Capítulo 6
Después de todo lo que me ha contado quiero seguir preguntando, pero él parece decidido a terminar la conversación porque sube las escaleras hacia su habitación.
—Duerme —me dice desde arriba—. Mañana tendremos un día ocupado.
Resoplo frustrada por su manera de evadir mis preguntas, por lo que, rendida, también me dirijo escaleras arriba.
Al llegar a mi nueva habitación, me pongo un pijama e inmediatamente me recuesto en la gigantesca cama con los edredones más gruesos y suaves que he visto en mi vida. Miro el techo repasando los sucesos de hoy. Soy una Semi—ángel, mi padre está vivo. Mi casa se derrumbó, tengo alas y ahora vivo con un arcángel. Negando con la cabeza dejo de mirar el techo y me acomodo a un lado observando la enorme pared de cristal. Aunque lo que de verdad me duele es otra cosa. Siempre he estado acostumbrada a estar sola, exceptuando cuando paso los días en casa de Saray, pero de resto no me había molestado hasta este momento. Sobre todo, por cómo nos despedimos y no puedo evitar pensar en mamá.
Miro el anillo en mi dedo índice y termino llorando contra las almohadas, susurrando el nombre de mi madre.
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El sonido de unos nudillos golpeando la puerta me despierta de repente. Adormecida me estiro sobre la cama recibiendo los rayos del sol que se cuelan por las ventanas.
Otro toque de nudillos capta mi atención; sin embargo, Desten aparece abriendo ligeramente la puerta.
—Vístete, tengo que ir a la oficina. Salimos en veinte.
Es todo lo que dice cuando cierra la puerta dejándome sobresaltada, con las sábanas hasta el cuello y el corazón en la boca.
—¿Dijo oficina? —murmuro para mí misma—. ¿Tiene una oficina?
Miro la hora en el reloj, que marca las ocho en punto de la mañana. Debería empezar a prepararme. Me deshago del edredón e inmediatamente tomo una ducha para despejar las ganas de volver a llorar. Me duele la espalda y en verdad no quiero salir de aquí, pero supongo que no tengo opción. Todo indica que él no va a dejarme sola en ningún momento.
Al terminar la ducha abro el clóset para encontrarme con muchísimas prendas que se ven carísimas. Veo etiquetas de marcas como Carolina Herrera o Tommy Hilfiger, pero la mayoría ni siquiera sé pronunciarlas. ¿Hay una marca que se llama Loro?
Este clóset volvería loca a cualquier amante de la moda. Yo, por otra parte, ni siquiera sé qué ponerme porque incluso las gafas de sol se ven tan sofisticadas. Otra cosa que me sorprende es que no escatimaron en armarlo por completo. Puedo ver ropa para el día a día, vestidos de día y de noche, zapatos de tacón o bajos, nada de zapatillas. Así que, sin tener mucho tiempo, tomo lo que parece un jersey ligero, unos pantalones de vestir negros y unas bailarinas beige.
Al llegar a la cocina me encuentro a un Desten pulcramente vestido de negro de pies a cabeza junto con su chaqueta a un lado. Está apoyado con una taza de café en la mano y una tableta en la otra. Al parecer no oye mis pasos porque está bastante distraído con lo que está leyendo.
Algo que me da curiosidad es que se ve súper diferente con una ropa considerada más adulta. Viéndolo bien, pasó muy desapercibido como estudiante con aquella ropa tan casual, pero con esta vestimenta parece alguien acostumbrado a dar órdenes.
—Puedes tomar lo que quieras. Salimos en diez minutos —da otro sorbo a la taza mientras me mira de arriba abajo—. Te quedó bien la ropa.
—Sí —le contesto asintiendo con la cabeza—. Gracias, pero ¿cómo has conseguido mis tallas?
—Tu madre y yo habíamos acordado que, si llegabas a estar en peligro, ibas a mudarte conmigo por un tiempo. Ella me dijo las tallas. Yo me encargué del resto.
—Oh...
Es lo único que alcanzo a decir porque una revelación tras otra me deja sin habla.
Con las instrucciones que me ha dado me acerco a la alacena, donde encuentro cereal, un tazón lo bastante grande y leche en la nevera. Al sentarme en la isla frente a él, puedo verlo sumamente concentrado en lo que lee.
—¿De qué trabajas?
Al escuchar mi pregunta despeja la vista de la tableta para mirarme.
—Estamos involucrados en muchas cosas.
—¿Estamos? —pregunto—. ¿Hay más?
—¿Crees que soy el único aquí?
—Disculpa si no se me pasó por la cabeza si había más o no; estaba más preocupada por no morir —replico molesta, a lo que él prosigue sin darle importancia.
—El hotel nos pertenece, la mayoría de los que se hospedan allí son ángeles y el lugar al que vamos igual —mira el reloj en su muñeca y no me da tiempo de responder cuando se levanta de la mesa tomando su chaqueta—. Si ya terminaste eso, debemos irnos.
El trayecto en auto dura apenas diez minutos cuando nos dirigimos a las oficinas que Desten había mencionado anteriormente. Por lo que pude ver desde la ventana durante el muy incómodo recorrido, no queda tan lejos del pent-house, unas cinco cuadras sin tráfico. Al llegar, un gran edificio frente a nosotros logra sorprenderme. Es una belleza arquitectónica conformada por enormes ventanales que cubren casi toda la estructura. A diferencia del hotel en el que estamos, este tiene un aire de superioridad impresionante.
Sacándome de mi admiración por la cantidad de dinero que deben manejar estos ángeles, un hombre se nos acerca pidiendo las llaves a Desten para estacionar el auto. Desten se las entrega y sin mirar atrás comienza a caminar hacia las grandes puertas, donde otro de los guardias se las abre saludándolo con un “Buenos días, señor Zadeh”, a lo que el mencionado asiente con la cabeza, devuelve el saludo y continúa avanzando. El guardia me mira con una sonrisa impecable, me sostiene la puerta mientras me dedica un “Buenos días, señorita”. Le contesto de la misma forma y sigo a Desten hasta que lo veo detenerse para hablar con la misma chica que estuvo en el elevador anoche.
Ella no parece haber notado mi presencia porque le enseña una carpeta con demasiados papeles para contarlos. Los señala y con el ceño ligeramente fruncido le explica un par de cosas que no puedo oír. Ambos continúan conversando mientras la observo con detenimiento. Ella también tiene esa elegancia pulida de las personas que jamás han tenido que preocuparse por dinero. Su ropa consiste en un conjunto ceñido completamente blanco con un collar que también lleva su inicial, igual que Desten.
Mi atención vuelve a ellos cuando ambos han dejado de mirar la carpeta y ahora me observan directamente. La chica me dedica una sonrisa de lo más falsa para luego acercarse y estrecharme la mano con sus dedos perfectamente suaves y uñas rojas.
—Liora Morgan —dice estrechándome la mano—. Un placer.
Imito su gesto presentándome.
—Emma Dagger, igualmente.
—Liora —dice Desten con impaciencia—. Sigamos.
Ella asiente en su dirección para luego volver rápidamente a su lado.
—Tú sígueme —dice dándome una mirada severa—. No quiero perderte de vista.
Su espalda es lo último que veo cuando reanuda el paso hacia los elevadores.
Después de lo que parece una eternidad llegamos al piso cincuenta. Desten le da paso a Liora y luego a mí, lo que parece ser su primer acto de verdadera caballerosidad. Me extraña viniendo de él; probablemente sea porque ella está aquí. La he visto acercarse a Desten y, por la forma en que le sonríe, lo toca ligeramente y le guiñó el ojo anoche, quizás tengan algo o lo tuvieron, no lo sé, pero él parece un poco más humano con ella de lo que lo es conmigo.
—¿Dónde están? —le pregunta a Liora.
—En jaulas —responde ella.
El elevador se detiene llegando a un piso distinto a los demás. Esto se siente como si estuviéramos en otro edificio. El lugar está completamente iluminado por los grandes ventanales. Aparte de eso, para mi sorpresa, hay dos enormes jaulas. El resto está completamente vacío.
Al acercarnos, un gigantesco león blanco ruge abriendo sus fauces y enseñándonos sus afilados dientes. El sonido hace que retroceda dos pasos al ver al enorme animal dar vueltas por la jaula. Ninguno de mis acompañantes parece asustado por lo que ve, ni siquiera impresionado.
—¿Por qué hay un león blanco en medio de un complejo de oficinas? —grito.
Al león no parece gustarle el tono de mi voz porque una de sus patas sale entre las barras para rasgar el aire o, más bien, intentando rasgar mi garganta.
—Vas a alterarlo más, no grites —Liora intenta hacerme callar moviendo las manos de un lado a otro.
—¿¡Es que no estás viendo lo que estoy viendo!?
—Claro que sí —me riñe Liora—. Ahora baja la voz.
—Pero...
—¡Emma, cierra la boca! —esta vez alza la voz lo suficiente para hacerme callar.
—Yo... —tartamudeo intentando emitir alguna palabra, pero me quedo muda.
Ignorándome por completo, Desten se acerca a la jaula para inspeccionar a los felinos.
—¿Cómo fueron traídos aquí?
Liora, visiblemente más calmada, se arregla el uniforme para contestarle a su jefe.
—El león albino y el leopardo fueron encontrados en posesión ilegal de humanos.
—¿Qué clase de humanos? —pregunta Desten.
—Humanos normales —se mira las uñas con desinterés—. Intentaron domesticarlos manteniéndolos en cautiverio desde cachorros, pero unos simples humanos no pueden controlar animales del Paradisum y terminaron escapando.
¿Ha dicho humanos normales? ¿O sea que ella...? ¿Es un ángel? ¿Acaso soy idiota? Ya Desten mencionó que todos aquí lo son.
Un latigazo me recorre la espalda inesperadamente haciendo que me apoye sobre mis piernas. El dolor empeora sin entender por qué. Intento volver a levantarme sin llamar mucho la atención, pero regresa nuevamente y esta vez más fuerte, provocando que un sonido ahogado escape de mi boca.
Liora parece haber escuchado mi queja porque se acerca colocando una mano sobre mi hombro con preocupación.
—¿Estás bien? —se agacha a mi altura mientras permanezco sostenida sobre mis rodillas—. ¿Te sientes mal?
—Me duele la espalda —susurro con incomodidad.
—¿Qué sientes?
—Un peso, no lo sé. Luego un latigazo. No puedo explicarlo mejor.
—¿Cuándo fue la última vez que liberaste tus alas?
Su pregunta me toma por sorpresa haciendo que reprima un poco el dolor y pueda levantarme para escanear su rostro.