Effy
Aquel día acababa todo.
Effy no había pegado ojo, aunque aquello no era nada nuevo. Rainer había tratado de calmarla, prometiéndole que la jornada pasaría rápido y que pronto estaría levantando su quinta copa.
Y última.
Effy se paseaba de un lado a otro detrás de bastidores, inquieta, como una leona encerrada en su jaula. Necesitaba moverse, hacer algo, o se volvería loca.
Rainer había ido a conseguirle una botella de agua porque estaba muerta de sed. Sentía la boca pegajosa, la garganta seca y una sensación arenosa en los labios.
Todo acaba aquí, Anthie.
Pensar en su hermana solo la puso más nerviosa, incrementando la ansiedad que llevaba meses constriñéndole el pecho. Trató de tomar un par de respiraciones profundas, pero el aroma pesado que respiró allí, tan cerca de la pista, de su último circuito, la mareó.
El equipo no le había traído todavía a Hello Sanctos, por lo que Effy aprovechó esos momentos en los que todavía estaba sola para acercarse al hombre que organizaba las salidas y entradas de los binomios y le dijo:
—Necesito salir a fumarme un cigarro —mintió. Ella no había fumado en su vida, pero fue la primera excusa que se le ocurrió.
El hombre le dedicó una mirada desconfiada.
—Sales en quince minutos.
—Me sobran diez.
No se esperó a escuchar su respuesta: se precipitó hacia el interior del Dickies Arena, lejos del ruido y la imagen de uno de sus rivales (ni siquiera sabía quién) ejecutando su recorrido.
Sentía que le faltaba el aire, que los pulmones no se le estaban llenando como debían y que estar allí, tan cerca de todo…
, solo le impedía recomponerse lo suficiente como para salir con la mente clara, hacer lo que tenía que hacer y…
¿Y qué?
¿Qué es lo que iba a hacer a partir de ahí? ¿En qué consistiría su vida a partir de entonces?
Effy siguió caminando, cruzándose con un montón de caras que la miraban como si se sorprendieran de verla a ella pero que no reconocía porque todas le parecían iguales: borrosas y lejanas, como si nadie estuviera lo suficientemente cerca de ella en aquellos momentos.
Pasó la zona de cuadras donde se guardaban los caballos que ya habían competido y los que quedaban por salir. Sodashi y Sanctos estarían por allí, en alguna parte, pero en ese momento necesitaba alejarse lo suficiente como para… respirar.
Dobló una esquina y se encontró con un pasillo vacío, donde había un par de carritos de golf de esos que usaba la organización para moverse por el recinto.
Le pareció bien quedarse allí. Se dejó caer contra una de las paredes blancas y se encorvó hacia delante, descansando las palmas sobre las rodillas. Le palpitaba la cabeza y sentía ganas de vomitar. Abrió la boca, dejándose llevar por el pánico que se había apoderado de ella.
¿Qué voy a hacer ahora?
Vas a salir ahí, y ganarás, se ordenó. Has trabajado muy duro para llegar aquí. No seas una débil, recomponte y déjate de gilipolleces.
Volvió a erguirse y desvió la mirada al techo.
Un par de pajarillos revoloteaban entre las vigas, persiguiéndose, jugueteando, ajenos al mundo que ocurría a sus pies. ¿Pero qué les importaba a ellos? Siempre podían usar sus alas para volar allá donde quisieran, para escapar de cualquier lugar donde no se sintieran seguros.
Effy envidió a esos pájaros. Envidió su libre albedrío, su libertad, su anonimato.
¿Qué te impide ser libre, Eff?
La voz de Anthea la sobresaltó. Desde hacía unos meses sentía a su hermana más cerca, quizá más de lo que había estado en los últimos años.
Al principio no se había dado cuenta, pero llevaba un tiempo apartando su recuerdo de la mente.
Nunca había querido aceptarlo, pero, cada vez que se la imaginaba observándola, desde donde quisiera que se encontrara, ella lo hacía con tristeza.
Como si no se alegrase de las decisiones que había ido tomando a lo largo de su vida.
Así que la había bloqueado de su mente.
Pero en los últimos meses… algo había cambiado. Effy había cambiado.
El recuerdo de Anthie se había hecho más fuerte, más persistente en su memoria. Necesitaba acordarse de ella, incluso…
Effy sacó su teléfono móvil y, como una adicta, se lanzó a la solución que sabía que la calmaba.
Escuchar la voz de su hermana, aunque solo fuera esa versión metalizada y sin casi personalidad, esa frase que ya se había aprendido de memoria y que se había negado a dejar ir, la consolaba más que cualquier frase del mundo de los vivos.
Solo un poco más…
Volvió a respirar con dificultad mientras, con manos temblorosas, buscaba el número en su agenda de contactos. El efecto placebo llegó casi al instante.
Solo necesitaba ese empujón, esa señal de su hermana, y Effy podría volver a la arena como si aquel episodio nunca hubiera ocurrido o, al menos, camuflarlo durante el tiempo suficiente para funcionar como el mundo esperaba de ella.
Porque las cosas que se le pasaban por la cabeza…
No.
Había llegado demasiado lejos como para siquiera plantearse aquello.
Cuando el tono terminó, Effy estaba agarrada a su móvil con ansia, apretándolo con tanta fuerza que sabía que después le dolería la mano.
Pero la voz de Anthea nunca llegó.
«El número al que llamas tiene el buzón de voz lleno y no puede aceptar nuevos mensajes en este momento. Por favor, inténtalo de nuevo más tarde».
—¿Qué? No, no, no, no…
Volvió a llamar. Y otra vez.
Y otra más.
Pero la voz de Anthea ya no estaba.
—Anthie…
Se dejó caer al suelo, con las rodillas tocándole el pecho. Le dio igual si se manchaba el conjunto de competición porque sentía como si todo su mundo se hubiera volcado de una vez por todas.
—Necesito…
¿Qué necesitaba? Hablar con su hermana; nada le habría gustado más que hablar con ella, aunque desde hacía años sus conversaciones fueran solo unilaterales.
También necesitaba quitarse de encima aquella angustia, la jodida angustia y ansiedad y tristeza que cargaba como mochilas demasiado pesadas para su espalda.
Las dudas también se habían unido a la mezcla de emociones que no sabía cómo gestionar y que tan solo se había tragado.
Hasta, al parecer, aquel día, que habían dejado de caberle dentro para empezarlas a vomitar.
Pensó en su hermana: su pelo rubio, su cara preciosa, sus ojos siempre brillantes, su tez rosada y la sonrisa que nunca la había abandonado. Su valentía, su fuerza de voluntad para luchar por todas esas cosas que eran de ella y de nadie más.
¿Effy se parecía a ella? ¿En algo?
Esperaba que sí, aunque la verdad era que lo dudaba.
Si tan solo hubiese podido pedirle que le diera fuerzas una última vez para…
«Prométeme que te vas a atrever a todo, que vas a seguir siendo una valiente. Aunque te equivoques, aunque falles y tengas que volver a empezar. Que nadie va a decirte lo que debes hacer, que te atreverás a todo… Que te atreverás a dar el salto».
Aquel recuerdo la asaltó. Su promesa la partió por la mitad, dejando salir toda esa maraña de sentimientos que la estaban ahogando.
Las manos de Effy seguían temblando. Pero el corazón se le serenó.
«Atrévete a dar el salto».
Se levantó como pudo, todavía tambaleándose, pero con una paz y una certeza que durante años había perdido. ¿Qué era ser valiente? ¿Qué era lo que ella quería?
Quería…
«¿Dar el salto?».
«Sí, Eff, dar el salto para conseguir tus sueños, ser mejor persona, enamorarte, hacer lo que nunca imaginaste… Para no dejar que el miedo te paralice. ¿Vale? ¿Me lo prometes?».
«Sí. Te lo prometo».
Algo en ella se serenó.
Sabía lo que tenía que hacer.