Dar el salto 39 Effy
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39 Effy

El corazón de Effy Vaux latía rápido en el momento en el que abandonó la sala de prensa, pero sus hombros jamás se habían sentido más ligeros.

Una sonrisa empezó a nacerle en los labios, primero pequeña, diminuta, y poco a poco se hizo más y más grande, tanto que le dolieron las comisuras, pero no le importó.

Una carcajada incrédula le abandonó los labios sin querer.

Eff… Lo has hecho.

Asintió para sí misma mientras un sentimiento cálido se le enroscaba en el pecho, como si alguien la estuviera abrazando.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Sabía, aunque no pudiera explicárselo a nadie jamás, que era su hermana la que la abrazaba desde la distancia, que la calidez que sentía en su corazón era la misma que había envuelto a Anthea,

la misma que había sentido de pequeña cuando ambas dormían juntas en las noches en las que Effy tenía miedo; la misma calidez que recordaba en su hermana al alzarla entre los brazos cuando eran pequeñas y la hacía girar en el aire mientras ella chillaba emocionada:

—¡Más rápido, Anthie! ¡Más rápido!

O como cuando jugaban bajo el sol en verano en la isla de Mallorca y Anthea se entretenía enterrándola bajo la arena:

—¡Mira, Eff! ¡Te he hecho una cola de sirena!

O la misma calidez que experimentó cuando se abrazaron por última vez en aquella cama del hospital y Anthea le susurró contra su cabello:

—Yo siempre estaré contigo, ¿vale? Pase lo que pase, encontraré la forma de que estemos juntas.

Y había tenido razón, porque, allí, Effy se sintió más cerca de su hermana de lo que se había sentido en los últimos años. No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que las lágrimas le mojaron la camisa blanca.

Volvió a sonreír mientras se las limpiaba con el dorso de las manos.

—Juntas, Anthie.

El susurro fue inaudible para nadie que no fuera ella misma, pero haber murmurado esas palabras terminó de sellar una realidad que le había costado entender desde que su hermana dejó de estar a su lado: que, a pesar de todo, había sido muy afortunada por los años compartidos,

por los recuerdos que nada ni nadie podrían arrebatarle.

Porque solo les pertenecían a ellas.

Y que eso era lo que siempre había importado, lo que las hermanas habían compartido. Nunca se había tratado de que Effy viviera la vida que Anthea habría querido, sino que crease una nueva y que, una vez lo hiciera…, Anthea viviría a través de ella para siempre.

Fiona Sinclair la esperaba fuera del corralito de prensa.

Por un momento, madre e hija se quedaron quietas, sin saber muy bien qué hacer. Deseaba que su madre la abrazara en aquel momento más que cualquier otra cosa, pero también sabía que por su culpa hacía años que su relación… había cambiado.

Se había estancado.

Por eso, cuando Fiona corrió para estrecharla en sus brazos, Effy se quedó bloqueada hasta que el aroma de su madre —a vainilla, perfume Chanel y a jabón de lavanda— la asoló y volvió a sentirse una niña pequeña que se refugia en el lugar más seguro que conoce.

—Mi Elizabeth…

—Mamá…

—Estoy tan orgullosa de ti, Effy, tan tan orgullosa.

Cerró los ojos y supo que, por muy dura que se volviera la vida a partir de ese momento, nunca más estaría sola.

—Venga, vamos a un lugar donde no nos moleste nadie —le dijo su madre una vez se separaron.

Abandonaron el estadio y ella no miró ni una sola vez hacia atrás.

***

Fiona la llevó a comer al hotel donde se hospedaba.

No fue una conversación fluida ni llena de sonrisas y carcajadas.

Madre e hija se habían distanciado a lo largo de los años; Effy sabía que era ella la que se había encargado de apartar a su madre de su lado, al igual que Fiona sabía que era ella la que había terminado aumentando la distancia que la separaba de su hija menor porque el dolor y el miedo de los

recuerdos que no había podido superar le impedían verla sin las lentes que una vez había usado para mirar a Anthea.

También era verdad que nunca habían tenido una relación convencional, pero, aun así, había sido Fiona quien le había dado la mano en sus primeros pasos, la que la había vestido con mimo, quien la había paseado por Londres y le había enseñado sus rincones favoritos.

Había sido Fiona la madre que siempre había querido escuchar todo lo que Effy tuviera que contarle cuando eran las únicas sentadas a la mesa del comedor mientras Anthie estaba de gira, y era también Fiona la que durante años se había pasado horas viendo cómo aprendía a montar a caballo.

—Nunca me contaste por qué lo hacías —le había dicho en algún punto de la comida.

Elizabeth apartó los cubiertos, llena de golpe.

—Siempre creí que no hacía falta. Que tú lo entenderías.

Fiona hizo un mohín.

—Lo único que yo veía era a mi pequeña repitiendo los pasos de la hija que perdí. —La voz de su madre se elevó un par de octavas. Estaba a punto de llorar.

Effy estiró la mano por encima de la mesa y le acarició la piel suave.

—Lo siento, mamá.

Fiona movió su melena rubia mientras negaba con la cabeza.

—Yo también lo siento. —Ambas se miraron a los ojos—. Has hecho lo correcto, Effy. Lo sabes, ¿no? Al final, por mucho que tu padre o yo te dijéramos que lo dejaras…, has sido tú sola la que ha decidido. Y eso es importante, cielo.

Miró a su madre.

—No sé quién soy después de esto, mamá —le confesó.

Ella sonrió.

—Puedes ser lo que tú quieras. ¿Por qué tienes tanta prisa en descubrirlo?

Elizabeth sopesó las palabras, las digirió.

Tenía razón… ¿Qué prisa tenía? Ya no estaba corriendo una carrera contra un reloj de arena al que se le acababa el tiempo; tenía toda una vida por delante y por primera vez… podía pensar en ella.

Acabaron de comer, y luego siguieron charlando. Effy le prometió que pasarían los días que les quedaban en Fort Worth juntas. También le habló de Rainer y Fiona insistió en conocerlo.

—Mañana —le recordó Fiona cuando se despidieron.

—Sí, mañana.

Cuando llegó a su hotel, recibió un mensaje en el móvil.

Henk Jensen: Hola, niña. Me he enterado de lo que ha pasado.

Solo quiero que sepas que estoy muy orgulloso de ti, y que siempre lo he estado.

Espero que me avises pronto si te pasas por casa. Hay alguien que quiere conocerte.

Había adjunta una foto de la pequeña Rose; sonreía a la cámara y de su sonrisa le asomaban un par de dientes pequeños.

Justo cuando iba a contestar, una llamada ocupó la pantalla.

Cerró la puerta de su habitación y dejó caer la chaqueta en uno de los divanes de terciopelo que estaban repartidos por el espacio.

Descolgó el teléfono.

—Asómate al balcón —fue todo el saludo que recibió.

Effy hizo lo que le pedía y se encontró con Rainer mirándola desde abajo.

Iba vestido con los pantalones de traje que se había puesto esa mañana, también llevaba la misma camisa blanca, entonces arrugada.

—¿Qué haces?

—He venido a recogerte como un caballero galante. —El sol había empezado a ponerse por el horizonte, pero, aun así, Effy pudo ver el amago de sonrisa en su rostro—. Elizabeth Marie Vaux, ¿serías tan amable de dejarme subir hasta tu balcón?

Effy contuvo una sonrisa.

—No me llamo Marie.

—Lo sé, era por añadirle algo de dramatismo al asunto.

—Qué gilipollas.

—Y tú una estirada.

—Cobarde.

—Creo que vas a tener que buscarte otro insulto, Cohete. —La voz profunda de Rainer le acarició el oído—. O bajar aquí abajo y decírmelo a la cara.

Effy se mordió el labio inferior.

—¿Me estás retando?

—Quizá la cobarde has pasado a ser tú.

Ni siquiera contestó; tan rápido como había entrado, salió de allí encaminada al jardín donde él la esperaba.

Los últimos rayos del sol iluminaron el cielo de Texas con llamas anaranjadas y rojizas, y un viento cálido y templado le besó la piel expuesta de los brazos. Rainer la esperaba enfrente de la piscina. En el momento en el que sus miradas se entrelazaron, un rayo de adrenalina la partió en dos.

Echó a correr en su dirección.

Él la atrapó sin ningún problema.

Como si llevara esperándola desde siempre.

Sus bocas se encontraron, un beso imparable entre dos fuerzas que colisionan juntas: fuego y lluvia, hielo y tierra, luna y estrellas.

Rainer ascendió una de sus manos desde su culo, por la espalda hasta la nuca, y pasó a sujetársela con fuerza, manteniendo a Effy pegada a él como si fuera más preciada que el aire que necesitaba para respirar, como si ella saciase toda su sed y cualquier necesidad que pudiera tener.

Ella se dejó besar, devolviendo cada beso, cada gemido, cada caricia.

Cuando se separaron para tomar aire, ambos estaban sin aliento, ella todavía aferrada a su cuerpo y él todavía alzándola en brazos.

Se sonrieron como si fueran dos niños que cierran un pacto secreto: con ilusión y una pizca de picardía.

Cuando Effy volvió a pisar el suelo, le preguntó a Rainer:

—¿Ha sido muy horrible?

Él negó con la cabeza.

—Nada que no pudiera manejar. —Echaron a andar hacia el mirador del hotel, desde donde se podía observar toda la ciudad en la lejanía—.

He tenido que discutir con un par de personas de la federación, pero todo en orden.

Aun así, mañana deberíamos acercarnos para unas cuestiones de papeleo de los caballos.

—Rainer le dio un pequeño apretón en la mano que le había tomado—. Puedo encargarme yo si quieres.

—Tranquilo, podemos ir juntos mañana.

Él se quedó en silencio durante un segundo.

—Has estado magnífica hoy, Effy.

El corazón le aleteó en el pecho. Rainer la miraba desde arriba, sus ojos azules reflejaban los resquicios del atardecer en llamas de aquel día.

—Creo que desde fuera todo se ve diferente. Mi madre, Henk… Tú. —Suspiró—. Yo solo me siento como una actriz a la que por fin se le ha caído la careta. Una impostora sin propósito… Supongo que es normal.

Se detuvieron frente al mirador.

Las luces de la ciudad iluminaban el horizonte, haciendo que la estampa fuera aún más bonita. Casi parecían estrellas.

El cuerpo de Rainer a su lado la reconfortó.

—Lo que yo creo es que por primera vez en tu vida te has salido del guion que tú misma te habías impuesto y eso… da miedo. Pero, Cohete, eres la persona más valiente que conozco y estoy seguro de que si alguien puede enfrentarse a esto eres tú.

Effy apoyó la cabeza contra su hombro.

—Gracias, Rain.

El sonido de las cigarras los envolvió y cerró los ojos un momento, disfrutando del presente. Al cabo de un instante, el alemán se separó de ella.

—He estado pensando —empezó él. Parecía nervioso, como si lo que fuera a decir tuviese una importancia vital—.

No tenemos que preocuparnos por la distancia.

Sé que cuando nuestros días aquí acaben, aún tendrás que volver a Alemania a por tus cosas, y que luego regresarás a Londres, y que te esperan unos meses en los que reflexionar y decidir qué quieres hacer.

Yo también he pensado qué deseo hacer y…

, Effy, quiero seguir entrenando. Me he dado cuenta de que esta temporada, a pesar de que hayas sido un total incordio —ella le pellizcó el brazo—, lo he disfrutado.

Este es mi mundo y, aunque no pueda volver a él encima de un caballo, creo que sí puedo hacerlo como entrenador.

Ella le depositó un beso en el hombro. Rainer le acarició la mano, trazando círculos con el pulgar.

—El caso, Eff, es que me importa una mierda la distancia mientras estemos juntos.

Podemos arreglarnos en vacaciones, y cuando vuelva a empezar la temporada de las europeas, será más fácil vernos en Londres o incluso en cualquier país…

—Tomó aire—. Lo único que sé es que me niego a perderte, y si eso significa coger un puto vuelo cada fin de semana, lo haré.

Por ti, me cruzaría los océanos a nado, Cohete.

No se esperó el beso que Effy le depositó en los labios: breve, dulce y lleno de gratitud.

—Rain, eso es… Dios, eres el mejor. —Él alzó una mano para acariciarle el rostro, paseó las yemas por su mejilla, enviándole un escalofrío por toda la espina dorsal—. Pero creo que tú y yo no tendremos una relación a distancia.

El alemán detuvo la mano, como si alguien se la hubiera atrapado. Lo vio tragar saliva, lo vio mirarla con miedo.

—¿No?

—No, Rain. —Effy sonrió—. Porque, una vez llegue a Alemania, no pienso irme.

Si algo tengo claro es que he encontrado mi lugar, allí, contigo.

Quiero seguir montando en la RK y recorrer sus bosques con Sodashi y Sanctos.

Quiero verte volver a montar y cotillear con tu hermana, irme al pueblo con Davi y emborracharme…

Y aprender alemán para poder entenderte en tu lengua materna.

—Para aquel momento, ambos estaban sonriendo como locos—.

Allí es el único sitio donde me he sentido yo misma y no quiero perderlo, Rain.

Y, por supuesto, no estoy dispuesta a alejarme ahora de ti, no cuando nos ha costado tanto llegar hasta aquí.

Él la alzó en brazos, dándole una vuelta completa. Elizabeth se sujetó a sus hombros y disfrutó del subidón que le producía aquella felicidad recién descubierta.

—¿De verdad, Eff? ¿De verdad quieres volver conmigo a casa?

—De verdad, Rain, más que nada en el mundo.

Él le tomó el rostro entre las manos y la volvió a besar, una y dos y tres veces. Entre beso y beso la risa de ambos se escapaba, liviana y cristalina, hacia el cielo que los observaba como único testigo de aquel momento de amor infinito.

—Entonces, aquí empieza todo, Eff… —La sonrisa en el rostro de Rainer era brillante, tanto o más que las estrellas que empezaban a pintar el cielo oscuro—. Aquí empieza nuestra vida, la de verdad. Juntos.

No tenía ni idea de qué era lo que los esperaba; los nuevos desafíos a los que se tendrían que enfrentar; tampoco si se sentiría realizada desde el primer momento o si la paz con la que tanto había soñado la estaría aguardando.

Pero lo que sí sabía era que cualquier día malo, cualquier inconveniente o problema que pudiera aparecer en aquel camino… merecería la pena. Siempre.

Porque, ante todo, era ella la que lo había escogido.

Porque le pertenecía.

—Siempre, juntos, Rain.

—Sí, Cohete. Juntos.