Capítulo 5
Llevamos un rato en carretera cuando Desten reduce la velocidad frente a un edificio que definitivamente derrocha lujo por todos lados. Se alza hasta desaparecer entre las nubes. Una hilera de vidrios de abajo hacia arriba refleja las luces de la ciudad, creando una hermosa similitud con estrellas de colores. En el momento en que el auto se estaciona mi boca no puede abrirse más de lo que ya está. Una pulcra alfombra negra con el logo del hotel recorre un camino desde la calle hasta las puertas de cristal que brillan más que el oro.
Desten se baja del auto estrellando la puerta sonoramente y le lanza las llaves al valet. Camina hacia las puertas de cristal sin siquiera asegurarse de que estoy caminando detrás de él. Bajo rápidamente del auto antes de que el chico del valet me lleve con él y camino rápido o, mejor dicho, corro para poder alcanzarlo. Lastimosamente mis piernas apenas alcanzan la velocidad de las suyas.
Un poco enojada lo agarro del brazo impidiéndole avanzar más.
—¿Dónde ha quedado tu caballerosidad?
Él se voltea mirándome de forma indiferente.
—La caballerosidad es para los humanos.
Me indigno ahogando un grito para no formar un escándalo cuando me acerco lo suficiente para encararlo.
—Entonces, ¿qué palabras debo utilizar para describirte? ¿Imbécil o bastardo? Porque créeme, te queda corto.
—Será mejor que me sueltes... humana —la palabra humana sale como ácido de su boca.
Me mira a los ojos e inmediatamente baja la vista a mi agarre. Se detiene un segundo ahí para luego volver a mirarme. Lo observo de regreso transmitiendo todo mi desprecio con la mirada. Si las miradas mataran él estaría más allá que acá. Se suelta bruscamente de mi agarre para reanudar su marcha, pero antes de pasar por el ascensor que tiene detenido el portero se voltea hacia mí lanzándome su chaqueta de cuero. Al tenerla en mis manos ve mi cara de confusión. Me mira de arriba abajo. Repito su acción y la vergüenza no se hace esperar al ver las pocas prendas que llevo.
—Estás prácticamente desnuda —me explica—. Tápate.
Sin esperar a que me ponga la chaqueta, se da media vuelta y sigue caminando. Me la coloco mientras avanzo detrás de él.
Al entrar en el ascensor, Desten se coloca en una de las esquinas apretando el botón de PH y se recuesta de la pared. Me sitúo a su lado mirando hacia el suelo sin realmente saber qué esperar. Todo esto es muy confuso. Las alas me pesan haciendo que mi espalda duela. El llanto amenaza con salir nuevamente cuando, justo antes de que las puertas se cierren, una chica despampanante con el cabello más precioso que he visto y los ojos más azules del mundo entra tocando uno de los botones.
El silencio no tarda en instalarse cuando la máquina comienza a subir con nosotros adentro. Miro mis pies descalzos intentando que la tierra se abra aquí mismo para tragarme. Estoy en un brasier deportivo y unos pantalones de pijama negros demasiado cortos para salir a la calle. Al ver la apariencia de la chica que nos acompaña parece una ejecutiva de alto rango. Su camisa blanca con mangas abultadas, unos pantalones en rosa palo y unas sandalias de tacón color crema la hacen ver tan elegante y delicada al mismo tiempo.
Un suave carraspeo me saca de mis pensamientos y vuelvo a ver a la chica a mi lado. Ella me sonríe para luego mirar directamente a Desten.
—¿Noche ocupada?
Desten abre los ojos levantando la cabeza de donde la tiene reposada y la mira. Luego me mira a mí y vuelve a verla.
—Interminable.
Una pequeña risa burlona se escapa silenciosamente de mis labios, ya que pienso lo mismo que él. Las puertas del ascensor se abren llegando al piso cincuenta y nueve.
—Nos vemos mañana en la oficina, Des —le guiña un ojo y sale del ascensor moviendo las caderas de tal manera que su cabello se balancea con ella.
Las puertas vuelven a cerrarse y el aparato sube un poco más e inesperadamente se detiene alumbrando en la parte de arriba las letras “PH” de color naranja. Desten sale al recibidor del piso, el cual me deja más que deslumbrada. Al entrar todo el lugar te dice que aquí vive un hombre, pero a diferencia del estereotipo que vive rodeado de ropa y cajas de comida, él es todo lo contrario. El apartamento es la limpieza y la pulcritud en persona. Solo estar aquí deja como evidencia que mi habitación es un cochinero. El suelo negro brilla tan espléndidamente como un auto recién encerado. Los sillones son de color gris y los muebles de una madera oscura; de hecho, todo es negro a excepción de las pocas paredes que hay, porque la mayoría es de cristal. Diversos cuadros de arte minimalista junto con un par de plantas acompañan la estancia, sin embargo, el lugar parece casi sin vida. No puedo ver nada personal aquí. Definitivamente es un hombre muy privado o, más bien, ¿un ángel?
Desten me mira desde las escaleras y me hace señas con la cabeza para que lo siga escaleras arriba. Al llegar al segundo piso, la mayoría de las puertas son de un color gris casi perdiéndose con las paredes, pero aquella junto a la que él está de pie es blanca.
—Tu habitación —me señala una de las puertas—. La de al lado es la mía. No entres. Abajo está mi oficina y tampoco puedes entrar ahí. ¿Preguntas?
—No —descarto cualquier duda con un movimiento de cabeza.
Me quedo pensativa sin saber realmente qué decir. Me urge preguntarle un millón de cosas, pero su expresión deja claro que ni siquiera me acerque.
—Bien —se da media vuelta para dirigirse a las escaleras.
—¡Espera! —le grito.
Me acerco rápidamente al borde de las escaleras para intentar alcanzarlo y veo que está de pie en el último escalón. ¿Cómo es que camina tan rápido?
Me mira detenidamente desde abajo esperando a que diga algo, pero las palabras y las preguntas quedan estancadas en mi garganta. Desde donde lo veo, las luces le dan un contraste casi angelical al rostro y es irónico que lo diga porque es un arcángel. Así como la luz le ilumina una mitad de la cara, las sombras le esconden la otra. Una dualidad apolínea.
—Quería agradecerte —miro mis pies descalzos buscando quizás valor o algo más—. Así que gracias —levanto la cabeza— por... por todo.
Vuelve a asentir. Baja del último escalón, pero se detiene al escuchar mi voz.
—Y sí tengo un par de preguntas —digo impulsivamente.
Se da media vuelta y vuelve a mirarme.
—Deberías cambiarte. Hablaremos cuando termines.
Se vuelve a dar media vuelta y se oculta en la habitación debajo de las escaleras.
Al abrir las puertas de la que ahora es mi habitación me quedo pasmada, como una niña que entra por primera vez a un parque de diversiones, dejándome sin aliento. La habitación está pintada de un hermoso blanco con detalles dorados en las paredes. La cama gigante tiene un gran dosel que cuelga desde la pared adornando la cabecera, la cual tiene los mismos diseños que decoran el resto de la estancia. A ambos lados de la cama unas mesitas de noche la acompañan, así como un taburete a los pies que armoniza el lugar. Del otro lado, un gran tocador con su pequeña mesa está compuesto por un par de accesorios personales y perfumes que desconozco. Más allá, un gigantesco armario me saluda desde su lugar. Curiosa, abro ambas puertas quedándome sin aliento con toda la ropa colgada. Marcas de diseñador se reflejan en las etiquetas, así como la calidad de la ropa interior y los zapatos. No quiero pensar en cómo acertó con todas las tallas. Lo mires por donde lo mires, es raro.
Continuando con mi inspección, un televisor gigante, unos sillones de la era victoriana con una mesita de centro y un par de adornos más hacen que piense que estoy en el castillo de Buckingham o en el de Versalles y no en el hotel lujoso de un tipo raro que no conozco y al que mi madre ha convertido en mi niñero personal.
Tomo un par de pantalones de chándal con una sudadera a juego y me dirijo al baño. Otra cosa que me deja sin aliento. El cuarto de baño es puro lujo: las paredes blancas, la bañera, la ducha independiente con puertas de cristal y una vista hermosa de la ciudad desde los grandes ventanales. Creo que la mitad de este lugar es de cristal y la otra de concreto. Nada grita riqueza más que todo esto.
Con un poco de indecisión bajo las escaleras caminando directamente hacia donde lo vi la última vez. Me detengo delante de una gran puerta negra pensando que sé lo que quiero saber, pero no creo que las respuestas vayan a ser de mi agrado. Mamá me ocultó toda mi vida lo que soy y ahora mi mundo ha cambiado tanto que siento que esto es falso o, más que falso, sacado de un libro de fantasía. Jamás en mis dieciocho años pensé que algo así podría ocurrirme a mí y aquí estoy, a punto de hablar con un arcángel para que me revele todo lo que tengo que saber.
Al tocar la puerta con nudillos temblorosos una voz al fondo me invita a pasar con un ligero, pero firme:
—Adelante.
Al abrir la puerta me recibe un Desten apoyado en su escritorio mirando las brasas de su chimenea. El ambiente es cálido por el fuego que danza seductoramente haciendo que una luz naranja se refleje en la oscuridad. Al lado de la chimenea una silla negra de terciopelo y una pequeña mesa de color ébano están alineadas de tal forma que dan ganas de acostarse allí a leer un libro con una taza caliente de chocolate. Desten me invita a pasar señalando con una mano hacia la silla antes mencionada y yo obedezco.
—¿Qué quieres saber? —pregunta sin más.
—¿Quién eres realmente?
Me mira un momento antes de contestarme, cruzándose de brazos y dejando entrever unas pequeñas marcas de tinta en sus muñecas.
—Soy un arcángel.
—No es suficiente.
—No puedo darte más información.
—Entonces, ¿qué caso tiene venir a preguntar por información cuando no estás cooperando?
—Apenas estamos comenzando, humana.
—Exacto —digo levantando la voz—, exactamente eso. La primera cosa que te pregunto y ya pones una barrera.
Me mira detenidamente de nuevo. Esta vez respira profundamente haciendo que las aletas de su nariz se expandan y su mandíbula se apriete. Está enojado; es eso o está intentando tenerme paciencia.