Capítulo 7
La reciente confesión del otro arcángel me deja totalmente paralizada en mi lugar.
—¿Puedes repetir lo que has dicho?
Vincent parece darse cuenta de mi confusión, por lo que procede a explicarme qué quiso decir con eso.
—Él es nuestro creador, pero nunca nos pidió que lo llamáramos de la forma en que ustedes los humanos lo hacen. Simplemente nos dijo que era nuestro padre —dice como si nada—. Bueno, no nos lo dijo a nosotros, sino al consejo.
—¿El consejo? ¿De qué consejo hablas?
—El consejo de los primeros arcángeles en ser creados —dice como si nada.
—Pensé que eran un mito —intento comprender todo aquello, pero es difícil de asimilar—. ¿Hablas de los más conocidos?
—Esos mismos.
—¿Y cómo son? ¿Aún viven?
Mi curiosidad parece hacerle gracia porque se le escapa una ligera carcajada.
—Claro. Solo que están retirados y desde hace un par de milenios se dedican únicamente a aconsejar a Padre —dice sin más, como si aquellas palabras fueran lo más sencillo del mundo.
—¿Retirados? ¿Cómo que retirados? —digo levantándome de la silla con entusiasmo—. ¿Qué más hay en tu mundo? ¿Puedes decírmelo?
—Tranquila, querida —ríe—. Somos una civilización; de hecho, las civilizaciones humanas se basaron en la nuestra. Solo que avanzan a un ritmo más lento. También estamos divididos según una jerarquía militar.
—¡Vaya! —silbo, impresionada, dejándome caer nuevamente en la silla.
—¿Sorprendida?
—Más que eso —le contesto—. ¿Puedes contarme más?
—Suficiente de esto.
Un muy olvidado Desten se levanta de la silla.
—Tienes obligaciones, Vincent.
—Claro, claro —levanta las palmas en señal de rendición—. Quizás puedas pasar por mi apartamento uno de estos días. Podemos hablar más al respecto.
Su propuesta me emociona más de lo que esperaba. Nunca hablé personalmente con Vincent, pero creo que habría sido mejor tropezarme con él en el pasillo y que él se hubiera convertido en mi guardián. Pero no es el caso.
Estoy a punto de responderle cuando un visiblemente molesto Desten lo hace por mí.
—No —contesta rotundamente—. Necesito tenerla vigilada.
—¿Crees que no puedo hacerlo?
De nuevo aparece ese leve dolor en el rostro de Vincent.
—No es lo que he dicho —responde Desten impasible.
—¿Entonces no soy lo suficientemente bueno como tú?
La expresión de pocos amigos de Desten le responde antes de que tenga que hacerlo con palabras.
—Dejaré de insistir —resopla Vincent, rindiéndose en la discusión con su amigo—, pero has herido mis sentimientos y eso es imperdonable.
Un pequeño puchero aparece en sus labios.
—Además, vivo justo debajo de ti, en un lugar mucho más humilde que el tuyo, si se puede decir.
—Lo sé.
Desten toma su chaqueta, el teléfono y un maletín.
—Y ese hotel es como una fortaleza. No creo que vaya a pasarle... Vale, vale, ya cierro el pico, no me mires así. No tienes que ser tan exagerado.
Vincent vuelve a hacer un puchero.
—¿Vas a algún lado? —pregunto al verlo prepararse para salir.
—Vamos —responde tajante una vez más.
—¿A dónde van? —pregunta esta vez Vincent, extrañado.
—Donde Eleanor.
—¿Vas a hacer lo que creo que vas a hacer? —pregunta su amigo, y Desten asiente—. Buena suerte entonces. No en muchas ocasiones deja que sus habilidades sean utilizadas para cosas banales.
—Necesito respuestas sobre ella —me mira y luego vuelve la vista hacia Vincent—. Eleanor ayudará.
—Iría con ustedes, pero...
—Tienes trabajo que hacer —lo interrumpe Desten.
—De verdad no creo que puedas ser más irritante —sonríe Vincent—. Buena suerte con él, Emma. La necesitarás.
Una sonrisa incómoda aparece en mis labios y realmente no sé qué más decir, así que guardo silencio.
Vincent, sin añadir una palabra más, sale por la puerta de la misma forma estrepitosa en la que entró.
Sin embargo, una pregunta ronda mi cabeza, así que dejo atrás a Desten, que sigue recogiendo sus cosas, y alcanzo a Vincent justo en el pasillo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —le susurro intentando que los demás ángeles no escuchen desde sus puestos de trabajo.
—Claro.
—¿A qué te referías con que le gustan las castañas de ojos grises?
Vincent me mira totalmente desconcertado. Creo que no entiende mi repentina pregunta hasta que, de pronto, su expresión cambia y comprende a qué me refiero.
—Es un buen tipo.
Esta vez soy yo quien lo mira confundida.
Entonces hace un movimiento con la cabeza señalando la oficina que acabamos de abandonar.
—Des es alguien solitario y su carácter es... —vacila— complicado, si puedo describirlo así. También es diferente a todos nosotros y nadie sabe por qué. Aunque él no quiera aceptarlo, eso lo atormenta. Es alguien que tiene mucho que aprender, pero también mucho que ofrecer. Y no te estoy pidiendo que lo arregles —niega con la cabeza—, no es tu deber hacerlo. Sin embargo, te pido que le enseñes el camino hacia ello. Para mí no es solo mi mejor amigo, es mi hermano, y me destroza ver que cada día está más sumergido en esa oscuridad que lo consume.
Me mira con los ojos brillantes.
—Es el ángel más leal que conozco, pero también el más violento de todos. No conocemos el motivo de su naturaleza, así que, por favor, considera mis palabras. Quizás tú sí puedas ayudarlo.
Sus palabras me conmueven, pero no creo que pueda ayudar a una persona tan atrapada en sus propios pensamientos y conductas negativas. No soy psicóloga o algo parecido. Sin embargo, ver la desesperación en los ojos de Vincent ha tocado una fibra sensible en mí.
—No puedo prometer la salvación, pero sí paciencia o algo parecido —niego suavemente—. Lo siento, no soy quién para guiarlo por un camino que ni siquiera yo conozco. Todos tenemos cargas con las que lidiar —me encojo de hombros—. No creo ser la ayuda que necesita.
Sonríe con resignación.
—Es justo —sonríe melancólicamente—. Gracias.
—¿Así que le gustan las castañas de ojos grises? —busco algo para romper la tensión—. No sabía que le había llamado la atención —digo bastante sorprendida.
—Querida —dice tomando mi mentón—, no tienes ni idea.
Me guiña un ojo juguetonamente y da media vuelta para dirigirse hacia los elevadores.
Una mano sujeta mi codo inesperadamente, tomándome por sorpresa mientras me obliga a avanzar. No necesito mirar atrás para saber que la única persona capaz de agarrarme con tanta brusquedad es Desten.
Puedo ver algunas miradas curiosas de los empleados mientras atravesamos el pasillo, pero la expresión glacial de Desten elimina cualquier atisbo de curiosidad. Como acto reflejo, todos bajan la vista y continúan con lo suyo.
Al llegar al elevador presiona el botón hacia la planta baja y saca su teléfono del bolsillo.
—Cancela mis citas de hoy —dice al teléfono.
La voz al otro lado parece responderle algo, pero él interrumpe inmediatamente.
—No creo que sea de tu incumbencia, Liora. Haz lo que te digo.
Cuelga.
La manera cortante en que le habla a Liora me toma por sorpresa. Por primera vez parece perder la paciencia con alguien que no soy yo. Solo el cielo sabe en qué me he metido.
El elevador nos deja en la planta por la que ingresamos y, una vez más, Desten me deja atrás caminando con sus largas zancadas. Tengo que trotar para alcanzarlo hasta el coche.
Al llegar, dos agentes de seguridad mantienen abiertas las puertas del vehículo esperando pacientemente a que subamos.
—¿A dónde vamos? —pregunto mientras me coloco el cinturón de seguridad.
—A ver a Eleanor.
Enciende el motor y pone el auto en marcha inmediatamente.
—¿Y quién es Eleanor?
—Necesito respuestas y ella nos las proporcionará.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es todo lo que necesitas saber.
—¡No, no es todo lo que necesito saber! —grito—. Estoy cansada de esta mierda, estoy cansada de ti, de tu actitud de mierda y de esta maldita situación en la que estoy metida. No necesito que dejes las frases a medias, no necesito que me arrastres a donde se te antoje y no necesito que seas tan poco comunicativo. Así que, por primera vez desde que nos conocimos, ¿podrías decirme qué pasa por esa cabeza tan cerrada que tienes?
Un silencio sepulcral invade el auto.
Desten no responde, pero sé que se está conteniendo. Aprieta el volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. Su mandíbula está tensa y su expresión es tan dura como el mármol.
—Detén el auto.
—¿Qué? —esta vez me mira durante un segundo con incredulidad.
—¡Detén el maldito auto!
De pronto el coche frena bruscamente, haciendo que la fuerza nos empuje hacia adelante y luego hacia atrás gracias a los cinturones de seguridad.
Tomo el pomo de la puerta para salir, pero está bloqueada.
—Abre.
—¿Y a dónde crees que vas?
—No lo sé. Encontraré algún lugar.
—No sobrevivirás sin mí más de dos horas —esboza una sonrisa carente de humor—. Menos que eso.
—No te pregunté tu opinión. Pedí que abrieras la puerta.
—Estamos perdiendo el tiempo.
Vuelve a poner el auto en marcha.
—La próxima vez evita hacer una escena como esta. No lo repetiré dos veces.
—¿Piensas matarme? —replico con frialdad—. Hazlo de una vez.
—Si te quisiera muerta —me mira con la expresión más siniestra que le he visto jamás— lo habría hecho desde el día en que te conocí.
Su confesión pone fin a la discusión por completo, asustándome más de lo que me gustaría admitir.
—Eleanor es una maga blanca —confiesa de repente, tomándome por sorpresa— que se ha ganado la voluntad de un oráculo perteneciente a las Hijas de las Estrellas. Necesito consultar a ese oráculo.
—¿Las Hijas de las qué? —pregunto sin apartar la mirada de él—. ¿Para qué?
—Para saber qué hacer contigo —responde a una de mis preguntas.
La conversación vuelve a estancarse porque no he entendido ni la mitad de lo que ha dicho. Y aunque quiero seguir preguntando, prefiero no hacerlo. La verdad no quiero hacer nada, ni estar aquí. Quiero volver a casa, ver a mi madre y dormir en mi cama. Recuperar mi vida.
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