Capítulo 2
Otro día para asistir al infierno en la tierra y el universo sabe que no quiero salir de la cama, que está tan cómoda como dormir en las nubes o bueno, lo que me imagino es dormir en una nube.
Doy un par de vueltas en las sábanas. Desafortunadamente le doy un vistazo al despertador sin querer. Es entonces cuando me doy cuenta lo tarde que es.
—¿¡Diablos! —digo saliendo rápidamente de la cama— Esto me pasa por decir: “cinco minutos más”. ¡Mierda!, ¡mierda!, ¡mierda!
Salgo disparada como alma que lleva el diablo e intento asearme y vestirme lo más rápido que puedo para poder desayunar con más calma y con suerte no llegar diez minutos después de la hora.
Al terminar de arreglarme bajo las escaleras hasta la cocina y mamá ya está en la cocina preparando algo que huele increíble, si puedo adivinar, son huevos revueltos.
—No te oí llegar anoche mamá —digo entrando en la cocina.
Mamá da un pequeño respingo desde la estufa y se voltea hacía mi desde la estufa para mirarme.
—Me has asustado cielo —Se coloca la mano en el corazón— buenos días —dice moviendo los huevos con destreza.
—¿A qué hora llegaste? —pregunto con curiosidad mientras me robo un pan de la tostadora.
—Me acosté a eso de las diez y no te oí llegar —digo con un trozo de pan en la boca.
—Llegué un poco después de eso. Pase por tu habitación, pero ya estabas dormida —Se vuelve hacia mí y me dedica una radiante sonrisa— te apague la luz que dejaste encendida.
Toma dos platos del estante para servirnos a ambas.
—Gracias, mamá —sonrío en agradecimiento—. Por cierto, ¿cómo va el trabajo? ¿Muchos clientes? —digo metiéndome a la boca una cucharada de huevos revueltos.
—Sabes… —dice con un suspiro cansado— cuando comencé siendo la asistente de mi exjefa y ahora socia, no pensé que este trabajo fuera tan difícil, pero ¡Vaya que las novias son unos huesos difíciles de roer!
—Siempre he creído que tu trabajo es fácil —me encojo de hombros restándole importancia— ya sabes, conseguir lugares, organizar fechas, vestidos y todo eso que se hace en las bodas. Nunca me imaginé que fuera un trabajo tan demandante —digo un poco confundida— y tampoco puedo creer que tantas personas quieran casarse. Es absurdo.
—Es más que eso cariño, usualmente las novias llevan a sus madres, abuelas, tías o suegras, y es bastante duro. Ya que quieres escuchar solo la opinión de los novios, pero ellos a veces buscan la aprobación de los demás. Estas personas usualmente tienen opiniones que no van con los novios y es entonces cuando hay problemas —hace una pausa— lo que te quiero decir con esto, es que lo más importante siempre va a ser la opinión de los novios, siempre, recuérdalo. Sin embargo, hay que considerar las opiniones de vez en cuando.
—Bueno, eso sería de gran ayuda en el futuro si quisiera convertirme en organizadora de bodas como tú, pero, sabes que no creo en nada de eso y planeo estudiar otra cosa —me levanto de la mesa mientras coloco el plato en el fregador—. Ya tengo que irme o llegaré tarde. ¿Te veo esta noche? ¿o llegarás tarde?
Mamá me observa desde la mesa y deja su taza de café sobre esta. Se acerca a mí con una mirada triste en su rostro.
—Mi deseo es verte algún día vestida de blanco mi amor, aunque no creas en el matrimonio —me dice con esa ternura infinita que posee colocando sus manos cálidas sobre mi hombro mientras me mira a los ojos—. No sé por qué no crees en el matrimonio, pero tengo fe de que eso cambie en el futuro y conozcas al hombre correcto.
—Mamá —la interrumpo— no sé cómo te aferras tanto al amor verdadero, cuando el único hombre que has amado nos abandonó —exhalo pesadamente mirando hacia el suelo para poder controlar mi enojo— no quiero pelear —le digo y levanto el rostro para mirarla directamente a los ojos— Pero nunca entenderé cómo te aferras febrilmente a un amor que huyó de nosotras, sin dejar rastro.
Sin decir una sola palabra, toma mi rostro entre sus manos y deposita un beso en mi frente, demorándose más de lo habitual. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos están ligeramente vidriosos y enseguida me arrepiento de lo que he dicho. No quiero lastimarla, pero tampoco puedo ocultar el sol con un dedo. No es sano aferrarse a alguien que desapareció hace años sin dejar rastro.
—Mi vida —dice afligida— te mereces más de lo que puedo decirte. Con el tiempo entenderás.
—¿Qué se supone que significa eso? —la miro como si la hubiera picado un bicho raro—. Olvídalo, no importa. Tengo que irme.
Ella retira su agarre y le doy un beso en la mejilla para despedirme
—Nos vemos más tarde —una sonrisa melancólica aparece en sus labios.
Ignoro el sentimiento de tristeza que le pude haber causado y salgo de casa tan rápido que lo último que llego a oír es un te amo a medias. Llego al colegio a unos minutos antes de la hora de inicio e inmediatamente acelero el paso para llegar a mi salón de clases a tiempo.
—Buenos días, ¿se te pegaron las cobijas? —dice divertida acercándose a mí desde los estacionamientos del colegio— ¿Por qué tardaste tanto?
—Digamos que intercambié un par de palabras con mamá —resoplo.
—¿Matrimonio?
—Matrimonio —aseguro con desgana.
Entramos por las altas puertas de madera del colegio para dirigirnos hacia los casilleros por nuestras cosas.
—No sé por qué sigues discutiendo eso con tu madre, es normal que ella quiera verte de blanco. ¡yo quiero verte de blanco! No, ¡oye! No apresures el paso, detente, Emma, detente —me detengo solo para ver a Saray con cara de pocos amigos— escucha —dice con evidente frustración— no puedes culparla por querer algo para ti que ella no tuvo. Los padres siempre quieren lo mejor para nosotros incluso si nosotros pensamos que no es así o que es un capricho personal.
—Sí, pero tú a diferencia de mí has soñado toda tu vida con establecerte, casarte y tener hijos, y no me malinterpretes, me alegro por ti, pero eso no está en mis planes en este momento —suspiro— ¡Acabo de cumplir dieciocho años, quiero más que eso en mi vida!
—Lo sé y ella lo sabe, pero jamás perderá la esperanza y yo tampoco. Así que simplemente trata de sobrellevar las cosas.
—De acuerdo —musito sin ganas de seguir hablando del tema.
—Mira, mañana ya es fin de semana y hace rato que no salimos —dice sacando sus pertenencias del casillero— ¿Qué tal si vamos por unos helados y caminamos por el centro comercial? ya sé, ya sé —dice alzando sus palmas al aire en señal de rendición— sé que no te gusta caminar por el centro comercial, pero sé que te obsesionan los helados y esa es una buena forma de bajar toda esa azúcar, ¿no crees?
—No lo sé…
—Oh ¡vamos!, será divertido. Por favor —ruega— cambia esa cara. Vamos, acepta.
—Está bien —ruedo los ojos al cielo— pero solo un rato —digo cerrando el casillero.
Ella se emociona y no puedo evitar sonreír. Sé que está haciendo todo lo posible por levantarme el ánimo y la aprecio por ello. Ambas nos dirigimos a nuestra primera clase del día: francés. No tenemos que esperar mucho antes de que la profesora entre al aula dictando órdenes como un general al mando de sus tropas.
Llegamos a las últimas clases del día y ya sé que esto será una auténtica tortura. Nos toca educación física, como todos los martes a última hora.
El uniforme consiste en un pantalón corto y una camiseta, aunque la mía es de mangas largas para ocultar la horrible marca de nacimiento que tengo en el antebrazo. La llevo conmigo desde que nací. Por desgracia, no se parece a uno de esos lunares o manchas que pasan desapercibidos; es mucho más extraña que eso. No sabría describir su forma exacta. Se asemeja al extremo de unas alas, aunque nunca he logrado comprenderla por completo. La detesto. Por eso rara vez me separo de mi chaqueta de cuero o de cualquier prenda de mangas largas. No me siento cómoda mostrando algo que he odiado toda mi vida.
Salgo de vestidores y un grupo de personas están reunidas en todo el centro de la cancha. Para mi sorpresa no se hace esperar cuando me doy cuenta de que la profesora anterior ha sido reemplazada con una nueva.
—Muy bien jóvenes, es un placer conocerlos a todos. Me presento oficialmente soy la profesora Martha Romano, y hoy vamos a empezar la clase con un pequeño calentamiento trotando alrededor de la cancha.
—Grandioso —susurra Saray con tono sarcástico en mi oído.
No puedo evitar soltar una risa por lo bajo y Saray me acompaña. Ambas intentamos disimularla cubriéndonos la boca con la mano, pero el esfuerzo resulta inútil cuando estamos a punto de estallar en carcajadas. Echo un vistazo a mi alrededor para comprobar si alguien más se ha dado cuenta y recorro el grupo con la mirada. Sin embargo, cuando llego al final de la fila, me quedo inmóvil. Emily me observa fijamente. La sonrisa desaparece de mi rostro al instante. Ella parece notar el efecto que provoca porque arquea una ceja y me dedica una sonrisa cargada de malicia. Maldición.
—Profesora —dice Emily levantando la mano.
—¿Sí? —responde la docente.
—¿No debería revisar todos los uniformes para ver si están todos adecuados? —pregunta Emily con una sonrisa triunfal.
La atención de todos se dirige hacia la despreciable chica. La profesora asiente de inmediato y nos indica que formemos una fila horizontal, uno al lado del otro. Yo, por mi parte, intento ocultarme entre Saray y el chico que tengo a la izquierda.
Sé que esa maldita bruja ha montado todo esto para humillarme, pero no se saldrá con la suya. Tengo un permiso para usar mangas largas en lugar del uniforme habitual y, aunque costó convencer al director de que no se trataba de un acto de rebeldía, terminó aceptándolo. Mamá incluso le enseñó fotos mías de bebé. Fue humillante.