Dark Arcangelo Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

A medida que le relato lo ocurrido, concentra toda su atención en mí y escucha cada detalle sin interrumpirme. Su expresión permanece imperturbable, tan rígida como una escultura tallada en piedra. Mantiene los brazos cruzados sobre el pecho y el semblante severo. No hace preguntas ni intenta detenerme en ningún momento. Cuando termino, guarda silencio durante unos segundos, absorto en sus pensamientos, antes de volver a tomar asiento junto a mi cama.

—Cuéntame acerca del sueño.

—No creo que sea necesario. Solo fue una pesadilla —le resto importancia con un gesto de la mano.

—Sí lo es —insiste— dime.

—¿Por qué te importa tanto? —contrataco.

Me sostiene la mirada sin decir una sola palabra. Permanece sereno, casi inmóvil. Sin embargo, sus facciones se endurecen todavía más, algo que hasta ese momento habría jurado imposible.

—Supongo que tendré que confiar en ti otra vez —resoplo con desgana.

Él asiente y yo le digo con todo detalle lo que más logro recordar de lo sucedido, él vuelve a asentir cuando acabo y se levanta sin más.

—Bien —confirma con un gesto.

—¿Bien? ¿Solo dirás eso? —digo indignada por su respuesta.

—Sí — responde sin vacilar—. Estarás bien. No salgas de casa.

—Oye no te vayas. Por favor.

Intento detenerlo para que se quede un poco más.

—Tienes que explicarme todo esto. Estoy muy confundida —ruego desde la cama— explícame qué pasa. No entiendo, casi muero yo…

—No sé de qué me hablas —camina hacia la puerta interrumpiéndome— descansa —susurra.

—¡Oye! —le llamo. Él detiene su marcha, pero esta vez se mantiene de espaldas a mí —Gracias, por… todo. Supongo.

—Buenas noches, luce.

Y así como llegó tan silenciosamente, así también se va dejando tras de sí el sonido de la puerta de abajo cerrándose.

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Son las ocho de la mañana cuando me levanto de la cama. Sin embargo, un objeto suave me hace cosquillas en los dedos y al tomarlo me quedo extrañada porque es una pluma… una pluma negra y bastante larga. ¿Qué hace una pluma en mi habitación?, no creo que un animal así de grande haya dejado atrás algo de ese tamaño.

Dejo la pluma a un lado pensando en investigar más tarde. Con mucha facilidad salgo de mi habitación y me dirijo a la cocina donde mamá ya está tomando su habitual taza de café.

—Hola, Ma —le digo desde la puerta de la cocina.

— ¡Cielo! Pero ¿qué haces de pie? Deberías estar en la cama —Se acerca a mí a toda prisa, con la preocupación reflejada en el rostro—. Sube de una vez. Te llevaré el desayuno.

Me toma de los hombros intentando guiarme hacia las escaleras, pero la detengo.

—La verdad me siento mejor —hago una mueca—. No sé cómo ha pasado, pero el tobillo no me molesta en lo absoluto, es como si no hubiera tenido el accidente.

Paso junto a ella y tomo asiento en el comedor. Mamá me observa durante unos segundos, claramente intentando descifrar qué me ocurre. Sin embargo, mi mente sigue atrapada en lo sucedido la noche anterior. No solo por lo del tobillo, sino por todo lo demás. Me llevo una mano a la frente, cierro los ojos y exhalo lentamente mientras repaso cada detalle de aquella noche. Quiero contárselo, pero no encuentro el valor para hablar de ninguno de esos extraños acontecimientos.

—No tuve una buena noche.

—Lo sé.

—Pues qué bueno, porque justo... —me interrumpo y levanto la cabeza de golpe. La miro con evidente desconcierto—. ¿Cómo lo sabes? —pregunto, inquieta.

Parece darse cuenta de que ha cometido un error. La preocupación se desvanece de su rostro y da paso a una expresión de puro sobresalto. Se cubre la boca con ambas manos temblorosas, como si intentara contener las palabras que acaban de escapar.

—Tú amigo —empieza—. El chico alto de cabello negro. Me lo encontré justo cuando salía de casa. Me contó lo que ocurrió. Y antes de que intentes justificarte —dice, levantando el dedo índice para impedir que la interrumpa—, conoces las reglas sobre traer chicos a casa, y más aún a esas horas, jovencita —esta vez agita el dedo en señal de reprimenda—. Pero me explicó que pasaba por el barrio y decidió venir a verte porque venía de una fiesta. Se sintió mal por aparecer tan tarde, así que quiso asegurarse de que estabas bien, aunque fuera a esas horas.

—¿Qué más te dijo? —la interrogo.

—Pues que llamó a la puerta y nadie respondió. También intentó contactarte por teléfono, pero no contestabas, así que se preocupó. Entonces usó la llave de repuesto que tenemos afuera, y luego tendrás que explicarme cómo sabe que existe —me señala con el dedo antes de continuar—. Entró y te encontró tirada en el suelo, medio inconsciente. Te subió a tu habitación —hace una pausa y alza la vista hacia el techo, intentando recordar algo más—. Dice que esperó a que despertaras, te acompañó un rato y después se marchó. Creo que eso es todo.

—Oh, vale.

Hasta ese momento no sabía que tenía los músculos tensos, hasta que me relajo. Mamá no sabe lo que ha pasado. Y me duele mucho no poder contarle estas cosas, pero no sé lo que está sucediendo y no quiero preocuparla más de lo que ya está, así que por ahora mantendré todo esto en secreto e intentaré sacarle la verdad del chico de ojos avellana como pueda.

—¿Vale? —responde— ¿Solo dirás vale? Oh no… conozco ese tono y esto no va a gustarme ¡No me vengas con eso jovencita, tienes mucho que explicarme y lo sabes!

—Pero… —tartamudeo incapaz de formular una oración completa. porque al parecer a mis dieciocho años siendo legalmente una adulta, aun le temo a la ira de mi madre.

—Pero nada —levanta más la voz—¿Cómo te atreves a mentirme acerca de lo que pasa en mi propia casa?

—Yo… —vuelvo a tartamudear— técnicamente no te mentí… susurro insegura— simplemente lo omití.

—Eso no es una excusa Emma —se cruza de brazos.

—No me estoy excusando, simplemente decidí omitir ciertas cosas —digo como si nada.

—¿Desde cuándo comenzaste a mentirme jovencita? ¡soy tu madre! —exclama.

El enojo no se hace esperar porque ella tiene este excelente don de ponerse más roja que el tomate cuando está enojada.

—¡Y NUNCA ESTÁS! —esta vez grito del enojo— jamás. No te diste cuenta de que salí de mi cama o que me había pasado algo en el colegio. Me dejas sola la mayoría del tiempo mamá —la señalo— me quedo seguido en casa de los papás de Saray porque estoy sola y ellos amablemente me invitan para sentir lo que es una familia normal. Porque prefieres tu trabajo sobre mí.

—¡No cambies el tema, me mentiste! —grita— que un chico te traiga a casa y no me lo digas, que además de eso te hayas desmayado en la sala pasada la medianoche cuando el doctor te ha dicho que no debes moverte, ¿cómo crees que eso me hizo sentir? ¡Eres mi vida entera…! —hace una pausa y veo como los ojos se llenan de lágrimas—¿cómo crees que me sentiría si te pasa algo? —solloza— lamento mucho no poder estar contigo todo el tiempo cielo, lo hago por nosotras. Porque no tengo más apoyo, pero tú no me lo pones nada fácil. ¿y si él no hubiera estado cerca? —antes de que pueda replicar algo ella se da la vuelta dándome la espalda apoyándose del fregador— ¿Cuándo dejamos de decirnos las cosas Emma?

—Mamá…

Me acerco por detrás y envuelvo mis brazos en su cintura, abrazándola lo más fuerte que puedo sin llegar a lastimarla. Sé que le duele que no le diga las cosas, pero es mejor mantenerlo así. Luego podré compensarle.

—Lo siento —empiezo— no quería preocuparte. Últimamente estás muy estresada con el trabajo y no quiero inquietarte. No hemos estado juntas mucho tiempo en semanas y no creí necesario contarte esto. Lo siento.

—Discúlpame tú, cielo. Por no estar pendiente de ti —ella deshace el abrazo y se vuelve para mirarme directamente a los ojos con esa mirada compasiva que siempre logra sacar lo mejor de mí—. Sé que te he descuidado mucho últimamente. Trataré de estar más presente, pero, por favor, Emma Seraphina, no me ocultes nada.

—Mamá —suspiro—, no me llames así… no me gusta.

—Cariño — me toma el rostro con manos suaves de la forma más delicada del mundo como solo ella sabe hacerlo — sabes que significa…

—Serafín de los cielos, lo sé —la interrumpo.

Me gusta verla en su pasión. A veces me resulta gracioso verla corriendo de aquí para allá con su agenda en la mano, asegurándose de que ninguna futura novia coincida en fechas o vestidos. Sobre todo, me gusta verla cocinar, en casa. A veces olvido cuanto la extraño cuando no está.

—¿Cómo va el colegio? —me pregunta sacándome de mis pensamientos.

—¿El colegio? Va bien, generando ingresos, supongo —digo con sarcasmo.

—Muy graciosa —ríe para voltear a verme unos segundos antes de volver a concentrarse en la estufa— ¿Cómo van tus notas?

—Bastante bien.

—Muy bien. ¿Por qué no me cuentas de ese amigo tuyo que te trajo a casa?

La curiosidad en su voz no se hace esperar y río por su ceja levantada y su cara de insinuación tan evidente.

—Él es un compañero nuevo en el colegio, llegó hace unos días —digo quitándole importancia— ha sido bueno conmigo, es todo.

Mamá toma dos platos con un par de panqueques en cada uno de ellos y unos perfectos huevos revueltos. Coloca un plato delante de mí para luego servirse uno ella. Sin que tenga que decírmelo dos veces devoro el contenido de este.

La semana pasó literalmente de volada. Me toca ausentarme del colegio lo que resta de la semana. No obstante, eso no significa que no haya estado lleno de sorpresas, por ejemplo, mamá ha llamado al médico para que me revise mi milagroso tobillo y no hace falta que diga que él ha quedado más que sorprendido al ver mi inexplicable mejoría. Ya que, según el médico mi pierna tenía un esguince y tardaría en sanar dentro de tres a seis semanas y definitivamente no estaba preparado para que lo hiciera en dos días así que por consiguiente se ha quedado mudo, ha revisado mi pierna y se ha disculpado por haber hecho un mal diagnóstico.

Después de la visita del doctor que por cierto me dio permiso de volver al colegio el lunes. Saray me hizo una visita contándome todo acerca del chico que según ella se llevó mi ambulancia. No puedo evitar reír por su comentario y así nos enfrascamos en un parloteo tras otro.

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