Capítulo 10 #3
Ilusionada por la ocasión de mañana, me acuesto a dormir inmediatamente con la esperanza de verla, aunque sea unos minutos.
La mañana siguiente, un toque en mi puerta me saluda. Como el día anterior, Des me avisa desde el marco de la puerta que me aliste, pero antes de que se vaya llamo su atención.
—No me siento muy bien hoy —le digo con las sábanas cubriéndome hasta el cuello.
Él abre un poco más la puerta y entra en la habitación hasta detenerse al otro extremo de la cama.
—¿Necesitas un médico?
—No, no es necesario.
—¿Entonces qué tienes? —se cruza de brazos con una expresión curiosa, o quizá preocupada.
—Son cosas... femeninas.
Nuestras miradas se cruzan y sus ojos pasan de la confusión a la sorpresa antes de apartarse de los míos.
—En el baño está todo lo que necesitas. Si quieres algo más puedes llamar a la recepción del hotel y ellos se encargarán —carraspea—. No creo conveniente que te quedes sola.
—Estaré bien. No haré nada que desapruebes.
Mi pequeña mentira me incomoda, pero debo seguir con el plan.
—¿Estás segura de que puedes quedarte sola? —da un paso para acercarse a mí, pero lo alejo con un movimiento de manos.
—Voy a estar bien, no te preocupes.
Desten duda un poco. Consulta su reloj, vacila un instante y finalmente asiente antes de retirarse de la habitación sin decir nada más.
Me siento en la cama secando el sudor que resbala por mi frente.
Definitivamente soy mala para mentir.
Pero es lo que hay.
Quiero ver a mi mamá y sé que él no lo permitiría.
Al cabo de unos minutos vuelve a golpear la puerta. Esta vez, completamente vestido y con maletín en mano, se despide de mí con un asentimiento de cabeza.
Espero unos diez minutos e inmediatamente salto de la cama para darme una ducha rápida.
No tardo mucho en escoger mi ropa, ya que la mayoría es demasiado señorial para mí. Extraño mi chaqueta de cuero y mis zapatillas.
Tomo una blusa de mangas largas color café, unos pantalones de mezclilla y unos zapatos bajos con estampado animal. Rápidamente escojo una cartera de mano color camel, mi teléfono y corro escaleras abajo hacia la cocina para agarrar algo de desayuno y comerlo por el camino.
El trayecto desde el hotel hasta el centro comercial no es tan largo, pero tampoco tan corto como el de las oficinas donde trabaja Des.
Al bajarme del taxi —que logré pagar tras encontrar algo de dinero sobrante en los pantalones del arcángel— entro al local y lo primero que me recibe es una agradable brisa fría proveniente de los aires acondicionados.
El lugar no está tan concurrido como imaginaba. Considerando que es un día de semana a las nueve de la mañana, no resulta extraño.
Camino hacia el centro del lugar, donde un enorme carrusel gira mientras la música de los altavoces se mezcla con las risas de los niños y las voces de sus padres observándolos desde la distancia.
Al hacer un rápido recorrido visual en busca de mi madre, noto que aún no llega, así que decido llamarla para avisarle que estoy aquí. Sin embargo, descubro que la señal es casi inexistente, por lo que comienzo a moverme buscando mejor cobertura.
Como una cazadora de tesoros, recorro varias zonas en busca de una sola barra de señal que me permita comunicarme con ella.
Desafortunadamente, el único lugar donde parece haber algo de cobertura es un callejón detrás del edificio, junto a los contenedores de basura.
Puedo hacer la llamada desde aquí y luego regresar al carrusel.
Vuelvo a marcar y ella contesta de inmediato.
—¿Mamá? ¿Dónde estás?
—Acabo de llegar, cielo, pero no te veo. ¿Dónde estás?
—No había señal, así que tuve que...
Me detengo.
Analizo la situación.
—Mamá, ¿estás en el carrusel?
—Sí, mi amor. Donde acordamos.
—¿Tienes señal...?
Un movimiento a mi izquierda me distrae.
Un hombre vestido completamente de negro y con una capucha me observa desde la distancia.
A mi derecha, otro vestido exactamente igual también me observa.
A duras penas intento mantener la calma y caminar lentamente hacia la salida, pero choco contra un cuerpo.
No necesito imaginar mucho para comprender que otro de ellos está detrás de mí bloqueando la única vía de escape.
Rápidamente me giro para observar con atención a mis posibles secuestradores.
Si me llevan, al menos podré reconocer sus rostros.
Pero ese pensamiento resulta inútil cuando descubro que llevan el rostro cubierto con telas negras que solo dejan libres los ojos.
Retrocedo lentamente hasta chocar contra la pared.
Con muy poca cordura y menos valentía de la que aparento tener, intento amenazarlos.
—Llamaré a la policía si no me dejan ir —mi voz tiembla por el miedo, pero continúo—. Les advierto.
Ninguno responde. Simplemente avanzan. Cada vez más. Con el pulso desbocado intento llamar a Desten, pero el hombre que está frente a mí me toma del brazo y, con una fuerza descomunal, hace que el teléfono salga volando.
El aparato cae cerca del hombre situado a la izquierda. Este lo aplasta con el pie, destruyéndolo al instante.
—Así que tú eres la que estamos buscando —dice sujetándome la muñeca con brusquedad mientras se inclina para olfatearme—. Apestas a ángel.
—¿Cómo sabes...? —mis ojos se abren de par en par al comprenderlo—. Son Maleficis...
Él no responde, pero por la forma en que me mira juraría que está sonriendo.
Mierda.
—Amárrenla. Ellos estarán complacidos.
El Maleficis me suelta con violencia, haciéndome chocar contra la pared y caer de bruces al suelo. Sus secuaces me toman de los brazos y comienzan a arrastrarme por el callejón. Yo Intento zafarme desesperadamente, pero cuanto más me resisto, con más fuerza me sujetan. Los brazos empiezan a entumecerse. Repentinamente un estruendo resuena detrás de nosotros. Los Maleficis se vuelven hacia el origen del sonido y yo hago lo mismo. El corazón se me acelera cuando veo a Desten quitarse el anillo y desplegar sus alas negras en todo su esplendor.
El Maleficis que parece ser el líder advierte su presencia y avanza para enfrentarlo mientras ordena a los demás que me lleven lejos. Intento mirar a mi guardián. Cuando nuestras miradas se encuentran, una sincera disculpa abandona mis labios, pero él no tiene oportunidad de responder.
La pelea comienza. Los secuaces vuelven a arrastrarme. Imitando lo que acaba de hacer Desten, me quito el anillo con enorme dificultad. Mis alas atraviesan la ropa y quedan libres, Bato las alas con toda la fuerza que encuentro. Una ráfaga de viento y plumas golpea a mis secuestradores y los hace retroceder.
La conmoción es inmediata. Ambos intentan volver a sujetarme, pero esta vez Desten los intercepta. Empuja a uno de ellos con sus alas y lo lanza lejos.
Al otro, todavía aturdido, le clava un cuchillo en la frente. Un jadeo escapa de mí al ver cómo el cuerpo se desploma. Cuando sigo el rastro de sangre del otro Maleficis, descubro una enorme abertura que va desde el abdomen hasta el cuello. Un líquido negro y espeso brota de ella.
La pelea con el último continúa. Este intenta golpearlo con una barra metálica, pero Desten esquiva el ataque. Bate las alas.
Se eleva y en un movimiento limpio aparece detrás del Maleficis.
Lo toma por la cabeza.
Y le rompe el cuello.
Mi estómago se revuelve ante la brutalidad de la escena.
Sin darme tiempo a reaccionar vuelve a colocarse el anillo, ocultando sus alas. Recoge el mío del suelo y me lo lanza. También recoge mi teléfono destrozado y se lo guarda. Luego hace una llamada dando órdenes precisas para que retiren los cuerpos lo antes posible.
Se acerca a uno de los contenedores y recupera su chaqueta. Me la entrega.
Como puedo, me incorporo del suelo, sacudiéndome el polvo y masajeando las zonas más golpeadas.
Me pongo nuevamente el anillo y mis alas desaparecen. Mi blusa, en cambio, ha quedado hecha trizas. Así que me pongo la chaqueta de Desten.
Él no espera ni dos segundos. Me toma del codo y me arrastra fuera del callejón prácticamente a la carrera, obligándome a seguirlo por todo el centro comercial sin permitirme procesar nada de lo ocurrido.
No dice una sola palabra.
No me mira.
No encuentro ninguna expresión en su rostro. Su mandíbula no está tensa.
No parece enfadado.
Nada.
Solo afloja ligeramente el agarre cuando algunas personas nos observan con evidente confusión.
Al pasar junto al carrusel veo a mi madre a lo lejos, ella está mirando en nuestra dirección. Puedo ver cómo pronuncia mi nombre mientras comienza a caminar hacia mí, pero Desten levanta una mano pidiéndole que se aleje y yo no puedo hacer nada.
Solo verla.
Con lágrimas en los ojos.
Intentando llegar hasta mí.
Entonces el hombre que está a su lado la detiene sujetándola por los hombros y en ese instante todo parece moverse en cámara lenta.
El hombre también me mira. Sus ojos grises reflejan el impacto de la situación. Me observa atónito mientras sostiene a mi madre, le susurra algo al oído. Ella se vuelve para abrazarlo.
Y eso es lo último que veo de ambos.