Effy
Su hermana murió un día cualquiera de mayo.
Effy se despertó con los gritos histéricos de su madre pidiéndole a su hija mayor que abriera los ojos, que se despertara. Los médicos entraron corriendo y la obligaron a salir de la habitación. Fiona seguía gritando, repitiendo desesperada el nombre de Anthea.
Elizabeth se quedó de pie, frente a la puerta de la habitación privada de su hermana, mirando sin ver cómo los médicos trataban de reanimarla.
Nunca recordaría quién la sacó de allí, seguramente fue su padre, o quizá una enfermera.
Alguien la llevó lejos de esa habitación mientras le prometían que todo iría bien.
Nada fue bien después de aquello.
El funeral de su hermana se celebró en la iglesia de St. Mary Abbots.
Estuvo casi toda la ceremonia en un rincón, apartada de toda la marea de gente que se presentó.
Lo hicieron cientos de personas: compañeros de clase, otros jinetes y amazonas, el comité de la Federación Ecuestre Internacional, otros deportistas, incluso parte de la prensa con la que Anthea había tratado durante esos años.
Effy no se separó de su padre en todo lo que duró aquel día.
Joe Vaux le daba la mano, siempre pendiente de su hija.
Su madre, con el rostro descompuesto y dos medias lunas violáceas bajo los ojos, le había preguntado unos días antes si deseaba dedicarle unas palabras a su hermana. Si quería acompañarla al estrado a dar un discurso. Effy solo había negado con la cabeza.
Desde que Anthie no estaba, parecía haber olvidado cómo se hablaba. O cómo se dormía o se vivía. Faltó al colegio lo que quedaba de curso, y supo que había aprobado porque su padre se encargó de ello.
Fiona y Stuart, el padre de Anthea, dedicaron unas palabras que todo el mundo después catalogaría de «preciosas y conmovedoras», pero que Effy se perdió por esconderse dentro de su propia mente.
Lo que sí recordaba era cómo Stuart se acercó a ella después de la ceremonia, cómo había abrazado a su padre y luego a ella.
—Anthea te quería mucho, lo sabes, ¿verdad? Eras su persona favorita del mundo.
Ella lo miró desde abajo para encontrarse con un rostro roto por el dolor.
—A ti también te quería mucho.
Él le acarició una de sus dos trenzas, las mismas que Anthea le había hecho desde que era pequeña cuando la ayudaba a prepararse para ir a clase, y luego se marchó a atender a todos los invitados que deseaban darle el pésame.
Nadie se lo dio a ella, pero no le importó.
¿De qué le servían las palabras de unos desconocidos?
Sus «Anthea era sin duda increíble» o «nadie podrá ocupar el hueco que ha dejado para siempre».
Esas personas no habían conocido a su hermana como ella lo había hecho, y ya nadie lo haría jamás.
Effy abandonó la iglesia de St. Mary Abbots y volvió a su vida, o a lo que quedaba de ella.
El primer año sin Anthea fue el peor de su existencia
Pero fue en el segundo cuando todo cambió.
Estaba viendo la final de la copa de salto.
No sabía por qué, pero la temporada anterior también lo había hecho.
Era la manera de asegurarse de que su hermana seguía presente en la memoria del mundo por el que había dado tanto.
El primer mundial sin ella, la organización le hizo un homenaje, un minuto de silencio en el día más importante, luego se dio un discurso para recordar la figura de Anthie, lo que había significado y su huella imborrable.
Pero en 2016 apareció Rainer Keller.
Y ganó el mundial.
A veces seguía soñando con ese momento; cómo el jinete alemán se había hecho con el circuito como si hubiera nacido para ello. Su energía, la pasión que desprendía y su talento innato.
Ganó la copa de aquel año con la misma edad que Anthea había ganado la suya.
Lo peor fueron las comparaciones: «La nueva promesa del salto». Así lo describieron en ese primer mundial; todos estaban encandilados con el joven jinete, con su presencia y la técnica con la que deslumbraba a tan corta edad.
Nadie mencionó a su hermana ni una sola vez.
¿Cómo podían haberla olvidado tan fácilmente?
¿Cómo podían haber pasado página? ¿Reemplazarla sin más?
Todos lo habían hecho. Todos menos Effy.
Aquel día, mientras Rainer Keller levantaba su copa de oro, se prometió entre lágrimas de rabia que haría que la gente volviera a acordarse de Anthea. Que, aunque fuera lo último que hiciera, ella continuaría con su legado.
Le contó a su madre que quería volver a montar a caballo y competir. Fiona Sinclair perdió la cabeza, se lo prohibió entre gritos. La amenazó con echarla de su casa y luego le suplicó que no lo hiciera.
«Ya he perdido una hija por culpa de este deporte. Me niego a perder a dos».
Effy la ignoró y acudió a su padre para que la apoyara. Al principio, Joe Vaux se negó, pero ella le prometió que iría con cuidado y que hacer aquello le serviría para superar lo de Anthea.
Su padre la creyó.
Que Henk Jensen la entrenara al igual que lo había hecho con su hermana también ayudó a que su padre accediera. El plan de Elizabeth era simple: entrenar hasta llegar al salto de élite profesional, participar en la copa, ganarla y dedicársela a su hermana. Reclamar el puesto que ella merecía.
Pero Rainer Keller ganó el siguiente mundial. Y el siguiente. Y el siguiente.
Rompió el récord de Anthea y se coronó como el jinete con más copas mundiales de la historia. Le robó el puesto a su hermana.
Effy se volvió loca. De rabia, de celos, de pena, de desesperación.
Y, conforme Rainer ganaba más y más y más, Effy se iba obsesionando más y más y más.
Sus objetivos cambiaron, sus metas crecieron.
Debía convertirse en la mejor amazona de la historia, debía superar a Anthea y al nuevo gran campeón del mundo.
Tenía que llegar donde nunca nadie había llegado y, una vez lo consiguiera, dedicárselo a la persona que se lo merecía.
Y entonces, y solo entonces, volvería a ser ella misma.
Lo primero que perdió fue la risa. Lo segundo, el interés por nada que no fuera el deporte al que nunca habría vuelto porque era el constante recordatorio de su hermana fallecida, pero que en ese momento era su vida.
Después perdió las pocas amigas que le quedaban.
Perdió el brillo que la caracterizaba y la suavidad de su personalidad.
Poco a poco se convirtió en una adolescente inaccesible, fría, distante con todos. Distante hasta consigo misma.
La infelicidad la atrapó hasta perderse en ella.
Y Effy se aferró a lo único que le quedaba: la rabia y el amor por Anthea.
Empezó a apartar de su mente todo lo que no fuera ganar.
«Quiero que me prometas que nunca vas a perder esa chispa que tienes. Que siempre vas a ser la niña sonriente y alegre que sé que eres. Que vas a elegir lo que tú quieras ser, sin importar lo que nadie diga, ¿vale?».
Pero ella ya había elegido. Y, por encima de todo, eligió a su hermana.
Siempre a su hermana.
Costara lo que costase.
Anthea murió un día cualquiera de mayo, pero Effy llevaba haciéndolo día a día, año tras año, cegada por los resquicios de una luz que le habían arrebatado antes de tiempo.
Y quizá algún día, si aún le quedaban fuerzas, cumpliría su promesa.