Capítulo 2 #4
Su mirada se vuelve siniestra haciendo que su cercanía me deja paralizada, tanto que no me doy cuenta qué estoy conteniendo el aliento hasta que el vuelve a su posición inicial y yo puedo articular, aunque sea un par de palabras.
—No es necesario. Mamá vendrá en cualquier momento —trago en seco, reuniendo valor de algún rincón de mi ser— eres muy amable, pero es mejor que me dejes por mi cuenta —sostengo su mirada.
Al principio parece confundido, pero un instante después se pone de pie. Inspecciona mi habitación durante unos segundos y, sin decir una sola palabra, cierra la puerta de un portazo. Instantes después escucho cómo hace lo mismo con la puerta principal. Segundos más tarde, el rechinar de las llantas sobre el asfalto rompe el silencio. Se ha ido.
—¿Qué demonios acaba de suceder…? —murmuro para mí misma.
Con mucho cuidado intento sacarme la mayor cantidad de ropa posible para estar más cómoda y me meto debajo de las sábanas. Recapacitando por un minuto, no puedo ni siquiera explicar lo que acaba de suceder. Él me trató horrible la primera vez que nos vimos y ahora me ha llevado a casa y ha sido gentil…, bueno si a eso se le puede llamar gentil, porque sus palabras eran como cuchillos en los oídos de lo grosero que ha sido teniendo en cuenta que casi no ha hablado, pero sus actos fueron más gentiles, más… protectores ¿Será esa su forma de redimirse por su comportamiento?, si claro. Dudo que alguien como él sepa que es disculparse.
Considero llamar a mamá, pero no quiero preocuparla. De todas formas, ni siquiera tengo el teléfono a mano.
—Porque está en mi bolsa —musito para mis adentros antes de soltar un suspiro—. Será mejor que intente dormir. El tobillo no deja de palpitar y cada vez me resulta más difícil moverlo, así que es lo único que puedo hacer.
Morfeo me atrapa en su red apenas acomodo la cabeza en la almohada desconectando del mundo terrenal.
—¿Cielo?
Alguien me sacude a mi lado a lo que mis ojos intentan adaptarse a lo que parece una tenue luz.
—¿Mamá?
—Sí, soy yo. He traído al doctor para que te vende en casa, ¿Cómo te sientes? —Su mirada se torna preocupada al inspeccionarme rápidamente.
—¿Cómo…? —La miro extrañada y ella parece leer mi rostro porque suaviza su expresión mientras me responde.
—Un compañero tuyo me ha llamado. Me dijo que te torciste el tobillo en gimnasia. La escuela también se puso en contacto conmigo para preguntarme si habías llegado bien a casa, pero me pareció extraño. Si ellos te trajeron, ¿por qué iban a preguntar eso?
—Mamá… —Comienzo a incorporarme mientras busco una explicación que resulte mínimamente creíble.
—Después hablaremos de eso, doctor —mamá se levanta de la cama y le da paso al doctor para que este se encargue.
Desde la distancia mi progenitora observa todo lo que hace el doctor. Este me mueve el pie con mucho cuidado y tras un par de movimientos e inspecciones más le da la noticia a mi mamá, que ya yo sé, es un esguince y debe vendarlo, tengo que permanecer en reposo por unos días sin mover mucho el tobillo.
Para cuando el doctor se marcha, mamá ya me ha sometido a un interrogatorio digno de una profesional. Le cuento lo sucedido lo mejor que puedo, aunque omito por completo el hecho de que me quedé sola con un chico en casa.
Al mirar el reloj de mi mesita de noche, que marca las ocho y veinte de la noche, me doy cuenta de que he dormido más de lo esperado para alguien que solo tiene un esguince. Ahora que lo pienso, hay algo extraño. El tobillo ya no palpita ni duele como antes. De hecho, incluso con la escasa luz que entra por la ventana, parece mucho menos hinchado. Aun así, eso no cambia el hecho de que la recuperación debería tomar entre cuatro y seis semanas.
No puedo perder clases. No cuando los exámenes finales están tan cerca.
De repente, el sonido de mi teléfono rompe el silencio y casi salto del susto. Mi corazón se acelera al instante y me llevo una mano al pecho. Se supone que el teléfono quedó dentro de mi bolsa, y mi bolsa está en el colegio.
Frunciendo el ceño, examino ambos lados de la cama. Entonces la veo. Mi bolsa descansa en el suelo, junto al lado izquierdo. Con cuidado de no mover demasiado la pierna, me inclino para alcanzarla y saco el teléfono. Al revisar las notificaciones encuentro un mensaje de Saray y, para mi sorpresa, otro de Christian.
Así que escojo leer el de Saray de primero:
Vaya, entonces él trajo mis cosas. ¿Volvió al colegio solo para recoger mi bolsa? Aunque, ahora que lo pienso, todavía tenía clases, ¿no?
De todas formas, hay algo que me intriga más. ¿Cómo entró? ¿Habrá usado la llave que le mostré y me habrá visto dormida? La sola idea resulta inquietante porque tengo la certeza de que duermo de forma espantosa. Maldición. Espero estar imaginando cosas y que nada de eso haya ocurrido.
Al terminar con el mensaje de mi amiga abro con poca emoción el de Christian:
—Sí, claro—me burlo.
Le envío un mensaje rápido a Saray explicándole más o menos la situación y pidiéndole que venga a verme cuando esté libre. En cuanto a Christian una respuesta corta agradeciéndole su cortesía y obviando su intento de ligar. Otra vez.
Dejo el teléfono sobre la mesita y apago la lámpara de noche. Tomo las mantas y me recuesto mirando al techo pensando en cuán largo ha sido este día. Tengo muchas preguntas. Sobre todo, porque siento que algo se me escapa, sé que las cosas van a cambiar y también sé o estoy casi segura de quién será el causante.
—Desten —susurro.