Dark Arcangelo Capítulo 2 #3
8%

Capítulo 2 #3

Vuelve a hacer un intento de acercarse a mí. Esta vez lo logra.

—¿Por qué hace esto? —presiono para que me responda

Él parece concentrado en lo que hace e ignora completamente mi pregunta. Sigue examinando mi pie moviendo este de un lado a otro para ver, supongo yo, que no haya ningún hueso roto.

—Te he hecho una pregunta —vuelvo a presionar.

—No tengo nada que decirte —responde mirándome por una fracción de segundos y vuelve a centrar su atención en mi tobillo ahora hinchado.

—¿Cómo no? —susurro, enojada, mientras retiro el pie de un tirón—. Maldición —murmuro.

Mala idea. El dolor me atraviesa el tobillo al instante. Él parece notarlo porque vuelve a sujetarlo, ignorando por completo mi protesta. Me inclino un poco hacia delante, decidida a seguir interrogándolo.

—De repente te acercas como si te conociera. Ah y también pareces detestarme —digo echando un vistazo a mi alrededor— estamos llamando la atención de los demás.

—Creo que eso ya es una costumbre tuya.

—No es gracioso.

—No estoy tratando de serlo —suelta mi tobillo y permanece de cuclillas a mi lado—. No está rota, pero sí tienes un esguince. No deberías hacer movimientos bruscos, como levantarte por ejemplo o vas a empeorarlo —me obliga a volver a sentarme.

—¡Oye! —protesto— ¿cómo lo sabes?

—¿Estás bien, Dagger? —dice la profesora agitada.

No la vi acercarse hasta que se posicionó prácticamente encima de mí con su olor a sudor y perfume barato.

—Sí, profesora —le respondo intentando disimular mi desagrado— no se preocupe, creo que un paseo a la enfermería no me haría mal —intento resistir el dolor, pero una mueca traiciona mi esfuerzo

—Tiene un esguince. No servirá de nada estar simplemente en la enfermería. Debe ir a casa.

—Concuerdo contigo, Zadeh —hace un gesto afirmativo— muy bien llamaré a la ambulancia del colegio.

—Acaba de verla irse —añade Saray con la respiración entrecortada— Un estudiante acaba de desmayarse y la ambulancia se ha ido —habla entrecortadamente— lo siento.

—Puedo llevarla a casa en mi auto, si usted firma la autorización —esta vez todas las miradas pasan de mí a él, la profesora frunce el ceño mientras niega con la cabeza.

—No lo creo, llamaré a su madre…

—No hace falta llamar a su madre por un simple esguince —interrumpe Desten.

—¡Profesora Romano! —grita otra profesora desde la puerta— ¡El director precisa de su asistencia en el hospital!

La profesora parece tener un duelo interno, entre dejarnos ir o dejarme aquí, pero sin esperarlo se acerca a Desten y le susurra algo antes de ir hacia la puerta donde la otra docente la espera.

—¡La clase ha acabado! —grita— ¡Vuelvan a los vestidores!

Todos parecen desconcertados. Intercambian miradas cargadas de confusión, pero la profesora no les da tiempo para cuestionar nada más. Tras reiterar sus instrucciones, se marcha y el grupo termina dispersándose.

—¿Estás bien? —los ojos de Saray van de mi pierna a mi rostro y viceversa— siento que he sido una mala amiga en estos días. Déjame ayudarte.

—Yo la llevo. —Mi mejor amiga se voltea para ver a Desten de pie detrás de ella con los brazos cruzados.

—¿Seguro? —pregunta Sara, poco convencida.

—Sí —asegura Desten.

—Muy bien… Gracias, supongo —contesto.

Me mira en busca de aprobación a lo que yo asiento.

Justo cuando Desten está a punto de acercarse a mí, el otro chico nuevo se interpone en su camino. Intercambian unas palabras en voz baja y enseguida parecen enfrascados en una discusión. Saray también se percata de ello porque se inclina rápidamente hacia mí y me susurra al oído.

—¿Qué está pasando? ¿Seguro que estás bien? ¿Estás segura de esto? —la preocupación es evidente en su rostro, especialmente en sus ojos. Me toma de la mano para recordarme que puedo contar con ella. Yo le devuelvo el gesto y le dedico una sonrisa— ¿Quieres que vaya…?

—Oye, oye, vamos tranquila —la interrumpo esbozando una sonrisa— No sé qué está pasando. Sí, estoy bien… creo. Y no, tampoco estoy segura de esto, pero quiero saber por qué actúa tan raro de repente.

—Tenemos que irnos —anuncia sin más.

Saray me mira una vez más antes de asentir con la cabeza. Él se pone de pie y se coloca al lado del chico nuevo que mira con cara de pocos amigos a mi salvador

—Mírame —susurra.

Yo hago lo que dice y no puedo evitar fijarme en los matices amarillos y verdes de sus ojos. Junto con su cabello castaño oscuro y su tez blanca. Muy diferente a su amigo.

—Te pondré las manos en las piernas y en la espalda, rodea tus brazos en mi cuello, a la cuenta de tres… uno, dos —y como si yo fuera una pluma me levanta con facilidad—¿Estás bien?

Logro asentir y él hace lo mismo.

Se acerca al chico de cara de póquer y ambos comparten una mirada antes de que Desten me lleve lejos del salón. Salimos al corredor del colegio y este parece estar desierto, supongo que la siguiente clase acaba de empezar.

Mi salvador parece notarlo también porque mira hacia ambos lados del pasillo y frunce el ceño, aunque no detiene el paso.

Yo en cambio no puedo dejar de notar el olor embriagante que invade mis fosas nasales. Sudor mezclado con un perfume exquisito que no logro identificar. Por primera vez en mi vida esa mezcla de olores me resulta fascinante.

Con poco esfuerzo empuja las pesadas puertas de la salida con los hombros. Camina hacia el estacionamiento encontrándose con algunos autos. Llegamos a detenernos al lado de una camioneta plateada que parece bastante costosa debo decir, el nombre Audi E-tron resalta en el maletero en color plata. Desten me deja en el suelo cuidadosamente mientras hurga en sus bolsillos para sacar las llaves. Abre la puerta del copiloto y vuelve a tomarme en brazos para meterme dentro del coche. Cierra la puerta con fuerza y rodea el auto para subirse del otro lado.

Enciende el motor del costoso auto mientras me susurra que me ponga el cinturón de seguridad. También me pide que le dé la dirección de mi casa y nos ponemos en marcha.

La tensión se siente en el aire, la cual se puede cortar con un cuchillo de plástico. Estar en esta situación con él es muy confuso y quiero preguntarle tantas cosas, pero no sé si sería apropiado. No quiero quedar en ridículo. ¿Sabes qué, qué demonios? ¿Por qué no hacerlo? no tengo nada que perder.

—¿Por qué haces esto?

—Supuse que no te estarías callada mucho tiempo.

—¿Puedes responderme, por favor? —la frustración se cuela en mi voz.

Desvía la atención del camino apenas un segundo para mirarme

—¿Por qué he de hacerlo? —vuelve la vista hacia adelante.

—¿Estás de broma, cierto?

—Digamos que soy un buen samaritano.

—¿Tu? Sí, claro —bufo negando con la cabeza.

—¿No me crees? —hace una pausa y exhala con pesadez.

—Estás desviando el tema…

—No, estoy intentando ser paciente contigo, pero me lo estás poniendo muy difícil —murmura enojado.

—Si fueras más claro, quizá te lo pondría más fácil, pero ya que no cooperas, ¿por qué debería hacerlo yo?

Aprieta el volante con tanta fuerza que los nudillos se le vuelven blancos. Su mandíbula se endurece, pero no dice una sola palabra. Continúa conduciendo con la mirada clavada en la carretera y el gesto endurecido.

—Ahora me ignoras —murmuro más para mí misma que para él.

No tardamos mucho en llegar a mi casa. Desten se baja del auto y, sin dirigirme una sola mirada, abre la puerta del copiloto con más fuerza de la necesaria. Antes de que pueda protestar, me toma en brazos y avanza hasta detenerse frente a la entrada. Por la expresión de su rostro sé que está pensando exactamente lo mismo que yo. Ambos observamos la cerradura en silencio. Entonces levanta la vista y nuestros ojos se encuentran por primera vez desde aquella fugaz mirada glacial que me dedicó en el auto.

—Hemos dejado tu bolsa en el colegio. ¿Tienes alguna otra forma de entrar?

Le explico que soy demasiado olvidadiza, por lo que, tenemos una llave de emergencia en el tapete que está debajo de nosotros. Con mucho cuidado me deja en el suelo asegurándose de que pueda sostenerme de algún objeto sólido, para después sacar la llave de debajo del tapete manchado.

La casa está en completo silencio cuando entramos por la puerta. Desde aquí empiezo a sentirme incómoda porque como toda una virgen que se respeta, jamás he traído a un chico a casa y mucho menos cuando mi madre no está, pero como siempre se me ocurren buenas ideas, decido mentalmente no contarle nada de lo sucedido hoy por mi salud física y mental.

—¿Habitación? —dice inspeccionando la casa.

—Subiendo las escaleras, puerta blanca al fondo.

Confirma con un gesto. Este chico empieza a sacarme de quicio. Si tanto le molesta todo esto, ¿por qué tomarse la molestia? Estoy agradecida por el aventón, pero podría haberme dejado frente a mi casa y yo habría encontrado alguna forma de entrar, ¿no? Aunque, siendo sincera, probablemente no habría llegado muy lejos. Apenas podía mantenerme en pie. Lo más seguro es que hubiera terminado estampándome contra el pavimento. Además, habría tenido una historia interesante que contar: cómo conseguí lesionarme dos veces el mismo día. Primero el tobillo por despistada y después la nariz por idiota.

Con mucha facilidad abre la puerta de mi habitación dejándome delicadamente sobre la cama. Se asegura de manera rigurosa de poner mi tobillo sobre una almohada y verificar que yo esté lo suficientemente cómoda para después tomar la silla que acompaña mi pequeño escritorio. La coloca a un lado de mi cama. ¿Pero qué está haciendo?

—Muchas gracias por traerme. Ya desde aquí puedo arreglármelas sola, así que... —me aclaro la garganta— gracias por todo.

—No voy a irme si es lo que piensas.

—¿Por qué…? ¿Por qué no? —pregunto, incapaz de ocultar mi sorpresa— debes estar cansado y…

—Vamos a dejar algo claro —me sonríe de forma macabra, sin que la sonrisa le llegue a los ojos. No parece una sonrisa, sino una advertencia— vamos a esperar a que llegue tu madre y entonces me iré.

Sin esperarlo se pone de pie apoyando una rodilla en la cama para luego colocar sus brazos a cada lado de mí cabeza.

—¿Ha quedado claro? —masculla.