Dark Arcangelo Capítulo 8
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Capítulo 8

El viaje a casa desde la de Eleanor es tenso y silencioso, más de lo que suelen ser los trayectos con el arcángel. Después del portazo de Desten salí de mi escondite y Eleanor me informó que él estaría esperándome abajo. Lo único que pude hacer fue darle las gracias antes de marcharme. Parecía profundamente consternada, pero hizo lo posible por ser amable y regalarme una sonrisa reconfortante.

En el auto no me atrevo a preguntarle nada porque temo que vuelva a molestarse. Definitivamente es una de las personas con peor carácter que conozco.

Al llegar al apartamento lo veo quitarse la chaqueta para luego liberar sus alas al dejar su singular anillo sobre la mesita. No dice nada, no me mira, no me explica nada. Va directo hacia su oficina sin pronunciar una sola palabra.

Las ganas de ir detrás de él y hablar de lo que pasó superan a mi sentido común; sin embargo, un rugido en mi estómago detiene cualquier intento de perseguirlo. Claro, son las doce del mediodía y no he comido nada.

Ya en la cocina me preparo un sándwich rápido con lo que encuentro. También decido hacerle uno a él y lo dejo en la isla. Con el emparedado en la mano me encamino hacia mi habitación.

Al llegar dejo el plato sobre la mesa de la pequeña sala de estar y me cambio de ropa para ponerme algo más cómodo. El confortable sillón me recibe junto con la luz que entra por los enormes ventanales y, por fin, con comida en la mano, puedo sentarme a pensar en todo lo que ha pasado hoy.

—Repasando —me digo a mí misma en voz alta—, los ángeles tienen una compañía donde Desten es el CEO, o eso creo. También hay animales que no pertenecen a este mundo sino al de los cielos. Eso es... nuevo —digo con sarcasmo—. Hice una especie de conexión con el león. También sé que Liora está o estuvo enamorada de Desten y a él parece no importarle, igual que la mayoría de los sentimientos ajenos. Desten y Vincent son mejores amigos y él cree que el grosero ese siente algo por mí. Ridículo —resoplo con incredulidad—. Lo siguiente es que las Hijas de las Estrellas existen, sea lo que sea eso. Las brujas no son un cuento y definitivamente un oráculo no es algo exclusivo de las películas de princesas.

Hago una pausa para recordar las palabras del oráculo.

—Según la profecía, en sus sombras nacerá su luz y su oscuridad brillará más que el sol o algo así... Pero Eleanor dijo que yo era su luz. Imposible —hundo el rostro entre mis manos—. ¿Qué le hace pensar que soy la adecuada para reparar a alguien tan roto? Incluso Vincent piensa lo mismo. No soy la persona que creen. No soy la luz de nadie, es sencillamente imposible —me dejo caer pesadamente contra el respaldo del sillón—. Nadie puede sacarlo de esa oscuridad si él mismo no quiere salir. No puedo cargar con algo así. No quiero cargar con algo así.

Termino el aperitivo y, con el estómago lleno, decido tomar una siesta, ya que es prácticamente lo único que puedo hacer. No tengo tareas ni teléfono, por lo que mis opciones de entretenimiento son limitadas. Tampoco tengo un libro para leer y no voy a pedirle uno de su biblioteca. Eso sería recibir otro no rotundo que prefiero evitar. Ya he acumulado suficientes desde que llegué.

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Está oscuro cuando me despierto de la supuesta siesta que tomé, porque más que una siesta dormí durante varias horas.

Al revisar el reloj de la mesita descubro que ya han pasado las siete de la noche. Vaya, hasta yo me sorprendo de lo mucho que puedo dormir.

Al bajar las escaleras encuentro apenas unas pocas luces encendidas. La estancia permanece casi en penumbra. Como puedo, me dirijo hacia la cocina por un vaso de agua cuando un plato con un muy triste sándwich me recibe.

Imbécil.

Esto me pasa por intentar ser amable.

Un enfado surge en mí, de no sé dónde, y nubla por completo mi juicio cuando me encamino directamente hacia su oficina.

Cuando entro de forma brusca lo encuentro tecleando en el ordenador con una simple camiseta puesta y las alas completamente desplegadas. Está tan concentrado en lo que hace que no nota mi presencia.

Carraspeo para llamar su atención, pero todo lo que hace es alzar la vista unos segundos antes de volver a la pantalla.

—Lo que sea que quieras puede esperar. Estoy ocupado —declara sin apartar la atención de su trabajo.

—Yo te veo bastante desocupado —respondo con falsa inocencia.

Sus ojos encuentran los míos y me dedica una media sonrisa ladeada.

—¿Estás bromeando, cierto?

—¿Acaso me estoy riendo?

Hace una pausa, inhala profundamente y continúa.

—Si has venido a discutir, Emma, estoy ocupado.

Vuelve a teclear.

Su confesión me deja ligeramente descolocada.

¿Me ha llamado por mi nombre?

—No he venido a discutir.

—¿No? —me examina de arriba abajo—. Todo tu lenguaje corporal lo está diciendo a gritos —lleva una mano al puente de la nariz y masajea la zona—. No necesito esto ahora. Retírate.

Esta vez soy yo quien sonríe con sarcasmo.

—¿Quién eres tú para darme órdenes?

—¿Estás de...?

—No, no estoy bromeando. Hablo muy en serio —lo interrumpo—. No eres mi madre ni mi padre. Ni siquiera te considero un amigo. Eres alguien que apareció en mi vida por cuestiones del destino, suerte o casualidad, llámalo como quieras. Sin embargo, actúas como si tuvieras autoridad sobre mí. Y antes de que vengas con lo de protegerme, vigilarme o cualquier sinónimo estúpido que utilices para justificarte —levanto un dedo para detenerlo y cierro la puerta tras de mí— ahórratelo.

Tomo aire antes de continuar.

—Soy yo quien no está para esto ahora mismo, pero aun así voy a decirlo. No sé qué demonios quería decir ese oráculo, pero yo no tengo nada que ver contigo ni con lo que te atormenta. Eleanor me cayó muy bien, pero no soy la solución a tus problemas. Y quizá estés pensando responder que los agravo. No necesito comentarios hirientes, ni tu sonrisa estúpida, ni tu necesidad constante de controlarme. Y no, no tienes permitido hablar. Ya haces y dices suficiente —lo interrumpo nuevamente cuando intenta replicar—. Quiero mi teléfono para decirle a mi amiga que sigo viva. Quiero hablar con mi madre para saber que está bien. Quiero volver al colegio, aunque sea por módulos, para graduarme. Y por mi salud mental quiero que empieces a confiar en mí, porque es horrible estar aquí sin poder hablar con nadie de lo que está pasando mientras tú te niegas incluso a decirme los buenos días. También es horrible no tener información y estar completamente a la deriva en este mundo porque te has empeñado en mantenerme desinformada. Y cuando alguien puede responder mis preguntas, lo cortas de raíz. Incluso me prohíbes hablar con Vincent. ¡Vive debajo de ti! No es como si fuera a irme lejos. Ahora que he dicho todo esto, ¿ha quedado claro?

Tomo una enorme bocanada de aire después de semejante discurso. Sin embargo, Desten me observa impasible desde donde está. No sonríe. No parece molesto. No parece nada. Simplemente me observa.

—Sal de mi oficina —dice de repente antes de volver al ordenador.

—¿Qué has dicho? —pregunto sorprendida.

—Que salgas de mi oficina.

—No.

Deja de mirar la pantalla y me observa atentamente.

—¿No?

—No —me encojo de hombros—. Estamos teniendo una conversación. No vas a evitarme otra vez.

La respuesta claramente no le gusta porque se levanta de forma inesperada y avanza hacia mí con paso amenazador.

Mi instinto de lucha o huida se activa al instante. Retrocedo paso a paso hasta que mi espalda choca contra la puerta.

Todo mi cuerpo se tensa cuando su imponente figura queda a escasos centímetros de mí. Sus alas están desplegadas y su mandíbula rígida. Está enfadado.

Me arrebata el plato de las manos, sin que me hubiera dado cuenta de que seguía aferrada al sándwich como si me fuera la vida en ello, y lo deja en algún lugar fuera de mi alcance.

—Vete.

—No.

—No lo repetiré. Vete o no responderé de mí mismo.

—¿Vas a pegarme? —el miedo empieza a calarme hasta los huesos.

—No es necesario.

—No respondiste mi pregunta.

—Vete, Emma. No estoy de humor para esto. Ni hoy ni nunca.

—¡Pues yo tampoco estoy de humor para ti y aquí me tienes! —grito—. Intentando sobrellevar todo esto y mantener la paz.

—¿Y quién te ha pedido que hagas algo por el estilo?

—¡Yo! ¡Maldita sea, yo! —me acerco un poco para que nuestros ojos se encuentren a pesar de la diferencia de altura—. Estoy a punto de perder los estribos porque odio estar aquí. Odio la situación en la que estoy metida. Odio no saber qué está pasando y, sobre todo...

Me detengo antes de decir algo de lo que podría arrepentirme.

Sin embargo, él parece adivinarlo porque su expresión se oscurece.

—Dilo —susurra con una voz grave y áspera—. Dilo.

—Te odio a ti —susurro—. Odio tu actitud. Odio tu forma de ser. Odio la manera en que me tratas y odio odiarte. Eres un ser de luz, un arcángel. Es absurdo odiarlos. Pero tú...

Una sonrisa amarga aparece en mis labios.

—Eres lo más despreciable que he conocido.

Sin previo aviso, su cuerpo aprisiona el mío contra la puerta, anulando cualquier espacio entre nosotros.

Puedo sentirlo por completo.

Desde sus piernas hasta el firme contorno de su abdomen. Me sujeta las muñecas y las eleva por encima de mi cabeza, dejándome atrapada a su merced. Su otra mano se apoya junto a mi cabeza mientras se inclina lentamente hacia mí. Mi respiración se atasca. Sus ojos bajan a mis labios. Luego vuelven a mis ojos y cuando nuestras miradas se encuentran, la sonrisa desaparece.

—¿Quieres que sea el villano? Bien —susurra con voz profunda—. Nunca me ha molestado serlo.

Con una fuerza que ni siquiera sabía que poseía lo empujo lejos de mí, obligándolo a retroceder un par de pasos. Tanto él como yo quedamos sorprendidos, pero en este momento mi mente no procesa eso. Solo procesa lo que acaba de pasar.

Así que salgo de la habitación como alma que lleva el diablo y corro directamente hacia la mía.

Al llegar cierro la puerta con llave y me dejo resbalar lentamente hasta el suelo. Ni siquiera me importa haberme golpeado.