Dark Arcangelo Capítulo 4
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Capítulo 4

Con mucho dolor tomo la punta del objeto entre mis dedos temblorosos y comienzo a jalarlo suavemente mientras se me desgarra la piel. Gotas de sangre caen por mi espalda manchando la cama y mis dedos. A medida que voy sacando el objeto de mí, no puedo evitar decir un par de palabrotas por el ardor.

En un par de intentos más logro sacar lo que resulta ser una pluma… ¿una pluma blanca manchada de sangre? ¿Cómo demonios sale una pluma de mí? ¿Por todos los cielos, qué me está sucediendo?

Mi respiración se agita mientras me digo a mí misma que de seguro es otro calambre y ya está, que no debo preocuparme, que debo gritar por ayuda y rogar por alguien que me saque de esta locura cuando, en cuestión de segundos, vuelvo a escuchar un crac antes de desmayarme.

Por mi ventana entra un poco de luz proveniente de las farolas de la calle al recuperar la conciencia. Con mucho esfuerzo logro sentarme en la cama, sorprendida por el simple hecho de que mi cuerpo ha sufrido tanto en tan pocas horas. Tomando fuerzas de quién sabe dónde, me levanto rápidamente de la cama e increíblemente me mantengo en pie unos segundos, pero la gravedad no parece ser mi más fiel amiga porque me empuja hacia abajo, haciéndome caer sonoramente sobre la cama. Un peso inexplicable me ancla como un barco al puerto entre la suavidad de mi lugar de descanso. A tientas toco mi espalda cuando una extraña protuberancia con pelaje suave sobresale de mí. Así que me levanto como un resorte de la cama para encontrarme con el final de unas alas casi tocando mis tobillos. Doy un par de vueltas a mi alrededor, pero eso solo hace que pierda el equilibrio por lo pesadas que son y caigo de espalda encima de ellas.

Resultan desagradablemente sensibles porque al caer me causan un terrible dolor. Me quejo en un susurro y esta vez decido probar algo diferente. Arrastrándome por el suelo como un bebé hasta llegar a mi cómoda y usándola para apoyarme, logro levantarme para mirar fijamente la majestuosidad que tengo en la espalda.

Las alas son tan grandes que sobresalen un poco por mis hombros. Son tan blancas que duele verlas, menos en las puntas. Un color más cian se degrada un poco antes del final, llegando a ser negro en los extremos. El aire se atasca en mis pulmones, siendo irónico que me faltara hace unas horas. Son preciosas, es todo lo que puedo decir y pensar. Son majestuosas, aunque lo más sorprendente es que están pegadas a mí.

Trato de llegar a la cocina sin que estas cosas me estorben. Lamentablemente no lo consigo y tropiezo en las escaleras un par de veces.

Mi madre susurra por lo bajo sosteniendo con ambas manos una taza de lo que parece café. Está enfrascada en la conversación con otra persona ya que cuando llego al umbral de la puerta no nota mi presencia, pero sí noto la de Desten sentado en el otro extremo, también con una taza en sus manos.

—Mamá.

Ella mira en mi dirección, notablemente consternada por mi presencia. Lleva una mano temblorosa a la boca y deja caer estrepitosamente la taza sobre la mesa. Se levanta de su lugar y se acerca a mí con lágrimas en los ojos. Desten hace lo propio, pero no parece preocupado y simplemente se queda de pie.

—Padre de los cielos... —susurra, sosteniéndome de los brazos—. Te ves tan...

—Mamá —la interrumpo, controlando el miedo que se cuela en mí—. ¿Qué está pasando?

Me mira nerviosa, pero no dice nada. En cambio, con delicadeza traza líneas en mi brazo derecho con suma curiosidad. Sin poder evitarlo miro donde ella señala para darme cuenta de que mi marca de nacimiento ya no es solo un par de trazos en mi antebrazo. Esta se extiende por todo mi brazo hasta desaparecer por mi hombro, formando un ala.

Mi sorpresa no se hace esperar cuando reacciono alejándome de mi madre. Ella se ve severamente herida.

—¿Qué demonios está pasando, mamá? —trato de controlar la ansiedad que empieza a carcomerme, pero mi cuerpo no parece entenderlo porque tiemblo incontrolablemente—. ¡Respóndeme!

—Emma...

—¿Qué hace él aquí?

—Él —dice, enfatizando la palabra sin moverse de donde está— viene a asegurarse de que sigas viva.

—¿De qué estás hablando? —lo miro con completo pánico.

Mi mirada confundida pasa de mi madre a él y de vuelta a ella. Busco respuestas en su expresión cuando Desten nos interrumpe.

—Mira... —dice acercándose.

—Des —lo interrumpe mi madre, deteniendo su avance—. Déjame esto a mí.

—¿Des? —mascullo indignada al escuchar lo que parece ser un apodo—. ¿Desde cuándo son tan cercanos? ¿Desde cuándo lo conoces, para empezar?

Mi madre me observa un momento sin saber qué decir, preocupada por mi reacción, así que intenta acercarse y cuando lo hace da dos pasos hacia mí, yo me alejo tres.

—Cariño, quiero explicarte todo, pero déjame acercarme —ruega—, por favor.

—¡Me salen alas de la espalda, mamá! —digo en desesperación—. Solo quiero que comiences a explicarte antes de que me dé un colapso.

—No tienes por qué ser grosera —su postura cambia, se le infla el pecho e intenta mantener la calma, pero sé que no podrá por mucho tiempo—. Acércate para que podamos hablar civilizadamente.

Dudo un momento quedándome de pie en mi lugar. Mi respiración se calma tratando de concentrarme en lo que es realmente importante y eso es no perder los estribos. No quiero acercarme, no quiero nada de esto... solo quiero explicaciones, analizar lo más posible antes de que mi cerebro explote y pellizcarme pensando que todo esto es solo un mal sueño.

Asiento levemente mientras la sigo a la cocina, donde me siento entre ella y Desten.

—No sé por dónde empezar.

—Por el principio es una buena idea —dice Desten con sarcasmo.

—¿Tú crees? —pregunta mi madre inocentemente.

—¡Pero por todos los cielos! —golpeo la mesa con el puño cerrado—. ¡Serían tan amables de hablar de una buena vez!

—Cálmate —me regaña el chico.

—No me digas lo que tengo que hacer —cierro los ojos, tomo un respiro y continúo—. Ni siquiera sé quién eres.

—Sigue sin ser mi problema —se cruza de brazos de la manera más relajada posible—. Cálmate. Tengo órdenes de cuidarte.

—¿Y eso te da derecho a decirme qué hacer? —lo reto.

—Suficiente con ustedes dos —nos mira a ambos—. No sé cómo decirte esto, es algo que solo tu padre sabría explicar mejor que yo.

—Está muerto. ¿Cómo lo haría? —le recuerdo.

—No lo está.

—¿Disculpa?

—¡Desten! —lo riñe mi madre.

—Jane, no hay que retrasar esto.

—Mamá... —le advierto.

Ella toma la taza medio vacía entre las manos. Me sostiene la mirada directamente a los ojos.

—Conocí a tu padre a una edad muy joven. Él se presentó ante mí una noche. Una cosa llevó a la otra y... —me mira con una mezcla de tristeza y melancolía, la misma expresión que adopta siempre que habla de él—. Nos enamoramos, pero estaba prohibido. Un ángel no puede enamorarse de una humana, mucho menos de aquella que tiene a su cuidado. Por nuestro bien tuvo que alejarse y no sabes cómo eso le rompió el corazón —me coloca una mano en la mejilla delicadamente—. Hace unos meses este arcángel se contactó conmigo diciéndome que estarías en peligro apenas tus poderes salieran a la luz y dejaras de ser una humana.

—¿Arcángel? ¿Por eso está aquí?

Desten asiente.

—Sí... él es un arcángel y tu padre un ángel guardián —revela finalmente—. Unos tipos malos te necesitan para algo. Tu padre era más fácil de rastrear, por eso tomamos la decisión de separar nuestra familia —hace un gesto de negación—. Lo siento mucho, mi amor.

Me levanto rápidamente tumbando la silla conmigo. Me alejo hasta que mis alas tocan la fría pared detrás de mí. Llevo mis manos a la cara intentando asimilar todo esto. No puede... no puede ser.

—Emma, mírame —se acerca quitándome las manos del rostro—. Sé que todo esto es muy confuso y lo entiendo, pero tienes que confiar en mí, principalmente en él. Te he mentido todos estos años, pero solo fue por tu seguridad.

Las lágrimas nublan mis ojos y mi voz se rompe cuando le digo:

—¿Cuándo dejamos de decirnos las cosas, madre? —le recrimino de la misma forma en que ella lo ha hecho conmigo.

Sé que algo en ella se parte cuando me mira con los ojos inundados en lágrimas y la cara desencajada por el dolor. No me gusta verla llorar, pero en este momento estoy tan enojada que lo único en lo que pienso es en desaparecer. No quiero esto, no lo pedí. Ella me toma por los hombros estrujándome en un abrazo, escucho sus sollozos mientras sus lágrimas corren sobre mí. Me aprieta lo más que puede contra su pecho, levanto los brazos un poco devolviéndole el abrazo y me suelta para buscar entre sus bolsillos. Saca una carta que no había visto antes.

—Tu padre me dio esto antes de... —se detiene un momento y se seca las lágrimas con el dorso de la mano—. Es para ti —me la entrega con manos temblorosas.

Tomo la carta de aspecto antiguo entre mis manos. Se ve delicada, como si hubiera sido escrita hace mucho tiempo. Tiene una caligrafía elegante, de trazos delicados y cursivos. Una sola cosa está escrita afuera: mi nombre. Abro el sobre y un delicado anillo de plata sale de este. Está compuesto por nueve pequeños diamantes que brillan bajo las tenues luces de la cocina. Luego saco la carta con cuidado. La abro completamente y la leo.

Mi querida niña.

Ya has llegado a esa edad adulta de dieciocho años, bueno, ya no eres una niña después de todo. Si tu madre te ha dado esta carta es porque tu transformación está completa y sé que tendrás demasiadas preguntas, pero lamento informar que no podré responderlas, no ahora y no por aquí. Pero hay una cosa que quiero que sepas y es que jamás he dejado de pensar en ustedes, ni en ti ni en tu madre. Mi amor por ustedes se hace más fuerte con el tiempo.

Mi pequeña Emma, no hay cosa que me haya dolido más en este mundo que haberlas dejado, pero era necesario por la seguridad de ambas.