Dark Arcangelo Capítulo 3
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Capítulo 3

Mis sentidos emergen poco a poco del profundo sueño en el que estaba sumida. El primero en despertar es el oído. No escucho nada. Ni el zumbido de un aparato eléctrico ni el más mínimo ruido de fondo. Después abro los ojos. La oscuridad me envuelve por completo. No hay destellos, luces o sombras. Nada.

Muevo la cabeza de un lado a otro, tratando de comprender qué ocurre. Entonces intento incorporarme y descubro que mis muñecas están atadas a la cama. Tiro de las cuerdas, pero no ceden. Pruebo con los pies y descubro que también están inmovilizados.

Estoy extendida sobre el colchón como una grotesca versión del Hombre de Vitruvio. Forcejeo otra vez. Para mi sorpresa, las cuerdas comienzan a aflojarse hasta que consigo liberarme de un tirón. Apenas me incorporo, una luz cegadora aparece sobre mí. Es tan intensa que anula por completo mi visión. Desorientada, bajo de la cama y apoyo los pies sobre el suelo helado. Busco desesperadamente una salida. Una puerta. Una ventana. Cualquier cosa. Nada.

Corro hacia una de las paredes con la absurda idea de atravesarla, pero solo consigo caer al suelo y rasparme los muslos. Abro la boca para pedir ayuda. Ningún sonido sale de ella. Lo intento otra vez. Nada. Es como si me hubieran arrancado la voz.

Un viento gélido se filtra hasta mis huesos y convierte la habitación en un congelador. Regreso a tientas hacia la cama con la intención de encontrar algo con qué cubrirme. Entonces un gruñido resuena en la distancia. Los vellos de mi nuca se erizan. Busco el origen del sonido mientras una nube de vaho escapa de mis labios. El miedo se instala definitivamente en mi pecho. Entonces la oscuridad vuelve a tragárselo todo. Palpo los bordes de la cama para incorporarme, pero algo rodea mi muñeca izquierda y la inmoviliza. Giro la cabeza en todas direcciones intentando descubrir qué me sostiene. La oscuridad es absoluta.

Mi respiración se acelera. También mi corazón. Con la mano libre intento arrancar aquello que me mantiene atrapada, pero otra fuerza sujeta mi brazo derecho. Luego mis piernas y después ya no puedo moverme. Las muñecas empiezan a arder por el esfuerzo. Intento liberarme una y otra vez, pero resulta inútil. Agotada, termino recostándome. Quizás si recupero fuerzas pueda volver a intentarlo. Un hormigueo comienza en las plantas de mis pies. Asciende por mis piernas. Se extiende por mi torso. Por mis brazos. Por mi cuello.

Al principio parece una molestia soportable. Después se transforma en dolor.

Un dolor insoportable. Vuelvo a tirar de mis ataduras con desesperación. La sensación sigue creciendo hasta convertirse en algo indescriptible. Todo mi cuerpo parece arder desde dentro. No es fuego. Es peor.

Como una fiebre imposible de extinguir. El sudor empapa mi piel. La habitación se vuelve sofocante. Me retuerzo sobre el colchón mientras las cuerdas desgarran mi carne. Cada movimiento empeora el dolor, pero quedarme quieta resulta todavía más insoportable.

Sigo luchando.

Sigo tirando.

Sigo intentando escapar.

Hasta que las fuerzas comienzan a abandonarme. La visión se vuelve borrosa. Las sombras se deforman y entonces los veo. Dos ojos rojos observándome desde la distancia.

Inmóviles.

Pacientes.

Como si me estuvieran estudiando. Mis párpados pesan demasiado.

Finalmente se cierran.

Me incorporo de golpe. El aire entra y sale de mis pulmones a toda velocidad. El sudor recorre mi frente, mi cuello y mis brazos. Tengo las manos húmedas. Todo mi cuerpo está empapado. Me llevo una mano al pecho mientras intento controlar los latidos frenéticos de mi corazón. Parpadeo varias veces.

Las farolas iluminan la calle con su característico resplandor amarillo y escucho vehículos a lo lejos. La habitación se ve como siempre, normal. Recorro el cuarto con la mirada intentando encontrar una explicación para lo ocurrido y nada parece fuera de lugar. Solo puedo asumir que se trató de una pesadilla. Una aterradoramente real que jamás había experimentado antes.

Tomo varias respiraciones profundas hasta recuperar la calma. Después estiro el brazo para alcanzar el teléfono. Son las doce y media de la noche es demasiado tarde para seguir despierta.

Aparto las sábanas y me siento en el borde de la cama. Sé que intentar caminar no es precisamente una idea brillante, pero después de haber sudado tanto daría cualquier cosa por un vaso de agua fría. Además... El tobillo ya no se siente tan mal. La hinchazón parece haber disminuido y el dolor se ha reducido a una simple molestia. Con cautela me pongo de pie apoyándome en el colchón. Pruebo mi peso sobre la pierna lesionada.

Espero una punzada o algo por el estilo, pero no llega. Doy un paso. Luego otro y otro más. Lentamente avanzo hasta la puerta de la habitación. El trayecto me toma varios minutos, pero lo consigo. Entonces aparece un nuevo problema.

Las escaleras.

Me aferro al barandal mientras observo la distancia que me separa de la planta baja. Desde aquí parece mucho más larga de lo que realmente es. Con el teléfono en una mano, por si necesito llamar a emergencias, bajo el primer escalón. Cargo la mayor parte de mi peso sobre el barandal. El pie responde y no duele.

Cuando finalmente llego a la cocina, el reloj marca la una y cinco de la madrugada. Voy directamente al refrigerador. Allí encuentro una nota escrita con la letra de mamá y la tomo entre mis manos.

Se disculpa por haber tenido que salir y promete que mañana, después del trabajo, pasará la tarde conmigo.

—Genial.

Tomo una botella de agua del refrigerador y, justo cuando estoy a punto de darle un sorbo, un extraño bullicio llama mi atención. Dejo la botella sobre la encimera y, confundida, camino hacia la sala de estar en busca del origen del sonido. Parece provenir de todas partes al mismo tiempo. Es como si estuviera atrapada en medio de un estadio repleto de personas gritando, con cientos de voces resonando directamente dentro de mi cabeza.

El ruido aumenta con cada segundo que pasa. La desesperación comienza a instalarse en mi pecho y me dirijo hacia la puerta principal con la esperanza de alejarme de aquella cacofonía insoportable. A paso lento y torpe, avanzo apoyándome en los muebles mientras las voces continúan martillándome la cabeza. Entonces una punzada de dolor me obliga a detenerme. Me apoyo contra la pared y cierro los ojos durante unos segundos, intentando soportar el intenso dolor de cabeza que amenaza con partirme el cráneo. Respiro profundamente varias veces y me obligo a seguir avanzando, pero, de repente, el ruido desaparece. Toda la casa queda sumida en un silencio absoluto.

—¿Qué demonios…?

Sin previo aviso, mi respiración se corta como si alguien me hubiera arrancado el aire de los pulmones. Me llevo una mano al cuello en un intento desesperado por inhalar, pero no entra nada. Mis pulmones claman por oxígeno mientras mi cuerpo se sacude con violentas arcadas que me hacen comprender una aterradora realidad: me estoy ahogando.

Caigo de rodillas sobre el suelo y el bullicio regresa. Esta vez es peor. Más intenso. Más agresivo. Las voces chocan unas contra otras dentro de mi cabeza hasta dejarme completamente paralizada. Intento resistir, pero apenas puedo moverme. Reuniendo las pocas fuerzas que me quedan, me arrastro por el piso buscando cualquier cosa que pueda ayudarme, aunque en el fondo sé que es inútil.

La visión comienza a oscurecerse por los bordes. Cada segundo que pasa me resulta más difícil mantener los ojos abiertos. Entonces siento algo cálido deslizarse por mis oídos. Alzo una mano temblorosa y descubro un líquido espeso cubriendo mis dedos.

El pánico termina de apoderarse de mí.

Sé que estoy muriendo.

Las lágrimas comienzan a correr por mis mejillas sin que pueda detenerlas. Mi cuerpo se vuelve cada vez más pesado, la oscuridad avanza y, justo antes de perder el conocimiento por completo, solo un pensamiento ocupa mi mente.

—Desten.

Un profundo dolor de cabeza me despierta. masajeándome la sien logro incorporarme en una superficie suave y cómoda. Miro a mi alrededor dándome cuenta de que estoy en mi habitación, ¿Cómo estoy en mi…?

—¡Mierda! —grito asustada—¿Qué demonios…? ¿Qué demonios haces aquí? ¿cómo has entrado a mi casa?

—¿Cómo te sientes? —la preocupación cruza fugazmente su rostro cuando intenta tocarme

—No voy a repetírtelo, ¿Qué demonios haces aquí y ¿Cómo has entrado? —digo alejándolo de un manotazo.

—Estaba por el vecindario. Necesitaba saber cómo estabas. Entre y te encontré en el suelo. Ahora que he respondido tus preguntas, déjame examinarte.

—Eso no contesta mis preguntas, es de madrugada y has allanado mi casa y… ¿te estás riendo de mí?

—No, no suelo reír.

—Eso ha sonado inquietantemente dramático, ¡Auch!, ¿qué estás haciendo? —me quejo.

Desten parece muy concentrado en su tarea porque me ignora completamente y sigue inspeccionando mi tobillo que se curo mágicamente. Raro, demasiado raro.

—El tobillo se ve mejor.

—Se siente mejor —confirmo.

—¿Qué otra cosa te duele?

—La cabeza me estaba matando hace un momento, pero ya no. Mágicamente.

—Bien.

Me quedo sin palabras. Desten se pone de pie y abandona la silla junto a mi cama. Su imponente estatura hace que parezca completamente fuera de lugar en mi diminuta habitación, una imagen casi absurda si no fuera porque él se toma todo tan en serio.

Recorre el cuarto con atención, examinando las esquinas, el suelo, el techo y cada rincón a su alcance. Finalmente se detiene junto a la ventana. Se apoya en el marco y cruza los brazos mientras me dirige una mirada más severa de lo habitual.

—Cuéntame qué sucedió detalladamente.

—¿En serio crees que debo confiar en ti? —me cruzo de brazos.

—No.

—Pero aun así quieres que te diga lo que pasó, ¿cierto? —digo alzando una ceja.

—Sí.

Me mira impasible desde la distancia esperando por mi historia. Con mucho esfuerzo recabo en mis recuerdos de las pasadas horas.

—Muy bien —digo, algo nerviosa al recordar lo ocurrido—. Todo empezó cuando bajé a buscar un poco de agua...