Dark Arcangelo Capítulo 15
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Capítulo 15

Lo sigo fuera de la habitación. Cuando me asomo por el barandal del piso superior, él ya está a mitad de las escaleras, así que prácticamente corro detrás de él.

—Des, ya hemos hablado de esto —ruego mientras lo sigo escaleras abajo.

—Sí, lo hemos hablado y he dicho que no.

—Des, por favor —con la respiración agitada llego al último escalón—. Por favor.

—No —repite mientras camina hacia la cocina.

—Estaré aquí cerca, en una librería francesa. Ya conozco al dueño y parece amable. Quiero ver algunos libros y quizá adelantar tareas allí.

Desten me da la espalda mientras prepara un espresso en la máquina. Yo me detengo a mitad de la sala.

—Hablemos de esto —insisto cansada.

—Lo estamos haciendo y he dicho que no. No insistas.

—Buenos días, tortolitos —interrumpe Vincent.

—Ahora no, Vincent —lo corto.

El mencionado levanta las manos en señal de rendición.

Camino hacia la cocina rodeando la isla.

—Des —lo llamo—. Estoy hablando contigo. Por favor, mírame.

Con un suspiro se gira hacia mí y se cruza de brazos, dejando el maletín a un lado.

—No.

—Des...

—Intentaron matarte de nuevo hace apenas unas horas, Emma —alza la voz—. ¿De verdad crees que deberías salir de aquí?

—No estaré lejos —rodeo la isla para acercarme.

—Estarás lo suficientemente lejos como para que te atrapen —responde tajante—. No seguiré discutiendo esto. Ya sabes mi respuesta.

—Desten...

Toma el café, lo vierte en un vaso térmico y recoge el maletín antes de dirigirse al elevador.

Como puedo, lo sigo. Sus zancadas me obligan casi a correr.

—La librería está cruzando la calle del hotel.

—¡Emma! —se detiene de golpe y vuelve a levantar la voz—. No es no. Grábatelo en el cerebro.

—Estás siendo irracional —me cruzo de brazos.

—Y tú estás siendo irresponsable.

—Puedo ir con ella —interviene Danielle.

La maga blanca está sentada en uno de los sillones con una taza de té entre las manos. Estaba tan concentrada discutiendo con Desten que no había notado su presencia.

—No —se niega nuevamente—. Solo confío en Vincent para esto.

—Pero Vincent no puede ser mi niñero para siempre —replico—. Él también tiene trabajo.

—Y tú tienes tareas —me interrumpe él.

—Puedo hacerlas allí.

Con una mirada amenazante deja el café sobre una mesa cercana y se acerca a mí.

Con una mano me rodea la cintura y con la otra me toma del brazo, inmovilizándome contra su pecho antes de inclinarse ligeramente.

—Lo diré por última vez —dice en voz baja—. Te quedarás aquí y harás tus tareas. Cuando vuelva, vamos a cenar y después te irás a dormir a mi habitación. ¿Me he explicado?

Lo miro desafiante.

No puedo permitir que me intimide como siempre.

—No soy una niña, Des.

—Entonces deja de comportarte como una.

—Puedo irme si quiero.

Realmente no pienso hacerlo sin su permiso, pero estoy cansada de que todo el mundo asuma que puede decirme qué hacer. Siempre he dejado que los demás dirijan mi vida.

Ya no.

—No vas a querer desafiarme de esa forma, créeme.

Y todo vuelve a ser como antes.

La cercanía de la noche anterior desaparece para dejar paso a la dinámica que hemos tenido desde el principio: él imponiendo autoridad y yo enfureciéndome por ello.

—¿O qué? —pregunto levantando el mentón.

Una sonrisa irónica aparece en sus labios. Se inclina para besarme, pero giro el rostro inmediatamente.

Un suspiro tenso abandona sus labios cuando me suelta.

Recoge el café y el maletín y continúa hacia el elevador acompañado por Vincent.

Se gira justo antes de que las puertas se cierren.

—Investigaré al dueño, pero tienes prohibido salir de aquí —su voz suena contenida—. Nos vemos esta noche, luce.

Y sin más, las puertas del elevador se cierran, llevándose consigo a ambos arcángeles.

—¿Estás bien? —pregunta Danielle desde el sillón, observándome con preocupación.

—Eso creo —respondo resignada.

—¿Cómo va el tatuaje?

Se acerca a mí.

—No lo sé. No he pensado en eso con todo lo que pasó ayer.

Con una mirada me pide permiso para revisarlo.

Asiento.

Levanta con cuidado la camiseta del pijama y aparta la venda.

—Recuerda lavarlo bien —advierte—. Y cambiar la venda regularmente. En una semana debería estar perfectamente.

—Gracias, Danielle —le sonrío agradecida—. ¿Quieres desayunar? Seguro Vincent dejó algo preparado.

—Puedo arreglármelas sola, gracias.

Me devuelve la sonrisa. Una extraña incomodidad se instala en mi pecho. Lo único que hago es asentir y decirle que pasaré el resto del día haciendo tareas en mi habitación.

Ella me explica que Des le ha permitido quedarse unos días mientras resuelven algunos asuntos.

Vuelvo a asentir y me despido.

Después de una larga ducha para despejar mi enojo, llamo a mamá para contarle lo ocurrido. Como es lógico, se preocupa, aunque omito ciertos detalles para no alarmarla todavía más. Tras una conversación bastante larga con ella me dedico a las tareas.

Tengo ganas de llamar a Saray y contarle todo sobre Desten, pero desde que destruyeron mi teléfono el único número que recuerdo de memoria es el de mamá.

Son pasadas las once de la mañana cuando llaman a la puerta.

—Soy yo —anuncia Danielle—. Vi que no habías bajado a desayunar y pensé que quizá tendrías hambre.

Asoma la cabeza por la puerta.

Mi estómago protesta inmediatamente.

Le permito entrar. Trae un plato con huevos revueltos, pan tostado con crema de avellanas y un vaso de jugo de naranja.

—Es muy amable de tu parte.

—Siempre he sido buena preparando desayunos. Ahora, cuando hablamos del resto de comidas, soy un desastre.

—Yo odio cocinar —río junto a ella—. Así que te entiendo.

—Nunca había entrado en esta habitación —comenta observando el lugar.

—¿Ah, no?

Intento limpiar un poco de crema de avellanas de mis labios.

—No. Esta habitación es diferente a las demás —observa el sillón donde estoy sentada—. Veo que la decoró para ti.

Escucho un deje de tristeza en su voz.

—No lo sabía.

—Yo tampoco. Nunca me había quedado aquí.

—¿En diez años?

Las palabras salen antes de poder detenerlas.

—No. Él casi siempre iba a mi casa y las pocas veces que vine aquí era porque tenía algo urgente que hacer. Yo aprovechaba para explorar un poco. La mayoría de nuestros encuentros eran en otros pisos del hotel.

Hace una pausa contemplando los ventanales.

—A veces me sentía... —niega con la cabeza—. No importa.

—Lo siento mucho, Danielle.

—No tienes por qué sentirte mal —resta importancia con un gesto—. Desten jamás me prometió amor eterno y tampoco me trató como a una prostituta, pero desde el principio dejó claro que una relación sentimental era imposible.

Ríe con incredulidad.

—Yo estaba demasiado enamorada para pensar con claridad. Cuando me di cuenta, habían pasado diez años.

—Imagino que sentiste que desperdiciaste una década de tu vida.

—Para nada —me sonríe—. Los brujos envejecemos más despacio. Para ustedes parece toda una vida. Para nosotros, apenas es tiempo suficiente.

Uno podría pensar que habla de la longevidad de los magos.

Pero mi intuición me dice que habla de Desten.

—Nunca fue especialmente cariñoso. Al principio pensé que era algo personal, pero luego entendí que era así con todo el mundo. Ahora veo que eso cambió.

Me mira con una ceja arqueada y una sonrisa divertida.

Aunque algo parecido al dolor cruza su rostro por un instante.

—Te has robado su corazón y ni siquiera te has dado cuenta.

—¿Por qué todo el mundo insiste en eso?

—Porque el día que ambos abran los ojos descubrirán que todos los demás tenían razón.

Se cruza de brazos.

—Los vi discutir esta mañana. Él siempre ha sido alguien de pocas palabras y verlo discutir de esa manera... jamás lo había visto hacer algo parecido. Desten no suele decir más de diez palabras seguidas a menos que esté trabajando. Además, ¿escuché bien o ustedes dos durmieron juntos?

—No hicimos nada...

—Lo sé —me interrumpe—. Te creo. Pero Des no duerme con sus amantes. De hecho, no duerme con nadie. Nunca. Y sí, ya sé que no son amantes.

Me corta antes de que pueda defenderme.

—Eres la primera mujer con la que simplemente duerme. Pregúntale a Eleanor.

—¿Conoces a Eleanor?

—Todas las magas nos conocemos, Emma. Es una comunidad bastante pequeña.

Permanece unos segundos en silencio observando el suelo, después mira los apuntes que tengo repartidos sobre la mesa.

—Será mejor que te deje continuar.

Se marcha tan silenciosamente que apenas escucho cerrarse la puerta. Sus palabras permanecen rondando mi cabeza. Puedo entender las relaciones puramente físicas. Lo que no puedo imaginar es esperar diez años a que alguien se enamore de ti y ver cómo, de repente, otra persona ocupa el lugar que llevabas tanto tiempo esperando y aunque no creo que Desten esté enamorado de mí, sí creo que siempre ha sido una persona fría.

Incluso conmigo. Por más que Danielle y Vincent parezcan convencidos de lo contrario.

Me siento mal por ella. No creo que yo hubiera soportado tanto tiempo.

Sacudo esos pensamientos para concentrarme en terminar las tareas pendientes.

La tarde transcurre tranquila. Danielle y yo cenamos en silencio la comida preparada por Vincent. Ninguna parece tener mucho más que decir.

Cuando terminamos, lavo mi plato y subo inmediatamente.

Paso un rato viendo televisión porque, sin libros ni teléfono, la vida aquí puede resultar increíblemente aburrida.

Son más de las once cuando un bostezo me recuerda que es hora de dormir.

Tomo una ducha rápida, me pongo el pijama y me dirijo a la habitación de Des.

En el pasillo me cruzo con Danielle.

Me sonríe.

Yo le devuelvo la sonrisa, aunque me siento extrañamente culpable.

Sin embargo, la expresión desaparece de sus ojos cuando nota hacia dónde me dirijo.

Le hago un leve gesto con la cabeza y continúo caminando.

No pasa mucho antes de que me quede profundamente dormida.

Un brazo fuerte me rodea la cintura. Un beso húmedo sobre el hombro me despierta a medias. Me giro para ver quién es, pero antes de reaccionar, me besa. Desten me besa con la misma intensidad que aquella primera vez, con urgencia, con necesidad. Abre mis piernas para colocarse entre ellas y profundizar el beso. Yo le correspondo sin pensar. Sus manos recorren mis costillas y ascienden lentamente. Un estremecimiento me recorre cuando sus labios abandonan los míos y continúan descendiendo por mi cuello.

—Des... —gimo cuando sus besos siguen bajando.

—¿Te gusta? —susurra una voz.

Todo el deseo desaparece.

Esa voz no es la suya.

Es áspera.

Rota.

Como la de alguien que hubiera perdido las cuerdas vocales.

Abro los ojos.

Y los ojos que me observan no son color miel.

Son rojos.

Los mismos de mis pesadillas.

Intento liberarme.

El Maleficis inmoviliza mis brazos sobre mi cabeza.

—¡No! —grito.

Y despierto.

La habitación se ilumina de golpe.

Desten está sentado al otro lado de la cama observándome con preocupación.

Intento alejarme, pero caigo al suelo estrepitosamente. Retrocedo hasta quedar contra las ventanas.

—¿Luce? —susurra.

Un golpe en la puerta me sobresalta.

—¿Luce? —repite—. ¿Qué ocurre?

Intenta acercarse.

Yo lo aparto.

—¡NO ME TOQUES!

La sorpresa cruza su rostro, luego aparece algo parecido al dolor.

La puerta se abre. Danielle entra en pijama, con el cabello cubierto por un gorro de seda.

—¿Pasa algo? —pregunta observándonos—. Escuché los gritos.

Desten vuelve toda su atención hacia mí.

—Intentó violarme —susurro abrazándome las rodillas—. Intentó violarme.

—¿Quién, luce?

Se agacha frente a mí.

—¿Qué ha pasado?

—El hombre de los ojos rojos.

Las lágrimas comienzan a caer.

—Pensé que eras tú... —mi voz se quiebra—. Pensé que eras tú.

Miro a Desten.

—Pero cuando habló ya no eras tú. Su voz era... era...

La desesperación vuelve a apoderarse de mí y Desten me toma en brazos con extrema cautela. Me acomoda sobre la cama mientras me aparta el cabello húmedo del rostro.

Danielle trae una taza de té y se sienta cerca.

Poco a poco logro tranquilizarme.

Estoy en casa. Estoy a salvo. Estoy con Desten.

Entre lágrimas les cuento lo ocurrido, omitiendo algunos detalles que no me atrevo a decir en voz alta. Cuando termino, Danielle insiste en que beba el té.

Lo intento, pero después de tres sorbos abandono la idea. Tengo el estómago completamente cerrado.

Finalmente nos deja solos y le comenta a Desten que cree tener una forma de detener todo aquello, aunque será mejor hablarlo por la mañana.

Cuando se marcha, él me pregunta si quiero bañarme.

Niego con la cabeza.

También me pregunta si puede ayudarme a cambiarme de ropa.

Dudo.

Pero termino asintiendo.

Con movimientos suaves me quita la ropa sudada y me deja una camiseta negra enorme que me cubre hasta los muslos.

Después se acuesta a mi lado y me atrae contra su pecho. Cuando pregunta si puede apagar la luz, vuelvo a asentir.

La habitación queda en penumbra. Los recuerdos regresan inmediatamente y empiezo a llorar otra vez.

Desten me abraza con fuerza y me sostiene durante toda la noche.

Y, entre lágrimas y agotamiento, termino quedándome dormida en sus brazos.