Capítulo 2 #2
La profesora comienza la inspección al inicio de la fila, examinando a cada estudiante de pies a cabeza. Se la escucha repetir órdenes como: “Bájate eso”, “Súbete las medias”, “Acomódate la camisa”, “Si no traes el uniforme, ni te molestes en entrar” o “Colócate bien los pantalones”. Finalmente llega hasta mí y apenas me dedica una mirada antes de seguir avanzando. Por un instante creo haber pasado desapercibida y aprovecho para exhalar el aire que llevaba reteniendo en los pulmones.
Sin embargo, justo cuando estoy a punto de cantar victoria, se detiene frente al último estudiante. Entonces se vuelve lentamente y clava la vista en mí. Revisa mi uniforme una segunda vez con detenimiento. Bajo la mirada de inmediato y fijo los ojos en el suelo, como si eso pudiera volverme invisible. Aun así, por el rabillo del ojo la veo regresar. Sus pasos resuenan cada vez más cerca hasta detenerse justo delante de mí. En ese momento, lo único que alcanzo a ver son sus zapatillas deportivas
—Jovencita, levante la cabeza por favor.
—¿Sí? —respondo mirando a todos lados menos a ella.
—Ese no es el uniforme correcto —dice cruzándose de brazos.
—Sí, lo sé, pero yo tengo un permiso, se lo juro, puede preguntarle a...
—¿Dónde está? —me interrumpe.
—¿Disculpe? —pregunto confundida.
—El permiso, ¿Dónde está?
—No… —niego con la cabeza—. No lo tengo conmigo. Fue más bien un acuerdo verbal
—Entonces tendrás que cambiarte o salir de la clase.
—Pero…
—Nada de peros, se cambia o se retira —alza una de sus cejas— ¿señorita…?
—Emma Dagger —le respondo en voz baja.
—Muy bien, usted decide.
—Yo… —Miro a mi alrededor observando que la atención de todos está puesta en mí.
De lejos diviso la sonrisa triunfal de Emily, la cara preocupada de Christian y el ceño fruncido de Desten… ¿Desten? olvidé que estaba en esta clase.
—¡Dagger! —grita exasperada.
—Por favor —digo acercándome a la profesora— deme una oportunidad, se lo ruego, solo por esta vez… ¿Por favor?
—No hay excepciones. Lo siento, y tendrás que decidirte ya porque la clase va a empezar.
—No tengo camiseta —digo intentando dar lástima.
La profesora no cede.
—Yo tengo una —dice mi mejor amiga de repente— te quedará un poco grande, pero al menos es algo.
Saray me mira apenada mientras me extiende la camiseta. Le dedico una media sonrisa para tranquilizarla. Sé que quiere ayudarme, pero no puede hacer nada contra la decisión de la profesora.
—Bien —la profesora afirma para entonces dirigirse a la clase— ¡BUENO, JÓVENES, COMENCEMOS!
Al escuchar el llamado, todos se reúnen en el centro de la cancha para escuchar las instrucciones de la profesora.
Saray me da un suave empujón con el hombro antes de unirse al resto del grupo. Exhalo profundamente e intento controlar el torbellino de emociones que amenaza con desbordarse mientras me dirijo a los vestidores de chicas.
Cuando llego, me detengo frente al enorme espejo que ocupa una de las paredes y observo mi reflejo. Patética.
—Muy bien, vamos a tomar al toro por los cuernos. Esta maldita cosa me avergüenza, pero no dejaré que Emily gane. Estoy cansada de todo este estúpido drama —me repito en un intento por reunir algo de coraje.
No puedo, no puedo, no puedo hacer esto.
Me golpeó la cabeza contra la puerta de uno de los baños pensando en que puedo hacer para evitar esta situación.
Quizás pueda desmayarme y así evitar todo esto, sí, eso haré
Apoyo la frente contra la puerta de uno de los cubículos mientras intento desesperadamente encontrar una forma de evitar esta situación.
Quizá podría desmayarme.
Sí.
Sería una excelente opción.
Vuelvo a mirar mi reflejo. Tengo una marca roja en la frente por el golpe y una expresión que grita "quiero salir corriendo". Con las manos temblorosas me quito la camiseta y me pongo la que me prestó Saray. Luego me paso las manos por el rostro y tomo una profunda bocanada de aire, preparándome para lo inevitable. Me aferro al lavamanos unos segundos, reúno el valor que me queda y finalmente salgo de los vestidores.
Al principio nadie parece darse cuenta. Ni siquiera me prestan atención, lo cual considero una buena señal. A lo lejos veo a Saray trotando alrededor de la cancha. Como si compartiéramos algún tipo de conexión invisible, gira la cabeza en mi dirección y nuestras miradas se encuentran. Sus ojos se abren de golpe al percatarse de que mi brazo está completamente expuesto.
Durante un instante reduce el paso, claramente impactada. Sin embargo, la sorpresa desaparece casi tan rápido como llegó y es reemplazada por preocupación. Le dedico una sonrisa incómoda y niego con la cabeza para impedir que se acerque. Ya había comenzado a desviarse hacia mí. Saray comprende el mensaje de inmediato y retoma su trayectoria para no llamar la atención.
—¡Dagger! —doy un respingo poniéndome la mano en el pecho—. ¡Únete a la clase! —vuelve a gritar sin ni siquiera mirarme.
Eso me relaja de una manera exponencial porque significa que no ha notado nada hasta el momento, por lo que los demás tampoco lo han hecho, o eso quiero creer.
—¿Qué rayos tienes en el brazo? —dice Emily mientras camina hacia mí—. ¿Eso es un tatuaje? —enfatiza la última palabra y me aferra del brazo con fuerza.
Muy temprano para cantar victoria. Todo el grupo centra su atención en las palabras de Emily. Poco a poco, los estudiantes reducen el paso hasta terminar rodeándonos, incluida la profesora. Como si el tiempo se hubiera ralentizado, observo cómo sus expresiones pasan de la confusión a la sorpresa y, finalmente, a los inevitables murmullos. A mi lado, siento la mano de Saray cerrarse suavemente alrededor de mi codo. No necesito mirarla para saber que está conmigo. La profesora se abre paso entre los estudiantes hasta llegar al centro de la humillante escena.
—Con que un permiso, ¿Eh? —dice casi a gritos, con las manos apoyadas en las caderas.
—No es lo que usted piensa, en serio, si me deja explicar —le ruego.
—Tú ¿cuál es tu nombre? —dice señalando agresivamente a la soplona.
Esta vez todos los presentes miran a Emily con atención. Esta parece perder la compostura por un momento confundida por el tono que la profesora ha usado en ella, pero como un relámpago vuelve a reforzar sus expresiones y con cara burlona la mira detenidamente a los ojos y le dice su nombre de la forma más baja posible.
—Bien, señorita, será mejor que la sueltes. Ya has hecho suficiente.
Ambas bajamos la vista hacia el lugar donde Emily me tiene clavadas las uñas. Sin embargo, antes de que pueda hacer algo más, me suelta de forma brusca. Retrocedo varios pasos, ansiosa por poner la mayor distancia posible entre nosotras. Intento explicarme una vez más, pero la profesora me interrumpe antes de que pueda pronunciar una sola palabra.
—No necesito explicaciones —me interrumpe— quiero que pase por la oficina del director jovencita.
—Pero...
—Sin peros, vamos —señala la salida.
—¿Qué está sucediendo aquí? —todos volteamos a ver aquel que hace esa pregunta entrando por la puerta doble del gimnasio.
—Director Torres, ¿A qué se debe su visita? —Pregunta extrañada la Profesora.
—Bueno, quería verificar cómo le iba en su primer día, pero veo que ha sucedido algo.
—Sí, la joven Dagger aquí presente dijo que tenía un permiso especial de usted para tener una modificación en su uniforme de educación física, pero por lo que veo es para ocultar algo más —la profesora me agarra de la muñeca y se la enseña al director, este se cruza de brazos y me mira antes de mirar a todos los presentes.
—La joven Emma tiene una muy peculiar marca de nacimiento en el brazo y tengo evidencias de que no es algo que se haya hecho ella, así que, sí profesora —dice mirando a ésta directamente— la señorita aquí tiene mi total permiso para el cambio de vestuario y en cuanto a ustedes —añade mirando a mis compañeros— no quiero ninguna mención de esto para alguna de sus burlas o chismes, ¿de acuerdo?
—Si —contestan algunos en voz baja.
Logro deslizar mi muñeca sostenida en las manos de la profesora y doy unos pasos atrás para alejarme del reflector puesto en mí. El director intercambia unas palabras más con la señorita Romano y se retira. La antes mencionada grita órdenes de nuevo, para nuestro pesar eso involucra veinte vueltas más.
Mientras corro alrededor del gimnasio, mi mente no deja de dar vueltas a lo ocurrido. Intento concentrarme en mantener el ritmo junto a mis compañeros, pero mis pensamientos regresan una y otra vez a Emily y a su absurda fijación conmigo.
No lo entiendo.
Si lo de la cafetería no hubiera pasado, probablemente habría seguido siendo invisible para todos. Sin embargo, desde que Christian decidió interesarse en mí, ella no ha dejado de mirarme con una mezcla de desprecio y odio.
Sacudo la cabeza. Todo esto terminará cuando llegue la graduación. Me iré a la universidad y, con suerte, no volveré a ver a ninguna de estas personas.
Me seco el sudor de la frente mientras continúo trotando. Los músculos me arden y el cansancio comienza a instalarse en cada parte de mi cuerpo. Cada respiración cuesta más que la anterior. Cuando miro el reloj de mi muñeca, descubro que queda poco para que termine la clase. Puedo soportarlo un poco más.
Solo me faltan unos cuantos pasos para completar la última vuelta cuando el tobillo me falla.
Todo ocurre demasiado rápido.
Apoyo mal el pie y el equilibrio desaparece. Intento amortiguar la caída con las manos, pero no llego a tiempo. Impacto contra el suelo con fuerza y el dolor se extiende de inmediato por mis palmas, mis rodillas y mi tobillo.
Intento incorporarme.
Fracaso.
Vuelvo a intentarlo, pero unas manos me sujetan antes de que pueda ponerme de pie. Levanto la vista, preparada para protestar, y me quedo paralizada.
El chico nuevo me observa con atención.
—Disculpa, pero ¿qué estás haciendo? —lo miro como si fuera un bicho raro.
—¿Qué crees que hago? Deja de mover el maldito pie e intentar alejarte de mí.
—Es que ni siquiera… ¡Auch!, ¡oye!, eso me ha dolido —exclamo enojada.
—Te va a doler más si no me dejas examinarlo —dice bruscamente.