Dark Arcangelo Capítulo 13
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Capítulo 13

Con las manos enguantadas me enseña la máquina con la que va a hacerme el tatuaje.

—Está hecha de abedul, por eso el color claro. A diferencia de las máquinas humanas, esta reemplaza el hierro por madera mágica. Está adherida al motor de la máquina de tatuar, pero el mango de hierro fue sustituido por esta madera mágica, tan delgada como un palillo. Ahora —dice sosteniendo el instrumento entre sus manos— levántate la blusa, por favor. Sí, ahí está perfecto, gracias.

Una sustancia fría aplicada con algodón me toma por sorpresa, provocándome un respingo por la inesperada sensación.

—Es solo alcohol —murmura con amabilidad.

—¿Quieres que te tome de la mano? —se burla Vincent.

Le dedico una sonrisa falsa, a lo que el arcángel suelta una carcajada haciéndome relajar un poco. Danielle me avisa que debe pasar una rasuradora por el área para quitar cualquier vello que pueda interferir. Luego coloca el dibujo que realizó previamente en un papel tipo cebolla. El diseño queda estampado con una especie de tinta morada que servirá como guía.

—Vas a sentir un pequeño cosquilleo y luego algo tibio. No dolerá —me asegura mientras me da un apretón tranquilizador.

Asiento como puedo y me acomoda en la posición más cómoda para mí, pero también para que ella pueda trabajar mejor. Cuando comienza, lo primero que noto es que susurra algo antes de que la máquina empiece a funcionar y, a continuación, siento un cosquilleo como había mencionado. A medida que avanza va dejando un rastro de calor por toda la marca hecha en mi piel y, aunque realmente pensé que esto iba a doler como los mil infiernos, la verdad es bastante cómodo.

—¿Por qué el calor y el cosquilleo?

—La piel de los ángeles es diferente a la de los humanos. Por estar en las alturas, su piel está acostumbrada a climas fríos, por lo que algo de fuego es un poco más invasivo para ellos. Aunque el hielo también quema, el calor deja una marca permanente, por eso se utiliza el fuego.

—¿Y qué hay de la máquina? Pensé que la parte ancha se utilizaba para que la aguja se moviera —me incorporo un poco para observar.

—Veo que sabes de tatuajes —una sonrisa sincera aparece en su rostro—. No te muevas, por favor.

—Sí, siempre quise hacerme uno cuando fuera legalmente posible.

—A diferencia de las máquinas de tatuar humanas, las nuestras no mueven una aguja. Lo que hacen es calentarla.

—Pero la madera se quema —inquiero confundida.

—Sí, pero el hierro no tiene las propiedades mágicas que posee este tipo de madera. La que cultivamos nosotros tiene baja porosidad y, con un hechizo especializado, puede durar horas, si no días.

—Cada día que pasa me sorprendo más todo lo que desconozco de este mundo oculto —suspiro—. Ojalá algún día pueda aprender todas estas cosas.

—Quizá algún día puedas estudiar en la academia —Vincent se encoge de hombros inocentemente—. Eres mitad ángel después de todo.

—¿Tienen una academia? —me incorporo un poco más para poder verlo mejor—. ¿En serio?

—Esta charla tendrá que esperar o no terminaremos nunca —comenta Danielle con tono regañino.

Vincent levanta las manos en señal de disculpa y se dibuja una cremallera invisible en los labios.

—Bien, sigamos con... —Danielle se interrumpe inesperadamente.

—¿Sucede algo? —le pregunto al notar que se ha detenido.

Su mirada pasa a mi cuello y se queda allí. Por una fracción de segundo veo la sombra del dolor cruzar por su rostro. Luego parece buscar alguna respuesta escrita en mi expresión. La observo sin entender realmente qué está ocurriendo, hasta que ella baja la vista al regazo al notar que busco respuestas en Vincent.

—Danielle —interviene Vincent haciendo ademán de levantarse.

—Está bien, Vincent —lo interrumpe—. Por favor, acuéstate e intenta no moverte en lo absoluto.

Hago lo que me pide sin cuestionar. Ella comienza a explicarme que la runa quedará camuflada con el tatuaje y procede a darme indicaciones acerca de cómo curar la herida. El tatuaje se siente diferente a lo que imaginé. Es más como un cosquilleo, aunque el calor prolongado de la estaca comienza a molestar conforme pasan unos veinte minutos. No es doloroso, pero tenerlo sobre la piel durante una hora empieza a sentirse incómodo.

La siguiente hora transcurre tan lentamente que a duras penas puede sostenerse la tensión en la habitación. Vincent sale varias veces a contestar llamadas y Danielle se limita a responder en monosílabos durante el resto de la mañana.

Es casi mediodía cuando la maga blanca nos acompaña hasta la salida de la heladería.

—Espero que eso te funcione —me sonríe. Sin embargo, su sonrisa no alcanza sus ojos.

—Gracias... de verdad.

—Gracias, Danielle. Y perdón, ya sabes... —dice Vincent incómodo.

—No tienes que disculparte por él —niega con la cabeza—. Siempre supe que él era diferente. Su corazón no está disponible. Quizá la culpa fue mía por creer que el amor lo puede todo, incluso cuando no era recíproco. El collar que tienes —dice señalando mi cuello.

Instintivamente toco el collar en el momento en que ella lo menciona.

—Si es de...

—De Desten —me interrumpe antes de que pueda explicarle que es un localizador.

—Sí —respondo de inmediato.

Ella se acerca a mí y le da la vuelta para poder observar la parte plana.

—Es su identificador de ángel.

—¿Cómo...? ¿Cómo lo sabes? —pregunto extrañada.

Una sonrisa melancólica aparece en sus labios antes de indicarme que observe con atención.

—Esas son sus iniciales y los números indican la posición militar que ocupa. Cada ángel tiene la suya. Son únicas.

—¿Cómo sabes todo eso? —vuelvo a preguntarle.

—Estuvimos juntos, aunque supongo que eso ya lo sabes —dice de repente—. Más de diez años. Me dejó hace aproximadamente un mes y medio porque tenía un trabajo de agente encubierto.

No necesito unir las piezas para saber a qué trabajo se refiere.

—Lo siento mucho.

—Tú tampoco tienes que disculparte —deja caer el collar nuevamente sobre mi pecho—. No es asunto tuyo. No es tu culpa ser la chica nueva.

—No soy la chica nueva —protesto un poco ofendida.

—Entonces, ¿por qué tienes eso, si nunca lo había visto sin él? —pregunta confundida.

—Soy su misión. Tiene que protegerme —confieso.

—¿Por qué? —inclina ligeramente la cabeza.

—Por eso —señala Vincent hacia afuera.

Del otro lado de la calle avanzan lentamente hacia nosotros unos veinte hombres o más, todos vestidos de negro y con el rostro cubierto por telas.

—Nigrum Maleficis —susurra Danielle con los ojos tan abiertos que parecen querer salírsele de las órbitas—. Pensé que estaban extintos.

—No, no lo están —responde Vincent mientras retrocede lentamente—. Entren al local.

Rápidamente saca el teléfono del bolsillo mientras nos apremia a movernos. Cierra la puerta tras de sí y le da instrucciones a Danielle para que saque a todos del lugar. Ella intenta preguntarle algo más, pero la detiene cuando la persona al otro lado de la llamada responde.

—Des —informa mientras nos hace retroceder—. Están aquí.

Desten parece no decir nada porque la llamada termina en menos de un segundo.

—Sácalos a todos, incluida tú. No dejes que nadie se quede. Esconde todo lo que puedas esconder y huye.

—¿Por qué no vienen con nosotros? —pregunta Danielle siguiendo las indicaciones del arcángel.

—Tengo que distraerlos hasta que Des llegue con refuerzos.

—¿Y Emma? Al menos deja que venga conmigo.

—No, lo siento, Danielle. Ella no puede separarse de mí. Juré protegerla con mi vida.

—Entonces yo también me quedaré —afirma Danielle.

—No puedo pedirte que hagas eso —admite Vincent con culpa—. No después de todo lo que has pasado.

—Es importante para él. Puedo hacerlo —la determinación en su rostro es evidente.

Vincent asiente y comienza a mover las mesas y sillas de colores frente a las puertas y ventanas, formando una especie de barricada. Danielle desaparece hacia la cocina y yo me siento completamente inútil.

—¿En qué puedo ayudar? —me ofrezco, aunque sé que nada puedo hacer para luchar contra esas bestias.

—Por el momento me sería muy útil que te ocultaras detrás del mostrador y, por el amor al cielo, Emma, si te digo que corras y no mires atrás, lo haces. ¿De acuerdo?

Asiento.

—Quiero oírte prometerlo —su mirada insiste tanto, casi haciéndome jurar solemnemente.

—Lo prometo.

—Bien —suspira—. Quédate detrás.

Baja las cortinas de hierro que protegen las vidrieras para dificultar la entrada. Después sigue moviendo algunas mesas y finalmente se quita el saco, lanzándolo a un lado. Desde atrás puedo ver las correas que se ajusta sobre los hombros, de donde cuelgan dos enormes pistolas.

—¿Esas son... son... pi-pistolas? —las palabras salen más torpes de lo que imaginé.

—Es una 14 SIG-Sauer P320 y estos cilindros son sus silenciadores.

Antes de colocarlos verifica que el arma tenga suficientes balas y vuelve a enfundarla.

—No pensé que ustedes usaran armas —confieso, lo bastante asustada y perdida.

—Bueno, ¿qué pensaste que usábamos? —pregunta con una sonrisa divertida.

—No lo sé. Cosas más extravagantes y no simples armas humanas.

—Estas no son simples armas humanas. Tienen el diseño, sí, pero están hechas por nuestros herreros de Paradisum. Las balas son de plomo y mercurio recubiertas con agua bendita. Son letales para cualquier cosa que tenga sangre demoníaca y también para los humanos.

—O sea, para todo lo que se mueva —el comentario sale sin pensarlo.

—Exacto.

La puerta comienza a sacudirse con un estruendo horrible que interrumpe nuestra conversación. Danielle regresa rápidamente para avisar que todos han salido y se han llevado las cosas de valor. Vincent asiente y le susurra un ligero gracias antes de prepararse para la batalla con las armas en la mano. Danielle también le informa que ha cerrado todas las salidas con magia excepto dos: una oculta en la sala de tatuajes y la otra, precisamente, por donde están intentando entrar.

—¿Por qué no cierras esta también? Así los contenemos el mayor tiempo posible.

—Porque de todas formas tendremos que pelear con ellos, Emma —responde Vincent—. Mejor temprano que tarde.

Las puertas vuelven a sacudirse con otro estruendo. Un par de espadas atraviesan los cristales de las ventanas, haciéndolos añicos y perforando las cortinas metálicas. Danielle me indica que debajo de las neveras de helado hay un compartimento donde puedo ocultarme.

Lo último que veo es a Danielle invocar magia en sus manos, formando una especie de aurora blanca alrededor de sus muñecas. Con la respiración atrapada en la garganta, le doy un último vistazo a la espalda de Vincent antes de encerrarme en el lugar indicado.

Un segundo después se escucha un estruendo terrible.

El sonido de las balas descargándose resuena por todo el establecimiento. Puedo escuchar los casquillos caer al suelo uno tras otro. También oigo a Danielle gritar y cuerpos estrellarse contra paredes y techos.

La pelea ha comenzado.

Cierro los ojos con tanta fuerza que siento que me llegarán al cerebro. Abrazo mis piernas y me balanceo intentando calmar el miedo que me tensa cada músculo. En este momento quiero estar de vuelta en el colegio, con Saray a mi lado hablando de las cosas más irrelevantes que se nos ocurran. Quiero regresar caminando a casa escuchando mi música favorita y encontrarme con que mamá ya volvió de uno de sus viajes de trabajo. Sentarnos en la sala a conversar sobre todo lo que hizo. Verla reírse de mis tonterías o cocinando alguno de esos postres que siempre inventa para luego arrepentirse porque nunca le salen bien.

Quiero subir a mi habitación con la barriga tan llena que me impida moverme. Hacer las tareas y llamar a Saray para planear una salida juntas.

Quiero salir de aquí.

A lo lejos, un grito de Vincent me arranca de mis ensoñaciones.

—¡EMMA! —grita—. ¡SAL DE AQUÍ!

Por un momento dudo, pero vuelvo a escucharlo.

—¡LO PROMETISTE, CORRE! —brama.

Y como alma que lleva el diablo salgo rápidamente de mi escondite para buscarlo con la mirada. Él se gira para comprobar que he obedecido y lo veo forcejeando con uno de los Maleficis. Asiente con la cabeza y vuelve a gritarme.

—¡YA SABES QUÉ HACER!

Intenta volver a hablarme, pero la bestia con la que lucha ha notado mi presencia y comienza a gritar cosas en otro idioma para alertar a los demás. Puedo ver a Danielle conteniéndolos cerca de la entrada mientras les lanza magia y ellos responden con cuchillos y palabras pronunciadas en voz alta.

El local está completamente destruido.

Hay sangre en las paredes. Sangre en el suelo. La mayoría de los cuadros están rotos. Las mesas y sillas, destrozadas.

Vincent vuelve a indicarme que ya sé lo que debo hacer y la verdad es que no tengo ni idea, pero hago que mis piernas avancen lo más rápido posible.

Corro por la cocina y a lo lejos localizo la sala de tatuajes donde estábamos hace un momento. La única salida disponible.

No sé a dónde me llevará, pero es mejor que esto.

Retomo la marcha para alcanzar la puerta cuando un hombre vestido completamente de negro me detiene a medio camino.

—Así que tú eres la pequeña ángel.

—¿Quién... quién eres? —titubeo.

—Mi nombre es Belitófeles —menciona con una sonrisa siniestra— y mi maestro espera por ti.

A diferencia de los demás, tiene el rostro completamente descubierto. Sin embargo, sus ropajes son similares, con la diferencia de que los suyos son negros y rojos, haciendo que el blanco de sus pupilas resalte todavía más.

—Déjame pasar. Te lo advierto —intento que mi voz no flaquee mientras busco desesperadamente una salida.

—¿Y qué hará un ángel como tú que nunca ha peleado en su vida? —ríe maliciosamente—. ¿Crees que no sabemos que te tienen encerrada en una torre? Conocemos tu historia.

Tiene un buen punto.

—Desten estará aquí en cualquier momento.

—¿Crees que le tengo miedo a esa abominación de arcángel?

—Deberías —musita una voz desde atrás.

Y antes de que pueda siquiera reaccionar, Belitófeles se gira para encararlo.

Pero es demasiado tarde.

Una bala le atraviesa el cráneo limpiamente.

La sangre salpica por todas partes, incluido mi rostro.

El cuerpo se desploma sin vida.

Las lágrimas comienzan a brotar cuando veo a Desten de pie al otro extremo con el arma todavía apuntando hacia mi dirección.

De la boquilla aún sale humo cuando baja la mirada hacia el cadáver.

Mi rostro gotea un líquido espeso, caliente y negro.

La sorpresa no pasa desapercibida para Desten, quien permanece inmóvil. Sin embargo, no logro escuchar lo que dice a continuación porque mi cerebro ha bloqueado todo a mi alrededor.

He visto morir a alguien otra vez. Por sus propias manos. He visto a alguien morir a sangre fría y su sangre ahora cubre mi piel. Por el amor al cielo...

A lo lejos escucho al arcángel dar órdenes a los demás ángeles que llegan para unirse a la batalla. Todos pasan a mi lado con armas en la mano, listos para acabar con todo, y lo único que yo puedo hacer es dar dos pasos atrás cuando Des intenta acercarse.

Puedo ver la sombra del dolor cruzar por su rostro.

Sin embargo, él no parece notar la desesperación absoluta reflejada en el mío.