Capítulo 14 #2
Sé que tiene un carácter difícil, pero no es una mala persona. Ha intentado protegerme desde el instante en que llegué a esta casa o, mejor dicho, desde que me convertí en su misión y nunca se lo he agradecido.
Con una mano me indica que me siente frente a él, sobre el escritorio, pero niego con la cabeza ante un gesto tan íntimo.
Con la mano libre acerca la silla hacia mí y me empuja suavemente por la cintura hasta el centro del escritorio.
Aparta la computadora a un lado, se acomoda frente a mí y termina apoyando la cabeza contra mi pecho.
Da un par de instrucciones más por teléfono y cuelga.
—¿Dormiste bien? —pregunta cruzándose de brazos mientras se separa ligeramente.
—Sí, me quedé dormida en el sofá. ¿Y tú? —pregunto.
—No. Me di un baño y bajé aquí para reparar los daños colaterales.
—¿Daños colaterales?
Se acerca un poco más reduciendo aún más la distancia entre nosotros.
Mis piernas rozan la parte externa de las suyas y sus manos se apoyan en mis caderas mientras descansa la cabeza contra mi estómago.
—Sí —suspira—. El lugar quedó hecho un desastre.
—¿Y qué hiciste? —pregunto mientras paso una mano por su cabello azabache.
A él parece gustarle mi contacto porque sus hombros se relajan y sus dedos se hunden ligeramente en mi cintura en señal de aprobación. El gesto me incomoda un poco, pero decido no decir nada por el momento.
—Compré el local de la familia de Danielle y los trasladé a un lugar más seguro cerca de aquí. Quiero saber si ocurre algo con los Maleficis. También encontré un apartamento nuevo para ella y necesito su aprobación. Ahora que saben que está de nuestro lado, van a querer acecharla hasta que ceda a la locura —suspira y levanta la mirada hacia mí—. Me encargué de los cuerpos y de cerrar la tienda. Los humanos no deben enterarse de esto.
—Veo que has estado ocupado —digo sonriendo—. Eres el jefe después de todo.
Me devuelve una sonrisa cansada mientras se pasa una mano por el cabello desordenado y no puedo evitar pensar que, desde que lo conozco, es la primera vez que lo veo tan agotado, ojeroso y despeinado. Aunque creo que, en parte, eso ha sido culpa mía. También tiene moretones y pequeñas heridas repartidas por el pecho semi descubierto, los brazos y un par más en el mentón y la nariz.
Sin darme tiempo de reaccionar, tira suavemente de mí hacia su regazo.
—Des... —me remuevo avergonzada—. ¿Qué haces?
—Shh... —me silencia.
Me acomoda de forma que mis piernas queden a ambos lados de las suyas, sentándome en una posición peligrosamente íntima sobre su regazo.
—Des... no creo que...
—Emma, quiero escuchar el silencio de la habitación durante dos segundos. Después puedes quejarte.
Nuestros ojos quedan a la misma altura cuando decide rodearme la cintura con ambos brazos y apoyar la cabeza debajo de mi cuello. Lo escucho suspirar y veo cómo cierra los ojos por un instante.
El corazón me golpea tan fuerte que casi duele cuando una impulsiva sensación me atraviesa: debería besarlo.
Niego con la cabeza intentando silenciar esos pensamientos.
Al moverme, abre los ojos con curiosidad al notar que mi mirada permanece fija en sus labios.
Alza una ceja.
Y antes de que tenga tiempo de procesarlo, me toma firmemente por la cadera, coloca una mano en mi cuello y me besa.
Esta vez no titubea ni se aparta.
Me besa.
Me besa de verdad.
Nuestros labios se encuentran con toda la tensión acumulada entre ambos. Al principio el beso es intenso y desesperado. Sus dedos recorren mi cuello y mis brazos antes de deslizarse hasta mi cintura para acercarme más a él.
Inesperadamente el beso se vuelve más lento, más suave, hasta que nuestros labios parecen seguir el mismo compás.
Sus manos abandonan mi cintura y se deslizan bajo el borde del suéter hasta rozar mi piel.
Es entonces cuando el pánico me devuelve a la realidad.
Rompo el beso de inmediato.
—¿Emma? —pregunta confundido, con los labios enrojecidos y el cabello aún más desordenado.
—Yo... no puedo... ya sabes —titubeo.
Vacila unos segundos sin comprender hasta que finalmente entiende a qué me refiero.
—No pensaba hacer eso —ladea una sonrisa—. Estoy cansado. Solo quería besarte.
—Oh.
Es lo único que consigo decir.
—Será mejor que vaya a la cama.
—Sí, yo también —responde estirándose en la silla—. Adelántate. Terminaré unas cosas aquí. Buenas noches.
—Buenas noches.
Y como alma que lleva el diablo prácticamente corro hacia mi habitación.
Ya en mi espacio seguro me cambio por un pijama de seda lo bastante elegante como para parecerme un poco a mi madre.
Pasadas las diez y media decido acostarme.
No tarda mucho en vencerme el sueño.
Me incorporo de golpe, empapada en sudor, como si hubiera corrido una maratón. El corazón late tan rápido que parece dispuesto a escapar de mi pecho.
Con la respiración entrecortada inspecciono la habitación para asegurarme de que sigo en el apartamento y de que unos ojos rojos no me observan desde algún rincón.
El reloj marca las dos de la madrugada. Otra vez el sueño, esto empieza a volverme loca.
Me levanto para echarme agua fría en el rostro y librarme tanto del sudor como de la pesadilla. En el reflejo del espejo mi rostro luce aún más pálido por culpa de las ojeras. La ropa está húmeda y el cabello completamente revuelto.
Un suspiro cansado abandona mis labios mientras regreso a la habitación ignorando el desastre que soy.
Me quito el anillo y libero las alas.
Con el corazón algo más tranquilo intento volver a dormir. Es imposible. Cada vez que cierro los ojos vuelvo a recordar el sueño. Después de lo que parece una eternidad vuelvo a mirar el reloj. Las tres de la mañana, así que con decisión me escabullo por el pasillo y abro ligeramente la puerta de la habitación de Des.
La oscuridad me recibe.
Esta vez las luces de la ciudad apenas atraviesan las cortinas completamente cerradas. Los únicos destellos provienen del televisor y del aire acondicionado.
Camino de puntillas intentando localizar la cama. Casi por milagro encuentro el borde.
Palpo la superficie suave y, recordando que Des suele dormir del lado derecho, avanzo hasta el lado que parece vacío.
Con mucho cuidado subo a gatas y encuentro la almohada. Me acomodo lentamente intentando no despertarlo.
Se siente igual que cuando me escabullía en la cama de mamá después de una pesadilla. La diferencia es que conocía aquella habitación perfectamente.
Aquí creo que solo he tenido suerte.
—Pareces un gato —susurra una voz.
Un grito escapa de mí.
Enciendo de inmediato la lámpara de la mesita.
La luz revela a Desten acostado, observándome divertido mientras sostiene la cabeza con una mano.
—¿Sabías que había entrado? —pregunto llevándome una mano al pecho.
—Acabo de subir para acostarme. Todavía no me había dormido.
—Oh.
—¿Has vuelto a tener ese sueño? —la diversión desaparece de su rostro—. ¿Por eso viniste?
—Sí —confieso—. He tenido el mismo sueño otra vez.
Des se gira y coloca las manos debajo de la cabeza mientras observa el techo.
—Hablaré con Danielle para intentar bloquearlos —suspira—. Si esto continúa, tu estabilidad mental comenzará a deteriorarse.
—¿Quién dijo que tengo estabilidad mental? —bromeo para aliviar el ambiente.
Una suave risa ronca abandona sus labios.
Me observa divertido.
Y es la primera vez que lo veo tan relajado.
—Ven aquí.
Con una mano me arrastra hacia él hasta acomodarme sobre su pecho.
Vuelve a colocar un brazo debajo de mi cabeza a modo de almohada y deja la otra mano descansando sobre mi cintura.
—Esa zona es territorio restringido —le susurro con las mejillas encendidas.
—No pareció molestarte hace unas horas —responde con malicia.
Mis mejillas arden todavía más cuando menciona el beso en su oficina.
—No estaba pensando con claridad —me defiendo escondiendo el rostro contra su pecho.
—Pero tampoco dijiste que no te gustó.
Me da un suave apretón en la cintura.
Levanto la cabeza para mirarlo mejor.
Él sonríe.
Se inclina hacia mí y vuelve a besarme.
A diferencia del anterior, este beso es lento y delicado.
Sus labios avanzan con cautela, como si temiera que volviera a apartarme.
Su mano en mi cintura me acerca un poco más.
Esta vez es él quien rompe el beso.
—Vamos a dormir.
Asiento.
Apago la lámpara y nos quedamos dormidos abrazados mientras la lluvia comienza a golpear las ventanas.
La luz del amanecer atraviesa las cortinas cuando estas se abren automáticamente, revelando la impresionante vista de la ciudad.
Des sigue detrás de mí, abrazándome por la cintura.
Su respiración es lenta y constante.
No pasa mucho tiempo antes de que se estire y deposite un beso en mi coronilla antes de levantarse de la cama.
Solo lleva puestos unos calzoncillos negros.
Y aunque no me guste admitirlo, me encanta verlo por las mañanas.
Se dirige al baño.
Yo aprovecho para intentar dormir un poco más.
Un beso en el hombro me despierta suavemente.
Al girarme encuentro a Desten completamente vestido, apoyado contra la cama.
—Tengo que ir al trabajo y, antes de que lo preguntes, no, no puedes acompañarme —me mira con severidad—. Tengo reuniones fuera de la oficina y no confío en que estés en la calle, ni siquiera conmigo.
—¿Entonces puedo quedarme por la zona? —pregunto casi rogándole—. No me alejaré mucho. Estaré prácticamente al lado del hotel.
Su sonrisa desaparece al escuchar la propuesta.
Se levanta de la cama, termina de ponerse el saco y desaparece dentro del vestidor.
Aún no entiendo cómo puede tener tantos trajes negros y que ninguno sea igual al anterior.
Salgo de la cama y lo sigo descalza. Lo encuentro tomando el maletín.
Pasa junto a mí sin decir una palabra, sin embargo, se detiene en la puerta.
—No.
Es lo único que dice antes de desaparecer, dejándome con la palabra en la boca.