Capítulo 14
Mi protector se acerca lentamente guardando la pistola en la correa que cuelga de sus hombros, igual que la de Vincent. La diferencia es que la de Desten es negra y la de Vincent café. Sostiene uno de los trapos de cocina en la mano, me lo tiende y mira el cuerpo en el suelo, moviéndolo con el pie.
Con manos temblorosas intento limpiarme la sangre del rostro y las extremidades, pero el intento es inútil porque la ropa ya está completamente manchada.
—¿Estás bien? —pregunta con un ligero tinte de preocupación en la voz.
—Mataste a alguien... —digo completamente en shock.
—No es la primera vez que me ves hacerlo —responde con ironía.
—Pero... le abriste un hoyo en el cráneo —mi vista no se despega del cuerpo inerte.
—Deberías empezar a acostumbrarte —se encoge de hombros—. Ve a esconderte y no salgas si yo no te lo indico. Ve —me señala para que vuelva sobre mis pasos.
Asiento como puedo y corro de nuevo para ocultarme debajo de las neveras. Antes de sumergirme en la oscuridad del escondite, alcanzo a ver que la barrera de contención que Danielle había formado al principio de la batalla ha desaparecido. En su lugar, una multitud de ángeles y Maleficis se enfrentan entre sí en lo que parece una pintura de antiguas guerras. Sin embargo, no puedo seguir observando porque Des me apremia a esconderme nuevamente.
Escucho cómo llama a Danielle y le indica que se quede detrás del mostrador para protegerme. Al mismo tiempo le agradece su ayuda. Es lo último que alcanzo a oír de él.
El sonido de las balas y los casquillos vuelve a hacerse presente mientras intento escuchar atentamente cómo va la pelea, pero cualquier intento de adivinar si estamos ganando desaparece cuando de repente las puertas del escondite se abren y aparecen dos enmascarados.
Ambos intentan agarrarme de los brazos, pero opongo toda la resistencia posible dentro del reducido espacio. Lastimosamente, mis patadas y empujones no parecen detenerlos. Cada uno me toma de un brazo y me arrastra por el suelo.
Desesperadamente intento buscar a Danielle, pero su cuerpo inerte está tirado en el suelo y tanto Vincent como Desten me dan la espalda. Cuando intento gritar, logran taparme la boca con una mano y comienzan a llevarme hacia las cocinas buscando una salida.
Forcejeo como puedo intentando liberarme cuando, inesperadamente, uno de ellos me golpea tan fuerte que siento la mejilla arder. Pero me niego a ser la damisela en peligro una vez más, así que grito el nombre de Desten con todas mis fuerzas mientras sigo luchando. Esta vez, el segundo golpe, en la mejilla contraria, hace que mi nariz y mis labios comiencen a sangrar.
La cabeza me da vueltas mientras mi cuerpo se siente cada vez más pesado, obligándolos prácticamente a arrastrarme por el suelo.
De un momento a otro ambos hombres me sueltan de forma inesperada, haciéndome caer estrepitosamente.
Medio mareada, me incorporo para ver qué sucede.
Vincent y Desten están lidiando con ambos Maleficis.
La manera de pelear de los mejores amigos es tan diferente como sus personalidades.
Vincent intenta golpear sin utilizar el arma. Si la usa, es únicamente para herir.
Desten, por otro lado, descarga balas contra su adversario mientras este las esquiva como puede.
El arcángel literalmente dispara a matar.
Vincent se deshace de su contrincante noqueándolo con fuerza, pero dejándolo con vida.
Mientras tanto, Desten elimina al suyo con dos disparos: uno en el corazón y otro en el cráneo, haciendo que el cuerpo se desplome entre la gigantesca máquina de helados y el suelo.
—¡Emma! —dice Vincent acercándose a mí—. ¿Estás bien?
Un disparo me hace brincar del susto.
Desten está frente al cuerpo del Maleficis inconsciente, guardando el arma recién utilizada en las correas.
—¡Eso no era necesario, Des! —lo reprende Vincent—. ¡Seguía siendo humano!
—No por mucho.
—Tenemos prohibido matar humanos. No tengo que recordarte eso —dice mientras me ayuda a ponerme de pie.
Desten no responde. Aparta a Vincent para tomarme el rostro entre ambas manos.
—¿Estás bien? —pregunta inspeccionándome.
—Eso creo —susurro.
Me toma entre sus brazos y me envuelve en un abrazo reconfortante. También me cubre con las alas, haciendo que se sienta como si estuviéramos completamente solos.
Al sentir esa privacidad no puedo contener más el miedo y la frustración acumulados en el nudo que tengo en la garganta. Las lágrimas comienzan a brotar sin control.
La voz de Desten me consuela ligeramente mientras susurra palabras tranquilizadoras a mi oído y pasa una mano suavemente por mi cabello.
—Ya acabó, luce. Ya acabó.
Pasa un rato más hasta que finalmente dejo de llorar y, con el rostro aún húmedo, me separo lentamente de él.
Desten vuelve a plegar las alas detrás de su espalda y es la primera vez desde que comenzó la batalla que noto que tanto él como Vincent las tenían desplegadas.
—¿Y Danielle? —pregunto inspeccionando el lugar.
—Aquí estoy —dice levantando una mano desde una butaca junto al fregadero—. Estoy bien.
—Te vi desmayada en el suelo —me acerco a ella—. ¿Segura que estás bien?
Al verla más de cerca noto un golpe en la cabeza y varios moretones formándose en los brazos.
—He estado peor —responde con una media sonrisa.
Un ángel que no conozco se acerca desde donde tuvo lugar la batalla para presentar su informe.
—No quedó ninguno, señor. Usted eliminó a la mayoría, los demás escaparon —asiente como un militar.
—Bien. Limpien el lugar y lleven a los heridos directamente a Paradisum. ¿Alguna baja? —pregunta Des.
—No, señor —responde rápidamente el ángel.
—Bien —asiente—. Tomaré uno de los autos. Díganle al médico que se dirija inmediatamente a mi casa. Si sucede algo más quiero saberlo. Manténganse alerta por si vuelven esos hijos de puta.
—Sí, señor.
Des le da algunas instrucciones adicionales y el soldado regresa por donde vino.
Cuando se dirige a nosotros nos indica que lo sigamos al auto.
Una vez en casa, la doctora nos espera en la sala de estar.
Desten ordena que atiendan primero a Danielle y luego a mí.
La médica no tarda en coser la herida de Danielle y darle algunas pastillas para el dolor. A mí me aplica una pomada sobre las mejillas enrojecidas y ambos arcángeles finalmente desisten de seguir examinándome.
Cuando la doctora se marcha, Vincent se deja caer pesadamente en el sofá frente a mí, junto a Danielle.
Deja ambas armas sobre la mesa de centro y se desabrocha algunos botones para ponerse cómodo.
Desten también deja sus armas sobre la mesa, se quita las correas y se sienta a mi lado, apoyando una mano sobre mi muslo mientras reclina la cabeza hacia atrás.
—Creo que hacía años que no sentía la adrenalina de una batalla —dice Vincent rompiendo el silencio.
—Ya lo creo —responde Des sin moverse.
—Pensé que no llegarías a tiempo.
—Yo también.
—Sus armas son diferentes —comento intentando no seguir pensando en la pelea ni en los tres hombres que vi morir a manos de mi protector.
—Sí. La de Des es una 77 Heckler & Koch P30L —informa Vincent.
—Nunca entenderé la obsesión de los hombres por saberse el nombre completo de las armas, pero luego les preguntas cualquier otra cosa y nunca saben nada —bromea Danielle, aligerando el ambiente.
Una risa se me escapa y Danielle y Vincent me acompañan.
Desten, por otra parte, se levanta anunciando que irá a darse un baño y se retira, no sin antes invitar a Danielle a quedarse a pasar la noche, ya que sería demasiado peligroso volver a casa o quedarse en la heladería.
La mencionada niega rotundamente, pero el tono de Des deja claro que se trata más de una orden que de una sugerencia, por lo que termina aceptando. Vincent también se despide y asegura que volverá por la mañana.
Aún no puedo creer que la pelea haya durado tanto. Me levanto en busca de algo para comer cuando la voz de Danielle me detiene antes de llegar a la nevera.
—¿Entonces no son amantes? —pregunta desde el sofá, visiblemente confundida.
—No —respondo con firmeza.
—Entonces es más que eso —insiste.
—No, Danielle. Desten y yo no tenemos nada. Por favor, créeme —suspiro—. Si quieres volver a intentar algo con él, no me interpondré. No somos nada. Todo esto me tiene agotada.
Una punzada de dolor atraviesa mi pecho, pero la oculto tras una ligera sonrisa.
Danielle también sonríe, aunque la expresión no alcanza sus ojos.
—Sí, te entiendo. Aunque eso sería imposible —entrelaza las manos sobre el regazo.
—¿Por qué?
—Porque eres la indicada, Emma. Por eso.
Su confesión hace que nuestras miradas se encuentren.
—Jamás me había mirado como te mira a ti. Nunca me había tocado o abrazado como lo ha hecho contigo. Nunca me protegió como te protege a ti. Te aseguro que jamás le puso un sobrenombre a nadie, ni siquiera a sus padres. Y nunca me había invitado a dormir en su casa. Hasta hoy.
—Solo me está protegiendo... —empiezo.
—No —me interrumpe levantándose del sofá—. No intentes minimizar lo que él siente por ti ni lo que tú sientes por él.
—Estás equivocada, Danielle —no compro lo que intenta venderme—. No tenemos sentimientos el uno por el otro.
Ella ladea una sonrisa antes de dirigirse a las habitaciones.
El cansancio y los sentimientos encontrados pueden más que yo. Tomo una manzana de la alacena y me encamino hacia mi habitación, intentando borrar el día y las palabras de Danielle bajo el agua de la ducha.
Son las diez de la noche cuando despierto en el sofá frente al televisor.
Lo apago y bajo las escaleras. Al llegar a la sala de estar, todo está oscuro excepto por la luz que se filtra bajo la puerta de la oficina de Des. Con pasos lentos me acerco y doy tres golpes suaves.
La voz de Desten me indica que entre. Asomo la cabeza por la puerta.
Él me ve y me hace señas para que me acerque, ya que está en medio de una llamada.
Camino hasta el escritorio y me siento en una esquina. A diferencia de la última vez que estuve aquí, ahora me siento mucho más cómoda a su alrededor. Ya no me intimida tanto como antes.