Capítulo 11
Al llegar al apartamento, Desten me indica que me siente en el sillón. Se remanga las mangas esperando algo o a alguien. Unos pasos se escuchan llegar desde el elevador y no necesito mirar para darme cuenta de que Vincent también está aquí.
—Todo limpio, Des.
Des asiente en silencio. Se da la vuelta y clava la mirada en mí.
—¿Quién era la persona que estaba con mi madre? —pregunto con un nudo en la garganta.
—Eso no es importante ahora —me despacha con la mano mientras se gira hacia su oficina.
—Necesito saberlo, Desten —insisto alzando la voz.
—No. ¡Lo que necesitabas hacer era quedarte en casa, Emma! —grita como nunca antes lo había escuchado hacerlo—. Pero desobedeciste. Te fuiste sin mi consentimiento, ¡sin protección! —pasa una mano por su cabello y luego por la cara en un gesto de frustración—. ¿Cuántas veces debo decirte que tu vida corre peligro? Dices que esto no es un juego para ti, pero estoy empezando a creer que te gusta la adrenalina que trae consigo.
—Sé que estás enojado —empiezo—, pero Desten...
—No hay forma de que justifiques esto —me señala repentinamente. La intensidad del momento hace que su mandíbula se tense aún más—. Ni siquiera lo intentes.
—Quería ver a mi mamá, Desten —mis ojos ya no pueden contener las emociones que finalmente afloran después de toda esa matanza y del intento de secuestro—. La última vez que la vi no fue de la manera más apropiada. Necesitaba verla otra vez, saber que estaba bien. Y antes de que continúes, no te lo dije porque no ibas a aprobarlo y no le pedí a Vincent que me acompañara porque sabía que también te ibas a negar.
—Iban a matarte, Emma —su voz parece quebrarse por un instante.
Por primera vez veo una grieta en ese titanio que protege sus emociones. Y eso solo consigue que me sienta más culpable.
—Lo sé —me levanto del sillón y me acerco a él—. Y prometo no volver a hacer algo tan estúpido, pero necesito un poco de libertad. Sé que mi vida corre peligro, pero no puedo pasar veinticuatro horas atada a ti. Yo tenía una vida antes de todo esto.
—Una vida que ya no volverá a ser la misma —deja su anillo sobre la mesa y despliega las alas—. Y en cuanto a la libertad, creo que ya sabes la respuesta.
Mi frustración sube de cero a cien mientras me da la espalda para quitarse la camisa manchada de sangre.
—¿Cómo quieres que sobreviva aquí si no me das un poco de libertad? —empiezo a seguirlo cuando se aleja en dirección a las escaleras—. Si no me das la oportunidad.
Se vuelve bruscamente, dejándome verlo en todo su esplendor, con los tatuajes extendiéndose desde el brazo derecho hasta parte del izquierdo y otros dispersos por todo el torso.
—¡Te la di, maldita sea! —estalla con voz profunda acercándose a mí y tomándome por sorpresa—. Te la di y lo primero que hiciste fue mentirme. ¿Con eso esperas que vuelva a darte otra oportunidad?
—Desten... —le suplico—. Por favor.
Mi ruego parece no gustarle porque desvía la mirada. Su pecho sube y baja con cada respiración. Me acerco un poco más y, con manos temblorosas, tomo su rostro rasposo por la barba incipiente para obligarlo a mirarme.
—Por favor.
Me observa detenidamente. No rechaza el contacto.
—Me mentiste, Emma —susurra.
—No sabes cuánto desearía no haber hecho lo que hice —niego con la cabeza—. Necesitaba verla —las lágrimas comienzan a deslizarse por mis mejillas como cascadas—. Ella es mi familia, la única persona que ha estado conmigo toda mi vida y me fue arrebatada de la noche a la mañana —bajo las manos y las apoyo sobre sus antebrazos—. Teníamos muchos planes juntas, una vida juntas, y todo eso ha cambiado para siempre. Quería verla una última vez con un buen recuerdo y no con el último que tenía de ella, pero las cosas no salieron como esperaba y no sabes cuánto lamento eso. Lamento tanto haberte defraudado.
Las lágrimas siguen cayendo. Esta vez son incontrolables. El llanto puede más que yo, la tristeza y el fracaso pueden más que yo, y la única forma de consuelo que encuentro es su pecho, por lo que apoyo la frente contra él. Su cuerpo se tensa por la cercanía, pero no hace nada para apartarme. Parece que transcurren horas antes de que coloque una mano sobre mi cabeza apartando la maraña de cabello de mi rostro empapado en lágrimas. Luego me sostiene suavemente por los hombros.
—Ve a tu habitación. Necesito pensar todo esto —mira por encima de mi cabeza y se dirige a Vincent—. Llama a Liora y dile que cancele mis citas para mañana. Trabajaré desde casa.
Por primera vez hago lo que me dice sin protestar, sin discutir. Estoy emocionalmente agotada. Al llegar a lo alto de las escaleras vuelvo a formular la pregunta que no deja de rondarme la cabeza.
—¿Quién era el hombre que estaba con ella?
Él me mira, pero no responde, obligándome a continuar.
—El de cabello castaño y ojos grises... —la pregunta muere en mis labios a medida que comprendo quién es realmente.
—Es tu padre, Emma.
La confesión me golpea como un balde de agua helada, obligándome a sujetarme del barandal para recuperar el equilibrio. Tanto Des como Vincent hacen el ademán de acercarse a ayudarme, pero los detengo con un movimiento de la mano y les susurro que estoy bien.
Llego a la cama y las lágrimas no cesan. Lloro por mi madre y por no poder verla nunca más, porque estuve a punto de ser secuestrada por gente que quiere verme muerta desde hace años. Me convertí en algo que no entiendo, algo diferente, superior, pero aun así me siento más pequeña que nunca. Siempre custodiada por alguien y sin la oportunidad de defenderme por mí misma, sin libertad, sin amigos ni familia. Lloro porque mi padre está vivo y no sé cómo sentirme al respecto, pero el alivio no es precisamente lo que se acumula en mi pecho. Vi a Desten asesinar a alguien a sangre fría y, aunque sé que fue por mi bien, no deja de asustarme la facilidad con la que lo hizo.
Con esos pensamientos termino cayendo rendida.
Poco a poco mis ojos se adaptan a la escasa luz que hay en la habitación. No sé cuánto he dormido, pero sigue siendo de noche, o al menos eso percibo por la falta de claridad. Al mirar con más atención, noto que las luces de la ciudad no atraviesan los enormes ventanales y la cama tampoco se siente tan suave como siempre. Cuando intento incorporarme, algo que ejerce presión sobre mi cuerpo me impide siquiera sentarme. Mis pies están completamente libres y entonces me doy cuenta de que ya he pasado por esto antes.
—El sueño...
Me sorprende escuchar mi propia voz, ya que la última vez fui incapaz de emitir sonido alguno. Con movimientos torpes forcejeo para liberarme de las ataduras, pero las cuerdas no ceden. Intento deshacer el nudo con los dientes y tampoco funciona. Un grito de frustración abandona mis labios, pero todo eso pasa a segundo plano cuando las luces se encienden de repente.
La habitación queda completamente al descubierto.
Lo primero que noto son las paredes desgastadas y sin pintura. El suelo también está deteriorado, lleno de grietas y huecos. El techo es completamente negro. No hay ventanas ni puertas, únicamente una bombilla que ilumina el lugar como una luminaria. No existe ningún otro mueble aparte de la cama.
Y en el centro de la habitación...
Hay un hombre encapuchado observándome.
Me mira desde la sombra de la capucha y la luz apenas permite distinguir la sonrisa ladeada que le da un aspecto aterrador. Empieza a acercarse lentamente y, conforme avanza, el brillo de una daga se refleja en mis ojos cegándome por un instante.
Retrocedo como puedo. Las cuerdas comienzan a desgarrar mis muñecas.
Intento gritar.
Mi voz no sale.
El miedo nubla mi juicio y lo único que consigo hacer es cerrar los ojos y repetirme que esto no es real.
—Es un sueño, es un sueño, es un sueño...
—Emma... —susurra una voz.
Al abrir los ojos, las luces de la ciudad me reciben. Es de noche. Llueve a cántaros y los truenos resuenan con tanta fuerza que no se escucha nada más.
No sé cuánto he dormido, pero estoy aquí.
Y estoy viva.
Santo cielo, estoy viva.
Las lágrimas caen tan intensamente como la lluvia del exterior. Todo este mal sueño me hace recordar cuando era niña y mi madre me hacía un espacio en la cama para que pudiera refugiarme a su lado y olvidar las pesadillas. Algunas veces incluso me cantaba. Siempre decía que su madre nunca la dejaba entrar en su cama cuando tenía miedo y que ella jamás haría eso conmigo. Siempre fue mi protectora.
Y ahora, en esta habitación, me siento más sola que nunca.
No me lo pienso demasiado. Salto de la cama y salgo al pasillo descalza. Todo está sumido en la oscuridad, iluminado únicamente por la luna y por las luces lejanas de la ciudad reflejadas en los ventanales.
Mi mirada se dirige inmediatamente hacia la puerta al final del corredor.
Sin dudarlo, camino hasta ella.
No creo que pueda volver a dormir después de esos sueños.
Respiro hondo intentando controlar los nervios y abro la puerta apenas lo suficiente para observar el interior.
Mi corazón está a punto de salirse del pecho, pero intento ignorar el miedo a que me rechace y tenga que pasar el resto de la noche despierta.
La habitación está tenuemente iluminada por las luces de la ciudad. Desten me da la espalda, cubierto hasta el cuello por las sábanas. Él no puede verme, pero yo sí puedo observar el cuarto. Nunca había entrado aquí y, sinceramente, no me estaba perdiendo de nada. Es una habitación sencilla, sin demasiada decoración.
Al entrar por completo, la voz de mi guardián casi me provoca un infarto.
—¿Emma? —pregunta extrañado—. ¿Qué haces aquí?
Enciende la lámpara de la mesita y se incorpora apoyándose contra el cabecero, todavía medio dormido.
—Yo... —carraspeo—. Te estaba buscando.
—¿En mi habitación... a estas horas? —pregunta con evidente sarcasmo.
Volvió a ser el Desten que conozco.
—Pensé en buscarte aquí y luego en la oficina. Supuse que estarías trabajando —miento.
—Hasta los ángeles duermen —me observa de arriba abajo lentamente—. ¿Dormiste con eso puesto?
—Me quedé dormida.
—Lo noté. ¿No tienes hambre?
—No, la verdad es que no —suspiro pesadamente.