los platos.

Escoge uno de ellos y prueba un bocado. Al igual que Vincent, me mira bastante sorprendido.

—Esto está buenísimo.

Vincent deja el plato en la mesa.

—Iré por un poco de vino.

No puedo evitar reír cuando sale prácticamente corriendo por la puerta, como si estuviera emocionado. Desten también deja el plato en la mesa.

—Aún sigo sin creerlo —me mira divertido mientras se cruza de brazos y se recuesta un poco en el reposabrazos del sillón—. Creo que deberías cocinar de ahora en adelante.

—¡Ya lo creo! —menciona Vincent entrando por la puerta con dos copas en una mano, el vino en la otra y el sacacorchos debajo del brazo.

Cierra la puerta con una pierna. Coloca ambas copas en la mesa e inmediatamente abre el vino para servir el líquido de color ámbar. Me pasa una de las copas y la otra se la queda para él. Mi mirada pasa de Vincent a Desten.

—Él no toma vino —dice Vincent rodando los ojos—. Prefiere tragos calientes, ya sabes, como tú —me guiña un ojo mientras le da un sorbo a su copa.

Yo ruedo los ojos imitando su acción e intento ignorar el comentario incómodo. A Des no parece importarle porque se levanta del sillón y se acerca al bar que está a un lado de su mesa para servirse una copa de whisky.

—Este es un Romanée-Conti Montrachet Grand Cru de Chardonnay —le da otro sorbo al vino y me mira—. Es delicioso.

Hago lo que me dice y le doy un sorbo al vino. Lo primero que puedo notar es que su sabor es suave, pero al mismo tiempo persistente. No sabría describirlo exactamente ya que casi nunca bebo alcohol, pero puedo notar un ligero sabor a nueces.

—Tiene un sabor peculiar —es lo único que tengo para decir desde mi desconocimiento.

—Claro, este es un vino de sesenta y seis años. No es tan costoso, pero su sabor ligero junto con su aroma a nueces y miel lo hacen extremadamente exquisito —da otro largo sorbo. Deja la copa en la mesa y sigue comiendo.

—Parece caro —digo mirando el líquido color oro en mis manos—. ¿Cuánto cuesta?

—Entre treinta mil y ciento cincuenta mil más o menos.