Dark Arcangelo Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Entonces, ¿para qué me buscabas?

—Bueno, yo quería... eh... hablar sobre... —balbuceo—. Liora.

Digo lo primero que se me ocurre y me maldigo mentalmente por ello.

Parece darse cuenta de que jamás iría a buscarlo a medianoche para hablar de Liora, así que apaga la lámpara y vuelve a darme la espalda.

—Vuelve a tu habitación.

El pánico vuelve a apoderarse de mí. No quiero regresar a esos sueños.

—Volví a tener el sueño —confieso—. Ese sueño por el que fuiste a mi casa.

Se gira para mirarme desde la oscuridad.

—No puedo dormir —admito.

No logro distinguir bien su expresión, pero estoy casi segura de que se debate entre dejarme dormir en el pasillo o sentarme en una silla junto a la cama.

—Sube —dice finalmente—. Hay ropa en mi armario, a la derecha. Quítate eso.

Y, sin añadir nada más, vuelve a darme la espalda.

Hago lo que dice con una pequeña sonrisa de triunfo.

A tientas, sin encender la luz, encuentro primero el cajón donde guarda la ropa interior y lo cierro de inmediato. No necesito ver eso.

El segundo cajón está lleno de corbatas perfectamente dobladas.

Y así sigo hasta que encuentro camisetas, camisetas sin mangas y ropa más informal.

Tomo una camiseta sin mangas para poder dormir sin el anillo. Debo admitir que me queda tan grande que me llega hasta las rodillas, aunque al menos no deja nada inapropiado al descubierto.

Me cambio allí mismo, dejo mi ropa sobre una silla, rodeo la cama y coloco el anillo sobre la mesita para dejar salir las alas. Luego me acomodo en el lado vacío.

Cuando me acuesto, me giro para comprobar si sigue despierto.

Parece haberse quedado profundamente dormido.

Y con esa sensación de alivio, yo también me quedo dormida.

Un sonido de succión y los rayos del sol son lo primero que noto al despertar. A diferencia de mi habitación, aquí no hay reloj, así que no sé la hora, aunque calculo que deben ser más de las ocho de la mañana.

El sonido vuelve a escucharse.

Más concretamente, alguien absorbiendo una bebida con un carrizo.

Cuando intento girarme, el brazo tatuado de Des alrededor de mi cintura me lo impide.

Intento moverme otra vez.

Él se queja.

Y hunde aún más la cara en la almohada.

—Deja de moverte —gruñe.

Obedezco inmediatamente y, con el corazón desbocado, intento volver a dormirme.

Una risita me lo impide.

Ambos giramos la cabeza al mismo tiempo.

Un muy sonriente Vincent nos observa apoyado contra el marco de la puerta con una bebida verde en la mano.

—Parece que estuvieron ocupados —sonríe.

—Lárgate —gruñe Desten antes de volver a acomodarse, esta vez dejando el brazo sobre mis muslos.

—No es lo que parece —empiezo—. No me mires así. No es lo que crees.

—Claro —el tono burlón es imposible de ignorar—. Jefe —llama a Des.

—Vincent, lárgate. Emma, vuelve a dormir.

—Por más que crea que la escena es muy tierna y sexual, son las nueve y media de la mañana —una sonrisa traviesa aparece en su rostro—. Liora está preocupada por la reunión de la que no pudiste zafarte. Pero si quieres puedo decirle que estabas muy... —hace una pausa dramática— ocupado.

Como un resorte, Desten se incorpora de inmediato, apartando las sábanas y prácticamente lanzándomelas a la cara.

Al revisar el teléfono, suelta una maldición y corre directamente al baño.

Desde donde estoy puedo ver gran parte de su espalda y de su torso, cubierto únicamente por unos calzoncillos negros.

Su cabello está tan desordenado que Vincent podría pensar que algo pasó entre nosotros.

Vuelve a lanzar una maldición y, antes de meterse al baño, le da indicaciones al arcángel.

—Dile a Liora que, si no llego a tiempo, intente entretenerlos lo más posible.

Se vuelve para mirarme, pero no dice nada y desaparece inmediatamente dentro del baño.

—Será mejor que vaya por el desayuno.

Me levanto de la cómoda cama y me pongo el anillo para ocultar las alas. Con Vincent pisándome los talones, ambos nos dirigimos a la cocina. Al llegar, abro el refrigerador esperando encontrar alguno de los desayunos preparados.

—¿Te sientes mejor después de lo que pasó ayer? —dice Vincent detrás de mí.

Me toma un momento responderle porque realmente no sé cómo me siento después de lo sucedido. Solo sé que no quiero volver a encontrarme con esos animales.

—Supongo que sí —digo restándole importancia para no preocuparlo—. Ya pasó.

Me vuelvo con un plato de frutas hermosamente cortadas por la persona que ahora me observa con la expresión más coqueta del mundo. Supongo que mi respuesta lo dejó satisfecho porque volvió a ser él mismo de nuevo.

—No me mires así —le murmuro impaciente.

—Solo quiero que me expliques qué pasó, eso es todo.

Me giro para mirarlo mientras juega distraídamente con el carrizo de su jugo verde.

—¿No tienes que llamar a Liora? —pregunto sentándome frente a él, del otro lado de la isla donde Des suele sentarse.

—Ya le envié un mensaje. Ahora —dice juntando ambas manos frente a sí—, ¿cuántas rondas fueron?

—¿Rondas? ¿De qué hablas? —hago un gesto de confusión ante su pregunta.

—Ya sabes —levanta ambas cejas—. Rondas en la cama —añade con una sonrisa lasciva.

Y es entonces cuando comprendo el doble sentido de sus palabras e inmediatamente empiezo a hablar atropelladamente para aclarar la situación.

—Yo no... Nosotros no... Nunca. Yo... —mis mejillas se encienden como las luces traseras de un automóvil mientras intento explicarle que no hemos hecho nada más que dormir. Miro mis manos entrelazadas e intento formular algo más inteligente que simples balbuceos—. Yo nunca he... ya sabes... —intento terminar la frase, pero esta se pierde en el camino.

—¿Entonces por qué durmieron juntos?

—Tuve una pesadilla. La misma que tuve aquella vez cuando Des apareció en mi casa y me llamó Luce por primera vez.

—¿Qué tan recurrente es esta pesadilla? —su postura cambia y su voz adopta un tono más serio. Ha dejado el juego a un lado para concentrarse en mi problema—. ¿Puedes contármela?

Haciendo un esfuerzo, le relato todo lo ocurrido en los sueños. Le explico que estoy atada a la cama, aunque la primera vez no lo estaba. Le cuento cómo siempre aparezco en la misma habitación oscura, sin ventanas ni puertas, iluminada únicamente por una luz tenue. También le hablo del frío insoportable que se siente allí y de cómo, al final, una voz siempre susurra mi nombre.

Vincent murmura algo por lo bajo. Observa el suelo durante unos segundos y una expresión de preocupación se instala lentamente en su rostro.

—No entendí lo que dijiste —comento con cautela, invitándolo a hablar—. ¿Puedes repetirlo?

—Estaba hablando conmigo mismo —responde rápidamente mientras dirige la mirada hacia el enorme ventanal.

—Por favor, dime lo que ibas a decir. No puede ser tan grave.

Vincent se toma un momento para mirarme con la expresión más seria que le he visto desde que lo conozco.

—Es peor de lo que pensaba, Emma.