Dar el salto Epílogo Rainer
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Epílogo Rainer

Ocho meses después

La veo bailar en la pista de baile con mi hermana.

Está preciosa con su vestido largo de color verde bosque. Bajo las luces de los focos parece brillar gracias a la tela de la que está hecho, y eso, combinado con sus ojos grandes y espectaculares…, me desarma por completo.

Siempre lo han hecho, desde la primera vez que la vi. Está riéndose, ajena a todo lo que pasa a su alrededor, y eso me hace sonreír a mí también. Seguramente quien me vea desde fuera puede pensar que solo soy un loco sonriéndole a la nada, apartado de la fiesta, sin atreverse a participar en ella.

Pero nunca me ha importado una mierda lo que la gente piense de mí.

La realidad es que soy un hombre completa e irrevocablemente enamorado, que nunca se ha sentido tan feliz y que está disfrutando de un día muy especial en la boda de su mejor amigo.

La vida es maravillosa.

Como si lo hubiera invocado, Klaus se acerca a mí, me toma del brazo y me da una palmada en la espalda.

—¿A esto se dedica mi padrino? ¿A espiar a su novia desde la lejanía?

Le doy un manotazo de manera juguetona.

—¿Y tú? ¿A esto se dedica el novio? ¿A espiar a sus invitados?

Klaus me regala un guiño travieso. Lleva la corbata atada a la cabeza y una sonrisa liviana baila en sus labios de forma permanente. ¿Cuántas copas de champán se habrá tomado? He perdido la cuenta a la séptima.

—Me dedico a comprobar que mi mejor amigo se lo esté pasando bien en la boda más alucinante en la que estará jamás, eso es lo que hago.

Echo un vistazo por enésima vez al espacio que me rodea: las flores azules y amarillas y violetas, los adornos en tonos blancos y pastel, las luces que decoran el enorme invernadero acristalado donde Klaus y su ahora esposa han decidido celebrar su boda.

La verdad es que los lloriqueos por la organización de la jodida ceremonia han dado sus frutos.

—Bah, no está mal.

—Cabrón.

—¿Te lo estás pasando bien, amigo?

—El mejor día de mi vida… ¿Y Eff? ¿Crees que he cumplido sus expectativas de lo que es una boda? Me siento bastante honrado al saber que se estrena con la mía.

Vuelvo a desviar mi mirada a ella, quien ahora da saltos eufóricos con dos personas que hasta hace cinco minutos ni siquiera conocía. Sip, se lo está pasando de puta madre.

—Yo diría que sí.

—¿Cómo le va en la universidad? —me pregunta de repente—. ¿Le está gustando la carrera?

Pienso en Effy en casa, con su ordenador, prestando atención a todas sus clases, tomando apuntes como loca y luego recitándome cada cosa que ha aprendido en el día sobre la historia de la psicología, o la química del cerebro o sobre por qué Freud era un cabrón y no le cae nada bien.

—Creo que ha encontrado su lugar —le confieso a Klaus—. Es un cerebrito sin remedio, le encanta todo lo que la gente debería odiar, ¿sabes? ¿Un congreso un sábado? ¿Una práctica extra que sube un punto? ¿Un trabajo opcional? Todas esas cosas le pirran, tío. A veces me da miedo.

—Sabías dónde te metías desde el momento en el que te demostró que te daba mil vueltas como amazona, colega.

—Eh, no te pases.

—Solo digo verdades.

Klaus desaparece un minuto después, cuando uno de sus primos lo arrastra a una batalla de baile. Veo a Effy animar desde detrás, chillándole a Klaus que no sea un cobarde y saque sus pasos prohibidos.

A veces me sobrecoge ver lo mucho que ha cambiado, lo mucho que ha conseguido abrirse en apenas unos meses.

Ahora las sonrisas son diarias y el brillo en sus ojos no está reservado solo para las ocasiones especiales.

Algo está floreciendo dentro de ella y me siento como el cabrón más afortunado por poder estar viéndolo en primera fila.

Esta Effy es la que llevaba reprimida bajo todas las murallas infranqueables que ella misma había puesto ahí, piedra a piedra. La Effy de la que me enamoré desde el primer momento en que conseguí vislumbrarla, solo cuando ella me lo permitía.

También sigue estando la Effy segura de sí misma, la que no se rinde con nada, la ambiciosa, la cabezota y la orgullosa.

La que es un pelín demasiado altiva cuando sabe que lleva la razón, la que pelea y no me da un segundo de tregua porque soy el único que sabe seguirle el ritmo.

La Effy a la que aún le cuesta conciliar el sueño la mayoría de las noches pero que, de vez en cuando, duerme del tirón entre mis brazos y a la mañana siguiente se levanta con una sonrisa de oreja a oreja.

La Effy que todavía llora la pérdida de una hermana que le quitaron demasiado pronto.

Ella es todo eso y más, siempre más y más. Tanto que todos los días me encuentro ensimismado con algo nuevo que amar de ella.

Estoy seguro de que le va a ir genial estudiando Psicología y que, cuando se gradúe en unos años, será la mejor psicóloga deportiva que haya.

A pesar de lo que yo pensaba en un principio, ella tampoco quería alejarse de este mundo.

Es ella la que a veces me arrastra de la cama y me recuerda con su vocecita y acento inglés:

—¡Vas a llegar tarde al entrenamiento con Lina!

Es ella también la que, cuando acabo mis jornadas con Vogel, me espera con Golden Memory ya ensillado para seguir con su doma, o la que en los fines de semana me insiste en sacar a Sodashi y Sanctos y perdernos por la Selva Negra.

Yo siempre le digo que sí a todo.

«Sí, perdámonos juntos, Eff».

«Sí, te vuelvo a contar cómo elegí a Bright Diamond, cariño».

«Sí, podemos con todo lo que venga, Cohete».

Con ella todo es más fácil, más emocionante, simplemente más, como si antes de que Effy llegara a mi vida no hubiera tenido la oportunidad de paladearla del todo. Como si ella fuera el color, el sonido y la luz.

La jodida luz de mi vida.

Todo el mundo grita en el momento en que las primeras notas de Viva la Vida de Coldplay empiezan a sonar.

Veo a Effy venir hacia mí. Se ha quitado los tacones en algún momento de la noche y va de puntillas mientras se sujeta el largo del vestido con una mano. El pelo, que antes le caía en ondas perfectas de peluquería, ahora se mueve salvaje y, en mi opinión, así está mucho más preciosa.

En cuanto llega a mi lado me toma de las manos y me lleva hacia la pista.

—¿Bailas, guapo?

La pego a mi cuerpo, dejándole una de mis manos en la zona baja de la espalda, justo a la altura de los riñones. Noto su piel caliente gracias al escote tan pronunciado que lleva en la parte de detrás.

Casi le arranco el vestido en casa cuando se lo he visto puesto.

No me ha dejado, pero no se me han olvidado los planes que tengo para él más tarde.

—¿Contigo? Siempre, cariño.

Effy empieza a cantar, y yo me uno a ella porque ¿por qué no? Estoy con la mujer más preciosa e increíble del planeta, en la boda de mi mejor amigo y por fin he encontrado mi sitio en el mundo. He dejado el pasado atrás y he aprendido a no seguir castigándome por mis errores.

Me merezco esta vida.

Así que Effy y yo bailamos, y nos gritamos la letra de la canción. En algún momento ella me besa, o quizá soy yo el que lo hace.

Va borracha. Yo estoy ebrio de sus besos.

—¡Prométeme que esto es para siempre! —me pide al oído.

Yo la miro, y me pierdo en sus ojos y en su boca y en su cara.

La tomo entre mis manos y la acerco a la mía. Me bebo su aliento, me lo trago entero.

—Eres mi «para siempre», Cohete. Lo fuiste desde el primer momento en el que te vi, y lo serás incluso después de que yo ya no esté en este mundo. —Le acaricio la piel suave. Effy no separa sus ojos de los míos. Nunca lo hace—. Juntos, Effy, ¿recuerdas? Juntos para toda la vida.

La beso.

La gente de nuestro alrededor baila y salta, eufórica, mientras Chris Martin sigue cantando sobre lo increíble que es la vida y lo mucho que merece la pena vivirla.

Pero no tiene ni puta idea, ni él ni nadie, me digo mientras beso a la mujer de mi vida, porque ninguno ha disfrutado del privilegio de tenerla entre sus brazos y saber que, con toda la certeza del mundo, no hay nada mejor que eso.

Que nunca querrás nada tanto como la quieres a ella, y que gracias a esa mujer tú eres la mejor versión de ti mismo. Que antes de ella estabas perdido, dormido en tu interior, odiándote hasta que ella… fue la que te impulsó para dar el salto.

Y lo diste.

Y, joder, menos mal que lo hiciste.