Capítulo 9
Nadie dice nada. El ambiente está más tenso que antes. Yo me rehúso siquiera a moverme de la puerta y él permanece con los brazos cruzados, fulminándome con la mirada.
—¿Esto es un concurso de miradas? —se burla Vincent—. Ustedes dos son tal para cual.
—Claro —me burlo de la misma forma—, sobre todo con este espécimen.
—¿Crees que esto es un juego?
—¿Acaso he dicho que lo es?
—Pudieron haberte matado. ¿Es que no entiendes la gravedad de la situación? —su mandíbula se tensa y ladea ligeramente la cabeza, confundido.
—Lo sé, lo entiendo, pero necesitaba aire.
—Lo respiras todos los días, Emma —se burla Desten.
—¿Estás siendo gracioso? —entrecierro los ojos en busca de alguna señal.
—¿Ves que me ría? —se apoya en el escritorio bajando la vista—. ¿Te gusta llevar mi paciencia al límite?
—¡Ja! —río—. Eres afortunado, al parecer tienes el privilegio de ser el primero al que pongo al límite.
—¿Lo soy? —esboza una sonrisa torcida—. ¿Tengo que recordarte al imbécil del que tuve que defenderte? —rodea el escritorio remangándose la camisa hasta los codos.
—No te necesitaba para manejar esa situación.
—¿Ah, no? —camina lentamente hacia mí.
—Yo sola habría podido con eso sin que tuvieras que interferir —titubeo ligeramente.
A medida que se acerca, yo retrocedo.
—La próxima vez que intenten lastimarte no interferiré. No vas a necesitar de mi presencia después de todo.
—Preferiría estar ahora con Christian que vivir otro día contigo —lo desafío alzando la barbilla para mirarlo mejor.
—Así que eso prefieres...
Mis pasos se detienen al chocar contra la puerta a mis espaldas. Sin embargo, al igual que la noche anterior, eso no parece detener a Desten porque, con paso decidido, me encierra entre su cuerpo y la puerta.
A diferencia de anoche, esta vez no me toma de los brazos. Por el contrario, me sostiene la nuca con una mano, obligándome a mirarlo directamente a los ojos, mientras la otra descansa junto a mi cabeza, atrapándome entre sus brazos.
—La próxima vez que me necesites —lo veo bajar la mirada hacia mis labios antes de concentrarse únicamente en mis ojos— no susurres mi nombre...
Como si me hubieran inyectado adrenalina, me pongo de puntillas, acercándonos casi por completo. Apenas una fina línea de aire nos separa y puedo sentir su respiración mezclándose con la mía.
—La próxima vez que te preocupes por mí —imito su acción— no me llames tu luz...
En ese preciso instante el mundo se detiene. Las horas dejan de contar.
Los días dejan de avanzar. Nada se mueve. No existe nadie más. Solo estamos él y yo a un impulso de besarnos.
—Bien, ustedes dos definitivamente han aumentado la temperatura de esta habitación.
La voz de Vincent nos arranca del trance. Desten aparta la cabeza hacia un lado, casi rozando mi hombro. Yo la giro hacia el contrario, encontrándome con su brazo. El calor que me envolvía hace apenas unos segundos desaparece cuando él se aleja dándome la espalda.
—Sácala de aquí —dice mientras vuelve a caminar hacia el escritorio.
—A sus órdenes, jefe —Vincent se abotona el reluciente traje verde oscuro y me dedica una sonrisa incómoda—. ¿Nos vamos?
Asiento para aparentar que nada de esto me ha afectado.
—Vincent —lo llama Desten.
Ambos volvemos la vista hacia él.
—No le quites un ojo de encima.
—La protegeré con mi vida si es necesario —asegura el otro guardián.
A Desten parece agradarle la respuesta porque asiente levemente.
Mi nuevo guardián y yo estamos a punto de abrir la puerta cuando la voz de Desten vuelve a detenernos.
—Nos vemos en casa, Luce.
Su comentario me descoloca. Vuelvo a mirarlo intentando descifrar si he escuchado mal o si se trata de una burla, pero él no me observa. No vuelve a decir nada. Solo sigue tecleando en el computador.
—Des... —susurro apenas.
Me doy media vuelta y salgo hacia el elevador con un Vincent visiblemente incómodo pisándome los talones.
El camino hasta el ascensor transcurre en silencio. Miro al suelo evitando encontrarme con los ojos del arcángel, aunque puedo notar por el rabillo del ojo que está sonriendo.
—No puedo creer que todo esto te parezca gracioso —lo miro con absoluto fastidio.
—Disculpa —se aclara la garganta—. No pretendo burlarme de la situación, pero debo admitir que estoy sorprendido.
—Pues no eres el único.
—Él jamás... —se vuelve hacia mí y me toma por los hombros— jamás lo había visto demostrar tanta pasión por algo que no fuera su deber.
—Eso no fue pasión, Vincent. Fue una discusión —digo desconcertada.
—No puedo creer que no veas lo que tienes delante.
Se aparta soltando el agarre.
—Emma, no creo que la palabra gustar alcance para describir esto —se recuesta contra la pared del elevador y me observa con curiosidad—. Él arde por ti.
—Estás imaginando cosas —descarto la idea con un movimiento de cabeza—. Solo intenta intimidarme.
—Eso no lo niego —coincide conmigo—. Pero sus sentimientos han cambiado. No por completo. Sigue siendo Desten, el mismo que he conocido toda mi vida, pero has tocado una fibra sensible en él.
Las puertas del elevador se abren en la recepción. Con paso firme abandono la caja metálica sin preocuparme siquiera por comprobar si Vincent viene detrás de mí. Solo quiero alejarme, olvidar lo que acaba de decirme. Olvidar lo que sucedió en aquella oficina, quiero que la tierra me trague y me escupa en cualquier otro lugar, pero antes de llegar a la salida, una idea atraviesa mi mente y me obliga a detenerme.
Me vuelvo hacia Vincent. Él me observa confundido.
—¿Estás bien?
—Sí, pero quiero hacer algo antes de irme.
Sin darle tiempo a reaccionar regreso hacia el elevador con el arcángel siguiéndome.
—Se supone que debo llevarte al pent-house —dice entrando detrás de mí.
—Lo sé, lo sé. Solo será un segundo.
Rebusco en mi memoria el piso que marcó Liora aquel día y presiono el botón. El ascensor asciende hasta el piso cincuenta.
—¿Por qué vamos a ese piso?
—Solo quiero comprobar algo...
Al llegar, las enormes jaulas siguen exactamente donde las recordaba. Lo mismo ocurre con ambos felinos. El león es el primero en notar nuestra presencia. Levanta la enorme cabeza para observarnos. Su mirada pasa de mí a Vincent y luego vuelve a mí. Con cautela me acerco a la jaula intentando no alterarlo demasiado, pero una mano en mi hombro me detiene.
—No creo que esto sea una buena idea.
—Déjame mostrarte...
Un gruñido me interrumpe. El león está de pie, completamente alerta y gruñendo en dirección a Vincent.
—No me toques.
—¿Qué? —dice incrédulo.
—No le gusta que me toquen. De hecho, no le gusta que nadie se acerque demasiado a mí.
—Esto es absurdo —resopla—. ¿Acaso mi amigo está dentro de ese animal?
—No lo sé —me giro para explicarme mejor—. Ayer, cuando vine, le gruñó a Desten por acercarse a mí. Era como si estuviera protegiéndome.
—Emma, es un animal.
—Mágico —recalco.
—No voy a negar eso —retira la mano—, pero sigue siendo un animal.
Un movimiento en la jaula vuelve a distraernos. El león ha dejado de gruñir. Ahora simplemente nos observa.
—Ha dejado de hacerlo —dice sorprendido.
—Te lo dije.
Retomo mi camino hacia la jaula cuando Vincent vuelve a intervenir.
—Que hayas tenido razón en esto no significa que el animal no pueda hacerte algo. Por favor, regresa, Emma. Si te pasa algo lo más probable es que me envíen al exilio. ¡No! ¡Emma! No he dicho que sigas avanzando. Oye, basta. ¿Me estás escuchando?
—Silencio.
Le hago un gesto para callarlo.
—Desten tiene razón en algo: llevas a las personas al límite —se masajea la sien con frustración.
Mi concentración bloquea todo lo que ocurre a mi alrededor e incluso la voz preocupada de Vincent. El león me observa desde detrás de los barrotes con curiosidad. Ya no está tenso, aunque mantiene las garras visibles por precaución. Cuando llego junto a la jaula vuelvo a sentir aquella extraña conexión, la misma del día anterior y, aunque no estoy segura de lo que ocurre, puedo sentir al animal dentro de mí. Su miedo.
Su soledad.
Su incertidumbre.
Quizá me estoy volviendo loca o tal vez solo estoy proyectando mis propios sentimientos, pero juraría que siento exactamente lo mismo que él.
Con mano temblorosa introduzco los dedos entre los barrotes para intentar alcanzar su cabeza. Al principio me observa como si hubiera perdido la razón.
No se mueve, pero poco a poco se acerca al comprobar que no pretendo hacerle daño. Primero olfatea mi mano, después, como cualquier felino, comienza a frotarse contra los barrotes sin llegar a tocarme.
Cuando termina de inspeccionarme, coloca la cabeza bajo mi mano reclamando una caricia.
Sus enormes ojos azules me observan expectantes. Yo, con el corazón en la garganta, bajo la mano lentamente. Su pelaje resulta áspero y suave al mismo tiempo. Difícil de describir. Su cabeza es cálida. Pesada. Viva.
Deslizo los dedos por uno de los costados hasta rascarle detrás de las orejas. Inmediatamente comienza a ronronear y se deja caer al suelo como si se rindiera por completo. Supongo que encontré su punto débil.
—Increíble —susurra Vincent—. Has domado dos fieras en un solo día. Humana, te tengo el mayor de los respetos.
Su comentario me arranca una media sonrisa.
—Se siente solo y asustado —susurro mientras sigo acariciándolo—. Y no es el único...
Miro a Vincent. Él me devuelve una mirada comprensiva.
—¿Y el otro? —pregunta señalando la jaula vecina—. ¿Es igual?
—No. Es mucho más tranquilo. Pero hizo una conexión con Desten.
—¿Estás bromeando?
—¿Tengo cara de estar bromeando? —sonrío—. Ese día el león conectó conmigo. No dejó que Des ni Liora se acercaran. En cambio, el leopardo permaneció tranquilo todo el tiempo. Pero puedo asegurarte de que la conexión con Desten fue mucho más intensa que la mía.
—Esto es muy raro, ¿lo sabes?
—Créeme, lo sé.
—No me estás entendiendo. La conexión entre un ángel y un animal de Paradisum es extremadamente rara. Existen muy pocos casos de vínculos así.
—No he entendido ni una palabra de lo que acabas de decir.
Me despido del león con una última caricia y poco después ambos estamos nuevamente dentro del elevador.