Dark Arcangelo Capítulo 12
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Capítulo 12

—¿Por qué…? ¿Por qué lo dices? —titubeo—. Es solo un sueño.

—¿Uno repetitivo, Emma? —me cuestiona con una expresión que me deja claro que acabo de decir una estupidez.

Me toma un momento notar que su observación no está del todo equivocada. Después de todo, uno no suele soñar lo mismo tantas veces y mucho menos de una forma tan vívida.

—Entonces, ¿qué crees que sea?

—Definitivamente Nigrum Maleficis —dice sin rodeos—. Han estado implantando ilusiones en tus sueños para asustarte.

—¿Con qué propósito?

—Para inyectar miedo, para hacerte sentir insegura incluso bajo el ala de un ángel... para enseñarte que tienen poder sobre ti.

—Si es así, están haciendo un excelente trabajo.

Doy media vuelta para buscar un poco de agua en la nevera.

—Supongo que Des te ha contado quiénes te están cazando.

—Sí, lo ha hecho —observo el contenido del vaso y luego a Vincent—. ¿Y qué crees que intenten hacer? ¿Volverme loca hasta que ya no pueda pensar por mí misma?

—Uno de sus sellos es atormentar a las personas o a sus enemigos cuando alguno tiene deudas con ellos. Los consumen con miedo hasta enloquecerlos.

—¿Y hay alguna forma de impedir que se metan en mi mente?

—La verdad no estoy seguro, pero quizá la persona a la que vamos a ver tenga una idea.

Rectifica la hora en su reloj de muñeca y rápidamente termina el jugo que hace un momento estaba tomando.

—Date prisa y vístete o vamos a llegar tarde.

—¿Y a dónde vamos? —pregunto con curiosidad.

—Últimamente te veo más encorvada de lo normal. Sé que no lo dices o no tienes tiempo de pensarlo, pero las alas te están molestando por no poder sacarlas todo el tiempo.

Observo mi postura en el reflejo de la nevera y puedo notar que lo que dice es cierto. Estoy más encorvada de lo habitual.

—¿Entonces tendré mi primer tatuaje? —contesto más asustada de lo que pensé que estaría.

—Sí. Te ayudará con el peso. No duele tanto como los de los humanos. Iré a hablar con Des. Tú vístete y no te preocupes —me sonríe pícaramente—. Luego tendrás toda la tarde para desvestirte.

—¡Oh, cierra la boca! Sabes que no estábamos haciendo eso.

Rápidamente camino para salir de esta situación embarazosa cuando la voz de Vincent vuelve a hacerse presente.

—¡Por ahora! —grita.

Y antes de meternos en una conversación no deseada me someto a una rigurosa ducha de agua fría para eliminar pensamientos indeseados. Al salir, mi conjunto consiste en unos pantalones cortos de tono marfil, un chaleco entallado negro, unos zapatos cerrados bicolor de tacón bajo que combinan con el pequeño bolso de tweed.

Al bajar las escaleras, una discusión acalorada tiene lugar en la sala de estar entre ambos arcángeles.

—He dicho que no —dice tajante Desten.

—¿Por qué eres tan cabeza dura? —lo encara un muy molesto Vincent con los brazos cruzados—. No pasará nada.

—No saldrá de aquí, Vincent. No sin mí.

—Entonces vamos todos —dice levantando los brazos con desesperación— y problema solucionado.

—Tengo una reunión. Lo sabes.

Desten parece oír mis pasos porque al instante gira la cabeza hacia mí.

Su mirada recorre mi cuerpo y puedo ver que sus ojos se oscurecen un poco más de lo normal, haciendo que el calor se me suba al rostro. Una media sonrisa aparece en su cara cuando se da cuenta del efecto que ha tenido en mí.

—Des... —susurra Vincent—. No quiero rogarte.

—Entonces evita hacerlo. Ya sabes mi respuesta.

Desten da por terminada la discusión cuando se da media vuelta para dirigirse a la oficina.

—Sube a cambiarte —me ordena.

Pero antes de que pueda siquiera responderle, Vincent lo agarra del codo haciendo que se gire.

—¿Es tan difícil confiar en la gente? ¿Incluso en la persona con la que te criaste? —demanda Vincent enojado—. ¿Desde cuándo te volviste tan desconfiado? ¿Es que acaso no soy lo suficientemente bueno como para proteger a Emma?

Vincent se ve visiblemente molesto. Normalmente lo que lo caracteriza es su buen humor.

—Vincent... —comienza Desten, pero el mencionado lo interrumpe.

—¿Acaso eres mejor ángel que yo?

—Eres un excelente luchador.

—Eso ya lo sé —responde con suficiencia— y ambos lo sabemos, pero aún no entiendo por qué no confías en mí cuando se trata de Emma. Ya es difícil hablar contigo respecto a lo que pasa por tu mente, pero desde que Emma está con nosotros estás más desconfiado de lo normal.

—Casi la matan ayer, Vincent —la voz de Des se alza en frustración y me señala—. No puedo perderla de vista.

—¿Y de quién fue la culpa? —puntualiza Vincent con el ceño fruncido.

La cara de Des pasa de ser un poema a verdadero enojo en menos de un segundo. Su ceño se frunce y su mandíbula se aprieta. Da unos pasos hacia Vincent y este no hace nada para apartarse, sino que lo mira desafiante.

—Mía —digo de repente intentando romper la tensión entre ellos antes de que algo peor pueda suceder.

Ambos me miran en silencio invitándome a continuar, así que lo hago.

—Fui descuidada y le mentí a Des —inhalo profundamente intentando calmar mis emociones aún sensibles al recordar todo lo que sucedió ayer—. No me avergüenzo de mis acciones, pero sí siento culpa por lo descuidada que fui y me arrepiento de ello. Así que, por favor, a la única que deben señalar es a mí en este asunto. En cuanto a lo otro, últimamente he tenido dolores de espalda porque sigo sin acostumbrarme a las alas, a una extremidad completamente desconocida. Lo peor es que no puedo usar cualquier ropa porque sé que se romperá —me trago mi orgullo antes de hacer lo que jamás pensé que haría—. Formalmente te estoy pidiendo permiso para ir con Vincent. ¿Me dejarías ir?

La confesión lo deja perplejo, así que desvío la vista hacia otro lado. No necesito cruzar miradas con él porque sé que se está debatiendo entre dejarme ir o no. Una risa ahogada sale de los labios de Vincent y no puedo evitar mirar al suelo para ver si la tierra me traga o cualquier cosa sucede para evitar esta humillación.

—No lo sé... —es lo primero que dice.

—Por favor —le sostengo la mirada.

Desvía la vista hacia Vincent y luego exhala con cansancio, negando lentamente con la cabeza. Claramente incómodo con la idea.

—No apruebo esto —no parece convencido.

Vincent posa ambas manos sobre sus hombros.

—No quiero tu aprobación como jefe. Quiero tu confianza como amigo.

El agarre de Vincent se aprieta a medida que ambos ángeles se miran a los ojos. Puedo ver la urgencia de Vincent y la duda en los ojos de Des. Sin embargo, no pasa mucho antes de que mi protector vuelva a hablar.

—Bien.

Se quita del cuello la cadena con la inicial D que siempre utiliza y la lanza en mi dirección.

Con manos torpes atrapo el collar y lo contemplo entre mis dedos. La cadena es un poco gruesa para mi gusto, pero el peso del metal se siente extrañamente reconfortante.

—Úsalo. Le coloqué un rastreador.

—Qué romántico —bromea Vincent—. Por primera vez en tu vida le das un regalo a una mujer y tiene un rastreador. ¿Por qué no me sorprende?

—No es un regalo. Es temporal. Luego tendrás un rastreador en las alas.

—¿Tienen rastreadores en las alas?

—Claro, todos los tenemos. Así se sabe dónde está cada ángel cuando tiene una misión. Nos los implantan desde niños.

Vincent se encoge de hombros.

Asiento como puedo, un poco confundida por la revelación de que los ángeles utilizan tecnología avanzada. Me coloco el collar en el cuello sintiendo el frío del metal y el peso que tiene.

—Gracias, hermano —le susurra Vincent a Des.

Ambos apoyan sus frentes una contra la otra en una muestra de hermandad antes de separarse y darse un breve abrazo. Es el primer gesto de afecto que le veo a Des hacia otra persona.

—La protegeré con mi vida.

Des asiente y nos recuerda que debemos estar de vuelta antes del anochecer. También le indica a Vincent qué hacer en caso de emergencia y finalmente le advierte que, si sucede algo, no dude en llamarlo enseguida.

A diferencia del apartamento de Eleanor, la maga blanca de esta ocasión trabaja en lo que parece una heladería, ya que un gigantesco anuncio de helados destaca entre los paneles luminosos de la avenida.

Al entrar, la colorida tienda nos invita a comprar alguno de los tantos sabores que muestra su cartelera. Vincent, con su traje borgoña impecablemente arreglado, parece fuera de lugar cuando se acerca al mostrador.

Un chico de unos quince años con cara de pocos amigos nos recibe detrás de la caja registradora. Tiene los ojos verdes delineados de negro y el cabello rizado teñido de rubio platinado.

—¿Van a pedir algo? —señala la cartelera detrás de sí con su manicura negra desgastada, haciendo sonar las pulseras que lleva en la muñeca—. Hoy tenemos una promoción de dos por uno.

Verlo vestido completamente de negro crea un contraste bastante peculiar con lo colorido del establecimiento. Los anuncios de neón con forma de helado, las mesas verde pastel, los sillones amarillos y las líneas rosa y blanco decoran todas las paredes. El suelo es completamente blanco, adornado con líneas de colores como si fueran chispas. Del techo cuelga un enorme candelabro y todo está pintado como si el lugar fuera un gigantesco cono de helado.

—No, gracias. Estoy aquí por Danielle —se corrige—. Estamos aquí por Danielle.

—Esperen aquí —dice el chico antes de desaparecer por una puerta rosa hacia la parte trasera.

—Tampoco es que pudiéramos movernos —murmuro.

Mi acompañante suelta una ligera carcajada, haciéndome reír también.

—No había notado lo sarcástica que puedes ser —dice alzando una ceja.

—Es mi arma secreta —lo miro divertida—. La uso en ocasiones especiales cuando quiero irritar a alguien. Últimamente ha sido a Des.

—Ya lo creo —ríe—. Des también ama el sarcasmo, pero a diferencia de ti, el suyo es un poco más... —hace una pausa dramática—. ¿Cómo decirlo? —se toca la barbilla exageradamente—. ¿Ácido?

Un suspiro agotado se escapa de mí sin poder evitarlo.

—Veo que lo has sufrido de primera mano.

—Desde que tengo uso de razón.

—Llegaron —nos anuncia una voz.

Una hermosa chica de abundante cabello rizado hasta los hombros, ojos cafés, labios carnosos y tez oliva nos sonríe desde detrás del mostrador sin la compañía del chico de hace un momento.

—¿Es que todas las magas son así de hermosas? —pregunto en un susurro, un poco sorprendida.

—Solo si fueron amantes de Desten —se acerca ligeramente a mi oído.

Me quedo estupefacta cuando me confiesa de manera tan inocente que las dos magas que he conocido fueron amantes suyas. Aunque no debería sorprenderme. De inmediato vuelve a mi memoria la conversación que escuché a escondidas entre Eleanor y Des. Sin embargo, aquella conversación no había tenido efecto en mí.

Hasta ahora.

—No debí haber dicho eso —me mira con preocupación.

Sacudo ligeramente la cabeza quitándole importancia. Mi acompañante no parece muy convencido, así que le indico que nos están esperando para distraerlo.

—Pasen —nos indica Danielle dejándonos pasar primero.

Nos abre las puertas de la cocina del local. Ambos entramos. Lo primero que nos recibe son las enormes máquinas para fabricar helado. Un par de trabajadores nos saludan cuando Danielle se detiene frente a una puerta marrón al final de la cocina. Llama al chico de cabello teñido y le da un par de instrucciones antes de hacernos pasar.

La estancia es tan diferente de la heladería que pareciera que hubiéramos atravesado una puerta hacia otro lugar. Si alguien me lo preguntara, juraría que estoy en un spa o algo por el estilo.

Todo es blanco, desde los estantes pegados a las paredes hasta la pequeña mesa junto a lo que parece una cama de dentista.

—Me llamo Danielle —me extiende la mano amablemente.

Le devuelvo el gesto.

—Emma, igualmente.

La incomodidad se instala rápidamente en mí, así que opto por permanecer en silencio.

Ella toma asiento en un pequeño banco al lado de la cama.

—Vincent, ¿cómo está todo? —pregunta con familiaridad—. ¿Cómo van los negocios?

—Todo bien, gracias, Danielle.

Vincent toma asiento en una de las sillas colocadas junto a la puerta mientras Danielle me hace señas para que me acueste a su lado. Hago lo que me indica y ella se levanta para buscar algo entre los estantes. Al girarse puedo ver que lleva un enorme libro entre las manos.

—Por si quieres ver algunos diseños —me lo extiende.

Sin embargo, mi mirada no se dirige inmediatamente al libro sino a los instrumentos de trabajo colocados a su lado. Su mirada sigue la mía y una ligera sonrisa aparece en su rostro.

—Tranquila, no dolerá —me tranquiliza.

—Sí, lo sé —comento más para convencerme a mí misma que porque realmente lo crea.

—¿Qué tal Des? —pregunta de repente.

Vincent, con una incomodidad apenas disimulada, pasea la mirada de una a la otra hasta detenerse en Danielle.

—Él... —tose ligeramente—. Está bien.

Cruza las piernas y mira su reloj evitando la atenta mirada de la chica.

—No quiero ser pesado, pero necesitamos hacer esto lo más rápido posible.

—Claro, claro —asiente Danielle—. ¿Has escogido algo?

—Sí. Me gustan estas alas, pero también las constelaciones —señalo ambos tatuajes en el libro—. ¿Crees que puedas hacer una fusión?

—Claro. Dame un minuto para dibujarlo.

Tarda unos veinte minutos en hacer el bosquejo que tenía en mente. La verdad es que plasma perfectamente lo que imaginaba.

Luego de eso me da indicaciones para recostarme de lado en la posición más cómoda posible, ya que el tatuaje irá sobre mis costillas derechas.

—Tengo entendido que aquí duele muchísimo —digo un poco temerosa.

—Estos tatuajes no duelen. Solo sentirás un cosquilleo.

—¿Cuál es la diferencia entre estos y los normales?

—Aquí usamos magia —afirma dedicándome una sonrisa—. Y tampoco usamos agujas, sino un Rune agitur.