Capítulo 4 #2
Esta carta, como puedes ver, contiene un anillo. Es para ti. Feliz cumpleaños, mi amor. El anillo no es solo por decoración, debes llevarlo puesto y tus alas quedarán ocultas. Te permitirá usar ropa más cómoda sin necesidad de hacer aberturas. Utilízalo todo el tiempo. No confíes en cualquiera, no te alejes por mucho tiempo de tu madre y, por favor, cuídate, cuídate mucho.
Esto no es una despedida, es un hasta luego, pero volveremos a encontrarnos y ansío el día en que estemos juntos los tres como una familia. Créeme, mi niña, eso es una promesa.
Te amo, pequeña,
Papá.
Doblo la carta nuevamente y la introduzco en el sobre. Observo el reluciente anillo entre mis dedos, brillando demasiado para haber permanecido guardado durante tanto tiempo. Mi madre me mira fijamente esperando una respuesta, pero no puedo decir nada. No ahora. Tengo que procesar todo lo que está pasando.
Antes de darme cuenta ya tengo el anillo en el dedo corazón de la mano derecha, observándolo distraídamente.
Mis alas no están o eso creo, porque al mirar a mis espaldas han desaparecido. Sin embargo, su peso sigue ahí. Aún las siento. Recojo la silla tumbada en el suelo y vuelvo a sentarme. Con las piernas hechas gelatina y las emociones a flor de piel, miro a mi madre.
—¿Cariño?
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunto desconcertada, incapaz de ocultar mi enojo.
—No era mi deber decirlo...
—Esa no es una respuesta.
—Le juré a tu padre que no iba a decirte nada hasta que tu transformación se completara —cierra los ojos con fuerza al igual que los puños—. No podía defraudarlo. Se supone que él debía decírtelo en persona —vuelve a mirarme con el rostro descompuesto.
—¿Pero decidiste defraudarme? —digo incrédula, incapaz de creerlo.
—Emma...
—No es justo que hayan tomado esa decisión por mí —niego con la cabeza—. No es justo, mamá.
—Ya te lo dije, cielo, fue para protegerte —intenta tomar mi mano, pero yo la aparto instintivamente—. A veces no hacer lo correcto es lo correcto.
Ella me mira sonriéndome con cariño y pesar. Entiende mi enojo, por eso intenta comprenderme, y yo intento comprenderla a ella, pero no creo que esté funcionando.
—¿Soy un ángel? —rompo el incómodo silencio.
Mamá descarta la idea con un movimiento de cabeza.
—Si no soy un ángel y tampoco una humana, ¿qué soy?
—Semi-ángel —responde Desten, hasta ahora ausente—. Es la terminología correcta.
—¿Eso significa...?
Él se levanta de su asiento, estirándose un poco antes de mirarme directamente.
—Eres más fuerte que un humano normal, pero no tienes la fuerza de un ángel puro.
Estoy a punto de bombardearlo con preguntas cuando la taza de café de mi madre comienza a temblar sola sobre la mesa, como si estuviéramos en medio de un terremoto. Todos nos quedamos mirando la taza cuando el chico a mi lado me toma del codo de improviso, obligándome a levantarme bruscamente de mi asiento. Mira a mi madre una fracción de segundo y ella asiente con lágrimas en los ojos. Él le devuelve el gesto y me saca a empujones de la cocina. Sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que los cimientos de la casa vuelvan a temblar, haciendo que todo comience a derrumbarse. Me quedo pasmada en mi sitio con la sensación de que ya he vivido esto antes. Desten me empuja nuevamente obligándome a avanzar. Las paredes comienzan a agrietarse mientras el polvo del techo cae por todas partes, como si todo estuviera desmoronándose.
Veo a mamá tomar su bolso con rapidez y abrirnos la puerta. Desten aún me tiene sostenida del codo cuando salimos a la calle caminando directamente hacia su auto. Prácticamente me lanza dentro sin esperar que yo diga algo. Me coloco el cinturón de seguridad, súper incómoda, ya que no me acostumbro a las molestias de las alas. El arcángel se sube a mi lado encendiendo el motor cuando veo a mi madre acercarse a la ventana. La bajo para apresurarla a que suba.
—Mamá, ¿qué haces? —la interrogo—. Sube al auto.
—Yo no puedo ir contigo, mi amor.
—¿De qué...? ¿De qué hablas, mamá? —le sostengo la mano con fuerza—. Sube al auto —le pido.
—No, mi amor. Él puede cuidarte mejor que yo —niega suavemente—. No puedo ir con ustedes.
—No puedes abandonarme, mamá —hago una pausa tragándome las lágrimas—. No como él lo hizo.
—No te estoy abandonando, cariño, solo es un hasta luego.
—Mamá —le susurro—, por favor...
—Jane —interviene Des—. Es hora.
Noto la desesperación en los ojos de mi madre esperando que confíe ciegamente en sus planes, pero sobre todo que confíe en un ser angelical.
—No estarás sola, te lo prometo. Descubrirás más de lo que eres con él a tu lado que con nosotros. Además —nos mira a ambos y nos sonríe cariñosamente— confío en que él cuidará lo más preciado que tengo.
No logro ver la reacción de Desten cuando mi madre se mete por la ventana del auto y me abraza con fuerza. Yo le devuelvo el abrazo y no puedo evitar pensar que estaré por mi cuenta de ahora en adelante, que ya no estará conmigo en los desayunos o en las cenas, que no estará ahí para darme abrazos reconfortantes o riñas exasperantes. Uno jamás piensa en el momento en que se separa de su madre hasta que le toca vivirlo.
Al apartarse, toma mis manos y deposita un pequeño beso sobre ellas. Luego se quita un anillo de los dedos y lo deposita en mi palma abierta. Cierra mis dedos sobre él y me mira por última vez.
—Es para que me recuerdes —se aleja del auto y se queda en la orilla de la acera—. Ahora vete.
De pronto, la casa comienza a caerse en pedazos y, aunque el auto avanza con rapidez, logro distinguir que las otras casas permanecen completamente inmóviles. Lo último que veo de mi madre es cómo se sube a su auto y sale de allí.
Me coloco el anillo en el dedo índice de la mano izquierda. Recuerdo esta joya; es un anillo que le regaló mi padre en su primer aniversario. Tiene forma ovalada, un zigzag grabado alrededor y, en el centro, una pequeña piedra verde. El color plata no resalta tanto como el del anillo que llevo en la mano derecha debido al desgaste del uso, sin embargo, eso no le quita belleza.
Al contemplar ambas joyas en mis manos no puedo evitar llorar por todo lo que está pasando. Por el cambio en mi cuerpo, la pérdida de mi casa, de mi vida y, sobre todo, la separación de mi mamá. No solo perdí a un padre que resulta no estar muerto, sino que ahora tampoco tengo a ninguno de los dos conmigo. Eso me destroza por dentro. El llanto incontrolable me inunda por completo.