Dark Arcangelo Capítulo 5 #3
18%

Capítulo 5 #3

Empezando por sus alas, algo que te deja sin aliento ya que son casi de su tamaño, si no más grandes, y negras... sus alas son negras, pero no como las mías. Las suyas me recuerdan más bien las de un cuervo, uno gigante. Las marcas en su piel, o sea, los tatuajes, van desde cascos de soldados romanos, lanzas y espadas, un barco del siglo XVIII, las olas del mar, aviones, simbologías que no reconozco e incluso, por lo que recuerdo de la clase de ciencias, tiene tatuada en el bíceps la constelación Argo Navis y cerca del pecho lo que parece ser la constelación sirio. Lastimosamente no logro apreciarla bien.

Vuelvo en mí al verlo estirar las alas por un momento, como si estuviera desperezando una extremidad.

—¿Por qué son así?

Me mira con un signo de interrogación en el rostro.

—¿Por qué son negras?

—¿Por qué debería decirlo?

—Me dijiste si tenía otra pregunta —lo miro irritada—. Esta es una.

—No me refería a mí.

—¿No puedo saber nada del hombre que me está custodiando?

—Primero que nada —dice acercándose a mí peligrosamente—, no soy un hombre. Segundo —se detiene delante de mí en el sofá con las alas extendidas en toda su gloria—, no te estoy custodiando. Tengo que vigilar que no te secuestren hasta nuevo aviso.

—Bien —asiento—. ¿Quiénes son los que quieren secuestrarme?

—Se hacen llamar los Maleficis —camina hacia el sofá sirviéndose un poco más del líquido ámbar de una botella de cristal—. Son los Nigrum Maleficis.

—¿Los qué?

—Practican magia negra.

—¿Eso existe? —digo bastante sorprendida.

—Y la blanca.

—¡Vaya! —silbo—. ¿Estás seguro de que no estás bromeando?

Me mira con cara de pocos amigos, dejándome claro que no está bromeando.

—Puedes continuar —le susurro mirando mis manos para esquivar su mirada irritada—, por favor.

—Los Maleficis son todos los seres practicantes de magia negra. En la antigüedad se dedicaban a aterrorizar pueblos humanos y a cazar Semi—ángeles. Eran temidos por todos. Eso no les impedía ser contratados por personas poderosas como asesinos personales para matar a sus enemigos.

—Suena como un cuento.

—No lo es.

—¿Y aún hay muchos de ellos moviéndose en las altas esferas?

—No. Luego de que los humanos comenzaran con las cacerías de brujas, muchos de ellos murieron en el proceso —toma un sorbo del líquido y retoma la palabra—. Igual no viven lo suficiente.

—¿Cuánto es insuficiente para ti? —lo miro con curiosidad.

—No más de trescientos años —dice como si nada.

—¿¡Trescientos!? —repito—. ¿Para ti eso es poco?

—No grites.

—Lo siento —carraspeo—. ¿Cómo eso es poco?

—Los ángeles y los arcángeles viven mucho más que eso.

—¿Cuántos años tienes?

Su mirada pasa del vaso de cristal a mí. Me observa y no puedo evitar pensar que, sea cual sea su respuesta, no aparenta más de veinticinco años. En su cuerpo no hay ningún signo de edad o en su rostro alguna arruga. Si bien sus maneras son un poco anticuadas, después de eso nada en él grita obsoleto; más bien te da la sensación de que está en la cima de su juventud. En contraste, parece alguien que ha vivido demasiado. Por otra parte, curiosamente tiene los ojos de un hombre que ha visto lo suficiente para perder la esperanza en la humanidad.

—Lo suficiente como para tatuar en mi piel partes de la historia de la humanidad.

Las marcas en su piel cobran sentido ahora por todos los diferentes dibujos de épocas distintas, ya que algunos ni siquiera los ubico. Deben pertenecer a civilizaciones extintas o algo por el estilo.

—Oh... —es todo lo que consigo decir al respecto—. Siguiendo con lo que me cuentas —prosigo para evitar un silencio incómodo—, ¿qué tienen que ver esos Maleficis conmigo y por qué quieren matarme?

—Te buscan porque eres la última Semi—ángel con vida y los Semi—ángeles son una parte importante para su ritual. Pero, sobre todo, te necesitan viva para ello.

—Háblame del ritual.

—No tenemos muy claro cuál es el procedimiento —deja el vaso sobre la mesa y se levanta—. Sin embargo, lo que sí sabemos es que te necesitan viva para extraer tu sangre y arrancar tus alas.

—¿Cómo has dicho? —la sorpresa en mi rostro no se hace esperar cuando la noticia de que esos dementes quieren desollarme viva llega a mi cerebro tan rápido como un rayo atravesando la atmósfera.

—Ellos no viven más de trescientos años ya que la oscuridad en su cuerpo es tanta que les resulta imposible permanecer en el mundo humano. Así que son arrastrados al Infernum, donde es natural esa cantidad de oscuridad. Por eso necesitan tu sangre y tus alas, ya que la parte angelical de estas hace imposible que sean arrastrados.

—¿Debería tranquilizarme saber que sería imposible que fueran arrastrados? Y antes de que digas alguna otra cosa más, ya sé que no estás intentando suavizar la información. He sido sarcástica —explico y continúo—. Me arrepentiré de preguntar esto, pero... ¿por qué es imposible que al usar mis partes ardan allá abajo?

—Ningún ángel puede entrar al Infernum —hace una pausa—, pero hay una excepción.

—¿Y cuál es esa? —pregunto extrañada.

Mi pregunta se desvanece cuando mi fuente de información le da media vuelta a la mesa caminando directamente hacia las escaleras. Creo que está un poco harto de que pregunte cosas que no debo y ha decidido terminar la conversación cuando, de repente, se detiene al inicio del primer escalón.

—Yo —susurra mirando sobre su hombro— soy el único ángel que puede entrar al Infernum

.