Dark Arcangelo Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Qué quieres saber? —repite con voz monótona.

—Increíble —bufo—. Bien, si así lo quieres, entonces vayamos por otro camino.

El anillo en mis dedos me recuerda que lo que tengo en la espalda no es normal, para nada lo es. Miro la pieza de metal con detenimiento. Es hermosa, definitivamente lo es, pero asimismo tiene la función de ocultar algo tan puro. Me levanto de la silla quitándome la sudadera, quedando solo en los pantalones cortos, las medias y el brasier deportivo. Asimismo, me quito el anillo del dedo y lo dejo en la mesita. Mis alas, las siento de nuevo. Es casi mágico lo que puede hacer este pequeño pedazo de circunferencia; con el anillo las alas se vuelven invisibles.

Las extiendo completamente para estirar hasta la última pluma que estuvo retenida, como si estuviera desperezando los brazos, y camino hacia adelante. Sin embargo, no logro dar dos pasos sin tambalearme. Él me mira fijamente, pero no mueve un músculo para ayudarme, así que vuelvo a enderezarme.

—¿Qué soy?

La comisura de su boca se levanta... ¿Sonríe?

—Creo que ya lo mencioné antes —dice burlón rodeando el escritorio y enrollándose las mangas de la camisa, revelando así una serie de dibujos en tinta negra sobre su piel. Tatuajes.

—No, dijiste que no era ni humana ni ángel. Entonces, ¿qué soy?

—Un Semi—ángel —revela.

Por un momento su confesión me deja totalmente descolocada. La palabra suena tan extraña en mi cerebro que no le encuentro sentido.

—Por favor, dame una definición, porque según mi teoría los Semi—ángeles no existen, sea lo que sea eso.

—Cierto, no lo hacen.

—¿Entonces por qué...?

—No me expliqué bien —me interrumpe—. No deberían existir.

—¿Eso qué significa?

—Que estás prohibida.

—¿Disculpa? —lo miro confundida y él parece notarlo porque se rectifica.

—No tengo esas intenciones, con ningún humano —se sienta en la gran silla detrás del escritorio y prosigue—. La procreación entre humanos y ángeles quedó prohibida hace siglos.

—¿Y cómo estoy yo aquí?

—Tus padres, o más bien tu padre, fue joven y estúpido. Se dejó ver voluntariamente por una humana y ambos te crearon. Eso no debió haber sucedido. Tu padre fue castigado por esa falta. Cuando huyó lo encontramos, pero está cumpliendo una condena aquí en la Tierra.

—¿Qué...? —las piernas me fallan cuando la confesión de que mi padre está vivo sale de sus labios y me impacta como un camión a toda velocidad.

Caigo de bruces en el suelo dejando que mis rodillas amortigüen la caída.

—¿Estás diciéndome que mi padre está vivo? ¿Realmente lo está?

—Sí, tu madre lo mencionó cuando te entregó la carta. Supongo que no estabas prestando atención.

—¿Por qué él no puede vernos?

—Los ángeles, en los primeros siglos, tenían permitido dejarse ver por las humanas e incluso enamorarse de ellas —toma un sorbo de lo que parece un líquido ámbar en un pequeño vaso de cristal y continúa—, pero las humanas comenzaron a tener descendencia nacida de la lujuria y a esos seres antinaturales, gigantes como les llamaban en la antigüedad, se les denominó Nefilim. Seres incapaces de sentir empatía o cualquier emoción que los hiciera humanos, así que fueron condenados durante el diluvio y desde entonces a los ángeles se les prohibió cualquier contacto con los humanos.

—¿Cómo estás tú aquí?

—Tengo órdenes de vigilarte hasta averiguar el fondo de esto.

—¿Y hay más como yo?

—No, pero en el pasado los hubo.

—¿Y qué sucedió con ellos?

Se levanta repentinamente de su asiento dejando atrás el licor ámbar sobre la mesa y se dirige hacia mí con ambas manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—Levántate.

Hago lo que me ordena. Lo veo apagar la cálida llama antes de tomar mi sudadera y el anillo y ponerlos bruscamente sobre mis manos. Lo siguiente que hace es tomar nuevamente la copa que sostenía entre sus dedos y me hace señas para que lo siga. Caminamos hasta la sala de estar, donde me ordena que espere en el sofá mientras él se cambia de atuendo.

Me deja sola con el peso de mis pensamientos al saber que mi padre verdaderamente está vivo, hizo algo ilegal y ahora está castigado por eso. Tampoco puedo dejar pasar por alto que soy una Semi—ángel. Sabrán los cielos qué significa eso, pero lo soy y sé que me lo explicó, pero aún no puedo creerlo. No realmente.

No pasan ni cinco minutos cuando baja de la planta superior con una camiseta un poco abierta dejando entrever más tatuajes. La medalla con su inicial también asoma por debajo de la camiseta, al igual que un buen par de músculos bien formados. Ha cambiado los pantalones por unos de chándal y tiene los pies descalzos. Cruza la estancia para acomodarse en el sofá frente a mí. Deja el vaso de líquido ámbar, esta vez más lleno que cuando se fue hace unos minutos, y prosigue con su explicación.

—Fueron exterminados.

—¿Los ángeles...? —digo sorprendida—. ¿Cómo...?

—No fuimos nosotros, fueron los mismos que te están buscando a ti.

—¿Por qué los exterminaron? ¿Por qué me quieren a mí? ¿Me quieren muerta?

—No te quieren muerta, te necesitan viva para el ritual.

—Eso no alivia las cosas.

—¿Crees que me preocupa aliviar las cosas? —dice con sarcasmo.

—Imbécil —susurro.

—¿Alguna otra pregunta?

Sigo sus movimientos cuando deja sobre la mesa una especie de anillo haciendo que sus alas se desplieguen. Lo que sea que tenía para decir queda enterrado en algún rincón de mi mente.

Cuando piensas en ángeles crees que todo lo que los rodea es blanco y pureza: unas hermosas alas blancas, quizás una aureola sobre sus cabezas, luz saliendo de ellos, la piel más blanca que la nieve, cabellos de oro y ojos del color del océano mismo. O eso es lo que se nos ha contado. Pero Desten... él es diferente, único.