Dark Arcangelo Capítulo 1
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Capítulo 1

30 de junio

Presente.

La luz que se cuela por la ventana me molesta apenas abro los ojos. El canto

de los pájaros afuera tampoco ayuda demasiado. Con mucha pereza me estiro antes de levantarme de la cama. Los rayos del sol se cuelan por la ventana e invaden la habitación. Debí acostarme más temprano. Entre el libro que estaba leyendo y la serie que decidí ver después, terminé quedándome despierta hasta la madrugada. Y, para mi desgracia, igual tengo que madrugar

para ir al colegio.

—Yuppy —me susurro a mí misma.

Me visto con lo de siempre: camiseta blanca, jeans negros y botas. No me maquillo; nunca he tenido paciencia para eso, y hoy no será la excepción. Me miro un segundo en el espejo: ojeras, pelo desordenado… lo normal. Mis ojos grises se ven más apagados de lo habitual; no he dormido bien. Suspiro. Es caso perdido. Intento acomodarme el cabello con los dedos, pero no coopera, así que lo dejo como está. Echo una última mirada al espejo para asegurarme de que todo esté en su lugar, me pongo un poco de perfume, tomo mi bolso y salgo de la habitación rumbo a la cocina.

Al llegar mamá está en la cocina tomando su café habitual leyendo lo que yo creo es una revista.

—Buenos días, cariño —saluda mamá, tomando un sorbo de su café y enfocando su vista en mí, dejando la revista en un segundo plano.

—Buen día, mamá, ¿cómo amaneciste? —camino hacia ella y le doy un beso en la frente mientras ella me sonríe desde su silla.

—Muy bien, ¿y tú?

—Algo cansada —resoplo.

—¿Te quedaste hasta muy tarde?

—Algo así —dejo escapar un suspiro— por suerte terminé la tarea.

—Deberías descansar más.

—Tú deberías estar aquí más seguido —susurro mí misma.

—¿Dijiste algo, cielo? No te escuché.

—No. —Sonrío forzadamente.

—¿Quieres desayunar?

—No creo, mamá —digo con otra sonrisa forzada.

—¿Segura que no quieres desayunar? —Su voz suena preocupada.

Pero hago un gesto con la mano para quitarle importancia y me despido de ella.

—No mamá, me comeré esto en el camino y compraré algo en la cafetería. ¡Nos vemos! —le grito desde la puerta de la cocina.

Salgo de casa prácticamente corriendo para llegar justo en el tiempo que había planeado. Podría tomar el autobús, pero me gusta caminar y, de paso, ahorrar algo de dinero. No soy el tipo de persona muy sociable así que eso es un añadido extra para caminar a solas.

Cuando por fin llego al colegio me dirijo directo a mi primera clase y diviso a lo lejos mi asiento habitual. Como siempre, ocupo uno de los últimos puestos de la fila del medio. Allí soy lo bastante invisible para evitar las preguntas sorpresa de los profesores y los cuchicheos de las chicas. Sin prestar atención a mi alrededor, me abro paso entre los estudiantes y dejo mis cosas sobre la pequeña mesa incorporada a la silla. Luego arrojo el bolso a un lado de mi asiento sin demasiada consideración. Justo entonces entra el profesor Saúl, que mientras coloca su maletín negro en el escritorio nos da los buenos días. Se detiene delante del salón, para comenzar la clase.

—Bien chicos, seguimos con la lección que dejamos la semana pasada para practicar… —el profesor es interrumpido por el sonido de unos golpes provenientes de la puerta.

Mira en su dirección y le indica con la mano que puede pasar. Toma asiento en su escritorio y entra en nuestro campo de visión un hombre de estatura pequeña, regordete, con un bigote tan perfectamente peinado como los tres cabellos que sostiene su cabeza calva. Por supuesto, es al que le hacemos llamar director.

—Buenos días, jóvenes —saluda a todos con formalidad, acompañada de esa sonrisa tan suya que resulta ser irritante a las siete de la mañana.

—Buenos días, director —contestamos todos al unísono con desgana.

—Lamento haberle interrumpido la clase, profesor, pero tengo noticias para los estudiantes.

—No se preocupe, señor director —contesta el profesor sentado detrás del antes mencionado.

—Como bien sabrán nuestro colegio es de gran reconocimiento ya que…

Es en ese momento cuando dejo de escucharlo porque sus explicaciones me parecen de lo más aburridas. Me dispongo a hacer garabatos en mi libreta para matar el tiempo. Las cosas que hago cuando algo no me llama la atención. Él sigue hablando por unos cinco minutos más hasta que llega a mi cerebro distraído algo que verdaderamente llama mi atención, vuelvo la vista a él y veo que ya casi ha acabado.

—Les quiero presentar a su nuevo compañero —anuncia.

El director se inclina para mirar por la pequeña ventana de la puerta. Tampoco es que tenga que esforzarse mucho. Todos observamos con curiosidad quién será el desafortunado que llega cuando el segundo trimestre ya está en marcha. La puerta se abre y, por un segundo, dejo de respirar. Algo en él me deja inmóvil. Creo que he quedado petrificada en mi lugar, sin mover un solo músculo, el único sentido que puedo siquiera utilizar es el de la vista Creo que he quedado petrificada. No puedo mover un solo músculo; lo único que parece seguir funcionando es mi vista. Ignoro los suspiros que parecen escapar de algunas chicas. En ese momento, lo único que existe en la habitación es él.

Se acerca al director e intercambian un par de palabras en, luego inspecciona, con una mirada bastante crítica a todos los presentes en la habitación y sin esperarlo, sus ojos se fijan en mí. La sangre se drena totalmente de mi rostro, quedo paralizada por quinta vez en dos segundos en mi asiento; sus ojos encuentran los míos durante apenas un instante. Juraría que una sombra de sorpresa cruza su rostro, pero desaparece tan rápido que no estoy segura de haberla visto. El director vuelve a llamarlo y el momento se desvanece. Sin embargo, sigo observándolo. Tiene una forma inquietante de atraer todas las miradas. Viéndolo al lado del director, parece que mide un metro noventa y algo de estatura. Resulta hasta gracioso, y es comprensible porque sea tan ¿atrayente?, aunque más gracioso resultaría verlo desde mi metro setenta e intentar hablar con él, cosa que definitivamente no haré, y que tenga que mirar hacia abajo por mi estatura. No gracias.

Viéndolo desde mi lugar es guapo, sí, pero no de una forma común. Tiene algo… distinto. Sus ojos, de un tono miel, son lo primero que llama la atención. Son tan profundos… es difícil apartar la mirada. En fin, dejando todo eso a un lado, sacudo mi cabeza para reordenar mis pensamientos y continúo con mi discreta inspección. Su perfecta cabellera de color negro azabache le resalta aún más sus rasgos si eso ya es posible, el color de su tez cálida me hace palidecer ante él, como si no fuera lo suficientemente pálida, genial. Es la perfección hecha persona.

Su forma de vestir es sencilla, casi minimalista. Va completamente de negro y, aun así, se ve demasiado impecable para considerarlo casual. Sea lo que sea que tenga puesto se nota que es caro y ese estilo le queda bastante bien Para alguien con una mirada tan altiva, por no llamarlo un cretino, parece bastante relajado. Al menos eso transmite su postura. Otra cosa que noto es que no mira a nadie directamente. Su mirada parece pasar por encima de todos, como si nadie a su alrededor mereciera realmente su atención. Lleva varios minutos sin moverse. Desde que se presentó, no ha cambiado ni un centímetro de posición. ¿Este chico siquiera parpadea?

Un destello de luz alrededor de su cuello capta mi mirada y por lo que veo es un collar que le llega hasta el pecho del que cuelga una letra “D”.

Lo miro un instante más y me doy cuenta de lo estúpida que me debo estar viendo. De manera muy disimulada me apoyo en la silla y al mirar a mi alrededor, me doy cuenta de que no soy la única.

—Me llamo Desten —se presenta el chico que ya no es desconocido.

Por cómo sonó esa presentación, decir que no quiere estar aquí, es una buena descripción, quizás nos tenga asco. Quién sabe, al ser el nuevo y no conocer a nadie debe ser desafiante o aparentemente desagradable.

—Bien jóvenes ya que el señor Zadeh queda presentado, pueden continuar con su clase, gracias, profesor Saúl y que tengan un buen día.

El director sale del aula por lo que el profesor Saúl adquiere de nuevo nuestra atención y le indica a Desten que se siente en el único puesto libre y no puedo evitar sonreír con burla, ya que el único asiento libre está a mi lado. Perfecto. Él hace una pequeña inclinación a las instrucciones del profesor y se dirige a su lugar, Sin embargo, no puedo evitar sostenerle la mirada mientras avanza por el pasillo. El gesto de disgusto regresa a su rostro y rompe el momento antes de llegar a su asiento. A partir de ahí dejo de prestarle atención. Aun así, basta una mirada rápida para notar que nadie comparte mi opinión.

Suena el timbre del descanso. Es inevitable que un gran suspiro se haga presente mientras recojo los libros y los meto en la bolsa con todo lo demás. Me coloco la maleta en los hombros cuando salgo al bullicio del corredor.

Pensando en todo lo que ha pasado las últimas horas, para ser sincera ha sido interesante, el profesor había explicado sobre las leyes de los gases e hicimos unos experimentos en el laboratorio con algunos de ellos.

Desgraciadamente, no soy la única con prisa por llegar a la cafetería. Algo me dice que estará abarrotada y, al entrar, descubro que mi presentimiento no me engañaba. Lo primero que me recibe no son voces, sino el bullicio de decenas de estudiantes hablando al mismo tiempo. El aire también es distinto al de los pasillos: más denso, cargado de olores que van mucho más allá de la comida. Sin embargo, no presto demasiada atención a nada de eso. Mi estómago protesta con un rugido que deja claras sus prioridades. Apenas probé el desayuno, así que el pobre se ha ganado un buen almuerzo. Pero antes de que pueda avanzar un paso más, alguien me toma del hombro. El contacto inesperado me arranca un respingo y me giro de inmediato para encarar a mi agresor.

—¿Te asustaste? —una radiante sonrisa acompaña a mi agresor en este caso agresora y no puedo evitar sonreírle.