Dark Arcangelo Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—¿Qué demonios fue eso...? ¿Por el amor al cielo... qué ha pasado? —mi respiración se acelera, mi corazón golpea con fuerza y mi piel se eriza por completo—. ¿Con quién estoy viviendo?

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Los rayos del sol me despiertan de mi pesado sueño. Intento acomodarme para seguir durmiendo, pero el recuerdo de lo ocurrido anoche me golpea como un cubo de agua helada. Al incorporarme entre los edredones noto algo extraño. Estoy en la cama. ¿Estoy en la cama? Lo último que recuerdo es haberme sentado en el suelo y haber llorado.

Miro la mesita de noche para comprobar la hora, pero una nota descansa sobre ella. La tomo y la leo rápidamente.

—Yo te subí a la cama, no hice nada más. Hoy no tienes que acompañarme. Quédate en el hotel. D. —leo en voz alta.

Lanzo la nota por algún rincón del cuarto y me dirijo directamente a la ducha.

—¿Quedarme aquí? Ni soñando. Saldré a respirar aire fresco. Aire que no huela a él —murmuro para mí misma.

No me toma mucho tiempo arreglarme. Elijo una camisa de seda que parece carísima, unos pantalones de mezclilla y unas botas bajas. Me pongo algunos accesorios, recojo el cabello en una coleta alta y tomo una de las carteras para aparentar normalidad. Sin pensarlo dos veces salgo disparada hacia los elevadores en busca de mi libertad.

Ya en la calle observo a la gente caminar a mi alrededor. Nadie parece notar mi presencia. Soy una más de la multitud, pero no lo soy. Dejé de ser una simple humana hace apenas unos días y eso me atormenta. Me gustaría recuperar mi antigua vida. Poder caminar sin miedo a que algo me ocurra. Ver a mi madre una vez más. Dejar de depender de Desten, pero nada de eso va a suceder. Mi vida ya no tiene marcha atrás.

La avenida está abarrotada de gente. Turistas, oficinistas, parejas, familias, personas solitarias como yo y paseadores de perros. Todo aquí tiene un aire de elegancia completamente distinto al de los suburbios donde crecí. Los edificios se elevan por encima de las nubes, las tiendas son exclusivas y los árboles están perfectamente podados, sin embargo, algo llama mi atención.

Al otro lado de la calle hay una tienda antigua con ventanales de otro siglo y un letrero envejecido. A medida que me acerco puedo leer el nombre.

Librería Cieux.

Al entrar, el aroma a libros viejos y objetos guardados llena mis pulmones. Grandes estanterías se elevan casi hasta el techo. El lugar es pequeño, pero acogedor. Hay algunas butacas individuales y un mostrador con una caja registradora. Detrás de este, un hombre sonríe.

—Bienvenida.

Su sonrisa es tan sincera que no puedo evitar devolverla.

—Hola.

—¿Buscabas algo en particular?

—Yo... —palpo mi bolso esperando encontrar dinero, aunque lo dudo—. No, solo pasaba por aquí y la tienda llamó mi atención.

—Oh, muchas gracias. Es mi mayor fierté —vuelve a sonreír.

—¿Lleva mucho tiempo aquí?

—Algo. Era de mis padres y la heredé —sale de detrás del mostrador y me ofrece la mano izquierda—. Je m'appelle Émile. Eso significa que mi nombre es Émile.

—Oh. Emma, un placer.

Le estrecho la mano. Por un instante me sorprende su tacto, es suave y áspero al mismo tiempo. Extraño.

—Vaya, ambos tenemos nombres que empiezan con E. Qué hermosa casualidad. S'il vous plaît, puedes explorar o sentarte, como prefieras.

—Gracias —respondo con cierta pena—, pero no puedo quedarme mucho tiempo.

—Claro, claro. Je comprends. Debes estar en tu descanso del trabajo.

Se dirige nuevamente detrás del mostrador y desaparece por una puerta de madera.

—No, no trabajo por aquí —alzo la voz para que me escuche.

—¿Ah, no? —regresa con una bandeja en las manos—. Entonces debes vivir cerca.

Con habilidad sostiene una tetera y dos tazas.

—Sí, vivo en el hotel.

Se sienta a mi lado y me mira sorprendido.

—¡Vaya! He oído que ese hôtel est exclusif y que casi nunca aceptan huéspedes. ¿Cómo lograste entrar?

—Bueno... —me acomodo nerviosa en el sillón—. Vivo con un amigo.

—Pensé que vivías sola. Aunque ahora que te observo pareces demasiado joven para eso —me ofrece una taza—. ¿Té?

La tomo con cierta desconfianza y la huelo.

—Es té negro. Te ves un poco tendue —me guiña un ojo antes de beber un sorbo—. Eso significa tensa.

Sonríe con un toque de coquetería.

—Así que vives con un amigo. Y este amigo... ¿es especial?

—¡No! Claro que no —me sobresalto—. Mi madre tuvo que salir de la ciudad durante un mes y me dejó con él.

La mentira sale con una facilidad alarmante.

—Ya veo —sonríe—. Puedes venir cuando quieras a tomar otra taza. Siempre estoy aquí.

—Claro. Gracias por todo, pero será mejor que me vaya.

Él parece querer añadir algo más, pero ya estoy saliendo apresuradamente hacia la calle. Qué estúpida fui al abandonar el hotel. Debería regresar, pero tampoco quiero pasar el día sola y aburrida.

¿Debería ir a ver a Vincent? No... probablemente esté trabajando. ¿Y si voy a las oficinas? No es que tenga ganas de verle la cara a Desten después de lo ocurrido anoche, pero la idea de pasar el día encerrada y sin nada que hacer me obliga a pensarlo dos veces.

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La distancia desde la tienda de Émile hasta la empresa resulta mucho más corta de lo que imaginaba.

Al llegar a la entrada, ambos guardias de seguridad me observan detenidamente. Sé que me reconocen porque vine ayer, pero uno de ellos me bloquea el paso.

—¿Tiene cita previa? —pregunta con desconfianza.

—¿Qué? No. Vine aquí ayer. ¿No me reconoce? —le digo al gigante de casi dos metros.